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Cumbre americana

Entre el cambio y el paréntesis

Fuentes: Rebelión

No defraudó la VII Cumbre de las Américas en la puesta de largo del proceso de normalización de relaciones entre Cuba y EEUU. Porque no parece que haya ocurrido otra cosa durante la misma, salvo la reunión entre el presidente Obama y Raúl Castro. No ha sido así, pero es igual. Era la cumbre de […]

No defraudó la VII Cumbre de las Américas en la puesta de largo del proceso de normalización de relaciones entre Cuba y EEUU. Porque no parece que haya ocurrido otra cosa durante la misma, salvo la reunión entre el presidente Obama y Raúl Castro. No ha sido así, pero es igual. Era la cumbre de Cuba, pues por vez primera asistía el país caribeño a un cónclave al que concurría también EEUU. Cumbre sin resultados prácticos ni declaración final, también hay que decir, prueba indirecta de que hubo armonía, pero no acuerdos. Cuba ha sido sacada de la lista de países ‘terroristas’, pero Venezuela mantiene la calificación de ‘amenaza’. Los demás pasos deberán darse sobre un escenario hostil -el Congreso estadounidense- y con un presidente al que queda año y medio largo de mandato. Incertidumbres suficientes para creer que la VII Cumbre ha marcado, real y efectivamente, un cambio de dirección de EEUU hacia la región.

Entre 1977 y 1981, el presidente James Carter quiso cambiar el signo de las relaciones entre EEUU y Latinoamérica. Dando un giro drástico a la política de sus antecesores, de apoyo irrestricto a las sangrientas dictaduras latinoamericanas, convirtió en bandera la defensa de los derechos humanos e impuso sanciones a dictaduras como la argentina y fue crítico de las dictaduras de Alfredo Stroessner en Paraguay y de Pinochet, en Chile. Hizo algo más substancial, como fue la firma de los tratados Torrijos-Carter, por los que EEUU devolvía la Canal Zone a la soberanía panameña. Esta decisión provocó una revuelta en el Partido Republicano, que acusó a Carter de atentar contra los intereses del país, al entregar un enclave estratégico a un país corrupto (un congresista republicano llegó a gritar: «Nosotros lo tomamos, nosotros lo construimos, es nuestro»). Tocó a Carter la revolución sandinista y requirió al dictador Anastasio Somoza abandonar el poder, reconociendo luego al gobierno revolucionario. No era todo pan bendito. Al mismo tiempo, Carter enviaba ayuda militar al gobierno salvadoreño y durante su gobierno se dio el asesinato, en marzo de 1980, del arzobispo Óscar Arnulfo Romero.

Poco duró la ilusión. Carter perdió las elecciones en 1980 ante el republicano Ronald Reagan, que devolvió las aguas a su cauce. Retorno del apoyo a las dictaduras neofascistas, guerra a muerte a la revolución sandinista y total respaldo a los ejércitos sanguinarios de Guatemala y El Salvador. El gobierno de Carter fue un paréntesis, que quedó rápidamente cerrado, sin que los siguientes presidentes de EEUU volvieran a interesarse por Latinoamérica. El fin de la guerra fría devaluó la región y las energías de la superpotencia se volcaron a las guerras en Iraq, Afganistán y nuevamente Iraq.

A veces los olvidos son buenos para los olvidados. En el ínterin, las fuerzas oprimidas y reprimidas por décadas se organizaron y ganaron una y otra vez las elecciones, ganando gobiernos y mutando el color político y el rumbo de la región. El poder emergente de China hizo presencia y, sin ruido, pero sólidamente, se convirtió en motor de desarrollo en una mayoría de países. Rusia también ha vuelto, reanimando lazos establecidos por la extinta URSS. Latinoamérica ha buscado y encontrado sus propios foros de diálogo y cooperación, como UNASUR y la CELAC, dejando orillada y devaluada a la OEA, el foro preferido por EEUU y que fue, hasta fines del siglo XX, el único foro regional.

El demócrata Obama recuerda al demócrata Carter. Éste devolvió el canal a Panamá. Obama ha reabierto las relaciones diplomáticas con Cuba. Carter alzó los derechos humanos en un continente bañado en sangre. Obama anuncia el fin del intervencionismo y una era de respeto entre EEUU y las naciones latinoamericanas. Carter convirtió la firma de los tratados canaleros en un cónclave continental. Obama asistió a la VII Cumbre para hacer de ella escenario continental del acuerdo histórico con Cuba. Se ha tratado de un saludo y una despedida. Un factor hay a favor de Carter. Éste devolvió el canal en su primer mandato, teniendo opción para otro. Obama ha escenificado la normalización con Cuba en la recta final de su segundo periodo, lo que conlleva el riesgo de que su decisión sea congelada por quien resulte electo en noviembre de 2016 o por un Congreso dominado por el Partido Republicano, adverso a su política cubana.

