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Entrevista con el periodista e investigador Carlos Heras

“Luis Arce tiene el reto de devolver la normalidad a Bolivia y reflotar la economía”

Fuentes: Cuarto Poder

La semana en la que Joe Biden llega como presidente de los Estados Unidos a la Casa Blanca nos preguntamos cómo afectará esto a la política internacional. Por supuesto, una de las regiones que, por motivos evidentes, más relaciones mantiene con sus vecinos del norte es América Latina.

El año pasado acababa con el regreso del MAS (Movimiento Al Socialismo) al Gobierno en Bolivia presidido por Luis Arce. También, con la victoria en el referéndum chileno para iniciar un proceso constituyente. Los movimientos migratorios de sur a norte son constantes en América, miles de personas fijan su destino en Estados Unidos, las caravanas de migrantes que cruzan Centroamérica son, cada vez, más constantes.

De todo esto hablamos con el periodista Carlos Heras (Avilés, Asturias, 1992). Heras trabajó en Bolivia becado para la Agencia EFE, también trabajó como periodista freelance en México. Actualmente, estudia en el Colegio de México una maestría en Ciencias Políticas, donde realiza una investigación sobre los partidos de la oposición boliviana. Por todo esto, centramos la conversación en la situación mexicana y boliviana, aunque abramos el plano para enfocar a toda América Latina en alguna pregunta. Heras responde a cuartopoder desde La Paz.

-¿Qué elementos de cambio pueden llegar en relación a América Latina, en general, con la llegada de Biden a la presidencia de Estados Unidos?

-No puedo tener las ideas claras sobre esto. Hay un cambio esperable respecto a la política a los migrantes y latinos. Parece que llevará a cabo un programa ambicioso para instaurarles la ciudadanía, se espera una actitud más tolerante que, en los hechos, no podemos saber todavía lo que va a ser. Recordemos que Obama deportó tanto o más que Trump pero con una retórica más amistosa.

Trump tuvo una política exterior poco activa, en general, y con América Latina en particular. Cabe esperar de Biden algo más de intervencionismo internacional. Tampoco sabría decir específicamente hacia dónde.

-¿Qué puede cambiar de la política estadounidense con su vecino del sur, México?

-De lo poco que se ha hablado a nivel bilateral con respecto a la administración de López Obrador es que parece que se buscará una política que fomente vías seguras de migrar y se tratará de impulsar el desarrollo en Norteamérica y en los países de origen de Centroamérica. Es el viejo caballo de batalla en el discurso de López Obrador, sobre todo al principio, pues su planteamiento era que había que hacer una especie de Plan Marshall, de grandes inversiones, con dinero de México y Estados Unidos, en el sur de México y en los países del triángulo norte.

No tengo ni idea, a día de hoy, de si eso puede pasar, pero parece que hay intenciones que apuntan abstractamente hacia ahí. No tengo mucha confianza en que eso suceda, de hecho, hoy en día, la frontera sur de México está militarizada. Salió una nueva caravana de migrantes de Honduras, sufrieron una fuerte represión en la frontera con Guatemala. Esta es la dinámica de externalización de fronteras de Estados Unidos, ya no es su frontera, si no la de los propios países de Centroamérica. Así, la frontera sur mexicana está hoy militarizada.

-Por último sobre Biden, que es el tema internacional de la semana. ¿Cómo puede afectar la salida de Trump y la llegada de Biden a Bolivia y su nuevo Gobierno?

-Con respecto a Bolivia, hay que recordar que no tiene relaciones diplomáticas con Estados Unidos, pues se expulsó al embajador y a la USAID, acusándoles de conspiración hace años. Tampoco creo que hay que sobrevalorar la implicación que tuvo Estados Unidos con el Gobierno anterior y con la salida de Evo. Sí que hubo un intento de acercamiento por parte del gobierno interino hacia Estados Unidos, de hecho, mantuvo un señor allí encargado de negocios que se hacía llamar embajador. No era embajador, pues para restablecer relaciones diplomáticas tendría que haber pasado por el legislativo, y el Gobierno de Áñez no tenía el control.

No sé qué esperar, quizás unas relaciones más cordiales, con unos discursos menos inflamados en lo retórico por los caracteres diferentes tanto de Arce como de Biden. Además, han pasado años de tensiones, por lo que Estados Unidos tiene un papel marginal en Bolivia después de todos los años que han pasado de gobierno del MAS, porque han tenido un proyecto muy exitoso en la política de control de la coca, sobre todo, que era el principal punto de tensión con Estados Unidos.

