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Inglaterra

La Navidad llegó temprano este año

Fuentes: Rebelión

Los recientes disturbios en el Reino Unido no solo parecen haber tomado por sorpresa a la policía, completamente indefensa ante los protestantes, sino a toda la clase política inglesa, desperdigada alrededor de Europa en sus plácidas vacaciones de verano. Lo que no deja de ser chocante es el nivel de escándalo que tanto los políticos […]

Los recientes disturbios en el Reino Unido no solo parecen haber tomado por sorpresa a la policía, completamente indefensa ante los protestantes, sino a toda la clase política inglesa, desperdigada alrededor de Europa en sus plácidas vacaciones de verano. Lo que no deja de ser chocante es el nivel de escándalo que tanto los políticos como la prensa han tratado de transmitir al público, en una especie de actitud «¿Por qué a mí?; ¿Cómo cosas tan horrendas pudieron haberle pasado a una sociedad tan abierta, tolerante e igualitaria?» En ese sentido, los disturbios han perdido cierta notoriedad, la cual se ha focalizado ante la reacción, léase bien reaccionaria, de los políticos, el sistema de justicia y los medios de comunicación ante la crisis que para ellos no es tal, sino una vulgar manifestación de vandalismo, robo y violencia sin sentido. Los esfuerzos de relaciones públicas han tratado de crear una matriz de opinión en la cual los disturbios fueron generados por criminales casi todos en su mayoría adolescentes, quienes trataron de explotar la débil reacción de la policía ante los primeros brotes de violencia. El detonante de la crisis, el asesinato de Mark Duggan, en un misterioso y estúpido como de costumbre operativo policial, es ya casi anecdótico e irrelevante para el establishment y la prensa inglesa; quienes han volcado sus fuerzas en perseguir y penalizar a todos los agitadores. En un impresionante caso de eficiencia y ensañamiento, las cortes trabajan 24 horas al día para condenar a la enorme cantidad de personas traídas ante la justicia, con las cortes locales quejándose de los pocos poderes que tienen para condenar por más de seis meses de prisión, una serie de casos elevados a las cortes de apelaciones para su ejemplarizante castigo, y un promedio de 60-70% de condenas en comparación con el 3% del año pasado a nivel nacional.

Los que los políticos y la prensa reaccionaria han tratado de descontextualizar es el hecho de que los disturbios han ocurrido dentro de una serie de circunstancias anormales, por decir lo menos: el debate y el temor ante los cortes presupuestarios, particularmente severos en el sistema educativo, los cuales aún no se han hecho sentir en profundidad, más allá de los chicos que han tenido que pagar las estratosféricas matrículas para poder entrar en las universidades, o endeudarse sin límites; esto, agravado por la falta de plazas de estudio a nivel superior, que ha lanzado a miles de adolescentes al ocio diario. Un mercado laboral completamente contraído, que obliga a los recién graduados a trabajar gratis en pasantías, o trabajar en un McDonald’s incluso con una maestría debajo del brazo. Segundo, el enorme escándalo de News of the World, que ha develado el enorme tamaño de la connivencia entre la prensa y los estamentos de poder en el Reino Unido, con los órganos encargados de la investigación en el medio del escándalo. Esto ha deteriorado de una manera brutal la confianza del público ante las autoridades, sobre todo de aquellas encargadas de la clarificación de casos criminales. La policía inglesa, vestida de cordero las más de las veces, posando sin armas ante los turistas y público en general, es uno de los órganos más brutales y represivos del continente. Ha sido imposible traer a la justicia a aquellos oficiales culpables de excesos como en el caso Menezes, y en el caso de Tomlinson solo ha sido posible hacer justicia parcialmente debido al incontrovertible tamaño de la evidencia. El caso Duggan, donde aún no existen video grabaciones y la mayoría de los testigos son oficiales de la policía, la búsqueda de la verdad será mucho más que difícil. Duggan fue abaleado luego de haber aparentemente disparado a un oficial de la policía, quien salvo su vida porque la bala impacto en su radio de comunicaciones localizado a la altura del pecho; pero la comisión que investiga el caso encontró que la bala alojada en el radio fue disparada por un arma de la policía. El desarrollo de la investigación ha sido ahogado en el bullicio de la prensa por los disturbios y la alharaca oficial. Es lugar común leer en la BBC que la policía ha pedido disculpas por el asesinato de tal o cual ciudadano 20 o 30 años atrás, y por supuesto sin ningún oficial en prisión por tales excesos.

