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Lampedusa, donde Europa se define

Fuentes: Ctxt

Los habitantes de la isla italiana, un lugar turístico, conviven desde hace años con desembarcos, naufragios, helicópteros, patrullas y noticias de personas desaparecidas en el mar.

“¿Eres de Frontex?”. Fue una de las primeras preguntas que me hicieron al aterrizar en la isla. Entonces me sorprendió; solo más tarde empecé a comprender por qué alguien podía confundirme con uno de sus agentes. La explicación llegó de la mano de Agostino, un joven ambicioso al que había contado aquel primer encuentro y que se ofreció a enseñarme Lampedusa en su Fiat Panda rojo de 1984: sin retrovisores, con cristales que apenas podían subirse y unos cinturones de seguridad en condiciones más que dudosas. Mientras conducíamos hacia el norte de la isla, se volvió de repente hacia mí con una media sonrisa y señaló a un hombre al otro lado de la carretera: “Mira a ese señor. Seguro que es de Frontex. Va vestido de civil, pero es alto, rubio, serio… suelen ser así”. Su comentario, a medio camino entre la broma y una percepción muy asentada en la isla, daba una primera pista sobre la presencia silenciosa, pero reconocible, de Frontex en la vida cotidiana de Lampedusa. Yo, sin embargo, no había llegado allí como agente, había viajado una vez más a un destino para investigar sobre la cooperación en contextos de crisis y conflicto, pero, sobre todo, movido por una pregunta mucho más elemental: ¿qué estaba ocurriendo realmente en Lampedusa, la frontera más meridional de Europa en el Mediterráneo, situada frente al continente africano? Había venido para observar, escuchar y tratar de comprender la isla; era necesario acercarse a una realidad que difícilmente cabe en un esquema.

En Lampedusa conviven dos mundos que se cruzan cada día y que, sin embargo, apenas llegan a tocarse. Por un lado, está el mundo de la migración y de su gestión: Frontex, la Guardia Costera, la Guardia di Finanza, la Policía, las ONG y las personas que ponen su vida en peligro intentando atravesar el Mediterráneo. Estas últimas recorren como mínimo 140 kilómetros en pequeñas embarcaciones tras partir de Libia o Túnez, con la esperanza de encontrar un lugar seguro donde vivir. Por otro lado, están los habitantes de la isla, que viven en un lugar que parece un paraíso, intentan mantener su vida cotidiana y dependen en gran medida del intenso flujo turístico. Dos realidades vinculadas entre sí, concentradas en una isla de apenas once kilómetros de longitud, asentada sobre unas pocas rocas, casi sin árboles ni sombras, en el límite entre África y Europa. Vinculadas, pero no compartidas. La proximidad, por sí sola, no produce ningún encuentro. Pero tampoco sería justo convertir a los habitantes de Lampedusa en simples espectadores de una tragedia ajena. Ellos viven dentro de esa contradicción, no fuera de ella. La isla depende del turismo, de sus playas, de los restaurantes llenos y de una imagen de tranquilidad que permite sostener buena parte de la vida cotidiana. Al mismo tiempo, sus habitantes conviven desde hace años con desembarcos, naufragios, helicópteros, patrullas y noticias de personas desaparecidas en el mar. Algunos han participado en rescates, otros han ofrecido ayuda y muchos han aprendido a continuar con su vida mientras, a pocos kilómetros, alguien lucha por conservar la suya. No se trata necesariamente de indiferencia, sino de una forma de protección: ninguna comunidad puede permanecer indefinidamente en estado de emergencia. La normalidad se convierte entonces en una necesidad, pero también en un riesgo, porque permite que lo excepcional termine formando parte del paisaje.

Al llegar, me senté durante toda la tarde a la entrada del puerto y me limité a observar. Entraban y salían decenas de yates con turistas. Partían patrullas de la Guardia Costera. Llegaban drones y helicópteros de Frontex. Cazas de combate atravesaban el cielo. Por las calles circulaban vehículos blindados de los carabinieri y de la Policía, mezclándose con el ruido constante de las numerosas Vespas. Todo convivía en un mismo espacio: el turismo, la vigilancia, la vida cotidiana, pero, al menos a mi sentir, con la posibilidad permanente de una nueva tragedia. Era un escenario extraño y, al mismo tiempo, quizá una imagen honesta de la Europa actual.

Aquella misma tarde del 14 de julio, una de las embarcaciones que entraron en el puerto era un barco de la Guardia Costera que remolcaba una barca de madera. Este tipo de embarcaciones de madera suelen acabar amontonadas y medio hundidas junto al Molo Papa Francesco. Treinta y ocho personas habían llegado con vida a Lampedusa, donde ya las esperaban los carabinieri, Frontex, personal sanitario y representantes de distintas organizaciones humanitarias. Habían sido localizadas unas horas antes frente a la isla, repartidas en dos embarcaciones. Una de ellas había partido de Zuwara, en Libia, con 32 personas procedentes de Somalia y Sudán, dos países atravesados por la guerra, la violencia y la tortura, entre ellas nueve menores. La otra había salido de la región tunecina de Mahdia y transportaba a seis ciudadanos tunecinos.

