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La guerra de Líbano obliga a los países árabes pro-occidentales a desempolvar un plan de paz del año 2002 para calmar a sus pueblos

El grito de la calle árabe: «sin justicia no hay paz»

Fuentes: Rebelión

La guerra de Líbano terminó con una victoria militar y política de Hizbulá. Militar porque el movimiento político-militar libanés no fue derrotado ni desarmado y demostró la vulnerabilidad de Israel e hizo que su Ejército perdiese el mito de la invencibilidad. Hizbulá, además, ha dejado patente que sólo se desarmará cuando estime que se han […]

La guerra de Líbano terminó con una victoria militar y política de Hizbulá. Militar porque el movimiento político-militar libanés no fue derrotado ni desarmado y demostró la vulnerabilidad de Israel e hizo que su Ejército perdiese el mito de la invencibilidad. Hizbulá, además, ha dejado patente que sólo se desarmará cuando estime que se han cumplido sus objetivos: la retirada israelí del territorio ocupado de las granjas de Shebaa y la puesta de libertad de los presos libaneses que permanecen en cárceles israelíes desde hace casi 30 años. Y, cuando se produzca, ese desarme será parcial puesto que la gran mayoría de sus combatientes se integrarán en el Ejército libanés. Victoria política porque Hizbulá ha logrado desentumecer a la opinión pública árabe, con independencia del credo religioso. Y eso, a pesar de la R1701 del Consejo de Seguridad de la ONU, que otorga a Israel un aparente triunfo no logrado en el campo de batalla.

A medida que se ponía de manifiesto la incapacidad del Ejército israelí de derrotar a Hizbulá, y el arrojo y la resistencia de los combatientes de este movimiento político-militar libanés para enfrentar la agresión, la calle árabe fue entrando en una situación parecida a cuando se pone al fuego un caldero de agua: se fue calentando poco a poco hasta llegar al punto de ebullición. Significativas fueron las manifestaciones en Egipto, por ejemplo, donde los Hermanos Musulmanes se mezclaban con la izquierda del movimiento Kefaya (Basta, en castellano), donde los retratos del jeque Nasrala se mezclaban con los de Nasser y el Ché y donde la televisión Al Manar compite sin tapujos con Al Jazeera (1). Pero no sólo fue Egipto. En todo el mundo árabe cientos de manifestaciones, cada cual más masiva, recorrieron las calles con un grito unánime: «Sin justicia no hay paz». Ese concepto positivo de paz que tanto asusta al imperialismo en cualquier parte del mundo: resolución de las causas que generan el conflicto. Y en Oriente Medio ese conflicto tiene un responsable, Israel. Por lo tanto, para la calle árabe el grito de «Sin justicia no hay paz» significa que Israel se tiene que retirar de los territorios que ocupa desde 1967.

Ese mismo grito, «Sin justicia no hay paz», se repitió cuando se acordó la tregua tras la aprobación por la ONU de la Resolución 1701, el pasado 12 de agosto, y llegó hasta un pequeño país, Bahrein (2), de significativa importancia porque es ahí donde se asienta el cuartel general de la V Flota de la marina de guerra de EEUU, la que tiene a su cargo la «defensa» del estrecho de Ormuz -situado en el Golfo Pérsico-, por donde circula el 40% de todo el comercio de petróleo a nivel mundial (3). Un país vital en una hipotética agresión imperialista contra Irán, de ahí las prisas de la mal llamada «comunidad internacional» para «estabilizar» la situación en Líbano con la presencia de las fuerzas de la ONU antes del 31 de agosto, fecha en que se cumple el ultimátum de la ONU para que Irán suspenda su programa nuclear.

Al grito de «Sin justicia no hay paz» hay que añadir el de «Nasser 1956, Nasralla 2006: la dignidad árabe» (4). Un giro sorprendente en las aspiraciones populares árabes, donde el neo-nacionalismo se impone al neo-sectarismo religioso que los EEUU pretenden fomentar para así controlar mejor a los países árabes. Mezclar al presidente egipcio que nacionalizó el Canal de Suez con el jeque Nasrala es algo más que una consigna en una manifestación, es un síntoma de por donde van las cosas en el mundo árabe, como bien pone de manifiesto el diario Al Hayat, tras la guerra de Líbano (5). La última encuesta publicada por la prensa libanesa (L’Orient le Jour, pro-occidental y antisirio) lo deja bien patente: el 85% de los libaneses considera que ha sido Hizbulá quien ha ganado la guerra, su lucha ha reforzado la dignidad árabe frente a los planes sionistas y no tiene por qué desarmarse hasta que no se haya conseguido la «liberación» de las granjas de la Shebaa, ocupadas por Israel. Mientras los medios occidentales insisten en el despliegue de las fuerzas de la ONU y el desarme de Hizbulá, los libaneses piensan de otra manera: preguntados si creen que esas fuerzas van a defender Líbano frente a nuevas agresiones israelíes el 84% responde que no; a la pregunta de si son partidarios del desarme de Hizbulá en cumplimiento de la R1701, el 84% de los shiíes dice que no, lo mismo que el 54% en los suníes y, sorprendentemente, el 23% de los cristianos (6). Otra victoria para Hizbulá.

