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No sólo los talibán abusan de la situación de las mujeres en Afganistán

Fuentes: Gara

A finales de los noventa, Estados Unidos comenzó a entender que era importante retomar el control del olvidado Afganistán. El gaseoducto, la privilegiada posición estratégica y el negocio de la heroína no eran motivos para ser tomados a broma. Para impulsar una nueva estrategia de dominación, los políticos de «la pacífica era Clinton» se reunieron […]

A finales de los noventa, Estados Unidos comenzó a entender que era importante retomar el control del olvidado Afganistán. El gaseoducto, la privilegiada posición estratégica y el negocio de la heroína no eran motivos para ser tomados a broma.

Para impulsar una nueva estrategia de dominación, los políticos de «la pacífica era Clinton» se reunieron con los medios corporativos para que una vez más y todos a una, articulasen una acción que legitimara su intervención en la zona, lo que el profesor Noam Chomsky calificaría como «fabricación del consenso». Para ello, la ex secretaria de Estado Madeleine Albright y ciertas élites mediáticas crearon una causa/personaje, que desataría una suerte de casus belli humanitario: la mujer y el burka. Gracias a la ayuda de esos medios de comunicación que nos dictan lo que es noticia, justo o de derecho, pudieron fabricar lo que muchos cooperantes catalogaron como causa chic o víctima sexy.

Hace diez años, la televisión hegemónica a nivel planetario era la CNN, así que se envió a la estrella del periodismo Christiane Amanpour a Afganistán, con el fin de concienciarnos sobre el sufrimiento de la mujer afgana a través de su propaganda. No importó la homóloga infamia sufrida por las saudíes o nigerianas -curiosamente naciones aliadas de Estados Unidos- sino que el contrato entre las partes se ciñó simplemente a la mujer afgana.

Debido a las impactantes imágenes de una tortura tan gráfica y distinguible como la del burka, muchas agencias de cooperación comenzaron a recaudar importantes sumas de dinero. Escritores y cineastas de todo el mundo abordaron el tema y los diarios que hasta entonces carecían de perspectiva de género se hicieron abanderados del «feminismo afgano». La operación ya estaba en marcha y el pretexto para una futura ocupación, servido y aceptado.

El 7 de octubre del 2001 Estados Unidos comenzó a bombardear los hogares de esas señoras, niñas y ancianas y nos dijeron que era «para salvarlas». Puesto que en esos días el ser patriota o demócrata suponía el silencio frente al horror, las élites políticas, sociales e intelectuales callaron y otorgaron. Hoy siete años después, a esas mismas mujeres se les sigue bombardeando por la libertad, y a pesar de ello sus burkas siguen siendo vestidos, pero esta vez ensangrentados.

Hoy amanecemos con una de esas noticias que tan bien se consumen en Occidente. El asesinato de la destacada policía Malalai Kakar una mujer «liberada por la coalición» con actitud occidental en una realidad oriental. En un destartalado complejo policial de Kandahar, Malalai ofrecía entrevistas a los pocos periodistas que sin estar «empotrados» hasta allí se acercaban. Tenía 41 años y llevaba -con orgullo pastún- un uniforme de la policía. Vestida de legalidad por las tropas ocupantes y de legitimidad por las mujeres afganas, Malalai Kakar presumía de no tener miedo, mostrándose al descubierto en citas furtivas con la prensa del mundo rico.

Todo periodista que se entrevistase con las autoridades de la ciudad, era invitado a conocerla, como el plato fuerte de un tour informativo concebido para confirmar «los avances de la ocupación» y lo «democrático del sistema». Usada como mero atrezzo de la «libertad duradera», Malalai formaba parte de un decorado de falso progreso que hoy se cae a pedazos. Su actitud altiva, sabedora de estar del lado de los poderosos que le prestaron una libertad que ya en aquel entonces se intuía caduca, le granjeó fama de oportunista. Pero su orgullo y soberbia eran los propios de una mujer que luchaba por sobrevivir con seis hijos en un mundo de barbarie masculina. Difícil de juzgar.

No sé que pensaría Malalai cuando observaba que los ayer «señores de la guerra», ahora «demócratas de toda la vida» no permitían a sus mujeres quitarse el burka ni siquiera cuando cenaban en las bases de la OTAN. ¿Se acabó creyendo el personaje que por necesidad hubo de representar?

Y es que en realidad nunca les preocupó su seguridad (pues no tenía escolta) ni las condiciones en las que trabajaba; tan solo sirvió para ilustrar «el éxito de la operación». Una cara al descubierto en una nación tapada, sin importarles -hasta su muerte- lo que ello acarreaba. ¿Hasta cuando les será rentable el sufrimiento de la mujer afgana?

La capitana Malalai Kakar murió asesinada por militantes talibanes cuando se dirigía -sin escolta alguna- a su trabajo en la comisaria de Kandahar.

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