Italia

El Waterloo del Movimiento 5 Estrellas

Fuentes: Ctxt

«Sálvese quien pueda». Este es el mensaje que está lanzando el Movimiento 5 Estrellas (M5E), convertido ya en un nuevo Titanic. Aunque unos cuantos todavía no se hayan dado cuenta, la colisión con el iceberg tuvo lugar hace ya tiempo. Y parece que ya poco se puede hacer. El barco se está hundiendo. Los resultados […]

«Sálvese quien pueda». Este es el mensaje que está lanzando el Movimiento 5 Estrellas (M5E), convertido ya en un nuevo Titanic. Aunque unos cuantos todavía no se hayan dado cuenta, la colisión con el iceberg tuvo lugar hace ya tiempo. Y parece que ya poco se puede hacer. El barco se está hundiendo. Los resultados en las elecciones regionales celebradas este domingo 26 de enero han sido un descalabro brutal para el partido fundado hace una década por el cómico Beppe Grillo. Nadie se esperaba una victoria, está claro, pero el 4,7% obtenido en Emilia-Romaña, donde el movimiento había cosechado sus primeros éxitos importantes, y el 6,3% en Calabria, donde los grillini superaron el 43% en las generales de 2018, son una bofetada descomunal que muestra como una formación que aspiraba a revolucionar la política italiana e instalarse en el poder está cada vez más cerca de la desaparición.

En Emilia-Romaña, donde el Partido Demócrata (PD), gracias en parte a las Sardinas, un movimiento juvenil nacido en la región hace dos meses contra la extrema derecha, ha conseguido una clara victoria al pararle los pies a la Liga, el candidato del M5E, Simone Benini, no ha conseguido ni ser elegido diputado. Y en Calabria, donde la derecha ha arrasado, los grillini se quedan sin representación en la asamblea regional.

Del avance imparable al declive inarrestable

Son tiempos líquidos, decía Bauman. Y todo cambia de manera extremadamente rápida. Piénsese en la Liga de Matteo Salvini: en 2013 obtuvo por los pelos el 4% necesario para entrar en Montecitorio, la sede de la Cámara de los Diputados. Ahora se mueve alrededor del 30-34% en intención de voto.

La trayectoria del M5E es también hija de estos tiempos de crisis de las ideologías y los partidos tradicionales. Fue esta la que le permitió, a fin de cuentas, convertirse en un actor de primer orden en la política italiana de la noche a la mañana. En 2012, tras la experiencia del gobierno tecnócrata de Mario Monti, el Movimiento obtuvo inesperadamente sus primeras victorias: conquistó la alcaldía de Parma en el corazón de la izquierdista Emilia-Romaña; entró con fuerza en 2013 en la Cámara de los Diputados con un sonado 25,5%, lo que convirtió un sistema político bipolar (centro-derecha versus centro-izquierda) en tripolar, tras una campaña electoral en cierto modo épica, rebautizada Tsunami Tour, en la que Grillo lanzaba anatemas palingenésicos y clamaba para echar a patadas a todos los políticos y «abrir el Parlamento como una lata de atún»; la derrota de Renzi en el referéndum sobre la reforma constitucional de 2016, la incapacidad del ejecutivo de centro-izquierda de sacar al país del estancamiento económico iniciado a principios de los dos mil y un resentimiento generalizado contra la clase política en buena parte de la población dieron alas a los grillini. En las municipales de 2016 se hicieron con las alcaldías de Roma y Turín y en las generales de 2018 se convirtieron en la primera fuerza con casi 11 millones de votos, el 32,7%. La creación de Gianroberto Casaleggio, el verdadero artífice del M5E, parecía imparable.

