La intervención militar de Donald Trump en Venezuela, sucedida desde el mes de diciembre de 2025, ha generado rechazo por parte de sectores demócratas, liberales y de izquierda tanto en Colombia como alrededor del mundo. Si bien cada facción contiene lecturas diferentes respecto a la invasión del país suramericano y el posterior secuestro del presidente Nicolás Maduro y su compañera Cilia Flores, cada una de ellas coincide –consciente e inconscientemente– en acompañar el juego mediático del presidente estadounidense. De este modo, más que la condena al accionar político y militar contra el gobierno de Trump, las múltiples declaraciones de quienes cuestionan el actual gobierno norteamericano se limitan a los marcos ya prestablecidos por un Estado que –más allá de su accionar y capacidad militar– sabe que el posible salvavidas a su inminente declive yace en la construcción narrativa de su caída. Esto es, la reafirmación de su hegemonía en el mundo a través de los medios de comunicación y la inmediatez de un mundo hiperconectado. Ya lo apuntaba el sociólogo alemán Niklas Luhman “los medios de masas también producen y reproducen un conocimiento del mundo [… su] función social no se encuentra, por consiguiente, en la totalidad de la información […] sino en la memoria que con ello se crea”.
El aparente éxito de Trump en el reordenamiento mundial no es producto de un ejército militar diseñado para intervenir en el extranjero cada vez que lo considere necesario la política estadounidense. Su éxito político reside en la capacidad mediática y narrativa de una memoria que aún pervive entre nosotros bajo el lema del “sueño americano”, de allí que su ganancia electoral sea la promesa nostálgica de “hacer a Estados Unidos grande otra vez”. En este sentido, el aparato militar es únicamente el medio último de Trump para afianzar un orden en donde Estados Unidos organiza las reglas de un juego que no está dispuesto a perder; como todo jugador de Póker Trump sabe que, aunque la baraja no le favorezca, lo importante es proyectar una imagen fuerte para que los oponentes cedan o se retiren. Por ello, junto con el uso del terror, la incertidumbre es su verdadera arma política: porque solo a través de lo incierto, la amenaza como una constante y las falsas promesas puede ganar algo en la distribución geopolítica que hoy se diputan entre Estados Unidos, Rusia y China. Pero entre las imágenes de la media y la memoria a medias, de vez en cuando se cuelan ideas que parecen más resistentes que los libros de historia financiados por los intereses privados.
El gobierno de Trump, con más fuerza que el de sus antecesores, se consolida bajo un orden totalitarista que niega la posibilidad de contra respuesta y con ello la imaginación necesaria para arriesgarlo todo en función de hacer del mañana algo colectivamente posible. Tal como escribía Hannah Arendt, tras la caída de Alemania en la Segunda Guerra Mundial: «El poder significa un enfrentamiento directo con la realidad, y el totalitarismo en el poder está constantemente preocupado de hacer frente a este reto […] el conocimiento nada tiene que ver con la verdad, y el tener razón nada tiene que ver con la objetiva veracidad de las declaraciones del jefe, que no pueden ser desmentidas por los hechos, sino solo por sus futuros éxitos o fracasos». Así, la incertidumbre (re)producida en los medios es más eficiente que el ataque militar: porque si el ataque define la muerte, la incertidumbre moldea la vida. He aquí la variación de este nuevo siglo, en su contexto Arendt reconoce al Totalitarismo como limitante de la libertad de actuar y de hablar, pero esta expresión del nuevo siglo lo que limita por sobre las demás cosas es la capacidad de pensar. Sin necesidad de quema de libros, la inmediatez de las redes moldea el discurso, y con este, nuestra capacidad de imaginar para actuar y actuar para transformar.
A modo de ejemplo, días después del secuestro y encarcelamiento de Nicolás Maduro en el Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn, los medios se inundaron con la nueva entrada del New York Times. Allí se hacía público un informe del Departamento de Justicia de EEUU, el cual aceptaba la inexistencia del Cartel de los Soles como organización criminal; argumento bajo el cual se conflagró la invasión de Venezuela y se legitimó tanto la “extradición” como el encarcelamiento de Maduro y Flores. Desde entonces, los diversos tintes políticos que rechazan la invasión a Venezuela han denunciado públicamente la violación del derecho internacional. Como si este derecho hubiese sido alguna vez cumplido por Estados Unidos o defendido a cabalidad por parte de los países aliados y la actual Unión Europea: la comunidad política que ha sancionado social y legalmente a su población, incluidas figuras públicas como Mo Chara –integrante de la banda irlandesa Kneecap–, quien se ha movilizado en rechazo al genocidio contra Palestina. Aunque el genocidio parezca haber cesado porque el algoritmo, en su inmediatez y sensacionalismo, tiene nuevas noticias por desarrollar y nosotros por compartir. No en vano, algunos días atrás el periodista Jonathan Cook se preguntaba «¿Por qué Gaza ha desaparecido de las portadas?» (Why has Gaza dropped off the front pages?). La respuesta: «solo porque el policía bueno» [Estados Unidos] declara que ha puesto fin a las hostilidades del «policía malo» [Israel]. Esto mientras Israel continúa «matando y dejando morir de hambre al pueblo de Gaza, aunque a un ritmo más lento».
