Recomiendo:
0

¿Qué está pasando en el Reino Unido?

Fuentes: La Marea

La impudicia ‘tory’ y el neoliberalismo del Partido Laborista han propiciado una crisis política cuyo último capítulo ha sido la dimisión de Keir Starmer. Entretanto, el neofascismo espera a la puerta de Downing Street.

Entre 2016 y 2026 el Reino Unido ha tenido seis primeros ministros: David Cameron, Theresa May, Boris Johnson, Liz Truss, Rishi Sunak y Keir Starmer, quien, además, presentó su dimisión el pasado 22 de junio. Ningún otro país del G7 ha vivido una rotación comparable en tiempos de paz. Theresa May cayó por el Brexit. Boris Johnson, por el escándalo de las fiestas en Downing Street durante la pandemia, pero también por el agotamiento de un partido que ya no sabía qué hacer con él. Liz Truss duró 45 días: su minibudget de recortes fiscales masivos sin financiación provocó una crisis de los mercados de bonos que la obligó a dimitir. Rishi Sunak intentó estabilizar el barco, pero arrastró el peso de tres líderes anteriores y una economía estancada. En julio de 2024, los conservadores sufrieron su peor derrota electoral desde 1832. En junio de 2026, Starmer cayó por sus políticas continuistas, sus errores de comunicación y su debilidad como jefe; su partido, casi en pleno, le dio la espalda.

Pero explicar esta cadena de colapsos solo por los errores individuales de cada líder sería un error. Para el profesor Dionyssis G. Dimitrakopoulos, politólogo de la Universidad Panteion de Atenas y ex titular de la Jean Monnet Chair en el Birkbeck College (University of London), la clave está en otro sitio: «El referéndum del Brexit, como muchos referéndums, no resolvió el problema de en qué quiere convertirse el Reino Unido». Lo que estamos viendo ahora, sostiene, es una prolongación de esa ausencia de respuesta a las grandes cuestiones: la economía, la sociedad, la inmigración, la política exterior. «Se trata de una crisis de identidad crónica –explica–. Es un país que parece haber perdido su brújula moral y política».

El sistema mayoritario

El punto de partida es estructural. El sistema electoral británico fue diseñado para producir estabilidad: gobiernos fuertes con mandatos claros. Durante décadas funcionó razonablemente bien en un paisaje político dominado por dos grandes partidos. Pero ese paisaje ha cambiado de forma irreversible y el sistema no se ha adaptado.

El resultado es una paradoja demoledora: las elecciones devuelven mayorías parlamentarias aplastantes que no reflejan en absoluto la distribución real del voto en la calle. Boris Johnson arrasó en 2019 con más de cien escaños de ventaja. Keir Starmer hizo lo mismo en 2024. Ese año, el first-past-the-post produjo el resultado más desproporcionado de la historia electoral británica: el Partido Laborista ganó casi dos tercios de los escaños con poco más de un tercio de los votos. Ninguna de esas mayorías existía de verdad. Eran artefactos del sistema, victorias infladas por una mecánica electoral que convierte pequeñas ventajas de voto popular en avalanchas de escaños. Y precisamente por eso se desploman: cuando la ilusión se disipa, no queda nada debajo.

Dimitrakopoulos lo resume así: el sistema intenta meter «una clavija cuadrada en un enchufe redondo». Es imposible. Y las consecuencias son evidentes: el Reino Unido, que históricamente ha sido un sistema de dos partidos, cuenta ahora con al menos cinco fuerzas políticas mayores que el first-past-the-post no puede procesar. En las elecciones locales de mayo de 2026, la suma del voto conservador y laborista alcanzó solo el 38% de los votos, una caída drástica respecto al 57% que obtuvieron juntos en las generales de 2024, que ya era un mínimo histórico. Lo que el sistema produce, en cambio, son gobiernos que parecen omnipotentes el día de su investidura y fantasmales apenas dos años después.

