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La amenaza iraní

Por qué las armas nucleares socavarían los intereses de seguridad de Irán

Fuentes: CounterPunch

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández

Según un artículo publicado el 10 de enero en Coteret, una página en Internet con noticias, análisis y opiniones de los medios electrónicos e impresos israelíes, el Primer Ministro de Israel Binyamin Netanyahu estaba «hecho una furia» por los comentarios vertidos el pasado martes en una reunión informativa por el director saliente del Mossad, Meir Dagan. Dagan dijo a los periodistas que Irán «no era capaz de desarrollar una bomba nuclear antes de 2015».

Al hacer esta afirmación, Meir Dagan ha conseguido algo más que desagradar a Netanyahu; ha aceptado anteriores valoraciones elaboradas por las Estimaciones de la Inteligencia Nacional (NIEs, por sus siglas en inglés) de EEUU, una en 2007 y otra en 2005. La NIE de 2007 afirmaba claramente: «Irán no tiene actualmente armas nucleares», algo que ningún experto en inteligencia habría negado, pero que una legión de expertos pro-Israel en los medios de derechas y de incitadores del miedo han tratado a menudo de contradecir.

En 2005, una NIE afirmaba que incluso aunque Irán se empeñara en perseguir un programa de armas nucleares, una perspectiva que no era en absoluto cierta, al menos le llevaría diez años construir una bomba. No está claro por qué Dagan decidió retomar públicamente esa posición más realista si anteriormente se manifestaba tan preocupado ante la idea de un Irán nuclear; en todo caso, resulta algo tranquilizador leer que lo ha hecho.

Ni los círculos de inteligencia, militares y políticos estadounidenses ni israelíes han propuesto hasta ahora un compromiso constructivo con Oriente Medio. Sin embargo, tenemos que confiar que pueda haber allí políticos con algo más de racionalidad que los extremistas neocon de Washington que hasta este mismo momento han venido determinando la política exterior estadounidense. Sin ellos, las perspectivas para Oriente Medio en los próximos años serían en efecto sombrías, pero, de todas formas, las perspectivas de un ataque militar contra Irán en un futuro inmediato son bastante improbables. Confiemos en que esto siga siendo así, no sólo por la catástrofe que tal ataque desencadenaría sino porque les concede algún tiempo más a los activistas para contrarrestar la prevalente mitología de que Irán: a) quiere tener armas nucleares; y b) atacaría a Israel si las tuviera. Ambas afirmaciones son sencillamente falsas.

Un reciente artículo de Associated Press publicado en el Wiscosin State Journal citaba al Almirante estadounidense Mike Mullen, Jefe de la Junta de Altos Estados Mayores, advirtiendo a los estadounidenses sobre la inminente amenaza de una bomba iraní, una declaración que no sólo es ignorante sino irresponsable y peligrosa teniendo en cuenta el batir de tambores y el belicismo que tan a menudo predominan en Washington y en algunos otros lugares a lo largo y ancho de Estados Unidos.

Mullen, que consulta frecuentemente con los jefazos del ejército israelí, estaba hablando desde una base aérea estadounidense en Manama, Bahrain, una base que estaría en primera línea del frente si estallaran las hostilidades entre Irán y EEUU o alguno de los muchos aliados estadounidenses en el Golfo Árabe. Para impedir o al menos reducir las posibilidades de otro acto ilegal y devastador en la región, es fundamental que cada vez más gente comprenda que Irán no quiere un arsenal de armas nucleares. En efecto, es de justicia decir que construir una sola bomba nuclear va contra los intereses de seguridad y estratégicos de Irán, y quienes ostentan el poder máximo en Teherán lo entienden perfectamente. Ni el régimen en Teherán ni el pueblo iraní son unos suicidas, y ambos comprenden que poseer tan sólo una única arma nuclear serviría de pretexto ideal para que EEUU o Israel «arrasen» el país, como ha amenazado hacer la Secretaria de Estado Clinton.

Lo que a Irán le gustaría adquirir es la capacidad tecnológica y los materiales esenciales para producir tales armas. Esto podría alterar el equilibrio de poder en un Oriente Medio en el que sólo Israel tiene capacidad para llevar a cabo un primer ataque nuclear. En última instancia, lo que Irán busca es la disuasión o la capacidad militar por la que poder impedir o reducir la posibilidad de una agresión incontrolada contra él u otros estados del Oriente Medio. Por lo tanto, la tecnología de «umbral nuclear» podría tener un profundo efecto en la estabilidad regional al poner fin al papel de Israel como potencia regional dominante sin control. La perspectiva de que Irán y, con el tiempo, otros estados de Oriente Medio y Asia obtengan armas nucleares o algo menos amenazante, los conocimientos tecnológicos para producir esas indeciblemente destructivas armas, no es motivo en forma alguna como para sentir entusiasmo. Sin embargo, lamentablemente, es más factible por ahora que la posibilidad de conseguir que Israel firme el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) y renuncie por completo a su mortífero arsenal.

