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La ciencia afea al FBI en el «caso ántrax»

Fuentes: Público

Científicos de EEUU dicen que los estudios genéticos no zanjan la autoría del único acusado, que se suicidó. El Gobierno alega que su hipótesis no ha sido refutada. Los detalles de los ataques con ántrax de septiembre de 2001, que componen la mayor investigación criminal en la historia de EEUU, siguen persiguiendo a las autoridades […]

Científicos de EEUU dicen que los estudios genéticos no zanjan la autoría del único acusado, que se suicidó. El Gobierno alega que su hipótesis no ha sido refutada.

Los detalles de los ataques con ántrax de septiembre de 2001, que componen la mayor investigación criminal en la historia de EEUU, siguen persiguiendo a las autoridades del país.

Un estudio independiente recién publicado por la Academia Nacional de Ciencias de EEUU (NAS, en inglés) señala que el FBI exageró la validez de los estudios científicos que permitieron determinar que el ántrax enviado por carta en el peor ataque bioterrorista sufrido por el país no provenía de Al Qaeda, sino de un laboratorio militar a unos 80 kilómetros de la capital estadounidense.

«Es imposible alcanzar una conclusión definitiva sobre los orígenes del B. anthracis [ántrax] en las cartas basándose sólo en las evidencias científicas», concluye la revisión, encargada por el propio FBI a 17 científicos independientes. El informe, que fue pospuesto en 2010 para incluir nuevos datos secretos, también cuestiona la forma en la que el FBI manejó las muestras de ántrax que recabó «de seis continentes» y solicita que se revisen los datos de un supuesto laboratorio de Al Qaeda en el que pudieron producirse esporas de ántrax del mismo tipo que se usó en los ataques.

Sólo para «crédulos»

Los resultados han vuelto a despertar las dudas sobre el polémico caso en el que el FBI acusó a investigadores inocentes y sometió a intensos interrogatorios a los mismos científicos a los que había pedido ayuda. Varios políticos ya han pedido que se realice una nueva investigación. Entre ellos está el demócrata Rush Holt, que ha propuesto en la Cámara de Representantes que se forme una comisión de investigación similar a la creada en su día tras los ataques del 11-S. «Sólo alguien muy crédulo podría creer las pruebas circunstanciales que el FBI usó para sacar sus conclusiones», dijo Holt en un comunicado.

Además, el FBI aún mantiene en secreto parte del material sobre el caso. «Hemos podido revisar unas 9.500 páginas relacionadas con el análisis científico, pero no sabemos si es este todo el material», confiesa David Relman, microbiólogo de la Universidad de Stanford y copresidente de la comisión científica de la NAS. «De hecho sabemos que no nos han dejado ver datos primarios sobre las muestras en el extranjero», lamenta.

El conjunto de las pruebas sirvió al FBI para determinar que el culpable de los ataques fue Bruce Ivins, un investigador del laboratorio militar de Fort Detrick, en Maryland, que trabajaba en el desarrollo de una vacuna contra el ántrax. El patógeno, resistente y letal si es aspirado, se convirtió en un nuevo agente de terror al ser encontrado en varias cartas enviadas a periódicos y políticos estadounidenses semanas después del 11-S junto a proclamas como «Muerte a América, muerte a Israel, Alá es grande».

Los ataques mataron a cinco personas, hirieron a otras 17 y dieron comienzo a una investigación de casi una década durante la cual las autoridades interrogaron a 10.000 personas y analizaron cuatro millones de megabytes de información.

El FBI cerró el caso en febrero con un culpable al que nunca pudo atrapar. El 27 de julio de 2008, poco antes de que los federales presentasen cargos en su contra, Ivins fue encontrado muerto por una sobredosis de paracetamol en su domicilio cercano al fuerte militar de Fort Detrick, donde llevaba trabajando con ántrax casi dos décadas.