Más tarde me enteré de que, aquel mismo día, mientras yo todavía me encontraba de camino, otra embarcación de madera había volcado frente a la costa oriental de Libia. Llevaba alrededor de sesenta personas, entre ellas mujeres y niños, y naufragó cerca de la isla de El-Bardaa. Solo diez personas sobrevivieron. Dos acontecimientos ocurridos el mismo día, unidos por una misma ruta y separados por el azar y la posibilidad de ser encontrados a tiempo.

Pocos lugares de los que he visitado en mis expediciones condensan belleza y horror como Lampedusa. Y pocos representan la paradoja de una forma tan clara como la Puerta de Europa, situada justo debajo del aeropuerto. El monumento mira al mar con su puerta abierta hacia el lugar del que llegan las embarcaciones y en el que tantas otras desaparecen. Justo al lado de la Puerta de Europa permanecen varios búnkeres y pequeños cráteres provocados por explosiones de la Segunda Guerra Mundial. Son restos de otro tiempo y, sin embargo, el pasado dejó aquí sus heridas y el presente continúa abriendo otras nuevas, incluso más grandes.  Pero la paradoja de Lampedusa no se encuentra solamente en sus monumentos, o en las dos realidades opuestas que conviven, sino que está contenida en la propia tierra. La isla se asienta geológicamente sobre la plataforma continental africana, y África está aquí más cerca que Sicilia. Eso no altera su pertenencia política ni administrativa al estado italiano desde 1861 ni a la Comunidad Económica Europea, hoy Unión Europea, desde 1958, formando la frontera exterior más meridional de la Europa mediterránea.

Esta tierra africana convertida en umbral europeo fue refugio antes de ser frontera. Durante siglos fue un lugar de contacto, de paso y de descanso para quienes navegaban por el Mediterráneo: pescadores, comerciantes, viajeros y náufragos. Antes de convertirse en una frontera estrictamente vigilada, la isla era, en cierto modo, una tierra compartida por quienes conseguían alcanzarla. La leyenda de Andrea Anfossi pertenece a ese pasado y ayuda a entenderlo. Según se cuenta, el marinero naufragó y quedó atrapado en Lampedusa. Una luz divina lo condujo hasta una imagen de la Virgen. Con sus propias manos construyó una pequeña embarcación y utilizó aquella imagen como vela para poder hacerse nuevamente a la mar y salvarse. La historia habla de un hombre que llegó como náufrago, encontró refugio en la isla y pudo partir gracias a lo que esta le ofreció.

Hoy también llegan náufragos, aunque su recepción forma ahora parte de un procedimiento cuidadosamente organizado. Las personas rescatadas pueden alcanzar el puerto a bordo de barcos civiles como los de Open Arms, Sea Punks o Sea-Watch, o ser trasladadas por la Guardia Costera. Resulta difícil no advertir aquí una ausencia: la Unión Europea dispone de vigilancia aérea, drones y amplios mecanismos de control fronterizo, pero no de una misión humanitaria permanente dedicada específicamente a buscar y rescatar personas en el Mediterráneo central. Aunque las autoridades nacionales y Frontex intervienen cuando detectan una emergencia, una parte importante de esa tarea continúa recayendo en organizaciones civiles, sostenidas por donaciones y por el trabajo de profesionales y voluntarios.

En el muelle, las personas rescatadas reciben una primera atención sanitaria y se procede a su registro. Según el operativo, pueden estar presentes organizaciones como Mediterranean Hope, Amnistía Internacional, ACNUR, Médicos Sin Fronteras o la Organización Internacional para las Migraciones. Después son conducidas al hotspot de la isla, un término técnico y frío, más próximo al lenguaje del control y la gestión que al de la acogida: un punto de llegada, identificación y tránsito, pero no de encuentro. El centro se encuentra encajado en un valle y no puede verse desde el exterior. Antes de llegar, la carretera se bifurca: el flujo turístico continúa por Contrada Cave, mientras que las personas recién llegadas son desviadas por otro camino y desaparecen de la vista. No están fuera de la isla, pero sí fuera de la mirada cotidiana de quienes la visitan. Allí reciben una primera asistencia, son identificadas y se examina su situación. Después son trasladadas en barco o en avión hacia Sicilia, a menudo a Palermo, donde continúan los procedimientos de acogida, identificación o protección internacional que correspondan.

El procedimiento no está diseñado para que las dos Lampedusas se conozcan; tampoco lo impide: sencillamente, no lo contempla. Y lo que no se prevé, difícilmente ocurre. Sin duda, la experiencia de quienes llegan tras atravesar el Mediterráneo no podría ser más distinta de la de quienes desembarcan en ese mismo puerto desde un yate o un ferri, o llegan en avión, como hice yo.

