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Carta abierta al Canciller de Uruguay Ernesto Talvi

La vana arrogancia de los expertos

Fuentes: Rebelión

Dr. Máster, o lo que sea, Canciller de Uruguay Ernesto Talvi:

De mi mayor consideración.

Es verdad que cada una de las ideas y declaraciones del general, ex comandante del ejército uruguayo del pasado gobierno del Dr. Tabaré Vázquez (y, como es tradición en América Latina, rebelado contra su presidente a falta de mayor promoción) Manini Ríos, no tienen forma de defenderse sin caer en niveles cloacales.

Pero si el general Manini quiere discutir sobre si más Keynes y si menos Friedman en el actual gobierno de derecha de nuestro país, no debería usted responder con una profunda muestra de debilidad y arrogancia descalificado a su temporal adversario por no ser economista. (A decir verdad, en realidad es su socio; usted no estaría donde está sin sus votos; si él traicionó a quien lo designó y promovió, no haga usted lo mismo para quedar bien con la historia). Es exactamente lo que hacen los ineptos: le refriegan su título al adversario dialéctico como si fuese un argumento. “Yo no me meto en temas militares; que él no se meta en temas de economía”, más o menos ha dicho usted en la televisión local.

Podemos estar de acuerdo en que hoy en día cualquiera se toma el atributo de discutir sobre cualquier especialidad, y por lo general con notable superficialidad y vana arrogancia, pero la opción contraria es aún peor. ¿Se imagina usted no discutiendo nada que no caiga dentro de lo aceptado como “economía”? Pues, usted debería estar en silencio la mayor parte del tiempo, lo cual no es el caso, sobre todo desde que entró en la arena política.

Pero si el general Manini Ríos o cualquier otra persona quiere discutir sobre la pertinencia de Keynes y Friedman en nuestros días, no importa si es militar, médico o vendedor de helados. Imagine que se me ocurra a mí decir que en una reunión sólo yo puedo opinar de arquitectura porque soy el único arquitecto en un grupo dado. O de relaciones internacionales, sólo porque resulta que doy clases de eso en alguna universidad del mundo. No tendría ningún sentido, aparte de hacer el ridículo. Esa soberbia de decir que “esa discusión ha sido saldada hace cuarenta años” vale lo mismo que decir que usted no quiere discutir el fondo de las dos opciones. Artigas y Jefferson murieron hace un par de siglos, y hoy los ejemplos de cada uno echarían mucha luz en cualquier discusión, si se diera (creo que el primero llevaría amplia ventaja en las cuestiones éticas sobre la justicia social y el racismo, pero eso sería parte de la discusión).

Los “expertos” en el poder y bastante fuera de práctica académica o de ejercicios intelectuales profundos que hace tiempo se daban en nuestros cafés del sur, no se cansarán nunca de proclamar que los asuntos del pasado, pasados son; que las discusiones teóricas de cuarenta años atrás “están saldadas”, como si se tratase de una discusión entre física newtoniana y la física cuántica y hoy no hubiese profundas divergencias en las opiniones de los “expertos” en economía, muchos de los cuales han sido distinguidos con premios Nobel y no le tienen miedo a discutir la pertinencia de Keynes o de Friedman. Por no mencionar los editoriales y las discusiones semanales en publicaciones liberales como The Economist, del que seguramente usted será suscriptor. Los expertos en economía no predijeron ni la gran crisis de 2008 ni siquiera se imaginaron que la base de toda la economía no tineen nada que ver con la economía y los negocios, como ha quedado demostrado con la devastadora pandemia de COVID 19 que en estos momentos sufrimos. ¿Se imagina usted a los genios de los Chicago Boys, a los creyentes de Milton Friedman y sus variaciones maquilladas proponiendo la “mano invisible del mercado”, de los negocios sin externalidades, y del poder absoluto de “los beneficios primero” como forma de solucionar esta catástrofe?

Eso de que “el dilema X es una discusión saldada” y que nadie puede hablar de economía excepto expertos en economía como usted, sobre todo cuando se lo dice desde las alturas del súbito poder (aunque sea de un país pequeño) y desde la arrogancia ideológica (usted ha dicho que en la Universidad de Chicago ha aprendido que la economía es cuestión de datos duros, cosa que ni los economistas más celebrados del planeta se lo creen) es como como si una mujer con un ojo morado no tuviese derecho a reclamar por violencia doméstica porque los hombres solían pegarle a sus mujeres en tiempos de la prehistoria y desde entonces muchas cosas han cambiado. Es decir, según esa costumbre servil de explicar la realidad para los de abajo, ya no existe el imperialismo, ni la hegemonía, ni las elites legislando en su favor, ni las narrativas de los grandes medios funcionales a los grandes intereses económicos ni un largo etcétera. Todas esas son discusiones viejas, sesentistas, del siglo diecinueve. Como lo puso en práctica el propagandista Edward Bernays hace más de medio siglo, con resultados sorprendentes e irrefutables, la mejor propaganda de un sistema de dominio económico y político consiste en hacer que los supuestos expertos digan lo que nosotros queremos que otros escuchen y crean. Descalifica, descalifica que algo quedará.

Pues, no, Dr. Talvi. Muchas cosas no han cambiado desde hace doscientos años. Lo que han cambiado son los discursos y las excusas de los “expertos” para que quienes están en el poder nacional (usted ahora) y en el poder internacional (olvídese, usted no está ni estará nunca ahí; es solo un colaborador) continúen haciendo lo mismo: cambiar para que nada cambie.

Personalmente no creo que usted haga todo esto de forma deliberada, aunque me puedo equivocar. Sospecho que usted no es un hombre malo. Lo que dice y hace es porque se cree un experto. Igual, las clases privilegiadas siempre creen que tienen razón y entienden la realidad mucho mejor que el resto de la sociedad porque toman whisky etiqueta negra mientras los tontos se conforman con vino de mala calidad y no saben que la discusión entere Keynes y Friedman fue saldada hace cuarenta años cando los Chicago Boys hacían lo que se les antojaba en las dictaduras amigas de América Latina y recibían tsunamis de dólares de Washington para demostrar que estaban en lo cierto.

Atentamente