Esos comicios fueron, sin embargo, el canto del cisne del Movimiento. En las siguientes elecciones, y pese a estar en el gobierno, su declive ha sido evidente. En las europeas del pasado mes de mayo se quedó en la tercera posición tras ser superado por la Liga y el Partido Demócrata. Además, no consiguió hacerse con ninguna de las diez regiones en que se votó entre 2018 y 2019 y en las municipales, celebradas también en esos dos años, tuvo que conformarse tan solo con dos pequeñas capitales de provincia, Avellino y Campobasso. La simbólica victoria en Imola, feudo emiliano de la izquierda desde la caída del fascismo, fue pírrica: la alcaldesa Manuela Sangiorgi dimitió tras un año y medio y declaró que «el M5E ya no existe. El M5E está muerto». Luego se pasó a la Liga. El Ayuntamiento está en manos de una gestora hasta las próximas elecciones. En Livorno los grillini perdieron la alcaldía que volvió a manos del PD, y en Roma la administración de Virginia Raggi se ha convertido en un chiste por su incapacidad para gobernar la ciudad eterna y nadie apuesta un duro por su victoria el año que viene, si es que tiene el valor de volver a presentarse. Para más inri, en Parma el alcalde Federico Pizzarotti, que había demostrado ser capaz de administrar bien la ciudad, fue expulsado del M5E en octubre de 2016 por decisión unilateral del mismo Grillo. Pizzarotti revalidó la alcaldía al año siguiente, pero con un nuevo partido, Italia in Comune, de corte centro-izquierda europeísta. «El M5E ya no tiene nada que decir», señaló Pizzarotti tras el batacazo de este pasado domingo. «En muy poco tiempo cometió todo los errores que los partidos hicieron en 40 años. Los militantes de buena fe ya se han ido: se han quedado solo los fans de los fans».

Las razones del declive

La comparación de los resultados del M5E en estas últimas regionales en Emilia-Romaña y Calabria con los votos obtenidos en las generales de 2018 es estremecedora: en la región septentrional pasa de 700.000 a 102.000 votos y en el sur de 406.000 a 50.000. Es cierto que el Movimiento no ha brillado casi nunca en el ámbito local, pero se trata de un Waterloo sin paliativos. La tendencia es evidente.

¿Cómo explicar su rápida caída en desgracia? Por un lado, es evidente que los grillini sufren el síndrome populista: tras prometer todo y lo contrario desde las calles y las bancadas de la oposición, una vez en el gobierno no han sabido ni podido cumplir prácticamente nada. Además, buena parte de los que les votaron, por frustración, rabia o desesperación, los han acabado percibiendo como un partido más de la casta, que tanto había estigmatizado el M5E. Es cierto que no todos los partidos populistas acaban así. Al contrario. Los hay que consiguen por una razón u otra mantenerse en el poder y/o conservar el apoyo electoral conquistado.

En el caso del M5E, al síndrome populista se le añaden otra serie de elementos cruciales que ayudan a entender su debacle.

En primer lugar, el partido cuyo lema más reconocible fue el vaffanculo [literalmente, a tomar por culo] ha demostrado una falta de preparación y un diletantismo asombrosos. Más allá de algunas excepciones, sus ministros, diputados y senadores se han convertido, con razón, en objeto de escarnio por sus errores. Entre los muchos ejemplos, el de el ya exministro de Transportes, Danilo Toninelli, que llegó a declarar que los empresarios utilizan a menudo el túnel del Brennero, en la frontera con Austria, para exportar mercancías. No existe ningún túnel. Otro de los casos más emblemáticos es el de la alcaldía de Roma: en menos de tres años han abandonado el gobierno una decena de regidores, algunos incluso imputados por corrupción. Y todo esto por no hablar de las (pocas) medidas impulsadas desde el gobierno durante su coalición con la Liga: la puesta en marcha de la supuesta renta de ciudadanía -en realidad, un subsidio de desempleo ampliado- ha acabado en buena medida como el rosario de la aurora. Las declaraciones altisonantes, como el «¡hemos abolido la pobreza!» del ya dimitido líder grillino Luigi Di Maio cuando se aprobó el llamado decreto Dignidad en 2018, han chocado con la realidad.

