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¿Por qué avanza la nueva derecha en Europa?

Fuentes: Rojo y Negro

Cuando parecía que lo habíamos visto todo en política, el triunfo de la coalición de derechas Alianza por Suecia sobre la socialdemocracia que «parió» el Estado de Bienestar nos devuelve a una realidad que creíamos finiquitada tras la Segunda Guerra Mundial. La extrema derecha regresa al poder en países con tradición cultural y de progreso […]

Cuando parecía que lo habíamos visto todo en política, el triunfo de la coalición de derechas Alianza por Suecia sobre la socialdemocracia que «parió» el Estado de Bienestar nos devuelve a una realidad que creíamos finiquitada tras la Segunda Guerra Mundial. La extrema derecha regresa al poder en países con tradición cultural y de progreso a rebufo de la nueva derecha, como en aquella Alemania que recibió con los brazos abiertos la demasía nacionalsocialista antes de destaparse como barbarie nazi. No se trata de la subrepticia irrupción de un fantasma en una mala coyuntura. Es peor. En Suecia la macroeconomía iba viento en popa. La puesta en escena de la nueva derecha ultra y xenófoba es marsupial y legitimista, viene avalada por la tradición de la derecha democrática que la ampara. Hasta ahora existía un acuerdo tácito entre demócratas para marginar de la esfera social representativa a las formaciones que olieran a revanchismo totalitario. De ahí la marginalidad percutente pero imbatible del neofascismo sedicente. Pero la llamada derecha democrática ha roto esa norma de salud pública que condenaba a los ultras al ostracismo para poder mantenerse (o alcanzar) el poder, porque ella misma se ha «ultraficado». Una vez más, por mor del engañoso nominalismo, se ha quebrado el ¡no pasarán!

A la pobre dinámica de unas «izquierdas unidas» que a duras penas han logrado formar algún gobierno descafeinado de contenido transformador, está sucediendo una auténtica avalancha de «derechas unidas». En Suecia hoy mismo; en pentimento en Holanda, con raíces profundas incluso en sectores del ejército; entrando en algunos parlamentos de Alemania al desbordar el listón del 5% de votos que se puso como vade retro; y agazapada en Italia, donde el tanden de Forza Italia y los postfascistas de Gianfranco Fini redefinen estrategias para un nuevo asalto al poder. Por no hablar de la posible convergencia de Nicolás Sarkozy y las huestes de Le Pen, tras jubilar al matónfúhrer por otro dirigente casero mas llevadero.

Europa está de vuelta habiendo ido. La derecha de segundas partes, que durante años jugó al «centrum» como misión histórica, se ha echado al monte ante la perspectiva de desbordamiento por su flanco filial. Y ahora deberá pagar la factura que sus conmilitones quieran pasar por haberla dejado liderar la «casa común». El mismo errático cálculo que llevó a los partidos burgueses al suicidio en otros tiempos. La misma indecencia. El mismo cainismo. Pero con una sustancial diferencia: ahora las «derechas unidas» europeas visten terno democrático y no rompen las urnas. E, incluso, sintonizan con un atlantismo cuestionado por muchos líderes de la Unión Europea y comulgan con esa cruzada-choque de civilizaciones que predica el Tío Sam.

Porque el cemento que hace posible esa aparente (sólo aparente) fractura regresiva es la «cuestión de la emigración». Falta de convicciones, de valores ciertos y de agallas, la izquierda del paripé hace tiempo que se dejó seducir por ese modelo neoliberal que puertas afuera decía refutar. Y claro, los experimentos con gaseosa, y si se apuesta en serio, siempre es mejor el original que la copia. Por eso, su parálisis ante los «noes» sociales del referéndum sobre la Constitución Europea; el patético tancredismo frente a la violación de su hipersoberanía por el gulag de la CIA; su acomplejado autismo ante las razzias de Israel en el Libano, y, en fin, la falta de una política consecuente, a nivel global para gestionar el alud inmigratorio, más allá de una retórica amortizada en la insaciable necesidad de mano de obra basura para el mercado.

Una ciudadanía desinformada, amordazada en el carrusel del consumo y extremadamente volcada a la demagogia de los hechos que muestran la creciente parasitación de los servicios públicos (escuelas, hospitales y subsidios de desempleo) por la masa de inmigrantes abandonados a su suerte, ha creado el caldo de cultivo que está facilitando el cambio de paradigma político. Hace pocos años, Le Pen fue frenado in extremis en su camino hacia el poder por una tenaza forzada el centro y los socialistas, cuando las filas del Frente Nacional se habían reforzado peligrosamente con tránsfugas del bloque obrero y proletario orquestado alrededor de un Partido Comunista Francés en caída libre. Hoy se han roto las barreras divisorias y ancha es Castilla.

Es la crónica de una mutación anunciada. La profesora de Teoría Política de la Universidad londinense de Westminster, entre otros críticos del sistema de pensamiento único dominante, había previsto este triste balance como lógica consecuencia del duopolio pactista que devastó la política «democrática» europea en los últimos treinta años. Su tesis, hoy realidad constatable, argumentada en el libro «La paradoja democrática», es que «el consenso centrista» propiciaría el auge de los partidos de la derecha populista, que se presentan como «únicas fuerzas contrarias al sistema», aspirando a ocupar el espacio de la crítica dolosamente abandonado por la izquierda.

¿Y España va bien? Aquí, en el Reino que ha hecho del consenso su razón de ser, ya hay avisos para navegantes. Con una mano, el gobierno de Rodríguez Zapatero llama al diálogo a la aposición mientras anuncia un golpe de timón en el tema de la inmigración. Y con la otra, vocea que el PP se comporta como la nueva extrema derecha. O sea que el Partido Popular siente nostalgia de Alianza Popular.

Al reducir la política a los esquemas de un simple juego de oferta y demanda, en el contexto de un mercado cautivo de referencias auténticamente democráticas y secuestrado por la propaganda (privada) mediática, al final se cumple la pauloviana Ley de Say: que la oferta crea su propia demanda. Como dice el verso: siempre vendrá alguien que nos hará más ciegos.