La solución obvia sería la representación proporcional, pero Dimitrakopoulos no es optimista al respecto: «Durante décadas se le ha dicho a la población que los sistemas proporcionales producen inestabilidad. Y ahora tienen exactamente eso». El dato más revelador es el referéndum de 2011 sobre la reforma electoral, en el que los británicos rechazaron incluso un sistema de voto alternativo –mucho menos proporcional que los modelos continentales– pese a que las encuestas previas mostraban mayorías favorables al cambio. El psicodrama, también surge de allí.

El suicidio laborista

La historia reciente del Partido Laborista es, en muchos sentidos, la de un partido que eligió ganar una guerra interna en lugar de prepararse para gobernar. Tras la derrota de Jeremy Corbyn en 2019 –en unas elecciones marcadas por el Brexit y por una campaña de descrédito orquestada desde dentro de las propias filas laboristas–, la facción derechista del partido, vinculada al legado de Tony Blair y conocida como Labour Together, tomó el control. Su objetivo no era construir un proyecto político; era purgar la izquierda.

Lo que siguió fue una operación de saneamiento ideológico que devoró al partido desde dentro. Suspensiones de militantes, señalamientos, candidaturas impuestas desde arriba en detrimento de figuras populares locales. La base militante se fue reduciendo. Las finanzas se deterioraron. Y cuando el colapso de los tories llegó antes de lo previsto, el partido se encontró en el gobierno sin haber construido su propia arquitectura programática.

Sobre Corbyn, Dimitrakopoulos tiene una lectura que va a contracorriente: «El corbynismo es parte de la solución, no parte del problema». Su argumento es doble. Primero, cuando Corbyn se convirtió en líder del partido, movilizó a medio millón de jóvenes, algo que no puede ignorarse. Segundo, fue precisamente Corbyn quien en 2017 prometió renacionalizar los ferrocarriles y la industria del agua –lo que las encuestas decían que quería la mayoría– y aun así el electorado votó a los tories. «Esto me demuestra que existe una lucha interna dentro del conjunto del pueblo británico», dice el profesor. Un país que quiere una cosa y vota la contraria, una y otra vez.

El resultado fue un gobierno que llegó al poder con una mayoría parlamentaria enorme y sin base social real. Starmer obtuvo en 2024 menos votos que Corbyn en 2019. Nadie votó por él; simplemente, el electorado castigó a los tories. Esa diferencia es crucial porque explica la velocidad del derrumbe posterior. Un gobierno sin base propia no tiene margen para el error, y Starmer cometió errores de bulto desde el primer momento.

La supresión del subsidio de combustible para pensionistas –en un país donde la pobreza energética se cobra vidas cada invierno– fue la primera señal. Le siguió el mantenimiento del tope de prestaciones sociales por número de hijos, una medida especialmente cruel que el propio partido había prometido derogar. Las reformas laborales se aguaron bajo presión empresarial hasta quedar irreconocibles. Las promesas sobre vivienda se evaporaron. En un país donde el 60% de la población apoya la gestión pública de servicios básicos, el gobierno optó por el lenguaje de la austeridad de 2010.

El politólogo y profesor en la Universidad de Cambridge David Runciman, en How Democracy Ends (2018), advertía que las democracias contemporáneas no colapsan por asalto desde fuera, sino por vaciamiento desde dentro. El de Starmer fue un caso de libro: una mayoría parlamentaria récord, un aparato de partido que se resiste a transformarse y una política que no representa a nadie.

