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El Salvador bajo el signo del olvido

Fuentes: Rebelión

Hay quien se atreve a pensar que, en por lo menos dos millones de años, el hombre y la mujer han progresado sin Humanidad, sin comunidad, sin diálogo, sin debate, sin acuerdos, sin alianzas, sin convergencias, y, peor aún, sin Memoria.

Que nuestro destino es estar solos, o en guerra, cuando la evidencia antropológica nos lanza al sentido de nuestra hermandad. O más aún, cuestionan si (¿) avanzó la Humanidad (?) sin la síntesis valiosa de artistas y poetas, sin profetas, mártires, héroes y mujeres heroínas que, de no haberlo exigido los tiempos, habrían tenido por lo menos una vida larga y digna como todos merecemos.

Y aunque para algunos sea un error recordarlo porque la amnesia obligatoria lo impone, los salvadoreños fuimos provocadores de eventos extraordinarios solamente cuando nos juntamos y nos pusimos de acuerdo; y sobre todo cuando nos pusimos a recordar nuestras historias de agresión y lucha. Parece que aún es temprano para anticiparse al mejor o al peor escenario posible de cara a las elecciones salvadoreñas de 2024 ─si ocurren─, siendo que estamos a punto de sufrir una tremenda crisis económica que nos obligará a pensar más allá de lo que ocurre en nuestras narices; oportunidad de oro para ejercer como ciudadanos algo más que un voto que prolongue la nueva dinastía de anticristos que ocupan Casa Presidencial. Recordado en una temible sátira de cine distópico (Land of the blind, de Robert Edwards, 2006) ─tantas veces distópica como es nuestra realidad─, aquellas palabras de Yeats nos arrancan la somnolencia, solo para no olvidar que en tiempos oscuros “los mejores carecen de convicción, y los peores / están llenos de apasionada intensidad.” ¿Cómo nos recordarán las memorias de los oprimidos, si nos quedamos separados unos de otros, en proyectos sectarios, personalismos que propiciaron el desastre actual en un El Salvador gobernado por un hombre-bestia? 

Hay quien se niega a identificar las relaciones de causa y efecto que, como en una vertiginosa obra teatral, se suceden en escenas humillantes que no debemos borrar tan pronto de nuestra mente. Y como ya nuestros connacionales olvidaron, permítannos rememorar lo acontecido en casi tres años de tiranía.Habría que preguntarse si las cosas empezaron mal mucho antes de que el inicuo arribara a la Universidad de El Salvador a hablarle a decenas de estudiantes engañados ─con la venia de qué aciaga administración─; el mismo delincuente que agrediera con una manzana a una mujer en reunión de concejales, siendo alcalde. Hasta que, cometiendo fraude electoral, se tomó los medios de comunicación días antes de las elecciones presidenciales de 2019, violando el silencio electoral y movilizando de forma clandestina a los grupos criminales, y que, para variar, el susodicho también llamara a votar por su dupla de bestias (él y el infausto Féliz Ulloa), el mismo día de la elección en un olvidado febrero de 2019. Delitos electorales, según el Código Penal, que nadie ha mencionado hasta ahora.

Para que al año siguiente (2020) también en febrero, derrocara a la Asamblea Legislativa de ese momento a fuerza de militares con bozal, acto con el que arrojó a la manipulada jauría los huesos metafóricos de diputados y diputadas a quien nadie defendió, ni siquiera esos mismos diputados y diputadas con la fuerza de la Ley y la Constitución. Con la excusa (cómo olvidarlo) de obligarlos a aprobar más préstamos para el aún hoy desconocido Plan Control Territorial, cuya evidencia de fracaso, a un año de Asamblea oficialista, se delata en más treguas opacas, corrupción hasta la galaxia Andrómeda y el descubrimiento constante de fosas clandestinas donde siguen llegando y esperan a ser encontrados los negados desaparecidos y desaparecidas, hijas e hijos nuestros. 

A eso añadimos que 2020 fue también un año del trauma psicosocial más severo provocado por este gobierno terrorista. Después de que por su mandato, en el Presupuesto General de la Nación se redujera fondos para la dignificación de las y los salvadoreños, en rubros como salud, protección civil y educación; vino la pandemia, y peor que la pandemia, fue su manejo gubernamental. Es indignante que justo ahora en la memoria del trauma, quede alojada la frase “el año en que nos encerraron”, cuando vimos cómo bajo la excusa de la emergencia sanitaria, ilegal e impunemente el clan oscurantista envió a verdaderos campos de concentración a miles de salvadoreños contra su voluntad a lugares de hacinamiento, sin garantías constitucionales, solo porque salieron a cuidar de los suyos, a buscar comida o trabajo, o incluso, porque típicamente en casos de prohibición, casi es un compromiso desobedecer. 

Al escarnio público de nuestro pueblo, más el enriquecimiento de los cuarenta ladrones, se agrega la tragedia, aun no contada de forma sistemática, de los miles de asesinados por el Estado al serles negado acceso a hospitales y centros de salud de calidad para atender no solo la pandemia, sino también otras enfermedades. El pésimo sistema de salud procuró que miles de salvadoreños se negaran a asistir a hospitales devastados y desmantelados, para recibir tratos inhumanos, incomunicados y lejos de sus familias, con el miedo de fallecer en verdaderos centros de exterminio como el Hospital El Salvador; lugar que deberá ser llamado “lugar de la Memoria”. Morir en casa o morir en un hospital, dilema muy común en estos días. Hacemos un breve salto de 2020 a 2022, con un evento que corona el genocidio: la inauguración de un hospital nacional para animalitos, mientras nosotros, los seres humanos, morimos sin derecho a la salud.

