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El ocaso de la Unión Europea

Fuentes: El viejo topo

La moneda falsa lanzada por la Unión Europea afirmando que la estabilidad en el continente se rompió cuando el ejército ruso entró en Ucrania en 2022 sigue siendo utilizada por Bruselas, por Rutte y Ursula von der Leyen. Esa supuesta estabilidad perdida es una argucia más de la propaganda atlantista y de los organismos occidentales más belicistas porque oculta que desde la desaparición de la Unión Soviética, la Unión Europea ha colaborado con entusiasmo en los últimos treinta años en la expansión militar de la OTAN hasta las mismas fronteras rusas. Desde finales de la última década del siglo XX, ese avance paulatino del dispositivo militar de la OTAN era algo que no podía verse más que con preocupación en Moscú: porque ha sido ese plan de Washington y Bruselas la causa de la ruptura de la estabilidad europea.

Ese agresivo despliegue de la OTAN culminó con el apoyo financiero, diplomático y logístico al golpe de Estado del Maidán en la Ucrania de 2014, gestado por Estados Unidos y acompañado con un ardor enloquecido por Varsovia, Berlín y los pequeños bálticos. Después, se añadió el incumplimiento por el gobierno golpista de Kiev de los acuerdos de Minsk, firmados en 2014 y 2015, que fueron suscritos también por Merkel, la canciller alemana, y Hollande, entonces presidente francés, y por el abandono posterior del «cuarteto de Normandía». Merkel confesó años después que el único objetivo de la firma de los acuerdos de Minsk fue para ganar tiempo y rearmar a la Ucrania surgida del Maidán: no les preocupaba la evidencia de un gobierno ucraniano de extrema derecha con ministros nazis. Y todavía más, en diciembre de 2021, la Unión Europea aceptó con complacencia la negativa de Estados Unidos a negociar garantías de seguridad con Rusia, que había presentado dos proyectos de tratados, uno con Estados Unidos y otro con la OTAN.

Las propuestas de Moscú incluían que la OTAN detuviera su expansión al Este, sin incorporar a Ucrania, la renuncia a desplegar misiles de corto y medio alcance, la reducción de fuerzas militares en Europa, y la aceptación de que la seguridad es indivisible porque un país o un grupo de países no puede aumentar su seguridad en detrimento de otros. Rusia sabía que desde 2014 Estados Unidos y la OTAN organizaban y armaban al ejército ucraniano para lanzar una operación militar contra el Donbás, y no podía aceptar la posibilidad de que Estados Unidos desplegara misiles de corto y medio alcance en Ucrania: Putin advirtió en febrero de 2019 que misiles estadounidenses desplegados en Ucrania podrían alcanzar Moscú en diez o doce minutos. Las palabras de Putin en la Duma respondían al anuncio oficial de Trump, dos semanas antes, de que Estados Unidos se retiraría del Tratado INF. No era una falsa preocupación rusa, porque Estados Unidos abandonó seis meses después el Tratado INF (Intermediate-Range Nuclear Forces) y en apenas veinte días más lanzó misiles que estaban prohibidos por ese tratado. De manera que la estabilidad europea no se rompió cuando los soldados rusos entraron en Ucrania: la había roto Estados Unidos con la complicidad de la Unión Europea extendiendo su dispositivo militar hasta las fronteras rusas. Esa operación urdida por Washington y Bruselas en Ucrania pretendía quebrar a Rusia y, si culminaba con éxito, despedazarla en varios países apoderándose de sus recursos naturales. Pero ese plan ha fracasado.

Insistiendo en la mentira de que la estabilidad europea se había quebrado en 2022, Ursula von der Leyen y Josep Borrell presentaron en 2024, en Bruselas, la Estrategia Industrial Europea de Defensa (EDIS), que la presidenta de la Comisión había anunciado ya en septiembre de 2023 en el Parlamento Europeo, fijando la orientación armamentista de la Unión Europea en rumbo de colisión: así, las garantías ofrecidas por Moscú son ignoradas, pese a que Lavrov aseguró a finales de octubre de 2025 en la Conferencia Internacional sobre Seguridad Euroasiática celebrada en Minsk que: «Hemos reiterado nuestra decisión de no atacar a ninguno de los actuales Estados miembros de la OTAN o la Unión Europea. Estamos dispuestos a formalizar esta postura en las futuras garantías de seguridad para esta parte de Eurasia.» Al alineamiento de la Unión Europea con los Estados Unidos de Biden y del Partido Demócrata, ha seguido la adaptación a la nueva presidencia de Trump aceptando todas sus exigencias, acompañándolas de una dureza incomprensible con Rusia porque no beneficia precisamente a la Unión Europea. De hecho, aunque algunos gobiernos europeos estaban más cerca de los demócratas estadounidenses (como el de Sánchez en España, el de Scholz en Alemania o los gabinetes escandinavos de Frederiksen, Støre y, antes, el de Marin en Finlandia), todos se han sometido a las imposiciones de Trump. La agresividad hacia Rusia de los gobiernos de Berlín y París (secundados por Polonia y los pequeños bálticos, y con la ayuda de Londres) ha embarrancado en las llanuras ucranianas, porque la OTAN ha perdido ya la guerra, aunque continúe por el momento.