«Era un científico normal, lo que significa que no era un tipo corriente», explicaba ayer Paul Keim al teléfono desde su despacho de la Universidad del Norte de Arizona. Keim conoció a Ivins en 1997 y colaboraba habitualmente con el investigador, sobre todo facilitándole muestras de su laboratorio, una de las bibliotecas de patógenos más grandes del mundo.

Keim fue uno de los primeros científicos a los que acudió el FBI. El investigador analizó el ántrax del cuerpo de Robert Stevens, un editor de fotografía en el periódico The Sun que se había infectado con el patógeno salido de una carta dirigida a la actriz Jennifer López y que contenía también un puro barato. Tras analizar las muestras del cuerpo de Stevens, que fue la primera víctima mortal de los ataques, Keim demostró que la variante de ántrax usada era del tipo Ames, la más virulenta.

Así comenzó una colaboración entre el FBI y expertos en ántrax de varias universidades de EEUU que se llevó bajo secreto y cuyos resultados han aportado tanto éxitos como fracasos.

«El FBI no tenía información de fondo ni tampoco expertos en el tema», recuerda Keim, que hoy publica en PNAS los análisis genéticos que permitieron al FBI determinar el origen de las esporas encontradas en las cartas. Entre sus primeras medidas, el FBI ofreció una recompensa de 2,5 millones de dólares por el responsable de los ataques.

Keim y sus compañeros comenzaron a trabajar casi a ciegas. Un laboratorio preparaba las muestras, otro las analizaba y sólo el FBI conocía todos los datos. «No compartían la información», recuerda Keim, «sólo recurrían a nosotros cuando no podían responder las preguntas que les surgían por sí mismos», recuerda el investigador.

Una parte de esos resultados se mantiene en secreto y su contenido podría desacreditar las conclusiones del FBI. El cuerpo federal analizó en total 1.070 muestras solicitadas a laboratorios de todo el mundo, incluyendo ántrax de tres laboratorios europeos (ninguno en España), según Keim. Su equipo logró identificar un rasgo clave de las esporas de ántrax usado en los ataques en forma de cuatro mutaciones en su ADN. Podían funcionar como una huella dactilar si primero se conocía cómo eran de frecuentes esas mutaciones en las variantes de ántrax de todo el mundo. Si había suerte, también determinarían de dónde salieron. Según el FBI, ocho muestras llevaban las cuatro mutaciones y siete salieron de un matraz que se encontraba en el laboratorio de Fort Detrick y al que Ivins tenía acceso.

Pero aún falta parte del pastel. Sólo el FBI conoce los datos completos del análisis de esas 1.072 muestras y los resultados sobre cómo son de frecuentes las cuatro mutaciones desveladas por Keim y usadas para cerrar el cerco en torno a Ivins. «Es una información crítica», confiesa el investigador, que reconoce que incluso podría señalar que las esporas de ántrax tuvieron un origen diferente. «Esperamos que el FBI publique todos los datos», confiesa.

El FBI mantiene que el informe de la NAS le da la razón, porque señala que el caso no puede resolverse sólo por el estudio científico de las muestras. «Esperamos que este estudio incremente el conocimiento del público sobre el esfuerzo que resolvió una de las investigaciones más extensas en la historia del FBI», señaló el cuerpo en un comunicado.

«Jódete, Nueva York»

Las pruebas no científicas contra Ivins las habían logrado los sabuesos del FBI acechando a su sospechoso. En los días previos al envío de las cartas, Ivins había trabajado hasta muy tarde en su laboratorio, algo a lo que no acostumbraba. Además había sido ambiguo hablando del caso. Otra de las pruebas del FBI parecía sacada de una película. Los investigadores encontraron en la basura de Ivins una copia del libro Gödel, Escher, Bach: un eterno bucle dorado en el que supuestamente se había basado para componer mensajes ocultos con iniciales en sus cartas. Uno de ellos era, «FNY», es decir, «Jódete, Nueva York», lo que mostraría el odio visceral de Ivins por esa ciudad, según el FBI.