-¿Qué análisis y valoración se puede hacer del nuevo Gobierno de Arce, teniendo en cuenta que tomó posesión en noviembre, tan solo hace algo más de dos meses?

-Lo primero es que se ha restablecido un Gobierno con legitimidad democrática plena. En segundo lugar, a mí me da una imagen de mayor competencia en la gestión. El drama de la oposición en Bolivia es que, cuando ha tenido la oportunidad de gobernar, ha demostrado que no traía nada nuevo y no era mejor ni en términos de gobernanza democrática, ni de eficacia, ni nada. El balance del Gobierno de Áñez es el de un Gobierno ineficaz, corrupto, enseguida saltaron escándalos de repartirse dinero del estado y privilegios de empresas públicas, una corrupción muy burda. Además, el Gobierno causó mucha violencia y la represión inflamó los ánimos. Ahora, se ha pasado página. Se han acabado las discusiones de legitimidad. El último resultado electoral, políticamente, cierra la discusión sobre si hubo fraude en 2019 o golpe de Estado, esto ya se ha dirimido.

Lo más significativo que ha hecho el Gobierno hasta ahora es empezar a pagar un bono contra el hambre que había prometido. No es una cantidad grande, un pago único de apoyo a la gente que no recibió sueldos. Por otro lado, la gestión de las vacunas, con la polémica de que la primera que se anunció fue la Sputnik, la vacuna rusa, pero recientemente se ha anunciado la compra de otro cargamento de vacunas de Oxford Aztrazeneca. Esto, junto a las que han de llegar supuestamente por el mecanismo de Covax, el encargado de que lleguen a los países más pobres, haría que a mitad de año, supuestamente, estuviera vacunada toda la población mayor de edad de Bolivia.

En realidad, es muy pronto para hacer un balance. Otra cosa es que parece que Arce está expresando políticamente una ruptura con los gobiernos de Evo. Una promesa de la campaña del MAS era que no sería ministro nadie que hubiera sido ministro de Evo. Eso se ha cumplido hasta ahora. Evo está en el país en un rol de jefe del partido, no está claro si eso generará tensiones, probablemente las habrá. Arce tiene el reto de devolver la normalidad a Bolivia y reflotar la economía, que se había comportado en términos macroeconómicos muy bien hasta la pandemia, nunca sabremos qué parte de la crisis económica fue debida a la pandemia y qué parte al Gobierno interino.

-Estaba la duda de si sería posible renovar el MAS (Movimiento Al Socialismo), de que el partido evolucionara sin Morales después de tantos años de él al mando. ¿Está siendo así?

-Hay cosas en las que está habiendo renovación, también se ven límites. Evo pesa mucho y tiene que pesar mucho en el partido, pero eso no es lo mismo que el Gobierno. Ha tenido un papel importante en la elección de candidaturas para las elecciones de marzo, cuando se eligen los gobiernos departamentales. Evo es el líder histórico del MAS y lo seguirá siendo durante un tiempo.

Es cierto que ha habido una renovación generacional en los rostros que están gobernando, en la gran mayoría son los cuadros de segundo nivel de los gobiernos anteriores del MAS, en concreto del ámbito económico, pues Arce fue ministro de Economía durante la mayor parte del tiempo de Evo. Luego hay gente vinculada a las organizaciones sociales que apoyan al MAS y que tienen la prerrogativa de ocupar ciertos ministerios y cargos.

Tiene de negativo el ser un Gobierno muy masculino, cuando entorno al 2010 Evo llegó a nombrar un gobierno paritario. Los jefes del legislativo, del senado y de diputados son dos hombres, mientras con Evo había una regla no escrita de alternarse entre un hombre y una mujer.

Por otro lado, el MAS ha tenido un nuevo cisma, en El Alto, una de las ciudades más grandes y de clara mayoría indígena y del MAS. Eva Copa, la que fue presidenta del Senado durante el periodo del Gobierno de facto, se había postulado para la alcaldía. Había sido expulsada de las listas del MAS para las generales. Es una figura muy popular, pero había criticado algunas decisiones de Evo en público y se le acusaba de colaborar con la derecha. Ahora va con una lista propia a las elecciones de El Alto y es posible que gane. Eso muestra la posibilidad de que el MAS ya no tenga el monopolio de la representación política de lo que se llama el proceso de cambio. Esta mujer se reivindica como parte del proceso y no apunta a que se alíe con la derecha, tal y como ha pasado con algunos perfiles similares.