Starmer, el encargado

Con el tiempo ha ido tomando cuerpo una lectura más fría de lo ocurrido: Keir Starmer, más que un líder político, fue un instrumento para desmantelar el proyecto de Corbyn. Abogado de perfil técnico, sin base propia ni ideología reconocible, Starmer fue útil precisamente por su carácter incoloro. Destruyó el laborismo de izquierdas con eficacia quirúrgica. Expulsó, suspendió, bloqueó. Pero una vez consumada la purga, no había nada detrás: ni programa, ni electorado. Ni sobre todo partido. Su propio equipo se lo dejó claro después de que Andy Burnham, alcalde de Mánchester y su principal rival para dirigir a los laboristas, se impusiera a la ultraderecha y ganara el escaño de Makerfield. «Ya nadie te apoya», le espetaron sin paliativos. Su dimisión, como luego se vio, era cuestión de horas. El 9 de julio se abrirá oficialmente la carrera por su sucesión, con Burnham como  aspirante más destacado.

Para Dimitrakopoulos, el problema de Starmer era de competencia: «Si hubiera tenido la capacidad que creíamos que tenía antes de convertirse en primer ministro, habría sabido gestionar las cosas. Pero la práctica ha demostrado que incluso con Corbyn fuera del partido, el problema real era su falta de habilidad». El caso Mandelson, añade, fue «terrible».

Llegó al gobierno por defecto, no por convicción, y gobernó en consecuencia. El principio del fin llegó con las elecciones locales del 7 de mayo de 2026. Los laboristas perdieron cerca de 1.500 concejales en los consejos ingleses, mientras Reform UK, el partido liderado por el ultraderechista Nigel Farage, ganaba 1.452 escaños en Inglaterra. En Gales, dejaron de ser el partido dominante por primera vez en un siglo. Para mediados de mayo, 97 diputados laboristas habían pedido públicamente la dimisión de Starmer o que fijara un calendario de salida, y un ministro del gabinete, cuatro secretarios de Estado y cuatro asesores parlamentarios habían renunciado como protesta. Wes Streeting, secretario de Sanidad y favorito de la derecha laborista, dimitió vaticinando (con acierto) que Starmer no lideraría al Partido Laborista en las próximas elecciones generales. Starmer se resistió a marcharse, argumentando que un cambio de liderazgo sumiría al país en el mismo caos que había vivido bajo los tories. Pero la realidad se impuso.

Keir Starmer y Peter Mandelson en actitud de franca camaradería durante una recepción en Washington, en febrero de 2025. CARL COURT / REUTERS
Keir Starmer y Peter Mandelson en actitud de franca camaradería durante una recepción en Washington, en febrero de 2025. CARL COURT / REUTERS

El escándalo Epstein

Si las políticas sociales erosionaron el apoyo popular, el caso Mandelson lo hundió en el fango de la corrupción. Peter Mandelson, figura fundacional del Nuevo Laborismo blairista, fue nombrado por Starmer embajador en Washington en diciembre de 2024. Era considerado un activo político de primer orden: alguien capaz de desenvolverse con la Administración Trump y con conexiones directas a figuras como Elon Musk o Scott Bessent.

Lo que hacía el nombramiento aún más inexplicable es que la relación de Mandelson con Jeffrey Epstein no era ningún secreto. Era ampliamente conocida en los círculos del poder británico, y el público general sabía que había visitado a Epstein después de que este fuera condenado. No era un hombre de confianza. Olía a corrupción desde el principio.

Cuando los archivos del Departamento de Justicia estadounidense comenzaron a publicarse, pusieron color y detalle a lo que ya se sospechaba, y la explosión fue inevitable. Entre los documentos figuraban mensajes en los que Mandelson expresaba su apoyo a Epstein mientras era investigado por haber transmitido información sensible de los mercados durante el período en que fue ministro de Finanzas (2008-2010). Entre los documentos figuraba un libro de visitas de las propiedades de Epstein que incluía una carta atribuida a Mandelson en la que describía al depredador sexual como su «mejor amigo».

Starmer despidió a Mandelson como embajador en septiembre de 2025, pero en febrero de 2026 aún  tuvo que exponerse ante la Cámara de los Comunes para lamentar públicamente su nombramiento. Se refirió a él del siguiente modo: «Traicionó a nuestro país, a nuestro Parlamento y a mi partido». El escándalo se llevó por delante al jefe de gabinete de Downing Street, Morgan McSweeney, y al máximo funcionario civil del Foreign Office, Olly Robbins, además del director de comunicaciones Tim Allan, que dimitió horas después. En febrero de 2026, la Policía Metropolitana abrió una investigación penal y Mandelson fue detenido y puesto en libertad bajo fianza.