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Al desastre de la guerra ucraniana, al despilfarro de recursos en armamento, a la merma de relevancia internacional de la Unión Europea, se une el extravío de una orientación neoliberal que ya ha mostrado sus límites, su fracaso: hoy, mientras se destinan crecientes recursos para la guerra, la Unión destina solamente el 14 % de su presupuesto a reducir la pobreza, y a la educación y el empleo. La pérdida de importantes sectores industriales, con el aumento del sector terciario, se celebraba no hace muchos años como un paso en la modernización de Europa: según la oficina estadística de la Unión Europea, Eurostat, hoy la industria manufacturera supone el 15 % del PIB de la comunidad, y ha afectado al sur de Europa, incluida Francia, más que a Alemania y los países del norte. En España, los gobiernos del PSOE y del PP impulsaron con entusiasmo el cierre de fábricas que ha desembocado hoy en una peligrosa dependencia de la Europa central y nórdica.

El mercado único ha beneficiado a los países del centro y norte de Europa, en especial a Alemania, y ha destruido industria en el sur; el Pacto Verde enfrenta el riesgo de paralizarse en la práctica, el rearme exigido por Washington con el consiguiente despilfarro de recursos es aceptado sumisamente; el euro ha sido incapaz de aprovechar el retroceso del dólar en los intercambios internacionales, y la limitada fortaleza de las grandes empresas europeas, junto a la antidemocrática concepción de sus organismos de gobierno (de la Comisión al Banco Central), junto al desvío de ingentes recursos hacia la financiación de las empresas privadas en vez de desarrollar fuertes sectores públicos en áreas estratégicas, además del retroceso en ciencia e innovación, señalan para la Unión Europea un horizonte de despojos.

La Unión Europea está, además, encerrada en una contradicción insalvable: para contar en el mundo, junto a Pekín, Washington y Moscú, debería reforzarse, pero los principales países, empezando por Alemania, apuestan por su propio fortalecimiento en detrimento del resto de países y de la propia confederación. La política exterior de la Unión es ignorada por Washington en Oriente Medio, y se reduce en la práctica a lanzar amenazas a Moscú (de Baerbock a Sikorski, y de Borrell a Von der Leyen y Kallas) y en prolongar la guerra ucraniana financiando a la corrupta dictadura de Zelenski. Todo ello, agravado por la incompetencia de la Comisión Europea y por la debilidad de los gobiernos más relevantes, centrados en la destrucción de conquistas sociales, en la demolición y privatización de la sanidad pública, de las estructuras educativas, en la amputación de las pensiones de jubilados, en una errática política hacia la emigración, centrada en sobornos a países como Libia, Turquía o Marruecos, y con una creciente represión (la masacre de Melilla en 2022, con más de cien muertos, no se ha investigado por decisión del gobierno marroquí y el de Sánchez-Díaz) que llega hasta los criminales planes de Meloni con cárceles en Albania.

Londres y París, dos viejos imperios coloniales, hablan ahora de coordinar su «defensa», contando siempre con Berlín, olvidando interesadamente que han sido protagonistas de sanguinarias expansiones por todo el mundo y que todavía mantienen esa inercia mortífera, como hicieron en Libia con el asesinato de Gadafi y la destrucción del país, o en Siria, siempre acompañando al Pentágono. Su justificación es la supuesta «amenaza rusa», olvidando otra vez que ha sido precisamente Rusia quien ha soportado en el pasado los ataques de los vecinos europeos, del sueco Carlos XII a Bonaparte, y de Palmerston y Napoleón III a Hitler, por no hablar de la coalición capitalista de veinte naciones para destruir la revolución bolchevique. Añaden la definición de un supuesto «chantaje energético» de Moscú, pese a que ha sido la Unión Europea quien ha decidido dejar de comprar el petróleo y el gas rusos y no pudo ocultar su satisfacción con la voladura del Nord Stream 2 (una operación dirigida por Estados Unidos)… al tiempo que lamenta los altos precios del gas estadounidense y qatarí que aumentan las dificultades y la crisis de la industria europea.

