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Rusia

Los deseos y la realidad no siempre coinciden

Fuentes: Rebelión

Hace 15 días hemos asistido a una especie de motín, más que a un golpe o a una sublevación. Probablemente el devenir de los acontecimientos ha sido motivo de sorpresa hasta para el propio Prigozhin, de alarma para Putin y de júbilo inicial para Occidente, que esperaban que los eventos y rumores asentasen sus deseos de cambio en Rusia.

Pero la realidad nos ha mostrado que ante la ausencia de evidencias se han abierto puertas y ventanas a la mera especulación. La escasez de información fidedigna y contrastada, el desconocimiento, el interés y la premura han impedido la realización de análisis más profundos.

El motín y la realidad virtual.

Desde principio de la primavera se han ido sucediendo las salidas de tono y amenazas de Prigozhin. Envalentonado tal vez por sus éxitos militares, el dirigente de Wagner se lanzó a un movimiento basado en cálculos erróneos y que finalmente se mostrará como un acto desesperado.

La realidad virtual que se ha ido construyendo ha caído en poco tiempo. Prigozhin llevaba tiempo sin tener contacto con Putin, y aun así, creía contar con el apoyo del presidente ruso. También presumía de contar con amigos muy influyentes en el Kremlin. Sin embargo, cuando fue percibiendo que cada vez eran más las voces en su contra, y que Putin seguía sin recibirle, buscará llamar la atención de éste para salvar sus intereses, consciente de que su pulso con las fuerzas del estado lo estaba perdiendo.

Así, durante el motín y las posteriores conversaciones/negociaciones buscará definir el papel y la financiación de la empresa (Wagner) y la seguridad para él y su familia. Tras el discurso de Putin, la única obsesión de Prigozhin será buscar una salida a su seguridad personal y familiar.

Desde el principio calculó mal sus movimientos, y a pesar de las “esperanzas occidentales”, Prigozhin perseguía objetivos limitados y no era consciente de las implicaciones del motín. La ausencia de apoyos será clave, tanto la falta de una movilización popular como el no contar con la complicidad de las élites (clara diferencia con la marcha fascista de Mussolini).

Ni la élite, ni la jerarquía militar, ni los altos cargos de la administración han apoyado a Prigozhin. Tampoco lo han hecho, y a pesar de sus diferencias, las diferentes ramas de los poderosos servicios de seguridad.

Como apunta un analista local, “el problema básico de Prigozhin era que parecía estar exigiendo la abdicación de su rey, pero sin el apoyo de las masas, y no tiene sentido hacer un movimiento audaz para sorprender a tus oponentes si no tienes idea de qué hacer a continuación”

La figura de Prigozhin, o “conocidos tengo muchos, pero amigos no tantos”. 

Los primeros pasos en el mundo de la delincuencia en San Petersburgo van a marcar el devenir de Prigozhin. En una de las bandas de aquella época llegó a conocer a personajes que posteriormente serán influyentes. Sin embargo, éstos tenían claro que para mantener sus

actividades ilegales era necesario sacrificar de vez en cuando a algún peón. Y ese fue su caso, condenado a 13 años de cárcel (cumplió 7), tras ser puesto en libertad sus anteriores “jefes” le ayudarán a abrir un restaurante. Como lo define un conocedor de aquellos ambientes, “Prigozhin era un miembro menor de una banda; no era un miembro valioso, por tanto, podía sacrificarse como chivo expiatorio; sin embargo, seguía siendo uno de los nuestros”.

En esa línea Prigozhin cometerá otro error, al confundir amigos con conocidos. Durante los últimos meses se ha mantenido bajo la ilusión de contar con importantes apoyos en las esferas más altas del estado. Personajes como Vaïno (jefe de la administración presidencial) o el empresario y amigo de Putin, Kovalchuk, le han ayudado en el pasado, pero ya no la harán. Tampoco puede contar con el apoyo de oficiales militares y dentro de los servicios de seguridad tampoco se vislumbran apoyos: la Guardia Nacional no tiene el peso del ejército, la poderosa FSO o figuras como Dioumin (gobernador de Tula) podrían ser sus conocidos, pero nunca aliados. Y lo mismo ocurre con Mironov. Ahora todos dan la espalda o condenan a Prigozhin.

