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El efecto boomerang de la política exterior francesa

Fuentes: Caras y caretas

Desde el pasado viernes 13, Europa se encuentra sumida en el pánico a raíz de los atentados atribuidos a Estado Islámico, en los que fueron asesinadas 129 personas. Algo que, por otro lado, el propio gobierno francés se encargó de que fuera el pan de cada día en países como Libia o Siria en los […]

Desde el pasado viernes 13, Europa se encuentra sumida en el pánico a raíz de los atentados atribuidos a Estado Islámico, en los que fueron asesinadas 129 personas. Algo que, por otro lado, el propio gobierno francés se encargó de que fuera el pan de cada día en países como Libia o Siria en los últimos tiempos. El presidente François Hollande declaró el mismo viernes el estado de emergencia en el país y cerró las fronteras, una medida que, según trascendió el pasado lunes, imperará en el territorio por un periodo de al menos tres meses, hasta el 14 de febrero. Según declaró el jefe del Ejecutivo, los atentados fueron «planificados en Siria , organizados en Bélgica y perpetrados en nuestros suelo, con complicidades en Francia».

Entre las medidas que habilita el estado de emergencia francés están la suspensión de la libertad de circulación e información, los allanamientos sin orden judicial, la imposición de toque de queda, la expulsión de inmigrantes y refugiados o la prohibición de protestas y manifestaciones en la vía pública. Bajo estas medidas se han realizado en la última semana 104 arrestos domiciliarios, 300 registros de viviendas, 23 detenciones y 31 incautaciones de armas. El pasado miércoles, en una intervención militar en un piso situado en un barrio del norte de París, una mujer se autoinmoló y un yihadista fue muerto. Además, otras siete personas fueron detenidas.

El presidente Hollande prometió una reforma constitucional con el fin de «actuar contra el terrorismo de guerra». Esto podría conllevar el retiro de la nacionalidad a los ciudadanos binacionales nacidos en Francia sospechosos de terrorismo, y la imposición de un «visado de regreso» a aquellos ciudadanos potencialmente implicados en redes yihadistas. También se maneja la posibilidad de que sean instalados detectores de metales en varias estaciones ferroviarias. El ejecutivo francés determinó asimismo la extensión del estado de emergencia a los territorios de ultramar de Guadalupe, Guayana francesa, Martinica, Mayotte, Reunión, San Bartolomé y San Martín.

Ante esta coyuntura, varias organizaciones como el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) o Amnistía Internacional (AI) denuncian la situación represiva que afecta a los inmigrantes y refugiados en la región. Varios barrios y municipios poblados en su mayoría por inmigrantes están siendo duramente intervenidos en el marco de los dispositivos policiales. El municipio bruselense de Molenbeek, poblado en su mayoría por comunidades árabes, y catalogado como «refugio» yihadista en la UE, fue escenario de una dura redada el pasado lunes, en la que, sin embargo, no se registraron detenidos. «Es un barrio de mayoría musulmana, pero eso no quiere decir que haya terroristas», declaró al diario español El País un vecino de Molenbeek. Según el diario, el hombre se quejaba además por el racismo y el estigma que se venía generando contra su comunidad, especialmente a partir de los asesinatos en la redacción de Charlie Hebdo.

En ese sentido, y antes de desarrollar cualquier desconfianza racista respecto a la comunidad musulmana, es necesario tener en cuenta que 78% de las víctimas del terrorismo islámico son afganas, iraquíes, nigerianas, pakistaníes y sirias, según el Índice Global de Terrorismo 2015. Sólo 0,5% de las muertes por cuenta de acciones terroristas tuvieron lugar en occidente, desde el año 2000.

Las «rimas» de la historia reciente

En 1993, el diario progresista inglés The Independent dedicó un reportaje entero a dos páginas al entonces cabecilla de los rebeldes afganos Osama Bin Laden (de procedencia saudí), titulado «Guerrero antisoviético pone a su ejército camino a la paz». El artículo ensalzaba al líder yihadista y a su grupo, resaltando su faceta más humana: «Lo que viví en dos años en Afganistán no podría haberlo vivido en cien años en otro lugar», destacaba el diario en un encastre de la nota con el héroe. Este ejemplo muestra la campaña favorable que los grandes medios de comunicación de masas hacían, por aquel entonces, de los guerreros talibán, armados y entrenados por EEUU para derrocar a la prosoviética República Democrática de Afganistán (un estado laico con los sectores estratégicos de la economía nacionalizados, en el que las mujeres gozaban de derechos inauditos en la región, como la no obligatoriedad del velo, asistencia a la universidad, participación en la vida pública, etcétera).