La identificación por el pueblo árabe entre Nasser y Nasrala, la sensación de victoria y la constatación de que la ONU siempre está dispuesta a apoyar a Israel -permitiendo que este país tenga, en la práctica, derecho de veto sobre todo, como está poniendo de manifiesto la R1701- preocupan, y mucho, en los protegidos palacios en los que se refugia la clase política árabe pro-occidental y ha obligado a sus ocupantes a realizar un movimiento con el que creen posible apaciguar a su gente: en la reunión que la ONU va a celebrar en la segunda quincena de septiembre, en cumplimiento del punto 10 de la R1701, van a presentar una serie de propuestas que incluyen desde Líbano hasta Sudán, pasando por Palestina, incluyendo además una nueva conferencia internacional (similar a la que tuvo lugar en Madrid en 1991 al término de la primera guerra contra Iraq tras la invasión de Kuwait) con la que «resolver todos los problemas de Oriente Medio».

Un plan viejo, unos miedos nuevos

Sin embargo, no es ninguna novedad. Faltos de imaginación, sin la menor credibilidad militar y en plena bancarrota política, los regímenes árabes pro-occidentales se han limitado a desempolvar un viejo plan aprobado por unanimidad de la Liga Árabe en una cumbre celebrada, paradójicamente, en Beirut en el mes de marzo del año 2002. Dicho plan fue elaborado por Arabia Saudí y, en síntesis, consiste en el reconocimiento por parte de todos los estados árabes de Israel a cambio de la retirada total de los territorios ocupados en 1967 (Gaza, Cisjordania, Jerusalén Este y el Golán) y un retorno «simbólico» de los refugiados palestinos, no más de 300.000 de los casi 4 millones que hay desperdigados por el mundo. Nada nuevo bajo el sol. Si entonces Arabia Saudí se veía necesitada de algún gesto que apaciguase a EEUU tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, ahora los saudíes, egipcios y jordanos se ven obligados a hacer lo mismo para apaciguar a sus propios pueblos. Tanto entonces como ahora se menciona como la gran piedra angular las resoluciones 242 y 338 del Consejo de Seguridad de la ONU -ambas aparecen citadas en el punto 18 de la R1701-, es decir, «tierra por paz».

La única diferencia con el plan de 2002 es que ahora se quiere implicar a la ONU como principal actor y no dentro del reparto del famoso «Cuarteto» (EEUU, Rusia, UE y ONU). Si entonces el plan fue rechazado por Israel con el argumento de que volver a las fronteras de 1967 «comprometería su seguridad» ahora, tras la derrota sufrida, estaría dispuesto a abordar alguno de sus aspectos ante la perspectiva de que un enquistamiento de la situación refuerce el papel predominante que está adquiriendo Irán en la región. Los representantes de la Liga Árabe que están celebrando ya reuniones con los países del Consejo de Seguridad, permanentes -es decir, con derecho a veto- y no permanentes, explican que «dado el nivel de resentimiento y de rabia [de la calle árabe] contra Israel y EEUU, es hora de un acuerdo porque la alternativa es el caos» (7).

Pero la situación ahora no es la misma que en 2002. La Liga Árabe, siempre inoperante, está rota en dos frentes casi irreconciliables; Irán emerge como el gran paladín anti-sionista de la zona y la calle árabe es tremendamente escéptica con su clase dirigente. El editorial del diario libanés The Daily Star del 25 de agosto es totalmente esclarecedor al respecto: «El proceso de paz del Oriente Medio ha sido la más larga de las decepciones» (8). En él hace un repaso los diferentes planes de paz que se han presentado desde 1967, menciona expresamente el desempolvado plan del año 2002, reconoce que «la cuestión palestina es esencial»y llega a la conclusión de que si falla este nuevo intento causaría una exasperación tal en la calle árabe que «crearía una sacudida que nadie puede pensar qué pasaría si no se alcanzase» [la paz].

La situación es explosiva, pero no tanto por el miedo a una nueva guerra con Israel sino a los movimientos populares que podrían derrocar a los gobiernos pro-occidentales en la zona.