-Pasando a México. ¿Por qué ha sido tan controvertida la gestión de López Obrador de la pandemia?

– Creo que es positivo que nunca escogió una solución punitiva para controlar la pandemia. Nunca restringió derechos de movilidad individuales, en algunos momentos, seguramente tarde, poco y mal, restringió la apertura de negocios y empresas. Esta visión tiene un sentido, más allá de no restringir libertades y derechos individuales, que tiene que ver con que más de la mitad de la población vive del trabajo informal, por lo que no se le puede obligar a quedarse en casa cuando no tiene una fuente alternativa de ingresos y vive al día.

El problema es que dentro de toda esta política de austeridad, que venía de antes de la pandemia, no ha habido suficientes medidas económicas para paliar los estragos económicos surgidos de la crisis sanitaria, ni para permitir que la gente se pudiera quedar en casa. También ha habido otro tipo de polémicas, por no haber adaptado una estrategia de seguimiento de casos de covid-19 y de detección temprana hasta hace poco y esto está solo, fundamentalmente, en la Ciudad de México.

El cóctel de pandemia y austeridad presupuestaria no ha ayudado y ha generado una situación en la que México es uno de los países más golpeados de la región y del mundo. Más allá de polémicas estériles, como que Andrés Manuel López Obrador (AMLO) nunca se ponga mascarillas en público, sí creo que ha habido déficit en la gestión. Es muy difícil saber si se podrían haber hecho las cosas de otra manera, la economía mexicana lo tenía muy difícil para haber aplicado restricciones severas.

-Más allá de la pandemia, ¿está cubriendo AMLO las expectativas que levantó cuando llegó al poder, sobre todo entre las clases populares?

-Efectivamente, en lo retórico, hay un presidente que habla a la gente humilde y se parece a ellos después de mucho tiempo. Más allá de eso, es cierto que ha habido políticas de aumento de gasto social y transferencia de rentas a las clases más humildes. Eso está ahí y no se puede negar, aunque sea en cantidades pequeñas. Desde la mentalidad europea, si vemos cuál es la cantidad de los subsidios, nos puede parecer poco. Hay un programa de becas que paga 4.000 pesos, unos 200 euros, a jóvenes por hacer prácticas profesionales. Entre la gente de la clase media mexicana hay una idea de que esto es tirar el dinero, que no se sabe a dónde va, pero para la gente que percibe estas ayudas cuenta, cuenta en lo material pero también en lo simbólico, por primera vez hay un gobierno que se ocupa de ellos. Lo mismo con otras políticas sociales, para mayores u otros sectores sociales.

Luego, creo que el dinero para hacer eso ha venido de quitar gastos superfluos del gobierno y de una política de austeridad salarial dentro de la administración pública, pero también recortando derechos, privilegios, prerrogativas de las clases medias, no tanto de las clases altas. Ha decidido antagonizar con los sectores medios, nunca con los que están situados arriba del todo. Eso es un problema para mí.

Dentro de la política de austeridad del Gobierno, han golpeado a los organismos autónomos. Si bien muchos fueron creados en la época del neoliberalismo, había algunos sobre transparencia, gobernanza o derechos humanos que eran útiles, también los que se encargaban de garantizar la estabilidad presupuestaria de este tipo de organismos. Sin embargo, no ha hecho una reforma fiscal, algo que la izquierda mexicana siempre ha pedido, pues México tiene 6 puntos de presión fiscal menos que la media de América Latina y el Caribe, 16 puntos menos que el promedio de la OCDE. Eso no es algo que esté en la agenda a día de hoy. Algunos intelectuales orgánicos próximos al gobierno de AMLO dicen que la reforma fiscal ha de venir después, ahora se está obligando a pagar a empresas que no pagaban. Después, se podría hablar de reforma fiscal, dicen. El caso es que hasta ahora no se ha hecho.

Tampoco se ha cambiado la relación con Estados Unidos, algo que influye, evidentemente, mucho en México. Se ha mantenido una relación de subordinación durante este tiempo, no confrontando con la política migratoria de Trump, a pesar de que AMLO, al principio, llegaba con unas intenciones totalmente diferentes. Al principio, a los migrantes que llegaban en caravanas les daba permiso de tránsito temporales, el estado no les molestaba y les permitía, incluso, trabajar legalmente. Hay otras cosas interesantes que ha hecho, por ejemplo, subir el salario mínimo.

