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Fronteras: De viaje a la raya de Portugal

Fuentes: Insurgente

Porque tu eres como yo, viajero de alpargata y lector y practicante en su doble versión, a veces de andarín y a veces de chismoso relator. Dedicado a Carlos Martínez.


Para llegar a Oporto desde Madrid lo normal es entrar al país vecino por Salamanca y Ciudad Rodrigo. Además, en tierra lusa, ¡todo por autovía! Guarda-Viseu-Aveiro. Pero lo mío son las carreteras secundarias, aunque sólo sea para ponérselo más difícil a la misma Guardia Civil. Así que hízoseme de noche, perdido en el lago de Sanabria. Tan perdido y tan de noche que no divisaba el lago por parte alguna. Por fortuna, a la mañana siguiente, una vez esfumada la niebla lo descubrí desde un bellísimo pueblo zamorano: San Martín de Castañeda. Lo es por su emplazamiento monte arriba y por su monasterio. Unamuno tuvo que envidiar este retiro monacal. En la carretera se recogen unos versos suyos, un tanto místicos, en los que evoca la era glaciar, tan feliz por no saber nada de las edades del hombre.

Cualquier otro hubiera cruzado desde Puebla de Sanabria hasta Bragança, por donde las señales indican «Portugal». Pero tenía que haber alguna forma más complicada de hacerlo y encontré la información precisa sin demandarla: «si das con Ungilde pasarás por un bonito pueblo llamado Riohonor de Castilla». Igual de bonita era la informante y tal vez por ese pequeño detalle la creí.



Y subiendo y desmontando las últimas estribaciones de la sierra de La Culebra (de las más pobres que pueda haber, incluso su nombre parece testimoniarlo) di con la raya de Portugal. Raya que divide dos pueblos que son el mismo. Al otro lado imaginario, Rio de Onor, más grande, y mejorado su nombre en portugués, sin haches intercaladas ni apellidos políticos.




Rosario de Riohonor con mi compañera Ikuko. Les recomiendo la versión japonesa de este artículo. Gana mucho.


Hasta hace unos doce años, la raya en el camino era unas cadenas que cortaban el paso a los jabones, el café, el tabaco y poco más, que es lo que se pasaba. De todas estas cosas me entero por Rosario, una de las 80 vecinas y vecinos de la parte de aquí. Ella tiene la llave de la rústica y humilde iglesia que nos permite admirar un coqueto retablo de madera (datado en 1750, según una inscripción) por el que han recibido alguna tentadora oferta. Lástima que Santa Lucía, expuesta a los rayos del sol, palidezca. Se acerca su día, y el 13 de diciembre me he propuesto acordarme de ella para que no mude más su color, que Lucías en España hay muchas pero santas van quedando menos.



Ya fuera de su morada hago una pregunta a Rosario nada original: ¿se llevan bien con los portugueses? «Muy bien -me contesta- mi marido era portugués (falleció tras una operación, casualmente el día de Santa Lucía). Compramos y vendemos tierras y propiedades unos con otros. Nos ayudaron mucho cuando la guerra.»



Por la noche, en Chaves, capital de Tras-os-Montes, releo Viaje a Portugal, de Saramago, y, perplejo, advierto que habla bastante del Rio de Onor portugués que yo no recordaba, o, en todo caso, no acerté a ubicar. Y una misma pregunta, pero a la inversa: «¿se llevan bien con los españoles?». No está de más gozar del mismo sentido común que un Nobel Prize. También consuela compartir extravagancias, a saber: nuestro común rodeo para llegar a Bragança desde villorrio tan alejado y exento de piedras de algún interés, ya sean de «godos o de moros».



