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Desde la sitiada Damasco

Fuentes: Rebelión

Ricard Boscar, colaborador del Gabinete Vasco de Análisis Internacional (GAIN), inaugura con este artículo una serie en la que narra su actual periplo por Siria, Jordania y Líbano, puntos calientes en un área explosiva, Oriente Medio. Y más calientes aún si cabe, habida cuenta de que Siria y Líbano configuran uno de los ejes en […]

Ricard Boscar, colaborador del Gabinete Vasco de Análisis Internacional (GAIN), inaugura con este artículo una serie en la que narra su actual periplo por Siria, Jordania y Líbano, puntos calientes en un área explosiva, Oriente Medio. Y más calientes aún si cabe, habida cuenta de que Siria y Líbano configuran uno de los ejes en los que se concentra la presión de la Administración Bush y de que Jordania ha pasado a ser objetivo reciente de la red Al Qaeda.

El Gobierno sirio lleva todo el año en el punto de mira internacional tras la muerte en atentado en febrero del ex primer ministro libanés Rafic Hariri.

Damasco se defiende de la acusación en plena investigación a cargo del fiscal alemán Detlev Mehlis, encargado por el Consejo de Seguridad de la ONU. Pero la crisis no sólo se está dirimiendo en el Consejo con sede en Nueva York, con el Estado francés y EEUU como principales instigadores, sino que lleva pareja una ofensiva mediática sin precedentes que recuerda a la que sufrió Irak antes de la invasión.

En los medios de comunicación, sobre todo los libaneses, las acusaciones de la comisión Mehlis salen a la luz acompañadas de una sintonía mediática interesada en desenterrar los tenebrosos días de la ocupación siria del país vecino. El reciente descubrimiento de una fosa común cerca de la prisión que Siria tenía en Aanjar, en el valle del Beqaa libanés, fue rápidamente relacionado con la represión de Damasco. Pero a pesar de las confesiones de ex presos de Aanjar, y de las declaraciones de los habituales políticos libaneses que alientan el sentimiento anti sirio, rayando el racismo puro y duro, no está de más recordar, como hacía el veterano corresponsal de un diario catalán en Beirut, Tomas Alcoverro, «que dieciséis mil libaneses fueron declarados desaparecidos. Milicias de toda calaña, tanto cristianas como musulmanas, les asesinaron y sepultaron en secreto».

Este constante flujo de acusaciones contra Siria es el causante del miedo que se está apoderando de parte de la población, sobre todo de las minorías que tienen razones para temer la caída del actual régimen, y la ruptura del statu quo confesional de su sociedad.

La presión ha llegado incluso hasta Bab Touma, barrio cristiano en la esquina nororiental del casco antiguo de Damasco, conocido por ser uno de los más bulliciosos y cosmopolitas de la capital siria. «Muchos vecinos están haciendo las maletas o enviando a sus hijos fuera del país, hacia Europa. Las iglesias de la zona están ayudándoles», declara Mariam, una joven de la zona. Los cristianos sirios son la minoría más significativa demográficamente del país (alrededor del 15 % de los 17 millones de habitantes).

Pero el Gobierno ha pasado al contraataque, y en el interior del país está llevando a cabo una campaña de defensa ante lo que considera claras difamaciones. La campaña oficial está apoyada por un buen número de iniciativas privadas y espontáneas procedentes de diversos ámbitos de la sociedad, como los estudiantes de arte dramático acampados como protesta ante la universidad.

Si bien es cierto que el régimen sirio no es extraño a tales muestras de fervor patriótico, y de sobra es conocida la reprochable represión que mantiene bajo firme control a la población, no es menos cierto que en este caso los sirios tienen serias razones para seguir en guardia.