Incluso la tercera entrega de la taquillera saga de Rambo estaba dedicada a los futuros autores del 11-S. En el film, estrenado en 1988, el personaje interpretado por Sylvester Stallone era enviado a combatir junto a los talibanes, y terminaba con una dedicatoria a los «valientes combatientes muyahidines de Afganistán» (la cual fue eliminada tras los atentados).

Más adelante tendrían lugar los atentados del 11 de setiembre en Estados Unidos, que causaron más de tres mil muertos y seis mil heridos y a raíz de los cuales el otrora héroe democrático (Bin Laden) se convirtió en el terrorista más conocido y perseguido de la historia, llegando a constituirse como ícono mediático maligno a nivel global. De la mano de esto, la actividad antiterrorista contra Al qaeda y el islamismo radical se convirtió en la principal excusa para intervenir en Oriente Medio en pro del dominio geopolítico y la extracción de recursos energéticos de la zona.

Sin embargo, en contradicción con la retórica contra el fundamentalismo religioso difundida desde los grandes centros de poder mediático, hasta el momento los objetivos militares de la OTAN han sido (salvo por el Emirato Islámico de Afganistán, formado por talibanes apoyados previamente por EEUU) los únicos gobiernos laicos de la región: el Irak de Saddam Hussein, la Libia de Muamar Gadafi y la Siria de Bashar al Assad. Mientras, las monarquías teocráticas del Golfo, abiertamente financiadoras de grupos extremistas, permanecieron como aliadas de occidente, con una presencia mediática más bien discreta, cuando no directamente favorable a través de las grandes campañas publicitarias.

En 2011, el gobierno francés jugó un papel determinante en el derrocamiento del gobierno de Muamar Gadafi, brindando apoyo a los rebeldes islamistas libios y bombardeando el país, con la consecuencia de millares de muertos civiles. Esto conllevó la destrucción del Estado de bienestar más desarrollado del continente africano, y la ruina económica de su población, que se encuentra ahora inmersa en una nueva guerra entre diversas milicias yihadistas, entre las que se encuentra el propio ISIS.

El caso sirio «rima» bastante con el caso afgano antes reseñado, así como con el libio. Siria era hasta 2011 un país caracterizado por su alto nivel de vida respecto a su entorno, por su laicidad y por el amplio desarrollo de su Estado de bienestar. No mantenía deudas con el Fondo Monetario Internacional ni con el Banco Mundial, y sus reservas petrolíferas eran propiedad del Estado. A nivel internacional se encontraba enfrentado a las monarquías del Golfo y a Israel, y era un importante aliado del gobierno iraní.

Desde 2012 los medios de comunicación de masas llevan haciéndose eco del envío de armas por parte de las potencias occidentales a las fuerzas rebeldes que pretenden derrocar al gobierno de Bashar al Assad. Estas fuerzas rebeldes, comúnmente catalogadas como «moderadas», son un grupo heterogéneo de extremistas islámicos, cuyos principales sectores son salafistas, Hermanos Musulmanes y Al-Qaeda de Irak (AQI). Esto mismo era reconocido por un informe, catalogado como «secreto», de la Agencia de Inteligencia para la Defensa estadounidense (DIA) fechado en 2012 y divulgado recientemente por la organización estadounidense Judicial Watch (JW), gracias a la ley de libertad de información. En el documento, que puede consultarse en la página web de la organización, la DIA reconocía el «carácter sectario» que por entonces estaba adoptando la oposición a Al Asad. En ese documento, según denuncia JW, el gobierno estadounidense predecía el crecimiento del ISIS en Siria.

En agosto de 2014, la exsecretaria de Estado Hillary Clinton reconocía públicamente que «el fracaso a la hora de ayudar a construir una fuerza de combate creíble con los autores de las protestas contra el presidente sirio, Bashar al Asad, […] dejó un gran vacío que los yihadistas (ISIS) ahora han llenado». Clinton se refería entonces a la gran cantidad de rebeldes «moderados» que las potencias occidentales entrenaban y financiaban y que, posteriormente, se alistaban en las filas del Estado Islámico para luchar contra el gobierno sirio.

Con esto, los brutales atentados que estremecieron a Europa durante esta última semana, llevándose por delante a centenares de personas inocentes, son producto de engendros creados y fomentados por las propias potencias occidentales para derrocar a gobiernos que dificultan su hegemonía global. Como diría el escritor estadounidense Mark Twain «la historia no se repite, pero rima», y este escenario ya se vivió en 2001, con las catastróficas consecuencias que todos recordamos, (especialmente para las poblaciones de los países intervenidos).

Fuente original: http://www.carasycaretas.com.uy/la-historia-no-se-repite-pero-rima/

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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