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Política migratoria en Europa y los Centros de Permanencia Temporal

Fuentes: La Jornada

La historia de los campos de detención para migrantes es amplia a lo largo de últimas décadas. Los campamentos de detención para indocumentados, presentes hoy en toda la Unión Europea, en la frontera entre México y Estado Unidos, en Australia y en donde la riqueza de un país esté amenazada por olas de migrantes «hambrientos […]

La historia de los campos de detención para migrantes es amplia a lo largo de últimas décadas. Los campamentos de detención para indocumentados, presentes hoy en toda la Unión Europea, en la frontera entre México y Estado Unidos, en Australia y en donde la riqueza de un país esté amenazada por olas de migrantes «hambrientos de dinero», son resultado final de una más amplia y compleja historia de lugares de detención pensados para internar la diferencia.

Desde hace siglos, quienes han sido considerados rechazables por ser diferentes, por actuar de manera distinta o simplemente por tener color de piel no conforme con el establecido por el gobernante en turno, han sido encarcelados, privados de la libertad y, hasta hace pocas décadas, eliminados.

La historia de la Inglaterra colonial, a partir de principios del siglo XVII, nos muestra la manera cómo un gobierno y su clase intelectual son capaces de describir al diferente y asociarlo, de alguna manera, con lo malo, lo dañino y hasta con lo peligroso para la sociedad. Primero fueron los africanos y los indígenas de mitad del mundo los encarcelados nada más por su origen. En nuestro ejemplo, también fueron privados de derechos los mismos ingleses que, según las autoridades, se dedicaban al ocio y no producían.

Tenemos trágicos ejemplos mucho más recientes desde los gulags soviéticos y a partir de la Primera Guerra Mundial cuando al culmine del discurso antisemita del siglo anterior empezaron a internar a los judíos, pero también a gitanos y otros individuos que escapaban a los esquemas sociales establecidos. El momento más alto de tal política represiva fue llevado a cabo por el régimen nazi, en la Alemania de Adolfo Hitler. En ese momento se llegó quizás al último eslabón posible de tal política, la eliminación masiva de los diversos, y se fundamentó tal política en ideas científicamente racistas.

En la actualidad la situación es distinta. Nadie, al menos en el ámbito gubernamental, plantea de forma tan calculadora, la eliminación de alguien. Sin embargo, sí se implementan políticas de detención de los descritos por la intelectualidad del poder como «diversos», «extranjeros» o «extracomunitarios».

Si durante el régimen nazi los campos de concentración primero fueron instrumentos de control y luego, frente a la crisis irreversible del sistema, instrumento de venganza y eliminación física, hoy los llamados campos de detención para migrantes (Centros de Permanencia Temporal, CPT) se configuran como los instrumentos de control de los flujos migratorios y, en última instancia, como controladores supremos de la fuerza de trabajo migrante.

La fortaleza Europa

La Unión Europea es una institución relativamente joven, pues hace poco más de 10 años se constituyó formalmente. De la misma manera, el continente europeo ha vivido la migración de las últimas décadas de forma distinta, según el territorio. Francia e Inglaterra ­sobre todo­ han acogido a lo largo del siglo XX las diferentes diásporas de las ex colonias.

Pero es hasta principio de los años 90, caído el muro de Berlín, que Europa, ya en su conjunto, sufre la llegada de miles, sino millones, de migrantes en búsqueda de trabajo y vida digna. La «victoria» del capitalismo sobre la repentina caída del sistema soviético, más que el fin de la historia como muchos ideólogos del capitalismo han sentenciado, ha sido el inicio de una nueva historia de la humanidad.

El capitalismo de corte social acostumbrado en Europa hasta ese entonces, ha podido desbordar (perdiendo el aspecto social), y ha entrado de forma abrupta en los países del este europeo destruyendo lo poco que quedaba de tejido social y produciendo, antes que todo, un ejército de pobres que ha empezado a empujar las fronteras de la recién nacida Unión Europea. Al mismo tiempo, desde en el sur del mundo, Africa sobre todo, las políticas capitalistas ya no han encontrado obstáculos políticos y ha producido, aquí también, hambre y deseos de vidas mejores. De tal forma, la Unión Europea, quizás de forma inesperada, ha experimentado la llegada de oleadas de inmigrantes procedentes de las regiones más pobre del hemisferio. Si a esto se añade la migración forzada de cientos de miles de los territorios involucrados en las guerras de la década de los años 90, podemos comprender la crisis que la joven unión ha sufrido.