En 2020, sin educación, sin derechos humanos, el gobierno optó por la represión policial y militar, el fomento de la delación entre ciudadanos, el soborno populista para ocultar la corrupción galopante (simpatía y silencio a cambio de alimentos y bonos), y la negativa a informar con transparencia sobre el uso de fondos públicos, provocaron que hoy tengamos que tratar las secuelas de este nuevo episodio de violaciones a derechos humanos, en su sentido de Holocausto. 

Y cómo olvidar entonces, en otro febrero, pero de 2021, cuando por medio de errática campaña, el tirano conquistó las alcaldías con la promesa de transformar cada municipio en la nueva Ciudad Dorada, la Nueva Jerusalén, el Paraíso en la Tierra, Valhala o Cielo, por los dioses construida. Negó el FODES para destruirlo meses después de privarnos de esos fondos que buscaban la autonomía de la administración municipal. Sin perder tiempo, se dispuso a dirigir a sus chupamedias para arrancar de tajo lo que quedaba de Estado de Derecho, en aquella destitución ilegal de los magistrados de la Sala de lo Constitucional del 1 de mayo de ese año, y a aquellos magistrados no afines a su excrecencia de fallido monarca. A principios de 2022, asistimos al tiro de gracia al derecho de Acceso a la Información Pública, con las consabidas medidas que iniciaron en 2019, contra la Ley de Acceso a la Información Pública (LAIP) y el Instituto de Acceso a la Información Pública (IAIP). Sin derecho a la Verdad, y sin Memoria. 

La crisis en el sector educación, reflejado en los crecientes niveles de deserción escolar y universitaria; en parte gracias a la prolongación descontextualizada de la modalidad virtual impuesta y a la evidente pobreza de un amplio sector de niñez, adolescencia y juventud. El cierre de sedes de la Universidad de El Salvador y su amordazamiento apoyado por las máximas autoridades y organizaciones universitarias, profundizando imperceptiblemente la baja escolaridad de generaciones que deberán hacer frente a los efectos a largo plazo que conlleva el actual proceso. 

La adopción obligatoria de la moneda digital llamada Bitcoin a través de una billetera estatal que promueve el lavado de dinero, la fuga de capitales y la venta de los recursos nacionales, instaurando las bases de la más perfecta crisis económica.

La eliminación de la pensión del adulto mayor; la invisibilización de la violencia de género; el aumento de las y los desaparecidos; el montaje de espectáculos legislativos para fingir justicia, en el caso ONGs; la persecución política a ex funcionarios y miembros de partidos políticos; y los ataques a la prensa alternativa crean una atmósfera tan parecida al pasado autoritario, y más real que las distopías orwellianas. 

Son preocupantes, pues, la proscripción de los valores democráticos y los derechos humanos, y la imposición de la ley de la selva en un país donde los sectores vulnerables (niñez, adolescencia, adulto mayor, juventud, mujeres, pueblos originarios, población LGTBIQ) son mayoría. 

Sumemos, mientras tanto, cómo el régimen reescribe la historia para anémicas, reprimidas y negadoras memorias. Esto no impide, sin embargo, que algunos no reconozcamos al falso niño dios como el constitucional y democráticamente electo presidente de una República olvidada de sí misma; sino como un narcisista mitómano, babeante de poder, que representa un sistema de valores podridos, fascistas e inhumanos. Para nosotros él no es autoridad, ni moral ni política; menos aun, religiosa. No es un aristócrata -“el mejor de nosotros”, destinado por Dios para reinar sobre los hombres, como lo enarbolan sus seguidores; no es el enviado de Cristo, ni de Alá, sino, en todo caso un falso profeta que ha creado junto a igualmente deleznables cómplices la presente tribulación. Somos ese pueblo que conoce su historia porque la hemos vivido, y no solo porque nos la contaron. De ahí nuestra necesidad de no doblegarnos, en cada espacio, en cada trinchera. Rebelarse hoy significa, incluso, recordar para escribir nuestra memoria y transmitirla.“Y la oscuridad cae de nuevo”, haciéndonos preguntar a quienes hasta hace poco fuimos jóvenes y hermosos, si un panorama tan opaco se pudo evitar leyendo un poco más de historia, filosofía, política o economía, que al final también son historia de las dictaduras y liberaciones. Y que, si esto no fuese atrayente para el cerebro de este milenio, también es posible algún acto de conciencia después de apreciar toda la cinematografía disponible sobre el tema, que mucho han hecho ya el arte y la literatura en su papel profético de miles de años para que aun nos obstinemos en hacer ojos ciegos y oídos sordos. Tal parece que estamos casi condenados a aprender con el propio cuero cuánto cuestan los derechos y cómo duele obtener y conservar la libertad. Parece, pero no estamos condenados.

Con un poco de Memoria, Verdad, Justicia, Reparación y Garantía de No Repetición, con el fin de la reconciliación nacional, los salvadoreños habríamos empezado la construcción de una sociedad más justa y más humana. Con buena lectura, arte, música, buen cine, educación, diálogo y memoria habríamos llegado al mismo sitio.

Que sigan, para 2022 o para 2024, creyendo los ilusos que conseguiremos algo separados y olvidadizos, creyéndonos la única botella de miel en la alacena, que afuera está el mundo real donde sangramos, lejos de metaversos absurdos donde el rey bestia dice construir ciudades futuras, trenes, aeropuertos o teleféricos de megabytes. El hambre ya nos muerde con toda su crueldad, y llegarán los nuevos días donde tendremos que admitir que el poeta tenía razón al afirmar: 

Cae la oscuridad de nuevo, mas ahora sé 

que a veinte siglos de obstinado sueño

los meció una pesadilla en su cuna,

¿Y qué escabrosa bestia, llegada al fin su hora,

se arrastra hasta Belén para nacer?

Contra el olvido bestial, nuestra Memoria.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.