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La diplomacia de las cañoneras no revitalizará el poder declinante británico, diga lo que diga Boris Johnson

Fuentes: Counterpounch

En los meses que precedieron a la primera guerra del Golfo en 1991, mi difunto amigo Christopher Hitchens participó en un debate televisado en el que destrozó al actor Charlton Heston, quien apoyaba a pies juntillas el bombardeo de Irak. Hitchens retó a Heston a enumerar los países, en el sentido de las agujas del reloj y partiendo de Kuwait, que tienen frontera común con Irak. “Kuwait, Bahréin, Turquía, Rusia, Irán”, contestó Heston, una lista que debió de dejar boquiabierto al público ruso y bahreiní. “Si vas a bombardear un país, al menos deberías hacerle el favor de decir dónde se halla”, replicó Hitchens, asestándole el golpe de gracia. Heston trató de defender con furia, pero en vano, su credibilidad diciendo que había sido insultado, lo que provocó una burla final de Hitchens, quien le dijo que se sujetara “el peluquín”.

El intercambio generó mucha mofa a costa de Heston en la época, pero me vino a la memoria esta semana cuando diversos políticos, oficiales retirados del ejército y una selección de sabios debatieron sobre la expedición de un moderno destructor británico Tipo 45, el HMS Defender, para que patrullara cerca de la costa de Crimea. La finalidad era demostrar que el Reino Unido no reconoce la anexión por parte de Rusia de la península de Crimea en 2014. Me pregunté cuántos de los supuestos expertos que defendían la iniciativa británica habrían superado lo que podríamos llamar la “prueba de Heston” y nombrar los países ribereños del mar Negro.

No es extraño que los rusos consideraran que el viaje del HMS Defender era una provocación, pues había recorrido 6.000 millas desde Gran Bretaña antes de proseguir viaje de Odessa a Georgia. El hecho de que llevara periodistas a bordo indica que el gobierno británico pretendía que el mundo tomara nota del nuevo talante militar audaz del Reino Unido. El gobierno británico justifica la expedición de un buque a aguas tan cercanas a Crimea como un acto de solidaridad con Ucrania y una señal de que la anexión de la península por parte de Rusia no cuenta con el reconocimiento internacional. Son motivos razonables, pero Rusia no abandonará Crimea a menos que pierda una guerra contra EE UU y la OTAN. Esto no significa que haya que reconocer la anexión, pero emplear un buque de guerra para marcar un tanto diplomático es correr un riesgo innecesario.

Más que demostrar la renovada fortaleza británica, el confuso incidente en aguas de Crimea reveló la peligrosa frivolidad que subyace a la política británica. No es un simple farol, pero pasa por ser un farol y es menos probable que intimide que no que provoque una respuesta vigorosa encaminada a denunciar el farol. Los rusos pueden amenazar ahora con bombardear el siguiente buque de guerra británico que repita el viaje del HMS Defender entendiendo que esto no volverá a ocurrir. El peligro es que en el caso improbable de que sí ocurra, será difícil dar marcha atrás a esta retórica.

El HMS Defender se unirá ahora la grupo de combate de la armada británica, encabezado por el nuevo portaaviones HMS Queen Elizabeth, para sacar la bandera en el mar de China Meridional, controlado por China. Es improbable que se produzca un enfrentamiento militar directo, pero siempre hay el peligro de que una demostración de fuerza –si esa fuerza es inferior a la del adversario– provoque una respuesta en vez de disuadirla. Invirtiendo la fórmula del presidente Theodore Roosevelt para una intervención imperialista efectiva, el planteamiento de Boris Johnson consiste en hablar alto y llevar un palo fino. Para aplicarla sin que produzca un desastre, semejante política requiere contención por parte de un enemigo potencial y la certeza de que no hará uso de su superioridad militar.

En el caso de Ucrania y Rusia existen otros peligros. Una retórica excesiva en torno a la defensa de Ucrania podría hacer pensar a algunos en Kiev que EE UU, la OTAN y el Reino Unido están dispuestos para ello a combatir contra Rusia, cuando todo lo ocurrido desde 2014 indica que no lo están. Mientras, el retorno a la tradición de antes de la primera guerra mundial de utilizar cañoneras para marcar tantos diplomáticos incrementa el riesgo de un choque accidental o una sobrerreacción militar. Tanto más probable es que la cosa se desmadre cuando están en juego el Reino Unido y Rusia, ya que ambos países estuvieron en el centro de grandes imperios en un pasado reciente. Aunque se hayan encogido política y económicamente, están dirigidos por personas que gozan jugando la carta patriótica y no soportan la humillación.

Puede que el breve incidente entre el Reino Unido y Rusia en aguas de Crimea acabe como una breve nota al pie de página de la historia, pero el suceso revela un rasgo alarmante de las pautas de comportamiento del gobierno británico en el interior y en el extranjero. En ambos casos, la distancia entre las pretensiones y la realidad es cada vez mayor, como demuestra la bronca en torno al protocolo de Irlanda del Norte. Se suponía que la salida del Reino Unido de la UE iba a reforzar el control británico sobre su propio futuro y hasta cierto punto ha restablecido su margen de actuación, siendo el ejemplo más positivo de ello el desarrollo y despliegue de la vacuna contra la Covid-19. Aparte de ello, el Estado británico está pagando un precio elevado en términos de pérdida de poder político bruto debido a las fricciones con la UE y la fragmentación del Reino Unido.

Ya es el summum de la ironía que Johnson, el líder de un movimiento que pretende restaurar la soberanía británica, haya tenido que firmar un acuerdo por el cual ahora existe una frontera internacional que pasa por el interior del Reino Unido. Cuesta imaginar una mayor renuncia a la soberanía nacional que esta. No es extraño que los unionistas de Irlanda del Norte estuvieran consternados.

Johnson y su gobierno disfrutan en este estado de permanente disputa con la UE, que les permite batir el tambor patriótico y echar la culpa de todo a Bruselas. Lo que no pueden permitirse es que este conflicto se vuelva realmente serio, porque en tal caso –como demostró la saga de la salida británica de la UE– saltará a la vista que Bruselas tiene la mayoría de las cartas buenas. El mejor resultado para el Reino Unido en la disputa en torno al protocolo irlandés sería que la UE decidiera que le beneficia no buscar una victoria aplastante. En los últimos cinco años, el Reino Unido ha pasado a ser un Estado más débil, aunque pretende ser más poderosos. Esta tensión seguirá en la base de las políticas británicas desde Belfast hasta Sebastopol y el mar de China Meridional, a pesar de todos los esfuerzos por afirmar lo contrario.

Johnson ha exacerbado la distancia entre el lugar real del Reino Unido en el mundo y el lugar que pretende que ocupe, aunque en esto sigue tendencias anteriores. En los últimos 20 años he estado informando sobre las guerras de Irak, Afganistán, Libia y Siria, y en ninguna de ellas tenía mucha idea el gobierno británico del berenjenal en que estaba metiéndose. La única finalidad común, si es que había alguna, era demostrar a los estadounidenses que conviene tener al Reino Unido de aliado. Yo pensaba a medias que tenía que haber alguna estrategia británica oculta que se me escapaba, pero cuando se publicaron los informes oficiales posbélicos, estos revelaron un altísimo grado de ignorancia por parte de los políticos y las autoridades que habían ordenado esas intervenciones. Charlton Heston no se habría sentido avergonzado en su compañía.

Traducción: viento sur

Patrick Cockburn es periodista y autor del libro War in the Age of Trump (Verso).

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