Ivins no fue el único sospechoso. En verano de 2002, el Gobierno de EEUU declaró a Steven Hatfill, que también había trabajado en los laboratorios de Fort Detrick, como «persona de interés», lo que contribuyó a que algunos medios de comunicación le culpasen. En juicios posteriores, Hatfill recibió casi seis millones de dólares del Gobierno de EEUU como compensación por haber arruinado su reputación.

«Durante la investigación hubo interrogatorios brutalmente agresivos, la gente estaba abrumada», recuerda Keim sobre aquellos días en los que ser colaborador científico del FBI no le excluía de ser investigado.

«Recuerdo que preparábamos nuestras coartadas al mismo tiempo que estudiábamos las muestras que nos proporcionaban sobre el caso», señala el investigador.

Keim confiesa que no quiere pensar en si Ivins es o no culpable. «Fue un buen científico y uno de los más adelantados en la búsqueda de una vacuna [contra el ántrax]», señala. «Si fue él lo sentiría mucho», concluye.

Un caso cerrado con muchas dudas

Cartas letales para periodistas y políticos

Entre septiembre y octubre de 2001, en plena psicosis por los atentados del 11-S, varias cartas dirigidas a medios de comunicación y a los senadores demócratas Tom Daschley y Patrick Leahy contenían esporas de ántrax, un patógeno letal si se aspira. La enviada al periodista Tom Brokaw, de la NBC, comenzaba así: «Esto es lo próximo, ahora toma penacilina (sic), muerte a América, muerte a Israel, Alá es grande».

El culpable era un científico, según el FBI

Bruce Ivins trabajaba en el laboratorio militar de Fort Detrick. Estaba muy adelantado en el desarrollo de una vacuna contra el ántrax. Entre las pruebas del FBI hay esquemas en los que Ivins parecía trazar sus planes y también los registros del laboratorio, que demostraban que trabajó hasta muy tarde. Nunca se pudo demostrar su presencia en Nueva Jersey, desde donde se enviaron las cartas. Se suicidó antes de que se presentasen cargos.

El matraz del que salieron las esporas

Poco después de los ataques, el FBI recurrió a investigadores de varias universidades para secuenciar el genoma completo de la variante Ames del ántrax, que había sido usada en los ataques. La comparación de ese genoma con el análisis del ADN de otras variantes recogidas en laboratorios de EEUU y otros países apuntaron a que las esporas usadas salieron del matraz RMR 1029, que Ivins usaba en sus investigaciones en busca de una vacuna.

Un patógeno casi indestructible

Las esporas de ántrax tienen forma de bastón. Son muy resistentes, por lo que suponen una de las armas biológicas más temidas. La variante Ames encontrada en las cartas se encontró en una vaca muerta en 1981. Tras los ataques de 2001, EEUU reforzó la legislación sobre el uso de este y otros patógenos en los laboratorios militares y civiles. Hoy las normas de seguridad son tan estrictas que algunos centros han renunciado a estudiar el ántrax.

Nota edición:

Comentario de un lector:

«Las cartas con ántrax no fueron de Al-Qaeda, eso se sabe desde hace algunos años. «¿Y eso no te da que pensar respecto al 11S?

Igual te hace pensar el tercer edificio del WTC «colapsado» tras el atentado. Contra este rascacielos de casi 50 plantas no se estrello ningún avión:

http://www.youtube.com/watch?v=LD06SAf0p9A

http://www.youtube.com/watch?v=972ETepp4GI

O igual el cientifico danes Niels Harrit, que encontro restos de nanotermita (explosivo usado en las demoliciones de edificios con estructura de acero) en los restos del WTC:

http://www.youtube.com/watch?v=pgcvZQcMSdM

Fuente: http://www.publico.es/ciencias/365022/la-ciencia-afea-al-fbi-en-el-caso-antrax