En segundo lugar, el M5E no tiene ninguna estructura: no es más que una marca, desconectada de los territorios, y que, sobre todo, no ha sido capaz -ni posiblemente ha querido- de construir una organización en todos estos años. Algo muy parecido a Ciudadanos. Esto explica también porque a nivel local, excepto contadas excepciones, ha obtenido resultados como mínimo decepcionantes, incluso en sus mejores momentos. A esto cabe añadirle la total ausencia de democracia interna: las decisiones importantes siempre las ha tomado un grupo hiper restringido, formado esencialmente por Grillo y Casaleggio -tras su muerte en 2016 le sustituyó su hijo, Davide- y Di Maio en el último bienio. A estas tres personas quizás haya que sumarle tres o cuatro más. Sin ninguna transparencia. Jamás ha existido un debate interno serio, jamás ha existido algo parecido a una secretaría con miembros elegidos por las bases, jamás se ha organizado un verdadero congreso. Quien se atrevía a criticar las decisiones impuestas por la cúspide acababa amonestado, expulsado y acosado por espeluznantes campañas en las redes. La democracia directa, preconizada por los grillini, se convirtió en una farsa. Así en su plataforma Rousseau, que debía ser el non plus ultra de los procesos participativos, votan tan solo algunos pocos millares. Para más inri, Grillo y Casaleggio hicieron siempre lo que les dio la gana y cambiaban a su antojo las decisiones de los militantes. A esto hay que sumarle que los Casaleggio son los propietarios de esta herramienta, para la que los parlamentarios del M5E deben donar cada mes 300 euros, bajo pena de expulsión. Sobre ese dinero, más de un millón de euros anuales, nadie sabe nada. Ni dónde acaba ni cómo se utiliza.

En tercer lugar, a nivel ideológico el partido ha ido dando unos bandazos increíbles, a veces sin justificación alguna. De las cinco estrellas del nombre -agua pública, transporte, desarrollo, conectividad y medio ambiente- ya no queda prácticamente nada. Algunas de sus batallas estandarte, como la oposición a la construcción de la línea de tren de alta velocidad entre Turín y Lyon o el gasoducto transadriático, pasaron a mejor vida con gran enfado de sus militantes. El partido que debía ser, según lo que repetían un día sí y otro también, ni de izquierda ni de derecha, se acabó aliando en poco más de un año con la extrema derecha de la Liga, y luego, de golpe, con la tan denostada por ellos mismos centro-izquierda del PD, formación a la que Grillo tachaba hasta hace poco de «PD menos L» (en referencia al PDL, el Partido de la Libertad berlusconiano). Algo similar ha practicado en Europa: en 2014 el M5E formó grupo con el británico y euroescéptico UKIP, luego de un día para otro y sin consultar ni a sus eurodiputados, Grillo decidió pasarse a los liberales de ALDE. La operación no salió bien y el M5E volvió al cabo de 48 horas con Farage. Tras las europeas de mayo ha optado por no aliarse con nadie y permanecer en el grupo de los no inscritos, pero votó a favor de la elección de Ursula von der Leyen como presidenta de la Comisión Europea. En la lógica grillina, la exministra de Defensa alemana representaba hasta nada a la «casta» europea. Si bien, esta es una época gaseosa, más que líquida, los bandazos del M5E han dejado anonadados a muchos votantes.

Y ahora, ¿qué?

La Waterloo de los grillini en las regionales de Emilia-Romaña y Calabria abre una serie de interrogantes. In primis, ¿está a punto de implosionar el Movimiento? Durante toda la campaña se dijo que una victoria en la región del nordeste de Bonaccini, el candidato del centro-izquierda, evitaría la caída del gobierno en Roma. Y es cierto. El órdago de Salvini no ha surtido efecto y Giuseppe Conte puede relajarse. O quizás no tanto. Porque con lo que parece que nadie había contado era con un batacazo tan grande del M5E. Los de Grillo son aún el partido con más representantes en el Parlamento italiano (más de 200 diputados y más de 100 senadores) y el socio mayoritario de la coalición de gobierno.