Cada vez eran más los que le tenían ganas a Prigozhin, pero era útil y no era factible enfrentarse a él de manera abierta. Sin embargo, el contexto del conflicto armado puede llevar a muchos a perder el sentido de la proporción y de la realidad. Y ésta nos muestra que Prigozhin ha ido demasiado lejos y está condenado.

Una herramienta llamada Wagner. 

Todavía hay muchos interrogantes abiertos sobre el futuro de esta empresa de seguridad privada, también denominada “de mercenarios” en la prensa hegemónica occidental.

Hay muchas lecturas sobre ese fenómeno, y muchas veces se pretende ligar a una realidad marginal y delictiva (una banda armada de expresidiarios). Es cierto que buen parte de sus filas se han nutrido de prisioneros, pero los oficiales no son de ese corte. Según un analista local, el perfil típico de un comandante Wagner sería “un oficial capacitado con experiencia militar relevante, apartado de las fuerzas regulares, por delitos o mala conducta, pero que tiene una segunda oportunidad en Wagner”. Son antiguos miembros del ejército, de las fuerzas especiales, y algunos, oficiales de inteligencia que han sido expulsados, generalmente por delitos o mala conducta grave. Otros fueron expulsados por delitos menores. Pero el patrón es típico: Wagner es una segunda oportunidad.

Todavía no se conocen los términos del acuerdo, y lo más seguro es que los altos mandos del ejército querrán hacer cumplir la demanda de Shoigu, para que todaslas compañías militares privadas, y son muchas además de Wagner, estén bajo el mando del ejército antes del 1 de julio, a través de contratos con el Ministerio de Defensa

El inminente final de Wagner puede satisfacer a muchos en el poder. Se había vuelto excesivamente protagonista e incluso contra el estado, lo cual es intolerable durante una guerra. Después de Bakhmut , el peso de Wagner ha disminuido. Su papel no ha estado en todo el frente, y, por ejemplo, no ha sido utilizada en la defensa del sur. Y hay quien señala también que no era tan independiente o autónomo. Probablemente su papel en las misiones en el extranjero tendrá su peso en la balanza final, y Wagner podría disolverse en su totalidad o ser absorbido.

La respuesta de Putin. 

Para algunos medios el motín le habría pillado a contrapié al mandatario ruso, y su respuesta daría muestras de debilidad y signos de agotamiento para el sistema. Otras fuentes en cambio señalan que la respuesta comedida de Putin obedecía a dos importantes retos de materializarse un ataque militar contra la columna de Wagner.

Por un lado, está la protección de la población civil rusa, que se podía ver seriamente afectada en caso de un enfrentamiento militar, y, por otro lado, estaría la respuesta de la tropa del ejército si se ve en la tesitura de disparar contra otros rusos. Por ello, Putin ha hecho todo lo posible para evitar un baño de sangre (civiles incluidos), y entendió que la mejor fórmula para desarmar el motín era aislar físicamente a Prigozhin, cortarle sus recursos y mediante negociaciones lograr su rendición.

Pese a ello, algunos medios han pretendido tergiversar las palabras de Putin, señalando el “duro golpe contra su imagen” que ha supuesto y alimentando posibles grietas en el edificio estatal ruso. No obstante, el presidente ruso se ha mantenido fiel a su estilo, controlando el tempus y aplicando la política de “divide y vencerás” que tan buenos resultados le ha dado en el pasado.

Cuando Putin llegó a la conclusión que podía mantenerse con sus propias fuerzas y que no necesitaba ni a Prigozhin ni a Wagner, resolvió el problema, expulsando al primero y disolviendo al segundo.

El futuro de Rusia y sus protagonistas seguirán siendo objeto de especulación. En este sentido encontramos diferentes ámbitos de atención.

