El futuro de Europa no está escrito. Lo que hoy está en juego no es únicamente una determinada orientación política o económica, sino el rumbo mismo del proyecto europeo.
La gran movilización del sindicalismo europeo celebrada en Madrid el pasado 18 de junio lanzó un mensaje claro: el futuro de Europa dependerá de su capacidad para defender la democracia, el trabajo decente, la justicia social y la paz. Convocada por la Confederación Europea de Sindicatos (CES) junto con CCOO y UGT, reunió a cerca de once mil sindicalistas de España y otros países europeos. En un momento marcado por las guerras, las desigualdades y el avance de propuestas que cuestionan derechos sociales y laborales, la movilización reivindicó la vigencia del modelo social europeo.
La elección de Madrid respondió a razones de fondo. Durante los últimos años, España se ha convertido en una referencia en el debate social europeo gracias a los avances alcanzados mediante el diálogo social entre el Gobierno progresista, los sindicatos y las organizaciones empresariales.
Las mayores conquistas democráticas llegaron de la mano de la ampliación de los derechos laborales y sociales
Los acuerdos logrados durante la pandemia para proteger el empleo, la reforma laboral, la recuperación de la negociación colectiva, las subidas del salario mínimo, la regulación del teletrabajo o la Ley Rider han demostrado que es posible mejorar las condiciones de trabajo y reducir la precariedad sin renunciar al crecimiento económico ni a la creación de empleo.
La revalorización de las pensiones conforme a la inflación media y las medidas destinadas a reforzar la financiación y sostenibilidad de la Seguridad Social son otros ejemplos de esa experiencia. Estos acuerdos han convertido a España en una referencia para buena parte del sindicalismo europeo y han confirmado que el diálogo social sigue siendo una herramienta eficaz para ampliar derechos, afrontar las transformaciones económicas y sociales y reducir desigualdades.
La invasión rusa de Ucrania ha devuelto la guerra al continente y los conflictos provocados por Estados Unidos e Israel en Oriente Próximo continúan provocando sufrimiento humano e inestabilidad. A ello se añaden las dificultades de acceso a la vivienda, el aumento de las desigualdades y la incertidumbre que generan las transformaciones económicas, tecnológicas y medioambientales que atraviesan nuestras sociedades.
La democracia no se sostiene únicamente sobre elecciones e instituciones. Las mayores conquistas democráticas llegaron de la mano de la ampliación de los derechos laborales y sociales. El Estado del bienestar y los servicios públicos no son elementos ajenos a la democracia; son un pilar central de ella.
La negociación colectiva, el diálogo social y la capacidad de los trabajadores para organizarse y defender sus intereses fortalecen la vida democrática. También lo hace la participación de las personas trabajadoras en la empresa.
La democracia económica y social constituye uno de los rasgos más valiosos del modelo europeo. Cuando aumentan las desigualdades, se debilitan los servicios públicos y la protección social o se precarizan las condiciones de vida, no solo empeora la situación de quienes lo padecen. También se debilita la propia democracia. No puede haber una democracia fuerte allí donde avanzan la desigualdad, la precariedad y la exclusión social.
Este escenario favorece el crecimiento de fuerzas de ultraderecha que transforman el malestar social en desconfianza hacia las instituciones democráticas y en enfrentamiento entre grupos sociales. Frente a problemas complejos ofrecen respuestas simples, buscan culpables y apelan al miedo. Lo preocupante es que parte de ese discurso ha dejado de ser patrimonio exclusivo de la ultraderecha y encuentra cada vez más eco en sectores de la derecha tradicional.
Detrás de ese discurso suelen encontrarse propuestas de desregulación económica, laboral y social, debilitamiento de los servicios públicos y cuestionamiento de los sindicatos. Son políticas que erosionan derechos conquistados durante décadas, ponen en peligro la cohesión social y debilitan los pilares sobre los que se ha construido el modelo social europeo.
La política del miedo y del odio no resuelve los problemas; los agrava y divide a quienes comparten intereses y necesidades comunes. Frente a ello, el sindicalismo reivindica la solidaridad, la ampliación de derechos y la defensa de intereses colectivos. Los sindicatos siguen siendo actores fundamentales de la democracia económica y social. No solo negocian salarios y condiciones de trabajo; también amplían espacios de participación y contribuyen a equilibrar relaciones de poder.
El trabajo decente es una cuestión clave para el futuro europeo. Tener empleo ya no garantiza por sí solo una vida digna. La precariedad, los bajos salarios, las dificultades para acceder a una vivienda y las nuevas formas de empleo vinculadas a las plataformas digitales afectan a millones de personas. Por ello, el sindicalismo europeo defiende empleos estables con derechos, salarios suficientes y condiciones laborales dignas. Las transiciones digital y ecológica solo serán sostenibles si generan empleo decente y si sus beneficios se distribuyen de forma más justa.
La inmigración se ha convertido en uno de los principales blancos de los discursos reaccionarios. Se presenta a las personas migrantes como una amenaza para el empleo, los salarios o los servicios públicos. Sin embargo, la realidad económica y demográfica muestra algo muy distinto.
Las sociedades europeas necesitarán millones de trabajadores para sustentar su actividad económica, garantizar el relevo generacional y contribuir a la financiación de las pensiones. Las personas migrantes trabajan, cotizan, pagan impuestos y participan en la creación de riqueza. Su aportación ya es esencial y lo será aún más en el futuro.
Los retos migratorios no se resolverán alimentando el miedo ni levantando muros. Tampoco mediante deportaciones masivas o el traslado de personas migrantes y solicitantes de asilo a terceros países. Europa necesita políticas de integración, igualdad de derechos y condiciones laborales dignas para todos. Convertir a las personas migrantes en chivos expiatorios no resuelve los problemas reales; solo alimenta la división social y desvía la atención de los verdaderos desafíos económicos y sociales que compartimos.
La jornada de Madrid abordó también una cuestión decisiva para el futuro europeo: la relación entre seguridad, paz y Estado del bienestar. Por eso la paz formó parte del lema de la movilización sindical. La construcción europea nació de la voluntad de superar los conflictos que devastaron el continente durante el siglo XX y de construir un espacio basado en la cooperación, la democracia y el progreso social.
Los Estados tienen la obligación de garantizar la seguridad de sus ciudadanos. Pero también es necesario preguntarse si una dinámica permanente de rearme puede acabar desplazando recursos necesarios para sostener el Estado del bienestar. La seguridad colectiva no depende únicamente del gasto militar. También exige sociedades cohesionadas, servicios públicos fuertes, empleo decente, protección social y oportunidades para las nuevas generaciones.
El futuro de Europa no está escrito. Lo que hoy está en juego no es únicamente una determinada orientación política o económica, sino el rumbo mismo del proyecto europeo. Frente a quienes pretenden abrir paso a una Europa más desigual, más fragmentada y menos solidaria, la defensa de la democracia económica y social, de la igualdad de derechos y de la cohesión social adquiere una importancia decisiva.
La batalla por la Europa social es también una lucha por preservar y ampliar las conquistas que han definido a la Europa democrática durante décadas: los derechos laborales, la negociación colectiva, los servicios públicos, la igualdad y el Estado del bienestar. Lo que hoy está en juego no es solo un conjunto de políticas sociales, sino una determinada idea de Europa basada en la democracia, la justicia social y la solidaridad. El futuro del proyecto europeo dependerá en buena medida de la capacidad para defender y fortalecer esos principios.


