[Ante la ofensiva racista que se está desarrollando en Francia desde hace varios años, la actitud de las fuerzas de izquierda es variable. ¿Hablar de ello o ocultarlo? ¿Preferir el silencio o incluso mantener discursos hostiles hacia la inmigración (como Francçois Ruffin recientemente) para seducir al electorado del RN o a quienes se sienten tentados por el RN? ¿Dar prioridad a otros temas, pero borrando así una dimensión central del dispositivo reaccionario contemporáneo?
La principal fuerza electoral de izquierda, La France Insoumise, ha tomado otra decisión, sobre todo desde 2019: la de denunciar el racismo y oponerle sistemáticamente un contradiscurso. En los últimos tiempos, especialmente en las últimas elecciones municipales, también ha dado más protagonismo a activistas procedentes de la inmigración poscolonial.
Prueba de ello son, sobre todo, las victorias de Aly Diouara, Bally Bagayoko o Abdelkader Lahmar, respectivamente en La Courneuve, en Saint-Denis y en Vaulx-en-Velin, entre otros. Los ataques de los que han sido víctimas estos cargos electos son muestra tanto de un racismo violento y muy arraigado en el ámbito político francés, como de la feroz hostilidad ante el hecho de que personas racializadas alcen una voz de izquierdas, de ruptura y antirracista, sin disculparse por lo que son.
Para La France Insoumise, estos representantes encarnan una “Nueva Francia”, un concepto que usan a menudo sus portavoces, y sobre todo Jean-Luc Mélenchon, y que hace que todos los reaccionarios se enfurezcan. ¿Debemos ver este concepto como una simple herramienta de comunicación política, frente a quienes quieren congelar a Francia en el tiempo? ¿O como un concepto que intenta designar una cierta realidad de la Francia contemporánea?
En este artículo, el historiador Vincent Bollenot –especialista, entre otras cosas, en los dispositivos de vigilancia y control de las personas colonizads– se propone descifrar algunos aspectos no pensados y las limitaciones de este concepto de “Nueva Francia”, a partir de una lectura histórica crítica de los análisis de La France Insoumise. Red. “Contretemps”].
El pasado 9 de enero, durante una visita a Villeurbanne, Jean-Luc Mélenchon presentó sus deseos ante una asamblea de militantes de La France Insoumise (LFI). Una oportunidad para él de motivar a sus compañeros y compañeras de cara a las elecciones municipales de 2026, pero también para sentar las bases de un discurso programático de cara a las elecciones presidenciales de 2027. En una enérgica conferencia de casi una hora, esbozó a grandes rasgos los temas que, en su opinión, deben ocupar el centro de la futura campaña de La France Insoumise.
Entre los principales elementos desarrollados, y ampliamente difundidos en la prensa, Jean-Luc Mélenchon volvió a insistir en la importancia de la idea de la “Nueva Francia”, un concepto que también está presente en la introducción del programa de la LFI para 2027, coescrito por el propio orador, frecuentemente mencionado en los discursos de los portavoces del movimiento desde el otoño y ampliamente debatido durante la campaña de las elecciones municipales. En este sentido, la elección de cabezas de lista de origen étnico minoritario en ciudades de los suburbios de París y Lyon -pensemos en las victorias de Abdelkader Lahmar en Vaulx-en-Velin o de Bally Bagayoko en Saint-Denis- constituyó una especie de defensa e ilustración de esta estrategia política, sobre todo a la vista de las reacciones de un racismo inaudito provocadas por su victoria.
El concepto clave de esta campaña y de la próxima -la “nueva Francia”- puede resumirse, en esencia, como un reverso del estigma. Se trata de presentar bajo una luz positiva la realidad de la presencia en Francia de diferentes minorías políticas -poblaciones racializadas en particular- para superar el estado de opresión y los discursos de odio. Cualquier progresista convencido puede alegrarse sin reservas de este objetivo. Si bien hay que celebrar que la cuestión antirracista ocupe un lugar central en las campañas políticas -y no todos los partidos de izquierda lo hacen-, se puede ser más matizado sobre la propia noción de “nueva Francia” tal y como la desarrolla Jean-Luc Mélenchon, a quien conviene citar in extenso, ya que presenta este concepto:
“La condición para poder ser un solo pueblo francés es aceptar lo que somos, tal y como somos, con hijos, hijas, nietos, tíos, tías, abuelos y abuelas a los que vamos a ver al pueblo una vez al año. Son nuestras familias y, por lo tanto, se tiene que aceptar la vida tal y como es. No tiene sentido empujar con el dedo a unos u otras al borde del límite. Y lo que te estoy diciendo, lo hemos teorizado diciendo: “¿Creéis que es lo único nuevo que existe en Francia?”. Sí, es la Nueva Francia.