Por el contrario, otra cosa negativa que ha llevado a cabo y que será parte importante de su legado es la cuestión del rol que están ocupando los militares en la sociedad. Es algo que venía de antes, desde que empieza la llamada guerra contra las drogas de Calderón. Desde que los militares empiezan a ejercer labores de seguridad pública rutinariamente, eso ha sido un limbo legal. AMLO prometió devolver a los militares a los cuarteles, pero con la consolidación de la Guardia Nacional en las labores de seguridad pública, la presencia militar continúa. Eso va acompañado, además, de un mayor rol de los militares en asuntos económicos, como en la construcción de un nuevo aeropuerto en la Ciudad de México, gestión de los puertos o la logística de asuntos importantes, como las vacunas, o en la protección de ciertas políticas de bienestar social. En definitiva, se está profundizando en el militarismo y considero que deja una situación peligrosa para el futuro. El poder que tienen los militares será cada vez más difícil de revertir, cada vez tienen más presencia en la vida social mexicana. Es sorprendente, difícil de entender por qué está ocurriendo esto, pero es un legado que se va a quedar.

-Por último, abramos el plano general a América Latina. A final del año, la victoria del MAS en Bolivia o el referéndum chileno fueron buenas noticias para la izquierda. ¿Se puede hablar de un nuevo giro a la izquierda regional?

-Más que un nuevo giro a la izquierda, creo que estamos en un momento de definición. Hubo un declive claro de los gobiernos de izquierdas, tanto de los que mostraban un carácter populista como los que no, y un auge de los gobiernos de derechas. Sucede que estos gobiernos de derechas no tenían un proyecto alternativo, más allá de una vuelta a lo de antes que ya se sabía que no funcionaba y que había sido derrotado. Así, el gobierno de Temer en Brasil fue muy frágil, Macri tampoco consiguió la reelección en Argentina ni implantar su programa, en Ecuador también se vivió una situación extraña… Chile, que era el país más estable, va hacia un proceso constituyente…

La derecha no fue capaz de generar una alternativa nueva, el neoliberalismo era el proyecto económico, una forma de cerrar la crisis generando muchas bolsas de exclusión, nuevos pobres, nuevos sujetos sociales subalternos, informalidad, inseguridad social… Pero cerrando las crisis de inflación y deuda, al fin y al cabo. El neoliberalismo es un proyecto de economía política que tiene éxito, unos plazos distintivos y, en algunos lugares, va acompañado de una gobernanza democrática que tiene estabilidad. Creo que no hay una alternativa, ahora mismo, a eso, en América Latina. Lo que se ve en Bolsonaro es extractivismo y negacionismo del covid-19 y del cambio climático. Como consecuencia de este negacionismo, no les importa aprovechar económicamente todo lo que se pueda de la Amazonía.

Frente a esto, hay nuevos Gobiernos de izquierdas que representan un cambio con respecto a los anteriores gobiernos de izquierdas de corte populista que había. Es el caso de Alberto Fernández en Argentina, del mismo Lucho Arce en Bolivia. En Chile, las cosas van por otro lado y no sabemos qué va a pasar a nivel de partidos.

A diferencia del anterior giro a la izquierda, la situación económica no es positiva ni proclive a facilitar políticas de redistribución, eso implica que para hacer estas políticas habrá que tocar los privilegios de los de más arriba, algo que se hizo poco en el ciclo político anterior. Hasta ahora, Argentina y Bolivia han planteado impuestos a las grandes fortunas. Por esto, precisamente, hay una ofensiva política más fuerte, se ve en el tema del aborto o de acoger a Evo Morales en su exilio en Argentina. Creo que estas decisiones consiguen generar apoyo y cohesionar el proyecto político.

La otra cosa que no veo es una dinámica regional. Cuando gobernaban Kirchner, Chávez, Morales, Correa, Lugo… había solidaridad internacional y proyectos para reforzar la integración regional, a pesar de que tenían diferencias. Eso, ahora, creo que no lo hay. Es algo que Fernández lleva intentando desde que llegó. En México, que podría ser un polo que generara eso, no se está encontrando reciprocidad. A AMLO no le importa mucho lo que pasa fuera de México, solo ha salido una vez del país y fue a Estados Unidos, no hay muchos aliados para generar una dinámica parecida a la que se generó en aquel momento.

Fuente: https://www.cuartopoder.es/internacional/2021/01/22/carlos-heras-luis-arce-tiene-el-reto-de-devolver-la-normalidad-a-bolivia-y-reflotar-la-economia/

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