Todo apunta a que ningún grillini quiere ir a nuevas elecciones, so pena de que el partido desaparezca y ellos no vuelvan a ser reelegidos, pero el M5E es una jaula de grillos y no una falange romana, pese al férreo control que intenta mantener Davide Casaleggio. Además, desde el comienzo de la legislatura han abandonado el Movimiento más de una treintena de parlamentarios. Un puñado más y el gobierno ya no tendría la mayoría en el Senado. A esto hay que añadirle la dimisión la pasada semana de Di Maio como líder de la formación. Nadie descarta a día de hoy que podría liderar una escisión. El aún ministro de Asuntos Exteriores ha sido siempre reacio al acercamiento al PD y ha defendido más bien la experiencia de gobierno con Salvini y, de fondo, la idea de que el M5E debe ser el fiel de la balanza del sistema político italiano. Ahora bien, puesto que el tripolarismo parecería, sin embargo, haber pasado a mejor vida, la pregunta para la formación es qué hacer en este nuevo escenario

Grillo lo tiene claro: trabajar de cara a una alianza sistémica con el PD para formar un bloque progresista que se oponga a la derecha de Salvini y Meloni. Dentro del PD hay quien compra esta propuesta, como el ministro Franceschini e incluso el secretario Zingaretti. Otros son más escépticos. Y Renzi, cuyo nuevo partido personalista no consigue despegar, aún más. En medio, todas las dificultades para llevar adelante una planificada y coherente actividad de gobierno: desde que nació tras la crisis veraniega, el ejecutivo Conte bis ha tenido más dificultades que otra cosa y se percibe como falto de un verdadero proyecto de país. Las divergencias entre PD, M5E y Renzi han sido evidentes y hay muchos asuntos conflictivos sin resolver -la concesión de las autopistas, la ley electoral, la reforma de la justicia, la abolición de los decretos de seguridad de Salvini, etc.- que pueden, en una situación de profunda debilidad de los grillini como la actual, hacer saltar por los aires la coalición.

Algunas interrogantes sobre el futuro del M5E deberían aclararse, o quizás no, tras sus Estados Generales, una especie de congreso, el primero de su historia, que se celebrará en Turín a mediados de marzo. Muchas voces internas piden una mayor colegialidad en la toma de decisiones, la creación de una secretaría y una mayor democracia interna. A ver.

Lo que parece claro es el declive del Movimiento. En estos tiempos tan extraños podría incluso recuperarse, quién sabe, pero es harto difícil. En el mejor de los casos podría aspirar a ser un actor secundario: el 32,7% de 2018 es cosa del pasado.

Si, como todo apunta, estamos delante de una muerte anunciada, cabe preguntarse cuál habría sido la función histórica del M5E: ¿acercar otra vez a la política a una población decepcionada? ¿Poner encima de la mesa en el Parlamento, un cuarto de siglo después de Tangentópolis, la lucha contra la corrupción? ¿Colocar en el centro del debate público cuestiones como la renta de ciudadanía, etc.? Podría ser, quizás.

Para el que escribe estas líneas, sin embargo, el M5E ha tenido esencialmente dos funciones. Por un lado, embrutecer aún más el lenguaje, cabalgar el resentimiento, transformarlo en odio y canalizarlo políticamente. Es decir, dar rienda suelta a las pasiones más tristes, con altas dosis de discurso del odio y deshumanización del adversario político. Y, por otro lado, allanarle el camino y abrirle las puertas del gobierno a la ultraderecha. Allá por 2012, Grillo declaró que si no hubiese llegado el M5E, en Italia estaría en el poder una formación ultraderechista como la griega Amanecer Dorado. Seis años después formaba gobierno con la Liga de Salvini, aliada de Orbán, Le Pen y Strache, lo que le permitió a la ultraderecha italiana cobrar protagonismo y convertirse en el primer partido del país.

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Steven Forti es profesor asociado en Historia Contemporánea en la Universitat Autònoma de Barcelona e investigador del Instituto de Historia Contemporánea de la Universidade Nova de Lisboa.

Fuente: https://ctxt.es/es/20200115/Politica/30705/movimiento-5-estrellas-davide-casaleggio-elecciones-regionales-italia-steven-forti.htm

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