“Pero la Nueva Francia también son las mujeres y sus nuevos derechos. Que una generación atrás, nadie tenía. La Nueva Francia son nuevas familias reconstituidas, pero son familias…, y así sucesivamente. La Nueva Francia son esas personas que se han mudado de lugar porque el gran problema, si es que lo consideramos un problema, pero la gran novedad del pueblo francés, no es la inmigración procedente del exterior. La gran novedad es la inmigración interna. Es decir, que todo el mundo se ha mudado de sitio y que uno de cada dos franceses ya no vive en el lugar donde nació ni en el departamento donde nació. Que más de uno de cada dos estudiantes no seguirá su vida donde nació y de donde viene.”
“Francia es un gran pueblo mezclado de todo tipo y somos felices así. No tenemos nostalgias anticuadas de un pasado que, de todos modos, se ha evaporado para siempre. No hay una Francia autóctona. Solo hay una Francia actual e inmediata, la que está ahí y que quiere ser Francia, y que solo puede serlo si se nos permite amarnos libremente, movernos libremente sin que nos pregunten constantemente de dónde venimos, como si eso fuera una forma de preguntarnos quiénes somos realmente.
No somos más que esos individuos que ves delante de ti, quienes comen contigo, cuyos hijos se llevan bien entre ellos, que van y vienen y no se fijan en el código de nacionalidad de sus abuelos, algo a lo que tienen derecho cuando se quieren. Esa es la verdad superior del pueblo francés, su voluntad de ser el pueblo francés”.
Al leerlo, el concepto de Nueva Francia mezcla una serie de elementos que no tienen necesariamente una relación evidente entre sí, algunos de los cuales parten sin duda de buenas intenciones, pero que pueden conllevar supuestos problemáticos.
La idea de la Nueva Francia fue completada el 22 de enero, durante un mitin en Toulouse, por el propio Jean-Luc Mélenchon, quien aludió al concepto del fascista Renaud Camus –retomado por Éric Zemmour– del gran reemplazo, intentando, una vez más, darle la vuelta al estigma:
“Necesitamos unas elecciones municipales que puedan ser una demostración del nivel de conciencia política del pueblo francés en su diversidad, de la capacidad de nuestras listas para encarnar la nueva Francia, la del gran reemplazo, la de la generación que sustituye a la otra porque así ha sido desde tiempos inmemoriales”.
Si la intuición de tomarle la medida a la extrema derecha y afirmar de forma positiva la naturaleza “multicolor” (sic) de la Francia contemporánea pueda parecer atractiva o incluso entusiasmante, al menos en un momento de la ofensiva racista que denuncia -más o menos explícitamente- el carácter multirracial de la población que vive hoy en Francia, estas formulaciones plantean, sin embargo, una serie de problemas, ya que no cuestionan los postulados ahistóricos de los racistas.
Dado que toda nostalgia se basa en el “arrepentimiento melancólico de algo, de un estado, de una existencia que se ha tenido o conocido”, o incluso en un “deseo de volver al pasado”, la denuncia de su obsolescencia implica que una Francia blanca existió de verdad y que sería simplemente inútil e irrealista lamentar su desaparición. No se trata solo de un error de vocabulario: el propio concepto de “nueva” Francia implica necesariamente que Francia no era así -en este caso, “multicolor”- en el pasado.
La introducción al programa de La France Insoumise propone incluso una justificación demográfica para esta idea de novedad: “En 1958, uno de cada diez franceses tenía al menos un abuelo extranjero. Ahora es uno de cada cuatro. Muchos franceses y francesas tienen vínculos personales íntimos con el resto del mundo”.
Esta idea de novedad supone, por tanto, una visión de la historia de Francia centrada específicamente en el Hexágono, que no toma en serio su dimensión imperial a largo plazo, cuando Jean-Luc Mélenchon se felicita regularmente por el hecho de que Francia sea “el único país presente en los cinco continentes”, herencia del colonialismo francés1. De hecho, si bien “Nueva Francia” era el nombre que se le daba a los territorios bajo dominio francés en América del Norte hasta el Tratado de París de 1763, conviene aquí evocar otro concepto de la historia imperial francesa que relativizará la novedad del anterior: el de la “Gran Francia”.
