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Médicos Sin Fronteras presenta la campaña “Yo me quedo” en la Universitat de València (La Nau)

«Cuesta pensar que las bombas en los hospitales puedan ser un error»

Fuentes: Rebelión

El tres de octubre de 2015 un bombardeo perpetrado por las fuerzas militares afganas y de Estados Unidos arrasaron el centro de urgencias y traumatología de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Kunduz (Afganistán). Murieron 42 personas: 14 trabajadores de la ONG, 24 pacientes y cuatro familiares de los ingresados. También se registraron 37 heridos. El […]

El tres de octubre de 2015 un bombardeo perpetrado por las fuerzas militares afganas y de Estados Unidos arrasaron el centro de urgencias y traumatología de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Kunduz (Afganistán). Murieron 42 personas: 14 trabajadores de la ONG, 24 pacientes y cuatro familiares de los ingresados. También se registraron 37 heridos. El hospital no volvió a abrir las puertas. Desde octubre de 2015, cerca de un centenar de «estructuras» sanitarias gestionadas o apoyadas por la ONG fueron atacadas, sobre todo en Siria y Yemen. Médicos Sin Fonteras ha presentado en la Universitat de València la campaña «Yo me quedo» sobre el trabajo en zonas de guerra y los ataques a las misiones médicas. El año 2016 concluyó con cerca de 40 conflictos armados y más de 60 millones de personas desplazadas en todo el mundo. La ONG denuncia la situación de las personas atrapadas en las diferentes guerras -por ejemplo en la República Centroafricana, Yemen, Siria o Sudán del Sur- y señala la urgencia en prestarles ayuda humanitaria. «El sistema internacional está fallando a la hora de responder a estas crisis agudas», critica Médicos Sin Fronteras.

Uno de los conflictos invisibilizados es el de Yemen, donde la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) señala que 14 millones de personas se ven actualmente afectadas por una grave «inseguridad» alimentaria. Una de las vías para acercarse a esta guerra silenciada es la palabra. MSF recoge la experiencia de Sunud, una niña de 12 años a la que casi le cuesta la vida salir a buscar agua en la ciudad yemení de Taiz. Se recupera en la cama del hospital, junto a su madre, de una grave herida de bala en el abdomen, por la que fue operada con el fin de salvarle la vida. Lleva un mes en el centro hospitalario, y ha pasado mucho tiempo en la unidad de cuidados intensivos. Otro damnificado por la guerra de Yemen es Mansur Abdulla, de 28 años, albañil que tuvo que abandonar su hogar por los ataques aéreos y las bombas. Su hijo Asil, de siete años, no oye, tampoco habla, a veces puede caminar pero de pronto se cae al suelo. Mansur no dispone de recursos para pagar el tratamiento de su hijo. Pergeña la situación del país en una pincelada: «Cuando empezó la guerra, llegar a los hospitales se volvió casi imposible; y cuando lo conseguías, no siempre te proporcionaban el tratamiento adecuado». Muchos hospitales cerraron sus puertas, y algunos vieron menguados sus servicios por la falta de electricidad. La medicina que requiere Asil cuesta 7.500 riales (27 euros) cada quince días. Antes de que empezara la guerra, su padre podía pagar los medicamentos incluso enviar remesas a su familia; actualmente no le alcanza, siquiera, para los fármacos.

Médicos Sin Fronteras destaca que ha atendido a 11.700 víctimas de la violencia y ha aplicado 10.400 cirugías en Yemen durante 2015. La iniciativa «Yo me quedo» solicita donativos para desarrollar la cirugía de urgencia, asistencia en partos, atención a enfermos crónicos y apoyo psicosocial en los países en guerra. Los equipos y colaboradores de MSF pueden constatar sobre el terreno que, desde el inicio de la embestida militar por una coalición de países liderada por Arabia Saudí y el apoyo de Estados Unidos, en marzo de 2015, la población de Yemen sufre diariamente bombardeos, explosiones de minas y fuego de francotiradores. «Los ataques a hospitales, centros de salud y clínicas móviles son frecuentes en Yemen», sostiene la ONG.

¿Cómo se justifica la destrucción de centros hospitalarios, ambulatorios y dispensarios? Según la coordinadora de Médicos Sin Fronteras en la Comunidad Valenciana, Murcia y Canarias, Mila Font, «nos cuesta pensar que los bombardeos de los hospitales puedan ser un error, más aún si se considera cómo ha avanzado la tecnología bélica, por ejemplo, con los drones». También «la guerra tiene reglas mínimas que han de cumplirse, como el respeto a la asistencia médica». La coordinadora de MSF asegura que los equipos de la organización humanitaria facilitan las coordenadas GPS de las instalaciones a los contendientes, salvo en países como Siria, donde trabajan con redes locales que son quienes toman (o no) esta decisión. El despedazamiento de los hospitales y, en consecuencia, hacer imposible que la población civil pueda recibir asistencia médica «es un arma de guerra más», sostiene Mila Font.