Entre las figuras públicas más renombradas por la defensa de Palestina está el presidente colombiano Gustavo Petro, quien por sobre sus buenas intenciones llamó a la ONU –en un aire acelerado y poco consciente– a formar un “Ejército de salvación del mundo” en medio de una aglomerada calle en Nueva York. De acuerdo con el mandatario, él mismo estaría en disposición de combatir por la liberación de Palestina, pero del dicho al hecho hay mucho trecho. Lo cierto es que mientras el mundo calla, Palestina resiste y Venezuela se presenta como el nuevo “trend topic” de análisis. La cercanía de Venezuela a Colombia no es un factor menor, la extensa frontera y la historia que une a estos dos países pertenece a una misma idea de nación, en este sentido, prender las alarmas sobre la relación Venezuela–Estados Unidos–Colombia es apenas de sentido común; especialmente tras las discusiones de dos presidentes que hacen de sus redes sociales el escenario principal de sus debates y emocionalidades personales. No obstante, tras los recientes bombardeos sobre Venezuela y el posterior gobierno de transición impuesto por Donald Trump, el debate público fue dado una vez más por la inmediatez de las redes; la incertidumbre como imagen epistolar de bombas estadounidenses cayendo sobre Colombia; y el llamado al derecho de la soberanía nacional. Un llamado que parece desconocer el continuo bombardeo de militares estadounidenses en Colombia con complacencia del mismo Estado mediante el Plan Colombia, o el hecho de que siete bases militares estadounidenses en este territorio representen ya una violación a la soberanía nacional.
En fin, poco parece importar porque tan solo un par de horas después, quienes condenaron la invasión a Venezuela y defendieron la movilización convocada por Petro, aplaudieron y regocijaron las palabras de Trump que resaltaban el honor de conversar con Gustavo Petro: «It was a great honor to speak with the President of Colombia». De no ser porque Donald Trump sabe que la incertidumbre de su accionar es su as bajo la manga, la ironía del regocijo generalizado no podría ser más vergonzosa. Conscientemente Trump maneja el discurso al delinear el guion, acríticamente nosotros seguimos línea por línea los márgenes de esa hoja. Tal como expresaba Jeremy Corbyn –representante de la izquierda dentro del partido Laborista– respecto al primer ministro británico Keir Starmer: el problema de la «relación especial» que creemos tener con Trump es que «Estados Unidos nos dice que saltemos, y nosotros preguntamos cuán alto».
En conclusión, lejos de rechazar la movilización popular o minimizar los riesgos que representa para Colombia el avance de los intereses que persigue el lobby capitalista en la región (a través de Trump, Miley, Katz, José Jerí y Bukele, por mencionar algunos), la discusión es la facilidad con que los medios –y la inmediatez del mundo globalizado– manejan el discurso y permean lo poco crítico que queda entre un nosotros: donde la desinformación y la incertidumbre navegan de la mano de memes e imágenes de gatos que prometen contarnos, de acuerdo con nuestro signo, el sentido de nuestra existencia. Pero antes de culminar esta reflexión, valga un breve énfasis en lo ya mencionado:
la incertidumbre de Colombia en el futuro geopolítico difícilmente será la imagen de un avión estadounidense que sobrevuela la casa de Nariño para raptar a Petro y llevarlo a Estados Unidos. Contrario a la proyección de locura y avaricia desmedida que presenta la prensa sobre Trump –y que muy seguramente él aplaude–, el presidente estadounidense sabe que atacar vulgarmente la institucionalidad colombiana es un tiro en el pie, porque es consciente que Estados Unidos logró ubicar siete bases militares sin necesidad de instaurar una dictadura o debilitar el régimen político bipartidista. Si existe un lugar para centrar la atención es justamente en la frontera binacional donde la guerrilla del ELN cumple un rol fundamental. Más allá de las discusiones sobre los impactos e implicaciones de la guerrilla colombiana en la frontera, su control territorial impide la posibilidad de que el gran capital monopolice un camino seguro para transportar petróleo y otras mercancías desde el Caribe hasta el Pacífico colombiano: lugar en donde a la fecha se alzan tres puertos de inversión china y estadounidense los cuales, dada la escasa participación de Colombia y la población local, deja mucho por decir de la supuesta soberanía del país.
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