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Huelga general contra el neoliberalismo

París fue un mar de banderas rojas

Fuentes: Página/12

Ciento cincuenta manifestaciones movilizaron en Francia a un millón de personas contra la política salarial del gobierno, los despidos en grandes empresas y la pérdida de poder adquisitivo. Convergieron empleados públicos y privados

Francia sirvió anteayer el plato preferido de la cocina social francesa: una jornada de huelgas y manifestaciones de una amplitud impresionante. El movimiento social convocado por el conjunto de los sindicatos y cuatro partidos de izquierda -el Socialista, el Comunista, los Verdes y la Liga Comunista Revolucionaria- sacó a las calles a más de un millón de personas en todo el país. El objetivo de la jornada consistió en protestar contra la política salarial del gobierno, los planes sociales imprecisos y la drástica pérdida del poder adquisitivo. Los sindicatos habían apostado por una movilización nacional de un millón de personas a fin de imponer al gobierno del primer ministro Dominique de Villepin el deshielo de los salarios y una agenda de negociaciones. La meta fue ampliamente alcanzada. Con París a la cabeza y el tradicional desfile sindical que partió desde la Plaza de la República, más de 150 manifestaciones se realizaron a lo largo del país, al tiempo que los transportes públicos, Metro, autobuses, trenes y aviones, se vieron fuertemente perturbados. Si el legendario malhumor francés es un termómetro del descontento social, lo ocurrido ayer es la excepción que confirma la regla y anuncia otras movilizaciones sociales. Contrariamente a otros años, la población perjudicada por los paros no rezongó por los atrasos y enredos provocados por la falta de transporte. Había en París un clima jovial de solidaridad con los sectores movilizados. En vez de la típica exclamación parisina «¡Merde!», la gente clamaba «Bravo, tienen razón».

A las marchas callejeras pobladas de empleados del sector público se sumaron muchísimos empleados del sector privado. Imagen más que emblemática de la convergencia de insatisfacciones y de las consecuencias de las políticas económicas de los gobiernos, la manifestación de París estaba encabezada por los empleados del grupo norteamericano Hewlett-Packard. La multinacional de la informática anunció un vasto plan de reestructuración que comprende la supresión de miles de puestos de trabajo en el mundo. Francia es uno de los países más afectados por las medidas. «Tengo 50 años y me van a despedir», decía el cartel que llevaba una mujer de 50 a quien le cayó la guillotina social accionada por Hewlett-Packard. Al lado de ella, otro empleado de la empresa llevaba un cartel donde podía leerse: «La Bolsa me mató». El hombre denunciaba un plan social «que no se justifica. Su única razón radica en hacer que suba el precio de las acciones de HP». Otro, con un gorro de Napoleón, decía: «Somos el símbolo triste de los empleos que se asesinan en pos de la rentabilidad». Al lado de los manifestantes había un responsable sindical de la sede norteamericana de Hewlett-Packard. El sindicalista había cosido las banderas de Estados Unidos y de Francia y decía que las empresas de hoy sólo buscan tener «empleados explotados y ultracompetitivos».

Los carteles sindicales habían unido en un mismo reclamo las reivindicaciones plurisectoriales: «Juntos por el empleo, el poder adquisitivo, el derecho de los empleados del sector público y privado». Ante el incuestionable éxito de la movilización que reunió a más de 100.000 personas en París, Bernard Thibault, secretario general de la CGT, señaló que no veía «otra alternativa para el gobierno y la patronal que mostrar con precisión y concretamente en los próximos días y mediante actos precisos que han escuchado el mensaje de las huelgas y las manifestaciones de hoy». Jean-Claude Mailly, titular de Fuerza Obrera, advirtió que el gobierno «tiene que destaparse las orejas». París parecía haber regresado a sus amores de antaño. Un bosque de banderas rojas cubrió el cielo de la capital.»Ni libre competencia, ni privatización», «no a la precariedad». El tono de las pancartas exponía las preocupaciones de una sociedad que paga un alto tributo a los criterios económicos en boga. El primer ministro francés reaccionó de inmediato a las protestas diciendo que escuchaba «el mensaje que me dirigen los franceses. Queremos responder a sus inquietudes y a sus aspiraciones». Dominique de Villepin agregó en la Asamblea Nacional que el Ejecutivo «no se resigna a la impotencia pública». Sin embargo, el jefe de gobierno no dejó entrever ningún cambio de dirección y, al contrario, se refugió en la literatura política para reiterar su conocido concepto de «Francia está de pie, Francia trabaja y ganará». El presidente francés no intervino en el debate ni tampoco respondió a las demandas que también lo interpelaban. Jacques Chirac se limitó a fustigar la Unión Europea, señalando que no le parecía «normal» que la UE no se implicara en los temas sociales como el de la empresa Hewlett-Packard.

Alentados por la respuesta de la sociedad, los sindicatos anunciaron una cumbre intersindical en los próximos días para decidir cómo continuar la acción. La situación del jefe de gobierno es complicada: además de enfrentar un poderoso descontento social, tiene que medirse con el ministro del Interior, Nicolás Sarkozy. El ambicioso y agitado ministro pugna por la candidatura a la presidencia en el curso de las elecciones de 2007 y es un infatigable partidario de la «ruptura» a fin de posicionarse lo mejor posible. Según miembros del oficialismo que asistieron a una reunión a puertas cerradas, Villepin le advirtió a Sarkozy que «en la historia de Francia, el único momento de ruptura que hubo fue la Revolución Francesa. Eso terminó en un baño de sangre».