El caso Epstein tiene una resonancia particular en el Reino Unido porque la contaminación no afecta solo a la política. El príncipe Andrés lleva años vinculado al escándalo. Ghislaine Maxwell, la colaboradora más estrecha de Epstein, es británica. La clase dirigente del país se siente señalada de una forma íntima y difícilmente esquivable. Para un gobierno que llegó al poder prometiendo limpiar la política, la imagen de Starmer defendiendo a Mandelson desde el atril de los Comunes se convirtió en el símbolo de todo lo que había prometido no ser.

La izquierda nacionalista

Mientras el laborismo implosionaba, el mapa político de las naciones devueltas se transformaba de forma silenciosa pero radical. Gales ha sido durante décadas un bastión laborista, conocido por sus minas de carbón y su clase trabajadora. En las elecciones de mayo de 2026, sin embargo, el voto laborista se derrumbó, y fue Plaid Cymru quien obtuvo más escaños en todo el País de Gales. Fue la primera vez desde el inicio de la devolución en 1999 que el Partido Laborista perdía el gobierno galés, poniendo fin a una racha de victorias que se remontaba a las elecciones generales del Reino Unido de 1922.

La victoria de Plaid Cymru significa que las tres regiones del Reino Unido fuera de Inglaterra –Irlanda del Norte, Escocia y ahora Gales– están gobernadas por partidos nacionalistas. Y lo significativo es que estos partidos no son, en modo alguno, equivalentes a los nacionalismos de derechas que proliferan por Europa. El SNP escocés, Plaid Cymru y Sinn Féin representan tradiciones de izquierda o centroizquierda, con programas sociales ambiciosos y posiciones progresistas. Son, en cierto sentido, el refugio de un electorado de izquierdas que ya no reconoce al Partido Laborista como su hogar.

El problema de Farage

Nigel Farage, líder del utraderechista Reform. TOBY MELVILLE / REUTERS
Nigel Farage. TOBY MELVILLE / REUTERS

Reform UK, el partido de Nigel Farage, ha capitalizado el colapso de los conservadores. Y conviene ser precisos aquí, porque el relato de que Reform está robando votos al Partido Laborista es más mediático que real. Según un estudio de YouGov, tan solo el 46% de los votantes laboristas de 2024 que votaron en las elecciones municipales de mayo de este año fueron leales al partido, pero solo un 6% se decantó por Reform UK, mientras que un 22% lo hizo por los Verdes. Reform es, fundamentalmente, la herencia del colapso tory, aunque, como apunta Dimitrakopoulos, también absorbe a los sectores más conservadores del electorado laborista tradicional, especialmente en el norte de Inglaterra.

El partido recibe financiación de millonarios vinculados a las criptomonedas, y esa financiación acaba de estallarle en las manos. El 7 de julio, Farage anunció su dimisión como diputado por Clacton mientras el comisionado parlamentario de estándares investigaba un regalo no declarado de cinco millones de libras del empresario Christopher Harborne –el mismo que en agosto de 2025 donó al partido otros nueve– y una segunda denuncia por los favores de George Cottrell, condenado en Estados Unidos por blanqueo de capitales. Horas después de su anuncio, The Guardian publicó que la banca había alertado a la National Crime Agency de ese regalo como posible blanqueo de dinero ya en mayo de 2024, siete semanas antes de que los votantes de Clacton lo eligieran; al día siguiente, el diario reveló que las alertas iban mucho más allá: transacciones millonarias entre los máximos dirigentes de Reform –incluido su número dos, Richard Tice– y donaciones al propio partido habían sido comunicadas a la agencia como posible blanqueo de capitales. Farage insiste en que no ha hecho nada malo y ha ideado su propia autoabsolución por las urnas. Se presentará a la elección parcial que provoca su dimisión, planteada como una batalla del pueblo “contra el establishment”; un establishment que, por cierto, ha decidido no comparecer. Laboristas, conservadores, liberaldemócratas y verdes boicotearán la contienda electoral y no disputarán el escaño. 