Pero los derechos humanos no dependen del lugar por el que una persona entra en Europa ni desaparecen cuando recibe una orden de retorno: protegen, precisamente, a quien se encuentra en una situación de mayor vulnerabilidad frente al poder del Estado. Sin embargo, el nuevo Reglamento europeo de Retorno confirma una evolución política en sentido contrario, hacia una mayor detención, coerción y externalización de las fronteras. El texto aprobado por el Parlamento Europeo permite detenciones de hasta 24 meses, ampliables en determinadas circunstancias, y contempla el envío de personas a centros de retorno en terceros países con los que no necesariamente mantienen ningún vínculo, una posibilidad que puede poner en riesgo el principio de no devolución. Con Agostino fuimos a ver el antiguo complejo de la OTAN, situado en una zona militar de la isla. Allí, esa transformación podría adquirir pronto una forma material: Italia está ultimando un nuevo complejo bajo jurisdicción militar que, según fuentes periodísticas, estaría destinado a la detención, expulsión y repatriación de personas a las que no se haya reconocido el derecho a recibir protección internacional. Si su función se confirma oficialmente, la isla dejará de ser únicamente una puerta de entrada y acogida provisional para convertirse también en un punto de salida forzada: el camino recorrido para llegar a Europa podría comenzar a deshacerse desde el mismo lugar.

Muy a menudo pescadores o la misma Guardia Costera encuentran barcas vacías, las llaman barcas fantasma, barcas medio hundidas. Quizá sus ocupantes fueron rescatados por otra embarcación o quizá, más probablemente, el mar se quedó con ellos. Frente a esas historias incompletas, Lampedusa ha construido una extraordinaria cantidad de lugares de memoria. Como si la isla supiera que aquello que comprendemos durante una tragedia puede olvidarse en cuanto la vida vuelve a la normalidad. En la iglesia de Lampedusa se encuentra una gran cruz de Jesús construida con madera procedente de los naufragios. Está la Puerta de Europa, mirando hacia África y hacia el mar. Está la estatua que recuerda a las víctimas de la tragedia en octubre de 2013, en un solo naufragio frente a la costa de Lampedusa, murieron 368 personas, solo 155 se pudieron salvar. Los nombres que hoy figuran en el monumento hubo que inventarlos: nadie conocía la identidad de los muertos, y nadie quiso que fueran solo cifras. Está también Scala Colorata, la escalera de colores dedicada a la diversidad. O también la plaza del diálogo y de la responsabilidad, con la inscripción conmovedora: “Quien salva una vida salva al mundo entero”.

Porque lo que está en juego no es solo la hospitalidad, sino un derecho: el de pedir asilo y no ser devuelto al peligro, que no debería depender de haber tenido suerte en el mar.

La isla está llena de mensajes que hablan de acogida, responsabilidad, humanidad, salvación y memoria. Mensajes que contrastan con los drones, los vehículos blindados, las barcas fantasma y las alambradas del hotspot. Tantos recordatorios para no olvidar la humanidad del ser humano. ¿Por qué necesitamos tantos recordatorios de quiénes somos, y cómo quisiéramos ser? Quizá no sean una señal de fracaso, sino de honestidad. Sabemos que olvidamos y, precisamente por eso, construimos memoria. Levantamos monumentos, escribimos nombres, reutilizamos la madera de los naufragios y grabamos frases en la piedra porque sabemos que, sin esos gestos, corremos el riesgo de acostumbrarnos. Porque en el Mediterráneo sigue muriendo gente. Este año, hasta mediados de julio, al menos 1.400 personas han muerto o desaparecido. Solo en la ruta central hacia Lampedusa, al menos 928. Y estas son únicamente las cifras de las embarcaciones recuperadas y de los casos cuyo destino ha podido ser rastreado. Las barcas fantasma encontradas hacen pensar que la cifra real puede ser todavía más alta.

Para la inauguración de la Puerta de Europa, el 28 de junio de 2008, se leyó por primera vez un poema de Alda Merini, en él, la poeta sueña con una tortuga marina gigante. A su caparazón se aferran niños, algas, flores y restos a la deriva. Es un animal que se tambalea bajo el peso del amor, lento para comprender y rápido para bendecir. Al final, la tortuga revela quién es: la tierra misma, que salva a quienes fueron arrojados al agua. Quizá ese sea el verdadero mensaje de la isla: la tierra no distingue entre quienes consiguen aferrarse a ella. Esa distinción la hacemos nosotros.

Belleza y horror. Lampedusa pertenece a los dos mundos y yo tampoco salgo indemne porque la pregunta que permanece después de abandonar la isla no es solamente qué está ocurriendo en Lampedusa. La pregunta es qué revela Lampedusa sobre nosotros.

Leonard Glab Frontera es profesor asociado de la Universitat Pompeu Fabra y fundador e investigador de la ONG G-LAB-2B. Su trabajo se centra en la cooperación intercultural en contextos de crisis y conflicto. Es autor del libro Cartografía de nuestros tiempos.

Fuente: https://www.iloveimg.com/es/descarga/m7p608yc93w6pz20r156grAl9g04mx6nwsfA9y1wb7ggpw3y1wqnjp8xpqzvz3k21kp0ysrbt8l12zfdqvv4cjhz6Axly6rhf7kdvjlhxjwpx1fy1jzlxwyt8l1pj7nA18qA291h4w3b0k5v1gj7nsAlvgcfvsxtfnftbx1cjjk1092r0bwq/16