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La maldición bíblica

Fuentes: La Estrella Digital

El encrespado oleaje de las incertidumbres económicas hace que la atención de la opinión pública se dirija con preferencia hacia las grandes mecas financieras del mundo, observando con menor interés otros aspectos de amplia resonancia, como la campaña electoral estadounidense, el renacer de una Rusia que busca reforzar su posición en el mundo, la creciente […]

El encrespado oleaje de las incertidumbres económicas hace que la atención de la opinión pública se dirija con preferencia hacia las grandes mecas financieras del mundo, observando con menor interés otros aspectos de amplia resonancia, como la campaña electoral estadounidense, el renacer de una Rusia que busca reforzar su posición en el mundo, la creciente influencia de China en el concierto internacional o una Latinoamérica que empieza a pasar factura -al menos verbal y simbólica- a su hegemónico vecino septentrional por los abusos del pasado.

Bajo esta capa exterior que forman algunos problemas de los que hoy asedian a la humanidad (otros, incluso más graves, apenas encuentran eco en los medios de comunicación, como son el hambre y la miseria crecientes o la insolidaridad internacional, para la que la ONU carece de instrumentos de respuesta), sigue oculta, pero encendida y chisporroteando, una peligrosa mecha que puede incendiar, sin previo aviso, vastas regiones del planeta.

Esa mecha no está muy lejos de nosotros y lleva humeando muchos años en el extremo oriental mediterráneo. Su naturaleza es bien conocida: la ocupación israelí de las tierras palestinas. Varias informaciones de reciente difusión alertan sobre su existencia.

Por una parte, el diario británico The Guardian informa de que, en mayo pasado, Olmert sondeó directamente a Bush sobre su posible apoyo si Israel se decidiera a bombardear los centros de la industria nuclear iraní. Según fuentes fiables, la respuesta del presidente de EEUU fue negativa, insistiendo en que no esperaba cambiar de opinión mientras siguiera siendo presidente. Al parecer, su rechazo se basaba en el temor a las inevitables represalias de Irán contra las fuerzas de EEUU en Iraq y Afganistán y contra los suministros petrolíferos del Golfo, y en la dificultad de lograr la destrucción completa de las plantas nucleares con una sola oleada de ataques aéreos, puesto que su repetición en días posteriores llevaría sin duda a una guerra a gran escala, nada deseable por EEUU en las actuales circunstancias.

Hace un par de semanas se anunció la venta por EEUU a Israel de un millar de bombas de penetración contra búnkeres fortificados, lo que parece contradecir los deseos del presidente, a menos de que no se esté jugando a la vez con dos barajas. Algunos analistas políticos de Washington creen que un conflicto armado que implicase a Irán favorecería mucho al candidato republicano si tuviera lugar poco tiempo antes de las elecciones. Sospechan que Bush podría filtrar a los medios su opinión oficial, opuesta al ataque, mientras que por otro lado no se opondría a ayudar a McCain, para lo que contaría con el vicepresidente Cheney, quien movería los hilos de una trama en la que un ataque israelí contra Irán, dado como hecho consumado, implicaría el apoyo militar automático de EEUU.

Las maniobras aeronavales israelíes del pasado mes de junio en el Mediterráneo oriental fueron una clara demostración de que Israel tiene capacidad para bombardear Irán. Las declaraciones de algunos de sus dirigentes han seguido remachando sobre el asunto. Así, el anterior vicepresidente Saul Mofaz -derrotado en las recientes elecciones a la presidencia- declaró días después de concluidas las citadas maniobras: «No habrá otra alternativa sino atacar a Irán para detener su programa nuclear».

Pero si las alarmas están activadas en lo que respecta a las peligrosas contingencias de la política exterior de Israel, su política interior también presenta aspectos sombríos. No son muy halagüeñas las noticias sobre el recrudecimiento de la violencia entre los sectores más extremistas de los colonos que habitan ilegalmente en los territorios ocupados. Un destacado intelectual israelí, crítico insistente de los asentamientos ilegales por ser un serio obstáculo para cualquier acuerdo de paz, sufrió el pasado miércoles un atentado con bomba, como culminación de una campaña de descrédito y amenazas.

Desde que Israel abandonó Gaza en el 2005, se ha ido formando un conglomerado de organizaciones de resistencia formadas por los colonos, decididos a no dejar sus asentamientos. Los acuerdos de Annápolis comprometían a Israel a abandonar todos los asentamientos ilegales creados desde el 2001. No sólo no se ha cumplido lo pactado sino que la expansión de asentamientos prosigue sin descanso. Forman una red, día a día más densa, que fragmenta progresivamente el territorio palestino, lo que hace muy difícil llegar a una solución que satisfaga a ambas partes. Más de un cuarto de millón de colonos están ya asentados en Cisjordania, diseminados entre los dos millones y medio de palestinos que la habitan sin contar Jerusalén Oriental. En su mayoría se adscriben al extremismo religioso más fanatizado y no aceptarán sin resistencia nada que suponga devolver a los gentiles la tierra sagrada de Samaria y Judea.

Esta doble bomba de relojería instalada en las viejas tierras palestinas sigue marcando su tiempo, como otra maldición bíblica añadida a la larga lista de calamidades que sobre sus pobladores se han ido abatiendo a lo largo de la Historia.

* General de Artillería en la Reserva