En el caso de los disturbios el verbatim ha sido no menos que impresionante, la policía fallo en defender la seguridad y bienes de los ciudadanos porque sus tácticas y métodos son muy amigables y están constreñidos por la liberalidad del estado ingles. Esto no es del todo falso, pero conlleva a una enorme depreciación de los hechos reales. Para Inglaterra ha sido importante el no reprimir a sus ciudadanos de la manera como lo hace en Irlanda del Norte, con cañones de agua y balas de goma; ese tipo de tratamiento ha sido reservado para la periferia y el aplicarlo en las calles de Londres no solo sería contraproducente sino denigrante. Por el contrario, el método a aplicar en situaciones de orden público está basado en vigilancia con cámaras de CCTV y penetración con agentes de organizaciones maliciosas. El tema es que mientras los gánster trafican drogas y manejan BMWs de manera impune en las calles con una incidencia de la policía en estos crímenes insignificante, en las protestas pacificas organizadas por estudiantes o por medioambientalistas se aplican tácticas policiales de las cuales el gobierno del apartheid en Sudáfrica se hubiera sentido conmovedoramente orgulloso. Durante las protestas estudiantiles de finales del año pasado, causadas por un aumento de la matricula en las universidades de más del 60%, a los estudiantes, cuya mayor agresividad fue bambolear el auto del príncipe de Gales y rayar algunos grafitis en el cenotafio en Whitehall, se les acorraló dentro de un enorme cordón policial, se les mantuvo por más de 7 horas allí, y sólo se les dejo salir luego de que la policía anotara todos sus datos personales; el mensaje fue claro para los chicos: «te tenemos en una lista y sabemos que eres un cabeza caliente». ¿Hay mejores formas que esta de criminalizar el derecho a la protesta? Esto contrasta con la lenidad con que el tráfico y consumo de drogas es permitido en las calles de la ciudad, la tolerancia con respecto al consumo de alcohol, la masificación de la cultura gánster a través del hip hop, el bombardeo mediático del consumismo radical, y la severidad con que los padres son tratados por el sistema judicial si se atreven a cumplir con su rol y castigar a sus descarriados hijos. A los niños se les enseña en las escuelas a llamar a la policía si se sienten amenazados por sus padres; el resultado ha sido catastrófico.

Por eso es risible cuando entre las críticas a los disturbios, los ingleses se preguntaban por qué los chicos en vez de saquear las cadenas de supermercados, saqueaban las tiendas de electrodomésticos y ropa. Como si el mensaje de la propaganda de guerra que las pantallas truenan a diario fuera el de vivir dentro de nuestros límites, haciendo deportes, y comiendo y divirtiéndonos sanamente; o como si lo primero fuera más legitimo que lo último. El mensaje es claro: eres lo que vistes, vales lo que tienes, y si no tienes un Blackberry o un Iphone no eres nadie. La derecha toma como privación social el tener hambre, sin querer hacerse responsable del consumismo rampante y la institucionalización del gansterismo gracias a los records en ventas de monstruos como 50 cent, Eminem, Insane Clown Posse, o de una cultura sexual en el cual las adolescentes son tratadas como objetos sexuales a su propio placer, gracias a los contenidos del R&B y el Reggaetón. Los raperos han salido al rescate del genero condenando la violencia porque se han dado cuenta que son blancos fáciles de los dedos acusadores, pero dicha fragilidad no los exime; decir que el rap es tan solo voz y no incitacion es tan simplista como llamar a aquellos envueltos en los disturbios «enfermos». Cuando a uno de los chicos un reportero le preguntó por qué saqueaba, este se limitó a decir que lo había hecho porque pensaba que la navidad había llegado temprano este año. Para un rapero que ha hecho millones gracias a sus canciones en las cuales incita o no a la violencia y/o sexo, por supuesto que este tipo de conductas son irracionales; el rapero no entiende que el aparecer en un BMW en un video es incitar al adolescente a tener el BMW, incluso si está cantando por la paz en el mundo.

Pero culpar al rap puede ser superficial cuando se analiza los problemas más estructurales de la sociedad inglesa. A pesar de un esfuerzo enorme por integrarse y conquistar espacios, las minorías étnicas que viven en Inglaterra aun están sometidas a serios desafíos; el caso de la comunidad negra de origen africano o caribeño es particularmente significativo. A pesar de que la mayoría de los miembros de esta comunidad disfrutan hoy en día de cierto reconocimiento y acceso a servicios públicos, la lucha para hacer esto posible fue larga, generando bastante violencia y resentimiento. La policía ha sido el blanco de dicho resentimiento en varias oportunidades. El caso de los disturbios en Brixton en 1981, al sur de Londres en el municipio negro más populoso de la ciudad, Lambeth, fue ocasionado por el hostigamiento de jóvenes negros por la policía, en el medio de una crisis económica brutal. En 1993 Stephen Laurence, un adolescente de color, fue asesinado aparentemente por motivos raciales. La policía nunca pudo acumular suficiente evidencia para acusar a los asesinos, siendo acusada por la comunidad negra de afectar la investigación debido a consideraciones raciales. El resultado de estos y otros incidentes ha sido una completa desconfianza por parte de la comunidad negra hacia la policía, la cual es repudiada por una gran parte de dicha comunidad. La insistencia de la policía de «contener» la violencia gansteril y los crímenes entre la comunidad negra solo ha agravado la situación, extendiendo la sensación de que los jóvenes negros y los musulmanes son el blanco preferido de la policía. No es extraño entonces que cualquier incidente, por insignificante que sea, entre la policía y la comunidad negra genere tensiones que van más allá de lo normal. En el caso de Duggan, nuestro detonante de los disturbios, no hay nada de insignificante; Duggan fue asesinado, era negro, y todo parece indicar que la policía ha tratado de desviar la investigación. El resto de la historia solo puede ser explicado por un enorme resentimiento, agravado por la crisis económica, los recortes presupuestarios, la falta de oportunidades para la juventud, y particularmente la sobreexposición de la comunidad negra joven al desempleo, la falta de educación técnica y oportunidades. El Primer Ministro, un maestro de las relaciones públicas, podrá llamar a aquellos envueltos en los saqueos enfermos, pero se arriesga a dejar el problema en su lugar, listo para otra detonación social, en un futuro quizás no muy lejano.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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