El último domingo de febrero el electorado alemán ratificó en las urnas las tres previsiones que ya anticipaban las encuestas. Clara victoria de la derecha conservadora democristiana, ascenso espectacular de la ultraderecha y debacle histórica de la socialdemocracia. Las urnas, además, parecieron certificar una dicotomía que no es solo propia de Alemania: la consolidación de la extrema derecha a pesar de las constantes y muchas veces multitudinarias movilizaciones de los últimos meses para confrontar, justamente, contra ese ascenso.
Alemania despertó el lunes 24 ajustando las piezas de su propio rompecabezas político. Para ello, y teniendo en cuenta el dictado de las urnas, la fuerza más votada está tratando de construir una alianza que asegure la gobernabilidad en un momento particularmente complejo para el país y para el conjunto de la Unión Europea. La supremacía en dicha alianza –que hasta ahora la tenían los socialistas– pasará a ejercerla la Unión Demócrata Cristiana (CDU), que con 28% de los votos y 208 escaños en el futuro parlamento, catapultará al multimillonario Friedrich Merz como canciller (primer ministro). Aunque lo había anticipado antes de la elección, Merz ratificó inmediatamente después de los comicios una decisión de importancia: no es posible gobernar juntos con la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD).
Este partido, que cuenta con el apoyo sin disimulo de Elon Musk desde Washington, atrajo al 20% del electorado, especialmente en la parte oriental del país, lo que antes de la caída del Muro de Berlín constituía la antigua República Democrática Alemana. Obtuvo así su mejor resultado en elecciones nacionales y con 152 parlamentarios se convierte en la segunda fuerza política a nivel nacional. Es una fuerza joven, de apenas 12 años de existencia, nacionalista, conservadora, euroescéptica y anti Unión Europea. Pregona el estricto control migratorio y una parte de su militancia, especialmente de su juventud, reivindica la simbología del fascismo. Sectores de su dirigencia no esconden su simpatía neofascista.
Todo indica que la Unión Demócrata Cristiana estaría dispuesta a integrar en la futura coalición de gobierno, como socio menor, al Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD). Con un raquítico 16% del voto y apenas 120 escaños, el SPD paga el precio por la falta de carisma de su canciller Olaf Scholz, el bloqueo interno de su gestión de gobierno impuesto sistemáticamente en los últimos años por uno de sus aliados, el Partido Liberal, y la confrontación tímida y contradictoria ante las múltiples problemáticas que padecen amplios sectores sociales del país. Entre ellas: ralentización de la economía, encarecimiento de la vida, déficit inmobiliario, inseguridad sobre las perspectivas de futuro, crisis climática, proximidad geográfica e impacto de la guerra ruso-ucrania, así como el sentimiento de inseguridad producido por los atentados terroristas.
La crisis de la socialdemocracia no tiene parangón. El partido más antiguo de Alemania y, posiblemente, el que cuenta con el mayor número de militantes, en 1998 ganó con Gerhard Schröder con más del 40% del electorado. Desde entonces todo fue retroceso: en 2021 obtuvo con Scholz el 25,7% y este último domingo perdió 9 puntos suplementarios. Ni siquiera pudo capitalizar en las urnas el intenso proceso de movilizaciones populares contra la extrema derecha que se vienen realizando en gran parte del país desde inicios mismo del año pasado. Una de dichas protestas, en febrero de este año, reunió en Múnich a más de 200 mil personas y a otros muchos miles en diversas ciudades.
Muy por detrás en el panorama electoral actual se ubican el Partido de los Verdes, con el 11,6% del voto (85 diputados), y La Izquierda (Die Linke), con una fuerte presencia juvenil y un sorpresivo 8,77% (64 diputados).
Análisis con pinzas
Si se mira la realidad política a través del espejo retrovisor, “hoy estamos de nuevo como en 2021, cuando también se barajó la posibilidad de una alianza de gobierno entre los conservadores de la UDC y los socialdemócratas. Y vemos en la cúspide los mismos cuadros que entonces no fueron capaces de conformar una alianza exitosa. La gran diferencia es que ahora, deberían lograrlo sí o sí. Si no lo consiguen, en poco tiempo Alemania corre el grave riesgo de tener a la AfD como la fuerza política de más peso” explica telefónicamente a este corresponsal, Beat Wehrle, agudo analista político y especialista en temas de cooperación internacional, radicado en la ciudad noroccidental alemana de Osnabrück.
Para Wehrle, quien relativiza los resultados, la victoria de la UDC en las urnas el último domingo de febrero no fue contundente. “No logró crecer más que 5 puntos con respecto a 2021”. La causa, peguntamos: “El tipo de candidato que es Friedrich Merz, que ganó las elecciones, pero no conquistó la simpatía popular”. Adicionalmente, en la campaña cometió errores muy graves. “Por ejemplo, trató de reproducir el discurso y la agenda de la extrema derecha contra la migración, pensando que de esta forma podría aumentar su base electoral. No le sirvió para ganar votos y, en cambio, fortaleció a la extrema derecha. Si alguien quiere votar propuestas antiextranjeras opta por el modelo original y no por la copia”, sostiene Wehrle. Quien afirma que “con la campaña al estilo Trump, Merz profundizó la polarización y acabó fortaleciendo las posiciones más radicales: tanto de la extrema derecha (AfD) como de la izquierda (Die Linke)”.
