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El terremoto italiano

Fuentes: Ctxt

Un verdadero terremoto político. Este es el escenario italiano tras las elecciones legislativas del 4 de marzo. El seísmo se veía venir, pero nadie esperaba que la sacudida fuera tan fuerte. Los débiles cimientos de la Segunda República -nacida tras el escándalo de Tangentopoli a principios de los años noventa- se han venido abajo, los […]

Un verdadero terremoto político. Este es el escenario italiano tras las elecciones legislativas del 4 de marzo. El seísmo se veía venir, pero nadie esperaba que la sacudida fuera tan fuerte. Los débiles cimientos de la Segunda República -nacida tras el escándalo de Tangentopoli a principios de los años noventa- se han venido abajo, los dos partidos que han sido el pivote del sistema político de los últimos veinte años -el Partido Democrático (PD) y Forza Italia- han sufrido un desgaste brutal y el Movimiento Cinco Estrellas (M5E) y la Liga de Matteo Salvini son los verdaderos ganadores de estos comicios, en los que una vez más la abstención ha batido récords (27,1%). Nadie tiene una mayoría clara en las dos Cámaras del Parlamento. Se abre así una etapa extremadamente compleja en la que Italia se adentra, una vez más, pero más que en el pasado, en territorio desconocido. Naufragan los viejos actores políticos, se imponen otros, cambia por completo la geografía política de la península. Podemos afirmar que ha nacido una incierta Tercera República. Cómo acabará, nadie lo sabe.

Di Maio y Salvini, apúntense estos nombres

Los resultados son aún provisionales debido a una nueva ley electoral -el Rosatellum- que ha complicado y retrasado sobremanera la asignación de los escaños. Pero lo que está claro es que el Movimiento Cinco Estrellas es el primer partido con el 32,6% de los votos, mientras que la primera coalición es la del centro-derecha, que suma el 37%, con una clara victoria de la Liga (17,4%) que ha superado a la Forza Italia (14%) de un Berlusconi en declive humano y político. Se trata de la victoria de las dos formaciones que han sabido conquistar el voto de los indignados y de los decepcionados con el sistema político, la corrupción, la situación económica y social.

El M5S conquista el Sur de la península con porcentajes de voto que superan el 40% y hasta el 50% en muchas regiones (Campania, Sicilia, Cerdeña, Apulia, Calabria, Basilicata), mejorando los resultados que la Democracia Cristiana obtuvo en sus años dorados. Ha sido el voto del rencor otorgado por el territorio más olvidado del Belpaese; unas regiones que se encuentran en la cola de Europa en cuanto a tasas de empleo (-35% respecto a la media UE) y con una renta per cápita inferior a la de Eslovaquia y a algunas regiones de Bulgaria. El Mezzogiorno olvidado ha votado en masa al partido del Vaffanculo -literalmente: que se vayan a tomar por culo-, fundado por el cómico Beppe Grillo hace una década. Los Cinco Estrellas se han convertido así, tras la explosión de 2013, cuando consiguieron el 25% de los votos, en el actor central de la nueva fase política. En el centro y el norte obtienen entre el 20% y el 35%, con un discurso que pesca votos de la derecha y de la izquierda. Son el catch-all party por antonomasia. El partido anti-establishment. En los últimos meses, su joven líder, Luigi Di Maio, ha moderado su discurso y ha vendido la imagen de un partido que puede gobernar con seriedad y honradez. El tiro no le ha salido por la culata. Al contrario.

El otro ganador es la Liga -que ha hecho desaparecer la palabra Norte de su símbolo-, tras la conversión lepenista llevada a cabo por su mediático secretario general Matteo Salvini. En un lustro ha llevado el partido del 4% a más del 17%, doblando casi los mejores resultados jamás conseguido por el partido fundado por Umberto Bossi (10,2% en 1996). La Liga ya no es el partido del norte, aunque es en esas regiones (Piamonte, Veneto, Friuli y Lombardía, donde se votaba también en las regionales y ha ganado el candidato de la Liga, Attilio Fontana) donde obtiene sus mejores resultados. Ha roto la barrera de los Apeninos, ha conquistado muchos votos también en el centro y se ha asentado en el sur, rivalizando con los posfascistas de Hermanos de Italia de Giorgia Meloni, que se quedan en un exiguo 4,3%. Salvini ya no habla de la secesión de la Padania. Habla de la invasión de los inmigrantes, se abraza con Marine Le Pen, alaba a Viktor Orbán, se deja fotografiar con Trump. Y recupera el viejo caballo de batalla de Berlusconi: hay que bajar los impuestos que ahogan a las empresas.