Los presos, la Shebaa y el sectarismo

En paralelo con este movimiento diplomático de la Liga Árabe, los países pro-occidentales también tienen presentes los dos grandes temas libaneses: los presos y las granjas de la Shebaa. Es significativo que sobre los presos el secretario general de la ONU, Kofi Annan, haya dicho en su primer y único informe público sobre el alto el fuego y el cumplimiento de la R1701 que «si bien uno de los desencadenantes inmediatos de la crisis fue el secuestro de soldados israelíes, su liberación sin condiciones no es sino una de las numerosas medidas que todavía hay que adoptar y de las dolorosas concesiones que habrán de hacer las dos partes en interés de la paz de los pueblos del Líbano e Israel. En este contexto, aunque se trata de un asunto independiente, el Consejo de Seguridad ha manifestado que es consciente de que la cuestión de los prisioneros es delicada y ha alentado a que se intente resolver con urgencia la cuestión de los prisioneros libaneses detenidos en Israel» (9).

Annan, en su reciente visita a Líbano e Israel, ha pedido la liberación de los soldados israelíes capturados por Hizbulá y no se ha referido en ningún momento a los prisioneros libaneses. Lo mismo ha hecho con las familias, sí ha recibido a los israelíes pero no a los libaneses. Pero las negociaciones para liberar a los presos, y la demarcación de la frontera en la Shebaa, se están manteniendo y así lo han reconocido los enviados de la ONU para Oriente Medio, Terje Roed Larsen y Vijay Nambiar (10), llegando incluso algunos medios de prensa israelíes ha afirmar que en tres semanas, o sea, cuando se cumpla un mes del alto el fuego, más o menos, el acuerdo estaría firmado. Sobre la Shebaa no hay fechas, pero todo el mundo coincide que mientras continúe la ocupación por Israel «Hizbulá tendrá una excusa para mantener las armas».

No sería un acuerdo que hiciese referencia sólo a los soldados capturados por Hizbulá, sino al que también está prisionero de los palestinos desde el 25 de junio. Aquí quien está siendo el mediador es Egipto, que ha propuesto un plan doble: por una parte, el intercambio del soldado israelí por 600 presos palestinos (hay casi 10.000); por otra, retomar las negociaciones de paz bajo la dirección del presidente palestino, Mahmoud Abbas, una vez se alcance un acuerdo de gobierno de coalición entre Hamás y Fatah.

Y por si todo este juego diplomático fallase, los países árabes pro-occidentales tienen previsto jugar a fondo la carta de la división sectaria entre suníes y shiíes. Las monarquías feudales del Golfo Pérsico y Jordania, sobre todo, están dispuestas a morir matando. Antes de ceder a la presión de sus pueblos creen que deben hacer un nuevo servicio a los EEUU. Arabia Saudí ha sido la primera en dar los pasos en este sentido (11). Si durante la guerra uno de los principales líderes religiosos del wahabismo emitió una fatwa contra Hizbulá, ahora su ministro de Asuntos Exteriores acusa a algunos estados de la Liga Árabe (en clara referencia a Siria) de «comprometer la identidad árabe con los países no árabes [en referencia Irán]». Según el diario qatarí The Peninsula los saudíes temen la influencia que están logrando los shiíes en todo Oriente Medio (12).

Los saudíes cumplen así con su rol en la zona, sirviendo fielmente los planes estadounidenses (que ellos llaman «Blood borders», las fronteras de la sangre) de un Oriente Medio formado por distintas religiones, etnias y razas siempre en conflicto, carentes de un fuerte poder central y al ser más débiles aceptarían de buen grado una presencia estadounidense. El esquema iraquí, de hecho, con tres estados; los kurdos al norte, los suníes en el centro y los shiíes en el sur. He aquí la nueva frontera dentro del mundo árabe, como decía el diario Al Hayat, nacionalismo frente a sectarismo religioso. Hizbulá ha dado buena muestra de lo primero y no de lo segundo. Un hecho que ha constatado la calle árabe, de cualquier confesión.

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(1) Al Ahram, «Nasrallah: un héros de notre temps», 9-16 de agosto de 2006.

(2) Arab News, 12 de agosto de 2006.

(3) Alberto Cruz, «Irán: la crisis nuclear y la bolsa petrolera», http://www.rebelion.org/noticia.php?id=33207

(4) Al Ahram, «Nasrallah: un héros de notre temps», 9-16 de agosto de 2006.

(5) Al Hayat, 22 de agosto de 2006.

(6) L’Orient Le Jour, 28 de agosto de 2006.

(7) Al Ahram, «Vision for action», 24-30 de agosto de 2006.

(8) The Daily Star, 25 de agosto de 2006.

(9) Informe del Secretario General sobre la aplicación de la Resolución 1701 (2006) durante el período del 11 al 17 de agosto de 2006. Punto 63. 18 de agosto de 2006.

(10) Haaretz, 21 de agosto.

(11) Alberto Cruz, «La resolución de la ONU sobre Líbano, última oportunidad para los regímenes árabes prooccidentales», http://www.rebelion.org/noticia.php?id=36102

(12) The Peninsula, 27 de agosto de 2006.