Una de las obsesiones de los poderes occidentales es la consecución de un cambio de régimen en Rusia. Los rusos no están paranoicos al respecto. El cambio de régimen en Rusia ha estado en la agenda de algunos altos funcionarios estadounidenses desde hace tiempo. Tras los acontecimientos del 2014 en Ucrania se han acelerado esas pretensiones y en los últimos meses siguen siendo la principal baza para algunos sectores militaristas y políticos de Occidente. Tras el motín, se ha sucedido una tormenta de comentarios editoriales y en las redes sociales en el sentido de que, el presidente ruso podría ser depuesto.

Estos intentos golpistas carecen de momento de sustento en varios frentes. Putin, aunque algunos nos lo presentan como débil, sigue contando con el apoyo de buena parte de la población rusa, que lo ve como un presidente que no cede ante las amenazas (ni de Occidente ni de Prigozhin). Es consciente de los desafíos que se le pueden plantear, de ahí que su estrategia siga apostando por el apoyo de la opinión pública rusa. Su apuesta por la negociación en este caso juega también a su favor frente a las críticas de debilidad. Un punto puede preocupar al dirigente ruso, la ubicación de sus fuerzas militares, la centralidad de Ucrania, y la inmensa frontera, ha dado pie a ataques de neonazis rusos bajo bandera ucraniana contra la población civil en Rusia, incidentes como el de Belgorod no deben repetirse en opinión de Putin.

En el hipotético caso de un derrocamiento de Putin, Occidente se encontrará con otro problema, a día de hoy no existe una oposición aceptable para el proyecto de cambio de régimen. Y de haberla sería la gran alianza que conforman diferentes fuerzas ultranacionalistas que anhelan la llamada “Gran Rusia”.

Una alianza donde se encontrarían el Partido Liberal-Demócrata, el eurasianista Alexander Dugin, populares rostros de la televisión y algunos medios de comunicación, sectores de la iglesia ortodoxa y partidarios del neozarismo, así como algunos militares alejados de los centros del poder.

En opinión de un periodista ruso, “lo que mantiene unida a esta variopinta coalición es una idea, que Rusia debe derrotar a Ucrania a cualquier precio, y que la guerra solo puede terminar con la victoria en las fronteras occidentales de la antigua Unión Soviética”.

Todavía quedan otros flecos. 

¿Qué ocurrirá con Shoigu y Gerasimov? Muchos analistas señalan que son detestados por buena parte del ejército ruso. No creo que estemos a las puertas de una guerra civil, no se dan las condiciones. Las masas no han salido a las calles a apoyar el motín, y lo aprovechó Putin para marcar un discurso de firmeza que ha sido bien a cogido entre la población. También habrá que seguir de cerca las diferencias internas, que existir existen, sobre todo entre los diferentes sectores de poder del engranaje institucional ruso. Algunos sectores de las élites podrían aprovechar la supuesta debilidad de Putin para socavar su liderazgo, pero como hemos señalado anteriormente, a medio o corto plazo la correa del poder sigue en manos de Putin.

La mayoría de la población rusa sostiene que el actual conflicto en Ucrania, “a todos los efectos prácticos, es una guerra entre la Federación Rusa y la OTAN”. Todas las corrientes importantes de la opinión rusa creen que el objetivo occidental en esta guerra es forzar un cambio de régimen en Rusia y, potencialmente, fragmentar la propia Federación Rusa, aprovechando la diversidad étnica o religiosa y la amplitud geográfica.

A corto plazo el motín ha durado poco para revertir el curso del conflicto en Ucrania. A largo plazo algunos esperan que se produzca la tormenta perfecta “nuevos motines, avances ucranianos sobre el terreno, y ataques en Rusia para desestabilizar la situación”. De momento estas lecturas caen en el saco de las especulaciones o los deseos.

Mientras algunos siguen mirando a la historia, esperando y deseando un nuevo golpe al estilo Kornilov, donde “el motín fracasa, el régimen se mantiene durante meses, pero se vuelve cada vez más disfuncional y finalmente cae”, la realidad parece ir por otro lado.

Txente Rekondo.- Analista internacional

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.