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No fue Trump el origen: está en los genes de esa nación

Fuentes: Rebelión

«En el hemisferio occidental, la adhesión de Estados Unidos a la Doctrina Monroe puede obligarles, aunque en contra de sus deseos, en casos flagrantes de injusticia o de impotencia, a ejercer un poder de policía internacional…”

El continente nos ha sido asignado por la Divina Providencia para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno.” No, no lo dijo el dictador Donald Trump; lo expresó y dejó escrito John Cotton, líder de la secta puritana, una de las dos que comenzaron a poblar con anglosajones lo que más tarde sería Estados Unidos. Por “mandato divino”, esos invasores fueron apropiándose de las tierras de los pueblos nativos.

Recordemos que tanto la secta puritana como la peregrina sembraron el marco ideológico mesiánico de esa nación, como lo veremos en algunos ejemplos.

América para los americanos” es una frase que, en las últimas semanas, se está repitiendo en bares y tertulias, principalmente en América Latina. Tampoco la pronunció el dictador Trump. Ella sintetiza el célebre discurso del presidente James Monroe del 2 de diciembre de 1823, pronunciado ante el Congreso y conocido como la “Doctrina Monroe”. Con ella, el gobierno estadounidense se adjudicaba la propiedad del continente y asumía el papel de protector, un guardián que nadie había solicitado, pero que le sirvió como justificación para numerosas intervenciones regionales durante los siglos XIX y XX. Y ha sido esa doctrina la que Trump decidió revivir.

Todo el continente nos ha sido asignado por la Divina Providencia para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno. Es un derecho similar al de un árbol de obtener el aire y la tierra necesarios para el pleno desarrollo de sus capacidades y para alcanzar el crecimiento que le ha sido destinado. No es una opción para los americanos, sino un destino del que no pueden renunciar, pues hacerlo implicaría rechazar la voluntad de Dios. Los americanos tienen una misión que cumplir: extender la libertad y la democracia, y ayudar a las razas inferiores. Luego deben llevar la luz del progreso al resto del mundo y garantizar su liderazgo, dado que son la única nación libre sobre la Tierra.” Tampoco lo dijo el dictador Trump: fue escrito en julio de 1845 por el periodista John L. O’Sullivan, en su muy célebre artículo “Annexation” (Anexión), publicado en la revista The Democratic Review.

El carbón es un regalo de la Providencia, guardado por el Creador de todas las cosas en las entrañas de Japón para el beneficio de la familia humana. La cantidad de carbón que posee ese país es tan abundante que su gobierno no tiene ningún argumento válido para no proporcionarnos ese recurso a un precio razonable.” O sea, casi regalado. Quizás Trump copió la idea para referirse al petróleo de Venezuela, Irak, Afganistán o Siria… pero lo cierto es que estas palabras las pronunció el secretario de Estado Daniel Webster el 10 de junio de 1851, durante la presidencia de Millard Fillmore. Esta declaración no solo ilustra la lógica intervencionista e invasora de Estados Unidos desde el siglo XIX, sino que también sentó un precedente para legitimar el saqueo de los recursos de otros pueblos. Bajo esta perspectiva, la soberanía ajena se transformaba en un obstáculo ilegítimo, pues los recursos eran considerados propios, aunque “depositados” fuera de sus fronteras.

«Somos los amos de Filipinas. Hemos sido elegidos por Dios para llevar la civilización a estas islas. Nuestra labor es imperial. No hay otro destino para nosotros. […] La bandera de nuestro país debe ser la bandera de la libertad, y debe ondear en todos los rincones del mundo. No renunciaremos a nuestra parte en la misión de nuestra raza, fideicomisaria, bajo Dios, de la civilización del mundo«. Tampoco fue el dictador Trump quien pronunció estas palabras. Pertenecen al senador Albert Beveridge, en un discurso ante el Senado el 9 de febrero de 1900.

Si una nación demuestra que sabe actuar con eficacia razonable y con sentido de las conveniencias en materia social y política, si mantiene el orden y respeta sus obligaciones, no tiene por qué temer una intervención de Estados Unidos. Pero la injusticia crónica o la importancia que resulte de un relajamiento general de las normas de una sociedad civilizada puede exigir, en consecuencia, que —en América o fuera de ella— una nación civilizada intervenga. En el hemisferio occidental, la adhesión de los Estados Unidos a la Doctrina Monroe puede obligarles, aunque en contra de sus deseos, en casos flagrantes de injusticia o de impotencia, a ejercer un poder de policía internacional.” No, el origen de esas terribles frases no es el dictador Trump, aunque le gusta apropiarse de ellas. Las pronunció el presidente Theodore Roosevelt en su mensaje ante el Congreso el 6 de diciembre de 1904, en lo que luego sería conocido como el “Corolario a la Doctrina Monroe”, o “Corolario Roosevelt”.

No está lejano el día en que tres banderas de barras y estrellas señalen en tres sitios equidistantes la extensión de nuestro territorio: una en el Polo Norte, otra en el Canal de Panamá y la tercera en el Polo Sur. Todo el hemisferio será nuestro, como de hecho, en virtud de nuestra superioridad racial, ya lo es moralmente.” Aunque ese sentimiento lo lleva en la piel, el dictador Trump no tiene la inteligencia suficiente ni para formular una frase así. La expresó el presidente William Howard Taft en 1912, en medio de las intervenciones militares que entonces realizaban las tropas estadounidenses en América Latina.

Así hablaron e hicieron. Así siguen siendo. La culpa, por supuesto, es de la Divina Providencia, que los condenó a ese ‘destino manifiesto’ de imponer civilización y democracia a punta del chantaje de las armas. Trump, como sus antecesores, no han tenido otra opción.

Blog del autor: https://blogs.mediapart.fr/hernando-calvo-ospina