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Un nuevo incendio en una fábrica textil acaba con la vida de más de un centenar de trabajadores y trabajadoras ¿hasta cuándo?

La voracidad capitalista se ha cebado nuevamente en una de las zonas más pobres de nuestro planeta: Bangladesh

Fuentes: Rebelión

Una Agencia de noticias es escueta en su noticia: «Nueva Delhi, 25 nov (EFE).- Alrededor de 120 personas murieron y otras cien resultaron heridas en el incendio que se desató anoche en una fábrica textil de ocho plantas, situada en las cercanías de Dacca, la capital de Bangladesh«. Y lo ilustra con imágenes espeluznantes de […]

Una Agencia de noticias es escueta en su noticia: «Nueva Delhi, 25 nov (EFE).- Alrededor de 120 personas murieron y otras cien resultaron heridas en el incendio que se desató anoche en una fábrica textil de ocho plantas, situada en las cercanías de Dacca, la capital de Bangladesh«. Y lo ilustra con imágenes espeluznantes de la cantidad de cadáveres carbonizados, obreras tirándose por las ventanas y la actividad dantesca de los bomberos.

Pero esta noticia no puede reducirse a una crónica de sucesos. Debe situarse dentro de una sucesión de verdaderos asesinatos de trabajadoras y trabajadores de la industria textil, que convierte a este verdadero drama obrero en algo sin precedentes que debe denunciarse a toda costa.

El capitalismo no aprende porque no le interesa aprender. ¿Sirvió para algo la tragedia de hace pocas semanas en Karachi (Pakistán) donde murieron calcinados cerca de 300 trabajadores de la empresa textil Ali Enterprise? ¿O el asesinato de más de 20 obreros en otro incendio paralelo ocurrido en Lahore (Pakistán) en una fábrica de calzado? ¿O, en fin, la trágica cifra de más de 500 trabajadores muertos en diversos accidentes de la industria textil en Bangladesh desde 2006? De nada, por supuesto. Al capitalismo solamente le interesa obtener más y más beneficio sin más miramientos, sin importarle las condiciones laborales de la mano de obra a la que explota y exprime de forma inhumana. Siempre se han acudido a las mismas explicaciones: normas de seguridad inexistentes, instalaciones eléctricas muy deficientes, salidas de evacuación estrechas e inadecuadas, materiales que arden con facilidad sin ninguna protección, hacinamiento de trabajadoras, el hecho de depender de peligrosos generadores de gasoil para hacer frente a los cortes de luz que padecen por la crisis energética, etc.

Está claro que a las empresas capitalistas no les interesa la seguridad y la salud de sus trabajadores y trabajadoras. Ni fue así en sus inicios como constataron en la propia metrópoli Flora Tristán en 1840 («Paseos por Londres») o F. Engels en 1845 («La situación de la clase obrera en Inglaterra»), por ejemplo, ni lo ha seguido siendo en el siglo siguiente. Y en las últimas décadas, con la llamada «deslocalización», mucho menos puede decirse de esas prácticas capitalistas de producir mercancías en países del llamado Tercer Mundo donde la mano de obra (especialmente mujeres y con frecuencia niñas y niños) con jornadas exhaustivas, abusos e insultos, salarios de miseria (todo ello denunciado en tribunales de derechos humanos) está casi esclavizada y sus vidas no valen nada. Así ha sucedido en el sector textil, donde las grandes empresas ubicadas en EE.UU., Europa o en Asia, recurren a adquirir en esos «paraísos de explotación» ropa deportiva, para el hogar o de moda para venderlas en sus cadenas como si no pasara nada. Esto es lo que ocurrió con el minorista alemán de bajo costo, KIK, que tiene más de 3000 tiendas distribuidas en ocho países europeos y que en el momento del incendio de la fábrica Ali Enterprise le estaba produciendo pantalones vaqueros. Y encima sigue sin indemnizar a las familias de los cientos de fallecidos y heridos. Y así ocurre ahora con la danesa «C&A», la estadounidense «Walmart» o la francesa «Carrefour» que según la propia web le compra prendas de vestir a Tazreen Fashion Ltd., la fábrica calcinada en el Distrito Ashulia de Dacca. ¿Qué les dirán a sus clientes en las ciudades occidentales donde las comercializan? De nada o poco han servido las acciones de denuncia de la organización «Campaña Ropa Limpia» (Clean Clothes Campaign) creada en 1989 en Holanda ante este tipo de empresas como Adidas, H&M o Zara. Hay que dar un paso más en la denuncia y el boicot de estas multinacionales textiles.