La miseria que describe Saramago allá cuando visitó la parte portuguesa a fe que no sirve de reclamo turístico. Más bien, al contrario, explica la desertización y emigración masivas. Lo que le cuentan, desde luego, que nos habla de otros tiempos, por fortuna, ya pasados. Cito:



«Aquí, un dolor de muelas se cura con gárgaras de aguardiente. Al cabo de unas cuantas ya no se sabe si ha pasado el dolor, o si está uno borracho o dolorido. Aún así, con esto puede uno sonreír, pero no con la historia aquella de la mujer grávida de dos gemelos, y cuando el primer hijo le nació, no sabía que aún tenía un segundo por echar al mundo, y esas aflicciones fueron tales que pasó veinticuatro horas de sufrimiento sin saber por qué, y cuando la criatura nació al fin, fue la admiración de todos, y nació muerta.» (La traducción no es mía).



Mientras don José, preocupado por la posibilidad de conflictos fronterizos, echa el sermón a los peces de la margen derecha que están en el río Douro, y a los de la margen izquierda que están en el río Duero, yo contemplo el imponente castillo de Bragança y pienso en la frontera irreal -¿surrealista, mejor?- de Riohonor de Castilla con Rio de Onor como una de las más estúpidas invenciones del género humano para su convivencia. Sin embargo, la frontera-fortaleza que se yergue ante mis ojos me recuerda la necesidad permanente de defender su independencia ante el vecino invasor.*


El regato de la izquierda marca la raya con Portugal. Al fondo, Rio de Onor (perteneciente a Bragança).



A este humilde trotamundos también le preocupan los conflictos fronterizos, o, propiamente, el concepto de frontera que engloba también aquellos, de forma tan obvia como que si suprimiéramos éstas no cabrían conflictos de tal naturaleza. Pero alcanzar (o regresar) a ese nivel de humanidad es hoy por hoy aún más difícil que sermonear con provecho a los peces. Unir en vez de separar a dos aldeas pobres y aisladas parece una buena idea, y convertirlas en la primera aldea de Europa, con una escuela común donde ya no hay escuela, etc. Para los vecinos de este lado y del otro de la raya, si con ello algún dinero llega, será bienvenido éste y también la buena idea.



Ya de vuelta de este viaje tan magramente contado escribo para mi catecismo esta letanía: unir los pueblos de Iberia, sí, si ellos quieren y no los reyes, como de hecho ha ocurrido siempre.



Respetar siempre su voluntad, sí, y no las leyes que no la respetan. Como de hecho ha sucedido nunca.


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* El ministro portugués de Transportes, Mario Lino, «un iberista confeso» (manifestó el pasado abril en Santiago de Compostela que «la unidad histórica y cultural ibérica» es «una realidad que persigue tanto el Gobierno español como el portugués») ha sido denunciado por un grupo de ciudadanos -militares retirados- por traidor a la patria, delito allí castigado con una pena de 10 a 20 años. Para los denunciantes, sus declaraciones «ofenden y ponen en peligro la independencia de Portugal». El ritmo de ambas economías en los últimos años, -¡tan dispar!- está propiciando dentro del nuevo marco europeo una entrada de capital español enorme en el país vecino y una creciente salida de trabajadores lusos en sentido contrario. No obstante, perduran al menos en los sectores más conservadores, a tenor de la noticia, los fantasmas del pasado.



Adenda (totalmente extravagante).- Ya en Porto compré y por las largas noches leí -¡desde las 5 de la tarde lo es!- As Pequenas Memórias, de Saramago. Desconozco si ya han aparecido en español. De ese pequeño libro quiero contar una anécdota del siniestro Queipo de Llano que tan bien refleja con su humor característico: el pequeño Saramago escuchaba Radio Sevilla en los tiempos de las guerra y las siniestras locuciones del general («das quais, escusado será dizer, nâo recordo nem uma palabra«), pero sí el anuncio con que concluían. «Oh, qué lindos colores, tintas Revi son las mejores». No tendría nada de especial -añade el excelente escritor- de no ser porque, según él cree estar convencido, era el propio militar quien terminada la «charla política, recitava o festivo anúncio. Faltava isto à ‘pequena história’ da guerra civil de Espanha. Com perdâo da futilidade«. Lo siento, Pepe Domingo Castaño y cantores del Carrusel, ya que tuvisteis un terrible precursor.



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