Desde 2013 el conflicto en Sudán del Sur ha provocado el desplazamiento de más de dos millones de personas, en muchos casos refugiados en los países vecinos (Uganda, Etiopía, Kenia, República Democrática del Congo y República Centroafricana). Las ONG alertan de que casi la mitad de la población del joven país -6,5 millones de personas- depende de la ayuda humanitaria para sobrevivir. «La violencia extrema se ejerce con total impunidad contra la población civil y la misión médica», apuntan fuentes de MSF. Constatan además que en las zonas de Sudán del Sur más castigadas por la violencia, la atención sanitaria, el agua, el alimento y el refugio son «casi inexistentes». Médicos Sin Fronteras resalta que dos clínicas de la ONG fueron destruidas en julio de 2015 durante los combates en la región del Gran Alto Nilo.

«Los medios mantienen la atención en Siria, pero fuera del foco mediático la situación continúa siendo muy grave en la República Centroafricana, Irak o la República Democrática del Congo», afirma Juan Manuel Rodilla, ingeniero industrial y miembro de MSF, que ha regresado de una estancia de nueve meses en la República Centroafricana. La crisis política de 2013 y la consiguiente violencia no han finalizado en este país, donde los desplazados internos se cuentan por centenares de miles y decenas de miles de personas viven hacinadas en refugios precarios, sin alimentación adecuada, agua, saneamiento y atención médica. Además, las ONG que asisten a enfermos y víctimas se topan con la acción de los grupos armados y el bandolerismo. Los combates en la ciudad de Batangafo, al noroeste del país, provocaron en noviembre de 2015 masivos desplazamientos de población; una de las afectadas fue Sophie, embarazada de casi nueve meses que encontró refugio en un hospital de MSF. Al tercer día en el centro, donde corrió a cobijarse al escuchar disparos, nació su primera hija. El segundo parto resultó muy complicado, con hemorragias y la obligación de permanecer durante unos días en el hospital. Finalmente dio a luz y logró salvar la vida. Otro nacimiento azaroso fue el de Safa («Pureza»), nacida en el campo para desplazados internos de Dibaga, en Erbil (Irak). Con una capacidad inicial para acoger a 4.500 personas, las instalaciones llegaron a congregar a 6.000 y con previsiones de aumento. Ekbal, madre de Safa, alumbró a ésta entre las tres de la madrugada y las cinco de la tarde. «Fue muy largo», afirma. «Había mucha gente a mi alrededor y el olor era terrible, no había lugar para lavarse». Le ayudó a dar a luz una mujer de su pueblo con experiencia en partos.

MSF trabaja en los territorios palestinos ocupados. En Cisjordania ofrece programas de salud mental para las víctimas de la violencia; en la franja de Gaza -donde «los palestinos continúan sufriendo las consecuencias de la guerra de 2014», afirma la ONG- presta atención de urgencia y a quemados. En colaboración con el Ministerio de Salud palestino, despliega programas quirúrgicos en los hospitales de Al Shifa y Naser. La organización humanitaria da cuenta del caso de Yaqub, de 17 años, interno en el campo de refugiados de Fawar, cerca de la ciudad de Hebrón. Historias de la ocupación israelí, y de la expansión de las colonias en Cisjordania. Cuando Yaqub se disponía a jugar al fútbol con sus amigos, cerca del colegio, se ubicaron cerca del grupo cinco soldados. Algunos de los muchachos arrojaron piedras, que los militares repelieron con disparos. El joven Yaqub perdió el conocimiento; se despertó en el hospital: una bala le había perforado el abdomen y alcanzado la espalda. Con la columna dañada, iba a necesitar una silla de ruedas durante toda su vida.

Otro de los argumentos con los que MSF justifica la campaña «Yo me quedo» es la peripecia vital de Marie, de 37 años y con un pequeño negocio de bebidas en Mambasa (República Democrática del Congo). Vendía refrescos en las minas de oro y diamantes, en pleno bosque. En una ocasión se cruzó con un grupo de personas armadas con cuchillos, que le amenazaron de muerte si no marchaba con ellos y aceptaba desposarse. Permaneció durante un año prisionera, junto con otros secuestrados, hasta que aprovechó una incursión del ejército congoleño para escaparse. Encinta de cuatro meses por las continuas violaciones, su marido la repudió, por lo que empezó a vivir con su hermano; aunque su cuñada tampoco aceptó al bebé. Esta mujer de 37 años, según el testimonio recogido por MSF, quiere reunir algo de dinero. Así podrá montar un pequeño negocio y alquilar una habitación. En los países en guerra, recuerda la ONG, «la presencia de personal sanitario puede significar la diferencia entre la vida y la muerte».

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.