Parece que esta situación de sobreexplotación feroz que tantos beneficios les ha proporcionado a los estados europeos, tuvo la gran oportunidad de extenderse y justificarse por motivos humanitarios en el verano del año 2010, cuando las inundaciones que padecieron vastas regiones de Pakistán llevaron a los mandatarios de la UE a dar concesiones y beneficios comerciales a ese país «amigo» del imperialismo estadounidense y occidental. Salvador Maluquer, director de relaciones internacionales del Consejo Intertextil Español, denunciaba este trato de favor que achacaba a cuestiones políticas y militares, y no a los intereses del sector textil, afirmando el 5 de noviembre de ese año 2010: «Las concesiones comerciales al Pakistán, concretadas en forma de exención del pago de aranceles a la entrada del mercado comunitario durante los tres próximos años a partir del 1º de enero 2011, beneficiarán únicamente a exportadores e importadores, y en último término a empresas que, en el caso del textil-confección, son intensivas en capital y altamente competitivas, con una facturación media entre 100 y 200 millones de euros. En ningún caso ayudarán a las áreas y personas directamente afectadas por las inundaciones…» (En http://www.noticierotextil.net/impresion/imprimir.asp?idnoticia=103576).

Asimismo denunciaba que Pakistán había focalizado las ayudas humanitarias en forma de concesiones para su industria textil, un país que ya ocupaba una posición dominante en el mercado europeo en productos como ropa de cama, pantalones de algodón, ropa de cocina y baño y que no necesitaba de derogaciones especiales para crecer.

En el mismo sentido, la patronal del textil europeo, EURATEX, advertía que este trato de favor a Pakistán ponía en peligro a 120.000 puestos de trabajo en toda Europa, no correspondiéndose con el objetivo que realmente perseguía esa pretendida ayuda humanitaria, pues las empresas textiles paquistaníes no se encontraban en las zonas inundadas. Y recordaba que lo mismo pasó con la guerra que EEUU emprendió en Afganistán en 2001, hecho que favoreció las importaciones europeas de ropa de cama de algodón de Pakistán, que desde entonces se han venido beneficiando del acceso al mercado comunitario sin pago de arancel alguno.

En el caso del estado español, la preocupante crisis en que se encuentra la industria textil hace que cada vez en mayor medida se recurra a «producir fuera y diseñar dentro», proceso que comenzó hace más de una década con las importaciones de prendas de vestir de China, y que entre los años 2004-2009 hizo que desapareciera el 30% del sector textil español (o traducido en números, dejaron de existir en esos años 4.647 empresas), como reconoce en una entrevista S. Díez de Vega, la directora de marketing de una empresa textil madrileña (En: http://www.noticierotextil.net/impresion/imprimir.asp?idnoticia=118795). Sin embargo, a partir de 2009 deja de ser rentable acudir a los centros fabriles chinos debido al aumento de los costes de producción, y comienza a trasladarse las fases de producción a otros países asiáticos como Bangladesh, Vietnam y Pakistán o países próximos como Hungría y Marruecos, teniendo el fin de abaratar aún más los costes debido al acortamiento de la cadena logística. «Adolfo Domínguez» es un ejemplo: en 2011 ha producido en China alrededor de un 45% menos que en 2010. Todo ello ha ocurrido igual en numerosos estados capitalistas europeos, norteamericanos y asiáticos haciendo que, por ejemplo, y en el caso del país que ha presenciado la nueva tragedia laboral -Bangladesh- su industria textil represente el 80% de su producción, representando 24 mil millones de dólares en exportaciones anuales, y ocupando al 40% de la fuerza de trabajo industrial. Esto supone que se haya convertido en el segundo exportador mundial de ropa, a pesar de lo cual sigue siendo un país de una extremada pobreza. Son las contradicciones del capitalismo.

El Ministerio de Trabajo de Brasil aseguraba el verano de 2011 que al menos en 33 talleres subcontratados por la multinacional Inditex, propietaria de Zara, se habían detectado irregularidades laborales como hacinamiento, condiciones insalubres de trabajo y salarios de miseria , que rozaban el trabajo esclavo (En: http://oglobo.globo.com/blogs/razaosocial/posts/2011/08/17/auditora-do-mte-diz-que-problema-nas-oficinas-da-zara-nao-isolado-399350.asp). Y en la misma dirección apuntaban las denuncias de SETEM y la mencionada «Ropa Limpia» realizadas en la investigación firmada por Sales i Campo y Piñeiro (2011) «La moda española en Tánger…» donde se descubren las condiciones de las obreras de confección marroquíes que sufren de exceso de horas de trabajo, bajísimos salarios, abusos verbales y físicos, arbitrariedad en la contratación y el despido, medidas disciplinarias desproporcionadas y obstáculos a la acción sindical (En: http://www.ropalimpia.org/adjuntos/noticias/materiales/Moda-espanola-en-Tanger.pdf).

A pesar de la supuesta superación en los países «desarrollados» del capitalismo más explotador e inhumano, lo cierto es que, como hemos manifestado, ésta no ha hecho más que trasladarse geográficamente e invisibilizarse de cara a la opinión pública europea y occidental. Hoy como ayer, el capitalismo tiene que perpetuarse, adaptándose para sobrevivir, aunque sea a costa de la vida de miles de trabajadores y trabajadoras pobres y olvidados del Tercer Mundo. ¿No tenemos nada que decir ni que hacer?

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.