Las reacciones han sido distintas en el interior de Europa, pero sólo una, hasta ahora, ha prevalecido. Por un lado, la reacción xenófoba de los grupos radicales de derecha, que no sólo proponían la clausura total de las fronteras sino que hasta promovieron, en su momento, la caza de los migrantes en la frontera. Por el otro, hubo la reacción de muchas organizaciones de derechos humanos que, en el tentativo de comprender la nueva realidad, han propuesto, trabajado y siguen trabajando para una política de acogida digna. En fin, la mediación entre las dos, que los gobiernos europeos, primero singularmente y luego de común acuerdo, han promovido: clausura de las fronteras por un lado, a través de ingentes inversiones en la búsqueda de formas de control de ellas; política moderada de acogida para los que podían pasar, por razones humanitarias, las fronteras.

Lo cierto, más allá de cualquier declaración del político en turno, es que esta política ha establecido sistemas extremadamente burocráticos para internarse a Europa; ha creado una nueva «cortina de hierro» alrededor de la Unión Europea compuesta por miles de policías y soldados ha favorecido la clandestinidad de millones en Europa, exponiéndolos a la explotación laboral; ha producido miles de muertos en las fronteras europeas (en tierra y mar); ha creado mentalidades discriminatorias que criminalizan la migración; ha tapado el problema de fondo que es la distribución desigual de la riqueza en el planeta. La llamada fortaleza Europa se presenta como un puñetazo en el ojo de la globalización. Caen las fronteras para el dinero y las mercancías, se erigen muros para las personas que caminamos en el mundo.

Los CPT

En este contexto, los llamados CPT se configuran instrumento supremo de control de los flujos migratorios, enfocados a contener la migración desde fuera de las fronteras europeas y a controlar los migrantes del territorio. Presentes en todos los países de la unión, los CPT son estructuras muy parecidas a cárceles, con secciones para hombres, mujeres y niños, divididas por nacionalidad. Han contribuido a introducir en Europa nuevos conceptos legales, como el «delito de clandestinidad» y, en otros casos, la «detención administrativa». En otras palabras, en los CPT son detenidos, como en una cárcel, en las mismas condiciones de precariedad y aislamiento, miles de personas que no han cometido delito, pues nada más falta un sello en el pasaporte o un papel de estancia legal.

Por si esto fuera poco, los CPT son el primer lugar que la mayoría de los migrantes conocen de Europa, pues muchos son detenidos antes de pisar suelo de este continente. Más allá aun, los CPT son actualmente la gran amenaza, más que la propia deportación, que políticos, empresarios y también gente común tiene en contra de los migrantes que viven en su territorio. En este enfoque resulta evidente cuan cómodo resulta, sobre todo para las empresas, tener un ejercito de reserva de trabajadores altamente desprotegidos para emplearlos el tiempo necesario. De esta manera, aunque un migrante logre conseguir papeles para la legal estancia, se va delineando la jerarquización de la sociedad alrededor no del mérito, la inteligencia o la competencia, sino de la procedencia.

El último chantaje en este sentido es establecido por la nueva tendencia europea, que es proponer acuerdos con los países de origen de los migrantes para establecer no sólo una clasificación totalmente arbitraria entre países amigos y no, sino que obliga, en la mayoría de los casos, a países extranjeros a aceptar condiciones de humillación para su gente con tal de que la relación con la Unión Europea sobreviva.

Caso extremo, en el cual los CPT se transforman en verdaderos instrumentos de represión, es el de los refugiados que escapan de las guerras. Este caso, en rápido aumento en los últimos años, crea una situación paradójica, pues mientras una persona, o una familia, busca huir de la muerte prometida por las guerras, lo único que encuentra al hacerlo es el encierro, la criminalización de su deseo de vivir. Este el fin del sueño de una vida mejor.