El 6 de mayo de 1931, en su discurso de inauguración de la Exposición Colonial Internacional de Vincennes, el ministro de Colonias, Paul Reynaud, se maravillaba de que “en este preciso instante, gracias a la estación de Pontoise, inaugurada ayer, el sonido de la voz que oís se escucha en Numea, en Hanói, en Dakar, en Fort-de-France”2.
Para él, al igual que para quienes organizaron la exposición, para una parte de los colonos, del gobierno y de la población del país colonizador, el imperio se concibe como una unidad política interactiva y jerarquizada. Una parte de las y los colonizados también se adentra en este espacio político, ya sea de forma individual, buscando obtener la ciudadanía o un buen puesto en la administración, o de forma colectiva, apoyándose en las pretensiones universalistas de Francia para reclamar la departamentalización3.
Tomarse en serio la dimensión imperial de la historia de Francia permite así relativizar la novedad que representaría la presencia de poblaciones racializadas y, por ello, oprimidas en la entidad política cuyas instituciones y gobiernos se encuentran en París. En 1931, los territorios bajo dominio francés contaban con 60 millones de habitantes, mientras que la metrópoli solo tenía 41,8 millones (entre los que había 2,9 millones de población extranjera y unos110 000 personas colonizadas, es decir, aproximadamente el 7 % de la población de la metrópoli).
Formalmente, la mayoría de esos 60 millones de personas colonizadas eran franceses. De hecho, su nacionalidad francesa se reconoce, en primer lugar, en el Senatus-Consulte de 1865 relativo a Argelia, que menciona en su primer artículo que “el indígena musulmán es francés”, al tiempo que precisa que no gozan de los derechos de ciudadanía, que solo pueden obtener mediante… su ·naturalización·, un procedimiento para obtener los derechos civiles y políticos. Las condiciones para acceder a la ciudadanía varían según los territorios colonizados, pero en general suelen implicar largos plazos de tramitación y numerosas denegaciones, además de exigir documentos de estado civil imposibles de presentar para las personas colonizadas. Sin embargo, en algunos territorios bajo dominio francés se generalizó la ciudadanía en nombre de una antigua implantación francesa. Es el caso, por ejemplo, de la isla de Sainte Marie, frente a las costas de Madagascar, o de las “cuatro comunas” de Senegal (Dakar, Rufisque, Gorée y Saint-Louis). En estas localidades, las y los habitantes eran franceses y ciudadanos4.
Posteriormente, los territorios conquistados y administrados por Francia se rigen por una misma excepción al Código Civil -los códigos del indigenato- generalizada en todo el imperio en 1887. Con el pretexto del “respeto a las tradiciones” de los pueblos colonizados, este “estatus personal” que se apartaba del Código Civil organizaba su dominación y su exclusión de la vida política institucional. Formalmente, las y los colonizados son, por tanto, franceses, aunque no sean ciudadanos (salvo aquellos que obtienen la naturalización, claro).
Tras la Segunda Guerra Mundial, el imperio colonial se convirtió en la Unión Francesa, que estableció una nueva forma de ciudadanía reducida para las personas colonizadas, ahora calificadas como “ciudadanas de la Unión Francesa”. En 1958, la Unión Francesa fue finalmente sustituida por la Comunidad Francesa, antes de que la gran ola de independencias marcara el fin del dominio político sobre la mayoría de los territorios hasta entonces controlados por Francia.
Sin embargo, fue precisamente entre los años 1950 y 1970 cuando el crecimiento económico francés se basó en el recurso indispensable a la inmigración. La proporción de inmigrantes en Francia se situó en torno al 7 % de la población en la década de 1970. En 1975, el territorio francés contaba oficialmente con 711 000 personas argelinas, sin contar a quienes optaron por la nacionalidad francesa tras la guerra de independencia, lo que les convertía en el segundo grupo de nacionalidad extranjera después de la portuguesa.
Esos años también fueron los de la llegada de refugiados del sudeste asiático: al menos 130 000. A los antiguos inmigrantes coloniales que ya estaban en Francia se sumaron también los traslados -a veces forzados- de residentes de los territorios de ultramar a la metrópoli: entre 1963 y 1981, la Oficina para el Desarrollo de las Migraciones en los Departamentos de Ultramar (Bumidom) organizó así la entrada en Francia de 170 000 personas.