La falta de inversiones en infraestructuras digitales ha convertido a la Unión Europea en una prisionera de las grandes compañías tecnológicas estadounidenses, y los principales países europeos han sido incapaces hasta ahora de impulsar una política común y de diseñar un plan para la Inteligencia Artificial y, para culminar el desastre, prima en la Comisión Europea una visión militarista: así, se remata el despropósito dejando en manos de Estados Unidos y de los militares de la OTAN el control y desarrollo de la red digital. La ausencia de innovación (que contrasta con el acelerado desarrollo chino que ya produce el 85 % de los paneles solares y el 65 % de las turbinas eólicas del total mundial, que la convierten en la gran protagonista de la transición energética global), el peligroso aumento de la deuda europea, y las desastrosas políticas de Berlín, París, Roma y Londres, tienen serias consecuencias: Macron, por ejemplo, ha llevado a Francia a una situación límite, que hizo advertir al anterior primer ministro, François Bayrou, del «estado catastrófico» de la economía francesa y del peligro que supone su enorme deuda. Ahora, los programas europeos contra el cambio climático pasan a un segundo plano o se olvidan, se prescinde del gas y el petróleo rusos, se cede ante los aranceles de Trump y se acepta comprar gas estadounidense, mucho más caro.

La Unión Europea carece de soberanía: denomina «vínculo atlántico» a una sumisión a los designios de Washington. Reforzar la soberanía, defender la democracia, aumentar la integración (fiscal, bancaria, industrial), superar la dependencia de las compañías tecnológicas estadounidenses para los servicios digitales europeos en áreas tan sensibles como la seguridad, las empresas o los datos de los ciudadanos, asegurar el desarrollo de la Inteligencia Artificial, no está al alcance de esta Unión, que carece también de objetivos estratégicos más allá de permanecer al amparo de Washington: el discurso que alimentan en Bruselas sobre la democracia, autonomía estratégica, libertad y ecología, se revela vacío ante ejemplos como Kosovo: la Unión Europea le subvenciona y brinda asistencia, y suscribió con Pristina un Acuerdo de Estabilización y Asociación además de comprometerse a su futura integración… a un protectorado estadounidense convertido en un «país» por voluntad de Estados Unidos para levantar la mayor base del Pentágono en los Balcanes. Y como el escandaloso silencio de todos los gobiernos europeos y de la propia Comisión ante los asesinatos extrajudiciales ordenados por Trump en el Caribe y el acoso militar a Venezuela.

La Unión Europea se ha convertido en una colonia estadounidense: Trump ha forzado a todos sus aliados a aumentar sus presupuestos militares hasta el 5 % del PIB que, además, se verán obligados a adquirir nuevo armamento estadounidense. A los cien mil soldados estadounidenses desplegados en el continente se une la existencia de bases permanentes en España, Italia, Alemania, Grecia, Bélgica, Polonia, Estonia, Letonia, Lituania, Eslovaquia, Rumanía, Bulgaria (sin olvidar las que posee fuera de la Unión en Gran Bretaña, Islandia, Kosovo y Turquía, y las previstas para Finlandia y Noruega), y los arsenales nucleares del Pentágono en cuatro países de la Unión, además de Turquía. Las nuevas alarmas europeas sobre la supuesta tentación de los Estados Unidos de Trump de abandonar la OTAN no resisten la prueba de los hechos: Washington no tiene la menor intención de retirarse de Europa porque está ampliando bases e instalaciones, aunque Trump camina sobre el alambre: la enorme deuda (¡38 billones de dólares!) y los problemas presupuestarios han llevado al gobierno estadounidense a anunciar la reducción de tropas en Rumanía, Bulgaria, Hungría y Eslovaquia al tiempo que presiona a sus aliados europeos para suplir ese vacío. En Polonia y en los tres pequeños bálticos el Pentágono no reducirá sus efectivos, al menos por el momento.

Junto a Rusia, China es el otro objetivo de Washington y Bruselas. Aunque son evidentes los esfuerzos de Pekín por impulsar la cooperación global y asegurar la estabilidad en el mundo, la Unión Europea naufraga en la contradicción de señalar a China como «rival sistémico» y socio al mismo tiempo, mientras sus portavoces y comisarios multiplican las alarmas y acusaciones contra Pekín, aludiendo a una excesiva dependencia y al peligro de convertirse en «prisioneros de China» por su potencial industrial, su fortaleza en «tierras raras» y el riesgo de que controle los canales de suministros de la industria global. El Parlamento alemán ha creado una comisión de expertos para examinar y cambiar la política comercial con China: según el Bundestag, Alemania tiene que «reducir riesgos».