Salvini ha sabido hablar a las entrañas de un norte rico, que no encuentra una salida al estancamiento económico, y que teme el empobrecimiento. Salvini ha utilizado el miedo para ganar consensos. El miedo que se convierte en rabia, cuyos blancos son los inmigrantes, la globalización, la tecnocracia de Bruselas, los impuestos. Para muchos, Berlusconi ya no es creíble: el exCavaliere, inhabilitado y plastificado, cumplirá 82 años en septiembre. Salvini esta semana cumplirá 45. Es él el futuro de la derecha italiana. Ojo.

Berlusconi y Renzi, en la estacada

Los grandes derrotados de estos comicios han sido Berlusconi y Renzi. El primero ha mostrado todos sus límites. Físicos y políticos. Su etapa se acabó. Su partido, Forza Italia, no existe: mantiene algunas redes clientelares, pero no es nada más que una formación personalista que sin Berlusconi no tiene carisma ni arraigo territorial. La Liga lo mantiene: es el último partido clásico del siglo XX. Además, la apuesta moderada del exCavaliere para reconquistar el gobierno con el nihil obstat de las élites europeas -propuso a Antonio Tajani, actual presidente del Europarlamento, como futuro candidato a presidente del Gobierno- no le ha valido para seguir siendo la clave de bóveda de la coalición de centro-derecha italiana. El centro-derecha, tal y como lo hemos conocido en las últimas dos décadas, se ha acabado. La hegemonía la tiene la Liga, la declinación italiana de la nueva extrema derecha europea. Es muy probable que los de Salvini acaben fagocitando a Forza Italia, una vez que Berlusconi haya salido definitivamente de escena.

Matteo Renzi está kaputt. Su empecinamiento en querer ser el Macron italiano ha fracasado estrepitosamente. Su desconexión de la realidad ha sido notable, tras haber perdido el referéndum constitucional de diciembre de 2016. El PD no ha llegado ni al 20% y la coalición de centro-izquierda se ha quedado con un mísero 23%, perdiendo también la mayoría de sus feudos históricos del centro de la península. Respecto a la pasada legislatura pierde unos doscientos escaños. Una derrota total y absoluta, que se enmarca en la crisis de la socialdemocracia en el Viejo Continente. Único consuelo: la probable (faltan los resultados definitivos) victoria en las elecciones regionales del Lacio, donde ha sido re-elegido Nicola Zingaretti. La dimisión de Renzi, anunciada el 5 de marzo, abrirá una nueva etapa en el partido. Ya se habla del actual premier Gentiloni como posible nuevo secretario del PD. Para los democráticos el objetivo ahora es el de no convertirse en el PASOK.

Por lo que concierne a la izquierda, el drama es absoluto. Está desaparecida en combate desde hace una década, cuando acabó la experiencia gubernamental de la Rifondazione Comunista de Bertinotti, hoy miembro de Comunión y Liberación. Liberi e Uguali, la alianza liderada por el presidente del Senado, Pietro Grasso, y formada por Sinistra Italiana, los escindidos de izquierdas del PD y Possibile, se ha quedado con un mísero 3,4%, lo que le permite enviar al Parlamento a una decena de diputados. Nada más. Un dato muy explicativo: a Massimo D’Alema en su colegio electoral (Apulia) lo ha votado tan sólo el 3,9% de los electores, mientras que la candidata del M5S se ha llevado el 40%. Es el fin de una época. La lista movimentista de Potere al Popolo obtiene sólo el 1,1% y no tendrá representación al no haber superado la barrera del 3%. Los Cinco Estrellas han atraído al votante de izquierdas decepcionado, tanto por el PD neoblairista de Renzi como por una izquierda fragmentada e incapaz de hablar al 99% de la población. Hace falta cuanto antes un reset.