La historia de las relaciones entre EEUU y Latinoamérica enseña que es obligatoria la prudencia ante situaciones como la protagonizada por Obama y Raúl Castro. EEUU no podía recuperar el canal de Panamá, pues había sido devuelto en 1977 por medio de tratados internacionales, pero doce años después, en diciembre de 1989, invadió y ocupó el país y lo devolvió de golpe a la situación de país bananero. Reagan enterró los derechos humanos bajo toneladas de sangre y, en 2002, George Bush Jr. alentó un golpe de estado contra Hugo Chávez -aplaudido en España-. En 2009 fue derrocado el presidente de Honduras y en 2012, el presidente de Paraguay, ambos de izquierda. El infortunado decreto firmado por Obama, declarando a Venezuela «amenaza» a la seguridad nacional de EEUU -aunque luego admitiera el propio Obama que no era tal- demuestra lo arraigadas que están las pulsiones intervencionistas en EEUU.

Tiene tiempo Obama para avanzar en la normalización de relaciones con Cuba y para confirmar su voluntad de clausurar las oxidadas políticas injerencistas. Obama desea, como él mismo ha declarado, imprimir «un punto de inflexión para toda la región», marcada a fuego por un siglo de desdén, opresión y expolio por parte de EEUU. No hay motivos para dudar de las palabras de Obama, ni de su interés por establecer relaciones más igualitarias y constructivas. Sí las hay para dudar de que un nuevo presidente (o presidenta) quiera darle continuidad, más todavía existiendo un Congreso hostil al cambio y anclado en viejos resabios que se niegan a morir.

Independientemente del curso que siga EEUU, América Latina es hoy una región más soberana, fuerte y unida que nunca. EEUU sigue siendo un país sumamente importante, pero ya no es «el país» importante. Nuevos actores y nuevas realidades políticas y económicas marcan el paso del mundo y, dentro de ese mundo, de una región que ha dejado de ser el «patio trasero» del imperio. Fuerzas reaccionarias existen que siguen peregrinando a EEUU, pidiendo que golpes de estado e intervenciones políticas les devuelvan el poder que perdieron en procesos electorales reconocidos por todos. Pero son fuerzas superadas por los desarrollos históricos y, aunque puedan volver al poder, los países que encontrarán no son aquellos analfabetos y humillados que dejaron.

Y como esas moscas que sobrevuelan la mesa, un grupo de ex presidentes derechistas prestaba su nombre para demandar la vuelta del pasado en Venezuela, invocando los derechos humanos y la democracia. Entre los firmantes del ‘manifiesto’ estaban Álvaro Uribe, acusado de crímenes de lesa humanidad y enemigo declarado del proceso de paz colombiano, apoyado por la VII Cumbre; Miguel Ángel Rodríguez, de Costa Rica, condenado a cinco años de cárcel por corrupción, absuelto y vuelto a enjuiciar; Jorge Quiroga, de Bolivia, heredero político del ex dictador Hugo Bánzer y bajo sospecha de vinculación al narcotráfico; Alfredo Cristiani, de El Salvador, bajo cuyo mandato presidencial fueron asesinados por el ejército salvadoreño seis sacerdotes jesuitas, entre ellos el rector de la Universidad Centroamericana, Ignacio Ellacuría; Mireya Moscoso, de Panamá, que en 2004 indultó a cuatro terroristas, capturados cuando intentaban asesinar a Fidel Castro, durante una cumbre iberoamericana, razón por la cual Venezuela y Cuba rompieron relaciones diplomáticas con Panamá; Felipe Calderón, de México, bajo cuya presidencia, la guerra contra el narcotráfico dejó entre 60.000 muertos y 160.000 desplazados y acusado, como Álvaro Uribe, de crímenes de lesa humanidad; otro costarricense, Miguel Ángel Calderón, condenado en firme a cinco años de cárcel por corrupción… En fin, un club de ex presidentes latinoamericanos que, si funcionara la justicia, podrían estar todos en la cárcel. Firmaron también dos ex presidentes españoles. Uno de ellos apoyó el golpe de estado contra Hugo Chávez. Del otro debe recordarse que su partido apoyó dicho golpe. Selecto club de ex gobernantes.

 

Augusto Zamora R. es Profesor de Relaciones Internacionales.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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