En el plano cualitativo, la visibilidad de la inmigración racializada en Francia tampoco es nada nueva. Basta con pensar en las movilizaciones tras la trágica muerte de cuatro trabajadores senegaleses y uno mauritano en un albergue informal en Aubervilliers el 1 de enero de 1970; en las huelgas de hambre y las ocupaciones de iglesias en contra de las circulares Marcellin-Fontanet de 1972; en los asesinatos de argelinos en Marsella en 1973; a las huelgas de los trabajadores immigrados en numerosas fábricas de automóviles a principios de los años 80; a la Marcha por la igualdad y contra el racismo del otoño de 1983; al Frente Unido de los Immigrados y los Barrios Populares y tantas otras batallas; la inmigración y el racismo tienen una larga historia de luchas en Francia5.
Contrariamente a lo que se suele creer, incluso en los círculos militantes, las luchas siempre las han llevado a cabo los inmigrantes (en cuestiones de trabajo, vivienda, derechos, etc.). Entonces, ¿por qué no apoyarse en esta historia de lucha, tomarse en serio el pasado imperial y sumarse a las luchas de antaño en lugar de proponer un concepto que tiende a reproducir implícita e involuntariamente los prejuicios racistas de nuestros adversarios?
Por último, el reconocimiento del carácter duraderamente multirracial del país no es más que un primer paso si no va acompañado de la presentación de un programa (es decir, de propuestas) y de luchas destinadas a desmantelar las estructuras del racismo y a atacar sus mecanismos de reproducción. En un periodo de ofensiva racista, esto puede parecer “mejor que nada”, pero hay que “hacerlo mejor”: articular las cuestiones de reconocimiento (o de dignidad) con las de redistribución (o de igualdad).
“La inmigración interna”
Aún más sorprendente en un discurso que pretende abordar de frente la cuestión del racismo es la mención que hace Jean-Luc Mélenchon de la inmigración interna como una “gran novedad”: “todo el mundo ha cambiado de barrio y uno de cada dos franceses ya no vive en el lugar donde nació ni en el departamento donde nació”. Lejos de ser una improvisación, esta afirmación proviene directamente de la introducción coescrita por el líder de LFI: “En 1958, acabábamos de salir de un mundo milenario en el que se vivía y se moría en el lugar donde se había nacido. Ahora, más de uno de cada dos adultos franceses vive en un departamento diferente al que nació”.
Esta afirmación plantea, en primer lugar, un evidente problema analítico: las fronteras departamentales no tienen, de hecho, el mismo significado hoy en día que a mediados del siglo XIX, dados los avances tecnológicos y de las infraestructuras de transporte que han contribuido a la integración nacional y mundial de todo el territorio. Hay otro indicador mucho más relevante para analizar la movilidad de hace un siglo: el de las migraciones del campo a la ciudad. Son precisamente estas migraciones internas las que provocaban las lamentaciones de los conservadores del siglo XIX, que se asustaban ante un “éxodo” rural –un término bíblico catastrofista elegido a propósito–. Así es como surgió la “cuestión social”, que equipara a las “clases trabajadoras” de las ciudades con las “clases peligrosas”. ¡El campesino rural nace bueno, el obrero urbano lo corrompe!
Pero, sobre todo, esta amalgama plantea un problema político, ya que pone en el mismo plano –aunque parta de una buena intención– las migraciones internas y las externas, con el fin de relativizar estas últimas. Sin embargo, ambas no se basan en las mismas estructuras, no se enfrentan a los mismos obstáculos y no implican las mismas movilizaciones. De hecho, las migraciones internas pueden provocar puntualmente reacciones de desconfianza o incluso de racialización, ya que la línea de color evoluciona con el tiempo6. Pero no se enfrentan estructuralmente a los fenómenos multifacéticos de la xenofobia y el racismo. Por lo tanto, no requieren las mismas respuestas políticas que las migraciones externas, las cuales, por su parte, son denunciadas sistemáticamente en los discursos dominantes.
Una vez más, mezclar fenómenos políticos y sociales diferentes para alejarse de una perspectiva reaccionaria sobre la migración es problemático, ya que tiende a relativizar los enormes retos que plantea la estigmatización por parte de las y los reaccionarios y, más allá de las llamadas migraciones externas, que ya de por sí son plurales. Peor aún, la equiparación de las migraciones internas y externas puede tener como consecuencia relativizar o incluso silenciar la violencia de la experiencia contemporánea de las personas exiliadas, que deben enfrentarse a políticas antimigratorias a todos los niveles.