Estados Unidos necesita a la Unión Europea y a Japón para hacer frente a China y contener su influencia, en un complejo escenario estratégico donde tampoco puede someter a Rusia, y la India reclama con decisión un nuevo lugar en el mundo. Las misiones de la OTAN en Afganistán, en Iraq, Siria, Libia, Somalia, todas fuera del ámbito de actuación que fija su carta de constitución, han sido muy útiles para Estados Unidos, que ha forzado así a sus aliados europeos a compartir los gastos de sus aventuras imperiales. La subordinación a Estados Unidos con los mecanismos de la OTAN, la sumisión ante el incumplimiento estadounidense de los acuerdos de la Organización Mundial de Comercio, el plan ReArmar Europa/Preparación 2030 (¡de 800.000 millones de euros!) aprobado por la Comisión Europea, y la aprobación por Alemania de un ambicioso rearme (anunciado primero por Scholtz y aplicado después por Merz) tienen las señales de la guerra: Merz anunció públicamente que quiere convertir al ejército alemán en el más poderoso de Europa, y su compatriota Von der Leyen no tuvo reparos en afirmar que «los dividendos de la paz hace mucho tiempo que terminaron». Alemania abastece de armas a Ucrania, interviene en el Mar Rojo y despliega tropas en Lituania: la obligada vocación pacifista de la vieja realpolitik alemana es ya un recuerdo del pasado.

Hoy, según la Comisión, la Unión busca una «competencia justa» en los mercados internacionales, algo que a la vista de su historia colonial es enternecedor. La lógica de Bruselas, del Banco Central Europeo, de los principales gobiernos y de las empresas, sigue siendo la competencia y el despojo capitalista aunque sus planes son tributarios de Estados Unidos; sus más decididos portavoces apenas aciertan a postular una precaria autonomía, y no pueden imaginar otro escenario: los gobiernos y la Comisión Europea defienden la autonomía estratégica, pero entregan los mecanismos fundamentales de control (de las comunicaciones y la energía, pasando por las redes militares) a las grandes empresas tecnológicas de Estados Unidos. Aunque el interés de una Unión independiente y de la mayoría de sus 450 millones de habitantes debería orientar sus decisiones hacia una colaboración con Rusia, abandonando la absurda carrera de armamentos, y una decidida cooperación con China para poner los últimos clavos del ataúd de la hegemonía estadounidense, y el apoyo a un nuevo diseño de relaciones internacionales más justo y equilibrado con Pekín, Moscú y Delhi que contribuya al desarrollo de los países con dificultades, esa opción es imposible con esta Unión Europea, dotada de un sistema de gobernanza antidemocrático, que hasta Draghi ha definido como «basado en burócratas» y de una visión neoliberal que la arrastra al declive.

Europa enfrenta su decadencia, y Estados Unidos no puede imponer sus condiciones a China: los acuerdos alcanzados en Busan por Xi Jinping y Trump (tras los aranceles y los abusivos controles decididos por Washington hacia exportaciones chinas, y la respuesta de Pekín aplicando restricciones de exportación de las llamadas «tierras raras») suspenden durante un año las decisiones respectivas y son la muestra de las limitaciones estadounidenses. La Unión Europea, encerrada en un discurso vacío sobre los «valores europeos», una mentira para consumo del gran público, y la «defensa de la democracia», quiere alcanzar la entidad suficiente para ser una potencia mundial capaz de relacionarse en un plano de igualdad con China, Estados Unidos y Rusia, pero es incapaz de romper la cadena que la une a Estados Unidos y que la paraliza. China, por el contrario, está interesada en contar con una Europa independiente para fortalecer así un nuevo equilibrio estratégico multipolar en el planeta.

Esta Unión Europea, atrapada entre su sumisión a Estados Unidos y la ceguera sobre su propio futuro, sigue el camino hacia el desastre limitando las importaciones de acero y automóviles eléctricos chinos, bloqueando a compañías de telecomunicaciones como Huawei, dañando la relación con Pekín, al tiempo que financia la guerra en Ucrania, planifica el robo de los fondos rusos bloqueados en Europa (en Euroclear, Bruselas, una empresa depositaria de valores, que es propiedad de bancos y fondos de inversión) y se prepara para un costoso e inútil rearme con el pretexto de la «amenaza rusa». Rusia insiste en que es un disparate que la Unión Europea y sus principales gobiernos repitan que se prepara para atacar a la OTAN, pero la Comisión Europea (en colaboración con la OTAN y los gobiernos europeos más agresivos, que comparten la visión del extremista primer ministro polaco Donald Tusk, que aseguró en Gazeta Wyborcza que «Putin quiere destruir la Unión Europea con su quinta columna«) responde organizando un Schengen militar: libre traslado de armamento y soldados por todos los países de la Unión, con rápido acceso a puertos, aeropuertos y carreteras, que puedan lanzarse hacia las fronteras rusas en un breve lapso de tiempo. Tal vez la ceguera de Bruselas no quiera verlo, pero esta Unión Europea afronta su ocaso, porque su programa liberal ya ha fracasado.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.