¿Y ahora qué?

Con un país partido por la mitad -el Norte ha votado Liga, el Sur ha votado M5E- y con las fuerzas euroescépticas que suman más del 50% de los votos, la opción de un gobierno de gran coalición a la alemana parece inviable. La hipótesis defendida por las élites políticas, económicas y mediáticas ha fracasado por completo, una prueba más de la distancia que las separa del país «real», como hemos visto ya en otros ámbitos con el Brexit y la victoria de Trump en Estados Unidos.

Sin embargo, no hay una mayoría clara en ninguna de las dos Cámaras, así que el futuro es incierto. «El gobierno es un rompecabezas», titulaba Il Corriere della Sera. Empezará una etapa larga donde las declaraciones de la campaña electoral dejarán espacio a las reuniones en los despachos para ver si alguien tiene los números para formar un Ejecutivo. Tendrá un papel crucial el presidente de la República, el democristiano Sergio Mattarella, que deberá decidir a quién encargará formar gobierno. ¿Al partido más votado, los Cinco Estrellas, o a la coalición más votada, el centro-derecha? Hay muchas especulaciones al respecto. El primer paso será de todos modos la elección de los presidentes del Senado y de la Cámara el próximo 23 de marzo: ahí se verá por dónde van los tiros.

La posibilidad de un gobierno de centro-derecha es difícil, ya que según los resultados provisionales le faltan unos cuarenta diputados para tener una mayoría parlamentaria. Si Forza Italia hubiese quedado primera dentro de la coalición, no habría sido complicado encontrar los votos para elegir a Tajani. Además, los de Berlusconi han sido históricamente unos maestros en la compra de diputados. Pero, con la Liga como primera fuerza, ¿quién permitiría a Salvini convertirse en presidente del Gobierno?

Una opción que tendría una amplia mayoría en las dos Cámaras sería la de un gobierno entre los Cinco Estrellas y la Liga, pero parece también improbable, aunque no se puede descartar nada. No les conviene a ninguno de los dos. Por un lado, los de Di Maio se arriesgarían a perder gran parte de sus votantes provenientes de la izquierda; por el otro, Salvini se arriesgaría a perder la hegemonía que acaba de conquistar en la derecha. Ninguno de los dos quiere desgastarse tan rápido.

Quedarían tres opciones más, además de una repetición electoral. En primer lugar, un gobierno técnico que llevaría al país hacia nuevas elecciones dentro de un año. Pero, ¿quién lo apoyaría? La experiencia del gobierno de Monti, y del desgaste que sufrieron los que lo apoyaron, sigue fresca en la memoria. En segundo lugar, un gobierno en minoría del M5E apoyado o bien por el PD sin Renzi o bien por una Forza Italia desvinculada de Salvini. Hay quien sostiene que Mattarella estaría ya evaluando una de estas dos opciones, sobre todo la primera (M5E-PD). Las élites, también. Harían de tripas corazón con un doble objetivo: intentar controlar a los grillini y responsabilizarlos de la mala gestión. Con un gobierno en minoría no es fácil aprobar los presupuestos. No hablemos de solucionar problemas endémicos del país, como el del sistema bancario, o de aprobar reformas estructurales y, menos aún, una nueva ley electoral, ya que será necesario cuanto antes reformar el Rosatellum, que podría ser juzgado inconstitucional en los próximos meses por la Corte Constitucional italiana. Entregarle el gobierno al M5S para controlarlo y sobre todo desgastarlo, esto dicen las malas lenguas. «Pensar mal es pecado, pero muchas veces se acierta», dijo Giulio Andreotti.

Pase lo que pase y gobierne quien gobierne, todos están convencidos de que se tratará de una legislatura breve. Ha empezado ya la campaña electoral para las Europeas de 2019. Ninguno de estos gobiernos superaría probablemente ese escollo. Las elecciones al Europarlamento serán la siguiente batalla de una guerra de desgaste que se anuncia extremadamente larga. Todos están afilando ya los cuchillos.

Steven Forti es profesor asociado en Historia Contemporánea en la Universitat Autònoma de Barcelona e investigador del Instituto de Historia Contemporánea de la Universidade Nova de Lisboa.