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Un negocio milagroso

El comercio dirigido al turismo religioso alcanza en Fátima su punto más álgido con una gran superficie monotemática

Fuentes: El Periódico

Hace casi un siglo que la Virgen se apareció a tres pastorcillos en Cova de Iria, en la localidad lusa de Fátima. Desde aquel preciso instante, esa pequeña aldea se fue convirtiendo en un centro de peregrinaciones y hoy, con 10.000 habitantes, 40 hoteles y más de 500 tiendas, es uno de los mayores centros […]

Hace casi un siglo que la Virgen se apareció a tres pastorcillos en Cova de Iria, en la localidad lusa de Fátima. Desde aquel preciso instante, esa pequeña aldea se fue convirtiendo en un centro de peregrinaciones y hoy, con 10.000 habitantes, 40 hoteles y más de 500 tiendas, es uno de los mayores centros de turismo religioso del mundo y un gran negocio de fe.
El templo de Fátima recibe, en concepto de limosnas de los millones de peregrinos, entre siete y nueve millones de euros, además de unos 20 kilos de oro al año, que equivalen a unos 340.000 euros, dependiendo del precio del precioso metal en el mercado. A eso hay que sumar un millón de euros en rentas de las tiendas de recuerdos que llenan las dos plazas que envuelven el recinto de oración. Pero las estimaciones de lo que aporta el turismo mariano ascienden a 500 millones de euros anuales.
En este contexto, se puede entender la creación de un centro comercial, el Fátima Shopping, dedicado en exclusiva a productos vinculados a la religión.
Este centro de ocio y compras de objetos religiosos está a medio camino entre la cueva de las apariciones y el templo de Fátima. Es propiedad de uno de los mayores fabricantes de productos religiosos del país, Vitoria de Sobral, y en él se pueden adquirir todos los productos imaginables, desde vírgenes a velas pasando por altares móviles, cálices, agua bendita, marcos de fotos, pulseras, collares y, por supuesto, todo lo relacionado con las apariciones a los tres pastorcillos. El mismo recuerdo puede encontrarse en varios materiales y, por lo tanto, con precios para todos los bolsillos. Oro, plata, barro, o plástico.

Negocio y ocio
Y, como en todo centro comercial que se precie, tras consumir hay opciones para el ocio. Desde visitar la fábrica en la que se elaboran los productos hasta escuchar conciertos en el auditorio o comer en el gigantesco restaurante. Todo está pensado en este centro comercial de objetos de culto, en el que la propiedad no ha tenido a bien aportar su versión sobre el milagroso negocio.
Pero, a pesar de su tamaño y de su contenido, son muchos los peregrinos que no saben de su existencia. En muchas ocasiones, la gente no se imagina que solo hay productos religiosos. Mara, Adriana y Manuel son de Huelva, entraron en busca de un supermercado para comprar algo de comer y descubrieron que solo podían adquirir objetos religiosos.
«Nunca había visto algo así«, explica Adriana, entre incrédula y algo desilusionada. Mara, por el contrario, está encantada y dice que es muy cómodo. «Tienes de todo y de todos los precios; mucho mejor que esas pequeñas tiendas de suvenires que están fuera; aquí compras tranquila y mejor». Manuel no comparte su opinión: «Es el colmo; todos sabemos que alrededor de esto siempre hay negocio, pero me parece excesivo. Es acabar definitivamente con la fe; me parece una ostentación».
Dentro, encontramos a Loly, Elena, Juan y Antonio, que han venido desde Valladolid y llevan un carrito para cada dos. Ellas están emocionadas y llevan recuerdos para medio barrio; ellos lo lamentan. Antonio quiere comprarle una Señora de Fátima a su madre, pero no acaba de encontrar ninguna, entre los cientos que hay, que le guste. Loly, que busca algo especial para su hermana enferma por la que va a rezar, se decide finalmente por agua bendita y un pequeño altar móvil con la imagen de la Virgen. En total se han gastado unos 150 euros. Tras meter las compras en el coche, deciden dirigirse al templo para rezar.

Escepticismo
En la explanada del nuevo templo, que costó unos 50 millones de euros y fue pagado exclusivamente con las aportaciones de los fieles, están Emilia y Mónica. Son jóvenes y buscan un café para esperar a su madre, Elvira, que está rezando dentro en cumplimiento de una promesa. «Nosotras la hemos acompañado hasta aquí, pero nada de entrar», comentan al mismo tiempo, mientras se paran en una de las más de 45 tiendas que hay en la placita de San Antonio. «¿Pero quien compra esto no se da cuenta de que le están timando?», se pregunta Mónica, que no deja de señalar el volumen de negocio. Al cerciorarse de que hay un centro comercial dedicado exclusivamente a objetos religiosos concluye: «Qué listos, es una pena que no se me ocurriese a mí este negocio de la fe».