Su rival más visible es, por ahora, Count Binface, un hombre disfrazado con una capa plateada y un cubo de basura por cabeza que encarna la larga tradición británica de candidaturas satíricas. La ministra de Hacienda, Rachel Reeves, autorizó la convocatoria con una frase: si Farage “quiere pasarse el verano discutiendo con un cubo de basura”, no será ella quien se lo impida. Varios concejales electos de Reform han tenido que ser suspendidos por publicaciones de contenido racista y neonazi. Si gana en Clacton, la investigación se reanuda.

En las elecciones locales de mayo, Reform dominó con claridad: ganó 1.452 concejales en Inglaterra. Los Verdes obtuvieron 587 concejales, un incremento de 411 respecto a sus resultados anteriores, y en las generales de 2024 ya habían cuadruplicado su representación parlamentaria. Son fuerzas de naturaleza muy distinta –una financiada por millonarios, la otra por una base militante amplia– pero ambas reflejan el mismo agotamiento del bipartidismo.

Dimitrakopoulos no descarta que el ascenso de Farage sea, paradójicamente, la única salida al bloqueo: «Si Farage llega a ser primer ministro en el sistema británico, tendrá el poder en sus manos y no podrá culpar a nadie más». La lógica es la del fracaso necesario: solo cuando el populismo gobierne y decepcione podrá el país empezar a responder de verdad las preguntas que el Brexit dejó sin resolver.

La gran pregunta

Todo converge en un debate que el sistema político británico ya no puede postergar: la representación proporcional. El first-past-the-post ha generado durante décadas la ilusión de estabilidad ocultando la profundidad de las fracturas sociales. Con la fragmentación creciente, el sistema produce cada vez más diputados y concejales elegidos con menos de un tercio de los votos, lo que significa que las opiniones de más de dos tercios de los votantes quedan ignoradas.

El desenlace más inmediato apunta, en cambio, a la continuidad con otro protagonista. Wes Streeting, el favorito de la derecha laborista, se retiró de la carrera el mismo día de la dimisión de Starmer y respaldó al ya citado Andy Burnham, que a día de hoy es el único candidato declarado: si nadie más reúne los avales de 81 diputados antes del cierre de nominaciones, el 16 de julio, será proclamado líder sin contienda y podría ser primer ministro al día siguiente.

Nada de primarias. Se trataría, metafóricamente hablando, de una coronación. Burnham, ya ha descartado explícitamente la representación proporcional y ha señalado que mantendría las actuales políticas de inmigración. Antes incluso de ser líder, está completando a toda velocidad el arco de Starmer: las mismas posiciones, la misma lógica y el mismo callejón, que probablemente le lleve a la misma salida. El laborismo parece incapaz de aprender la lección que el electorado lleva años intentando enseñarle..

Lo que está en juego no es pues solo quién gobierna el Reino Unido, sino si el país es capaz de construir un sistema político que refleje la complejidad de una sociedad que lleva décadas siendo más plural de lo que sus instituciones han querido admitir. El filósofo Jacques Rancière distingue entre dos conceptos: la «política» y lo que llama la «policía» en su sentido más amplio. La primera es el momento en que quienes no tienen parte en el orden establecido irrumpen para reclamarla; la segunda, la gestión del consenso que distribuye posiciones y silencia el disenso. En el Reino Unido de 2026, lo que el sistema denomina «democracia» se parece cada vez más a la policía que a la política.

Fuente: https://www.lamarea.com/2026/07/09/que-esta-pasando-en-el-reino-unido/