En cuanto a las causas de la caída electoral del Partido Social
Demócrata, “se durmió al presentar nuevamente como candidato a Olaf Scholz,
descartando otras figuras que hubieran provocado mayor entusiasmo entre el
electorado”. Wehrle sostiene que el PSD llegó exhausto a las
recientes elecciones, debido al desgaste que le significó estos últimos años
ser la principal fuerza de la alianza de un gobierno (junto con verdes y
liberales) que debió confrontarse a múltiples crisis.
Beat Wehrle señala, adicionalmente, el buen resultado electoral de La Izquierda
que es “más joven, más audaz, más ruidosa y que anticipa que va a constituirse
en una oposición interesante en el Parlamento. En particular de la mano de su
dirigente Heidi Reichinnek, de 36 años, que consiguió confrontar la ofensiva de
Merz cuando éste, pocos días antes de las elecciones, buscó el apoyo de la
ultraderecha para imponer medidas parlamentarias más agresivas contra la
inmigración ilegal, lo que provocó un escándalo político de proporciones en el
país”.
La Europa que habla alemán
Con 780 kilómetros de frontera común con Alemania, compartiendo el alemán como idioma oficial y fuertemente entrelazada culturalmente con aquella, también Austria vive una dinámica con particularidades comparables a las de su gran vecina. Su coyuntura actual busca resolver una crisis irresuelta que arrancó a fines de septiembre del año pasado con las últimas elecciones para el Consejo Nacional, la cámara baja de su parlamento.
En dichos comicios, el Partido de la Libertad (FPÖ), de extrema
derecha, (ideológicamente cercana a la AfD alemana) logró su mejor resultado
histórico con casi el 29% del voto y 57 de los 183 escaños del Consejo, lo que
la convirtió en la primera fuerza política nacional. El democratacristiano
Partido Popular Austríaco (ÖVP), entonces en el poder, perdió 20 de sus
71 escaños, mientras que Los Verdes, su socio de coalición, perdieron 10
de sus 26. Los socialdemócratas (SPÖ), de centroizquierda, obtuvieron solo el
21,14% (y apenas 41 bancas), su peor resultado electoral de los últimos años
(como les sucedió a sus pares alemanes). El partido liberal NEOS mejoró con respecto a las elecciones
anteriores de 2019, aumentando de 15 a 18 escaños.
Luego del terremoto político-electoral del pasado 29 de septiembre, esa
próspera nación el centro europeo no logró hasta ahora alcanzar un pacto de
gobernabilidad.
En un primer momento, los conservadores del ÖVP intentaron formar una coalición
junto con la izquierda y los liberales para oponerse a la extrema derecha, sin
lograr hasta enero pasado formar gobierno.
A partir de entonces, fue la ultraderecha que intentó proponerle una coalición a los conservadores. Las negociaciones no prosperaron, sobre todo, debido a la concepción euroescéptica del Partido de la Libertad y su arrogancia en cuanto a exigencia de ocupar la mayoría de los cargos de gobierno. En paralelo, se multiplicaban muy concurridas manifestaciones contra la ultraderecha, especialmente en la capital Viena, lo que constituyó un elemento de presión política adicional.
Finalmente, el 22 de febrero, una nueva luz apareció en el
oscuro panorama austriaco, donde el bloqueo político ha impedido hasta el
momento incluso adoptar el presupuesto para el año en curso. La derecha
conservadora, la izquierda social democrática y los liberales anunciaron haber
reiniciado las negociaciones para conformar gobierno. De confirmarse este nuevo
proceso en marcha la ultraderecha austríaca, a pesar de ser la primera fuerza
electoral del país, no sería gobierno, de igual forma que en Alemania, donde la
AfD, la segunda más votada, también parece resignar cualquier opción de
cogobierno. Funcionan en ambos países los denominados “cinturones sanitarios”,
que, por el momento, y en todo caso a corto plazo, reagrupan a la izquierda, el
centro y la derecha para cortar el paso a las aspiraciones de la ultraderecha
de llegar al gobierno.
Sin embargo, dicho “cinturón” no impide que todo el espectro político se corra
de más en más a la derecha y que las fuerzas de centro – e incluso socialdemócratas
y verdes– asuman banderas, eslóganes, postulados y discursos promovidos por la
ultraderecha. Si todo el espacio político se vuelve más conservador, hay una
transferencia probada en buena parte de Europa en que los socialdemócratas se
hacen más centristas, el centro se vuelve más conservador, y la derecha se
acerca a posiciones más extremas, rayando, por ejemplo, con la xenofobia.
Por su parte Suiza, el tercer país con una mayoría de lengua alemana, ha sido pionera en el desarrollo de un partido de extrema derecha. La Unión Democrática de Centro (UDC), que contaba a inicios de los años 90 con el 11% del electorado, en las últimas elecciones parlamentarias (2023) llegó al 28%. Sus postulados son radicalmente conservadores, nacionalistas, liberales en lo económico y opuestos a la integración europea y la inmigración.
La gran diferencia con sus pares de ultraderecha tanto en Alemania como en Austria es su participación en el gobierno desde hace varias décadas debido a la “fórmula mágica” vigente en la Confederación Helvética. En virtud de esta fórmula, los siete cargos del poder ejecutivo colegiado se reparten entre los cuatro partidos con mayor representación: en el presente, dos de la UDC, dos de la derecha liberal, dos del partido socialista y uno del Centro, de tendencia democratacristiana. Al ser parte del gobierno, la ultraderecha suiza es, por necesidad, corresponsable de las políticas del Estado. Aunque no abandone por ello su radical discurso cotidiano, que, al igual que en otros muchos países europeos, obliga a mover el cursor político hacia la derecha de la pantalla política con resultados tan retrógrados como preocupantes.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.