Debería señalarse que Irán es ya signatario del TNP y en tal sentido tiene derecho a enriquecer uranio incluso hasta el grado necesario para construir armamento pero, sin embargo, no puede producir armas nucleares. Militarmente hablando, Irán no es una amenaza ni para Israel ni para Estados Unidos y tiene estrictamente, en el mejor de los casos, fuerzas armadas convencionales. ¿Por qué entonces a Irán se le retrata constantemente en EEUU como una amenaza inminente y mortal para los estadounidenses?

Todos esos espumarajos por la boca de EEUU en relación a Irán tienen mucho que ver con la influencia que Irán ha conseguido a nivel regional, en parte como resultado directo de nuestras letales e irresponsables guerras en Iraq y Afganistán. En ambos países, EEUU ha posibilitado directamente que fuerzas pro-iraníes desarrollen políticas militares que han dejado a ambos países devastados e internamente divididos para los próximos años -cuando no décadas-. En Iraq, el ardientemente antiestadounidense y aliado iraní Muqtada Sadr se ha unido recientemente a la coalición gubernamental de su homólogo chií Nuri al-Maliki. Hace muy poco tiempo que Sadr ha regresado de Irán, donde ha pasado casi cuatro años. En Afganistán, muchas de las fuerzas antitalibanes a las que EEUU ha ayudado con armas, dinero y entrenamiento son también pro-iraníes.

Al tratar de desarrollar energía nuclear civil, Irán está intentando evitar la trampa de tener que importar petróleo refinado apoyándose en sus propios recursos renovables. Unos vínculos militares, económicos y estratégicos más importantes con China pueden reforzar la independencia de Irán y ayudarle a desarrollar sus inmensos recursos de gas natural que podrían hacer del país un importante exportador de esa energía en el futuro. Dentro de la Organización para la Cooperación de Shanghai, en la que Irán tiene estatuto de observador, se está precisamente preparando el escenario para ese tipo de conexiones.

Una última observación, pero no por eso menos importante: Todos esos que en EEUU, Israel y algún lugar más están como enloquecidos por los peligros de permitir que Irán adquiera armas de destrucción deberían echar una mirada a sus propias historias, recientes y lejanas antes de seguir adelante con la necesidad de «atacar», «golpear» o «borrar del mapa» a otra nación, ciudad o pueblo. Deberían también leer el informe más reciente (30 diciembre de 2010) publicado sobre los defectos congénitos, mortalidad infantil y tasas de cáncer en Faluya, Iraq, que se han disparado desde que en 2004 EEUU atacó esa machacada ciudad. Ese informe, y media docena más publicados desde julio de 2010, verifica que los efectos de las armas estadounidenses de destrucción masiva sobre Faluya son peores que los causados en Hiroshima y Nagasaki. «Contaminantes de la guerra» como el uranio empobrecido, el fósforo blanco y otros metales y sustancias químicas letales han envenenado el medio ambiente de Faluya para muchas generaciones.

Todos esos que tan caballerosamente hablan sobre las posibilidades de emprender una guerra -contra Irán o contra cualquier otro país- necesitan leer tan sólo uno de esos detallados y espantosos informes, ver las fotos de los bebés nacidos con malformaciones congénitas, defectos cardíacos, defectos del tubo neural y cosas aún peores. Debería obligárseles a entender los efectos de esos venenos sobre los pueblos que son los receptores finales de los bombardeos aéreos masivos e invasiones terrestres, de la conmoción y el pavor, del plomo fundido… Deberían hablar con las mujeres que sufren abortos espontáneos; vivir con los padres que tienen que atender a niños con leucemia, bebés con miembros deformes, enfermedades inexplicables, daños cerebrales y corazones defectuosos. Esa es la realidad de las guerras y el armamento modernos; eso es lo que la guerra representa para los civiles indefensos, no empotrados, que no pueden escapar de los combates, que se ven obligados a intentar sobrevivir a las brutales oleadas de una agresión letal y después subsistir con alimentos que crecen en un suelo contaminado, a respirar un aire envenenado, a beber agua putrefacta y a vivir en una tierra destrozada por la ponzoña del odio y la codicia. Por desgracia, dudo que Meir Dagan, Binyamin Netanyahu, Mike Mullen o Barack Obama dediquen ni un solo pensamiento a estas terribles y duraderas consecuencias de la guerra.

Jennifer Loewenstein es profesora asociada de Estudios sobre Oriente Medio en la Universidad de Wisconsin-Madison. Puede contactarse con ella en: [email protected]

Fuente: http://www.counterpunch.org/loewenstein01122011.html