Para los sirios, sean de la confesión que sean, está claro que detrás de todo ello está la mano de EEUU, implementando su particular «hoja de ruta» para Oriente Medio. Aunque no todos los sirios están contentos con el régimen (especialmente la mayoría sunita), no hay que subestimar su orgullo nacional ni la lección del vecino Irak acerca de las «bienintencionadas» intervenciones estadounidenses. «Si vienen aquí, toda Siria será como Falujah», comenta sonriente un adolescente que trabaja en uno de los cafés frente a la ciudadela de Alepo, una de las ciudades más conservadoras del país.

Para entender el peligro que supone la desestabilización de Siria, hay que tener en cuenta su papel en la región. Como comentaba recientemente el propio presidente sirio, Bashar al Assad, a la prensa rusa, «si la situación en Siria se vuelve inestable, toda la región y todo el mundo acabará viéndose afectado». Estas palabras cobran especial sentido si se tienen en cuenta las relaciones con Israel, supeditadas al eterno problema palestino y a la ocupación de los altos del Golán. Ambos países tienen congeladas las negociaciones de paz desde 2000.

Recientemente, tres países árabes, que no son precisamente ejemplos de independencia a la voluntad de EEUU (Jordania, Egipto y Arabia Saudita), han presionado para que Siria relance estas negociaciones como gesto de buena voluntad para complacer a las autoridades internacionales. Pero el Gobierno sirio rechaza tales sugerencias, a la vez que sospecha que el progresivo empeoramiento de las relaciones con Líbano desde la muerte de Hariri busca romper su alianza estratégica frente a Israel.

Por otro lado, el régimen profundamente laico del partido Baaz es uno de los bastiones contra el Islam militante de la región. Recientemente, en la ciudad de Alepo, las fuerzas de seguridad sirias tuvieron una refriega con un grupo armado islámico, los Soldados del Levante (jund ash sham), una organización siniestra y desconocida hasta hace poco que ha hecho aparición a raíz del conflicto en Líbano. Siria tiene sus propias razones para no querer una desestabilización en la zona, pues ello daría alas a los grupos islamistas que hasta ahora han estado bajo control.

Mehlis bajo sospecha

El representante sirio en la ONU, Faysal Mekdad, apoyado por las propias investigaciones sirias sobre el atentado contra Hariri, ha puesto en entredicho la veracidad de las acusaciones del informe Mehlis, plagado de confesiones de dobles agentes y suposiciones como poco vagas.
Por si no fuera poco, últimamente están surgiendo teorías que arrojan dudas sobre la propia reputación de Mehlis, y sobre la imparcialidad de su elección como responsable de la investigación. Mehlis va a retirarse del caso, a pesar de las peticiones de los mandatarios de la ONU, y de que el Parlamento libanés aprobara recientemente la extensión de las investigaciones hasta el 15 de junio. Aunque muchos quieren ver esta retirada como un asunto de seguridad del propio fiscal, la verdad es que Mehlis deja atrás una estela que resulta, cuanto menos, sospechosa de servir a los dictámenes de EEUU. El asunto tiene visos de culebrón de espías.

Por último, si consideramos la coincidencia de los periódicos atentados contra personalidades anti sirias en Líbano con las investigaciones de la ONU, no resulta lógico que sea de interés de los sirios crear un ambiente de violencia e incertidumbre en el país vecino cuando su país está siendo examinado con lupa. Tras el último atentado en el Líbano, que acabó con la vida del diputado y propietario del periódico An Nahar, Gibran Tueini, muchos libaneses y algunos medios internacionales están empezando a preguntarse si no se precipitaron al culpar a Damasco.

Está claro que cualquier análisis debe ofrecer, como mínimo, el beneficio de la duda respecto a las responsabilidades del régimen de Bashar al Assad. Como comentaba recientemente la ministra siria, Buthaina Shaban, a la BBC, «quien quiera que sea que está llevando a cabo estas acciones lo hace con el objetivo de desestabilizar ambos países, cuya relación estratégica es fundamental», y con ello influir en todo Oriente Próximo.

Ricard Boscar es colaborador del Gabinete Vasco de Análisis Internacional (GAIN)