En definitiva, es una alegría ver que LFI pretende hacer de la lucha antirracista y de la lucha por la dignidad un tema de campaña. Intentar reconocer la realidad multirracial y multicultural en una Francia que sufre una ofensiva racista, sobre todo por parte del imperio Bolloré, es un paso importante, pero hay que considerarlo como un primer paso, lo que supone ir mucho más allá para cuestionar el racismo como sistema institucional de exclusión, de inferiorización y de discriminación, cuyos efectos son múltiples y estructurales para los grupos que lo sufren. En este sentido, el folleto antirracista de LFI insiste en el carácter sistémico del racismo, aunque por ahora sigue siendo bastante pobre en cuanto a propuestas concretas7.
Por otra parte, no es seguro que el concepto de “Nueva Francia” cumpla todas las misiones que le asigna La France Insoumise, aunque parezca tener éxito mediático. Como hemos intentado mostrar aquí, hablar de “Nueva Francia”, aunque eso enfurezca a todos los reaccionarios, corre el riesgo de ratificar implícitamente el “relato nacional” que pinta un panorama retrospectivo de una Francia blanca, homogénea y estática.
No, el racismo y la presencia de poblaciones racializadas en Francia no son nada nuevo; no, Francia no era un país blanco y europeo en el siglo pasado, y aunque te alegres de que ya no sea así, sería bueno no validar las divisiones históricas de las y los reaccionarios. No, lo que está en juego no es solo simbólico (reconocer un hecho demográfico), sino político: la lucha contra la dominación blanca, junto con el desmantelamiento del patriarcado, la explotación capitalista, la devastación ecocida, la dominación validista y todas las formas de explotación y opresión.
Es una pena, pues, que, en un tema sobre el que la esfera insumisa es capaz de producir un trabajo de gran calidad y ante la urgencia de estas luchas, se proponga un concepto más que discutible.
Notas:
1 Cabe señalar con ironía que, en este discurso, Jean-Luc Mélenchon se indigna por “la Francia que ya ha sido expulsada de África” (en alusión a su debilitado peso geopolítico durante los dos mandatos de Emmanuel Macron).
2 También explica en este discurso que 2los franceses no son una raza, sino una nación. Por lo tanto, no hablan en nombre de una raza, criterio orgulloso y cruel, abismo insalvable, sino en nombre de una civilización humana y apacible cuyo carácter es ser universal”.
3 En este sentido se inscriben, por ejemplo, las primeras movilizaciones tras la Primera Guerra Mundial. Las “reivindicaciones del pueblo annamita”, redactadas para el Grupo de Patriotas Annamitas por Nguyễn Ái Quấc (el futuro Hồ Chí Minh) y dirigidas al presidente Woodrow Wilson y al Gobierno francés durante la conferencia de París, pedían en esencia la integración de Indochina en el derecho común francés.
4 Florence Renucci, “La adquisición de la ciudadanía por parte de los indígenas entre la asimilación y el reformismo: las medidas legales adoptadas por Italia y Francia en 1919” en Michel Ganzin (ed.),v Sujeto y ciudadano: Actas del Coloquio de Lyon (septiembre de 2003), Aix-en-Provence, Presses universitaires d’Aix-Marseille, 2004, pp. 393–420; Moustapha Ndiaye, “La exclusión de la ciudadanía francesa de los indígenas originarios de los cuatro municipios de pleno derecho de Senegal”, Revue française de droit constitutionnel, 2019, vol. 117, n.º 1, pp. 97-118.
5 Véase el coloquio organizado por el Instituto La Boétie el pasado mes de febrero: https://institutlaboetie.fr/colloque-immigration-faire-face-a-la-submersion-xenophobe/
6 Marguerite Cognet, “La trayectoria de la diferencia de los grupos etnicizados, de los auverneses a los antillanos”, Revista Europea de Migraciones Internacionales, 1999, vol. 15, n.º 2, pp. 167-187.
7 Cabe destacar que este folleto anima a desarrollar estudios sobre la colonización francesa. También indica que quiere conceder el derecho al voto en las elecciones locales, facilitar (sin precisar cómo) los trámites de naturalización, implantar un recibo para evitar los controles policiales racistas, fomentar las campañas de i, crear una comisaría para la igualdad y animar a las empresas a sumarse a la lucha contra la discriminación. Este programa, tal y como está, está lejos de ser una verdadera revolución, pero constituye unos primeros pasos necesarios.
Texto original: Contretemps
Traducción: viento sur
Fuente: https://vientosur.info/gran-francia-o-nueva-francia-sobre-un-concepto-rebelde/


