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Algo huele a podrido en Jordania

Fuentes: Rebelión

Los despachos de prensa son rotundos: Una mujer cuyo cinturón de explosivos no funcionó apareció el pasado 13 de noviembre en la televisión jordana para confesar su participación en el triple atentado del miércoles 9 contra el hotel Radisson, de Ammán, que causó la muerte a unas 60 personas y heridas a cerca de un […]

Los despachos de prensa son rotundos: Una mujer cuyo cinturón de explosivos no funcionó apareció el pasado 13 de noviembre en la televisión jordana para confesar su participación en el triple atentado del miércoles 9 contra el hotel Radisson, de Ammán, que causó la muerte a unas 60 personas y heridas a cerca de un centenar.

Verdaderamente los informes parecen inobjetables. «Fuimos juntos al hotel. Mi marido se puso en una esquina y yo en la otra. Había una boda, y había mujeres y niños. Mi marido completó el ataque, pero yo fallé», confesó, de manera lapidaria, la presunta terrorista, identificada como Sajeda Mubarak Atrus Rishaw, de 35 años, quien -dicen- fue capturada al intentar huir.»

«Dicen», porque ya uno desconfía, por oficio, aunque todo aparente ser tan transparente como una mañana de estío tropical. Y, aunque parezca paradójico, uno duda más cuando se entera de que «la detención y posterior confesión de Rishaw contribuye a dejar aún más claro que la rama de Al Qaeda en Iraq es responsable del atentado». Según las fuerzas de seguridad jordanas -las cuales, por cierto, presumen de ser las mejor organizadas del Oriente Medio, después del Mosad israelí-, la «terrorista confesa» es hermana de Mubarak Atrus Rishaw, brazo derecho hasta que pereció -en Faluya, a manos de las tropas estadounidenses- del ubicuo, omnipotente Abú Musab al Zarqwai.

¿Por qué la dubitación, si, cuentan, sus tres hermanos murieron en Iraq también por disparos de soldados gringos, y, para colmo de males familiares, su cuñado, un experto en bombas caseras y otros artilugios, perdió la vida en un enfrentamiento con los norteamericanos, en la región central de la vetusta Mesopotamia?

¿Acaso no se conoce que el Radisson fue uno de los objetivos de Zarqwai en el frustrado plan de atentados del milenio que los islamistas jordanos pergeñaron en 1999? ¿Y que «Zarqwai siempre intentó golpear en Jordania»? ¿Acaso la amistad de la monarquía hachemita con la Casa Blanca no dibuja a ese país como «un jardín para los enemigos de nuestra religión», un lugar de «prácticas de repugnante placer para los traidores», con un gobierno «lacayo de Washington»?

Al fin y al cabo, ¿no fue la mismísima Al Qaeda la que, Internet mediante, comunicó que «un grupo de nuestros mejores leones» lanzó los ataques, en venganza de las arremetidas contra los sunnitas iraquíes? ¿Y que «fueron elegidos algunos hoteles que el déspota jordano había convertido en un patio trasero para los enemigos de la fe, los judíos y los cruzados?».

Versiones son versiones

Al Qaeda, la recurrente Al Qaeda. ¿Dónde quedan las contradicciones denunciadas por fuentes como el diario digital Insurgente en el sentido de que «en un principio se habló de suicidas, pero en uno de los atentados la bomba estaba colocada en un falso techo, y la del hotel Days Inn estaba en un automóvil que intentaba entrar en el perímetro de seguridad»?

Son estas, precisamente, las incongruencias que hacen preguntarse a algunos si en las cercanías de las matanzas no habrían estado tipos de sospechoso acento, con vestimenta árabe. «No es la primera vez que americanos impasibles han sido sorprendidos in fraganti, con las manos en la masa».

Y esas sospechas espejean igualmente como una mañana de estío tropical. Habrá que tomarlas en cuenta a la hora del análisis ponderado. Análisis que no puede pasar por alto el criterio de entendidos como el escritor jordano Hisham al Bustani, para quien «los resultados inmediatos del (triple) atentado: desviar la atención sobre el auténtico terrorismo de la Ocupación; introducir el concepto de terrorismo según los parámetros estadounidenses; hacer llegar a la población civil que también es objetivo del terrorismo de Al Qaeda; movilizar a la calle bajo el slogan de Jordania primero, profundizando en la fragmentación de la tierra árabe; perseguir a los movimientos sociales solidarios con la legítima resistencia iraquí y palestina».

En esa misma línea de pensamiento, el Comité de Solidaridad con la Causa Árabe (CSCA) estima que el lamentable hecho se produce «de manera muy oportuna en un momento en el que la legítima resistencia iraquí está logrando éxitos militares incuestionables; un momento en que la Ocupación de Iraq se ve gravemente cuestionada en las sociedades de las potencias ocupantes, comenzando por el reconocimiento internacional, tras meses de denuncia, del empleo estadounidense de armamento prohibido internacionalmente; un momento en el que se pretende el asalto final sobre Siria y se buscan pretextos cada vez más inverosímiles para proceder; y, sobre todo, un momento en el que la misma existencia de la fantasmagórica entidad presentada desde la mass media (Falsimedia hay quien la llama) como Al Qaeda se ve seriamente cuestionada.»

Y resulta debatida -continúa el mensaje- «tras los recientes descubrimientos de operativos de EE.UU. y Gran Bretaña en Iraq cuyo objetivo es, haciéndose pasar por árabes, ejecutar atentados terroristas indiscriminados contra civiles. La excusa del terrorismo es la razón a la que las potencias coloniales se aferran para persistir en su plan de dominación conocido como el Gran Oriente Medio».

Por tanto, dos atendibles hipótesis quedan en el tapiz de la lucubración. Si para unos el tenebroso hecho, que ha convertido a Ammán en una ciudad en duelo, con las escuelas y los comercios cerrados a cal y canto y las banderas a media asta, responde a la autoría de furibundos islamistas, para otros huele a chamusquina, porque involucraría a oportunistas como las potencias invasoras de Iraq y un Israel siempre presto a debilitar a los árabes, sus rivales de antaño y de hogaño.

Aquellos proclives a la primera hipótesis recuerdan que los hoteles son frecuentados por empleados de compañías de seguridad occidentales, periodistas y personal de agencias de ayuda humanitaria, muchos de los cuales utilizan a Ammán como punto de tránsito o base para sus operaciones en Iraq; asimismo, plantean que la mayoría de las víctimas eran civiles, algo que, de acuerdo con el rey Abdalá II, entra en el modus operandi de quienes están convencidos de la necesidad de la ideología takfir, o el acto de condenar a muerte a los apóstatas, uno de los pilares de las teorías salafista-yihadistas, de que se nutre Al Qaeda.

(Su majestad debe de estar muy bien impuesta de esto, porque se sabe más querido en Occidente que entre sus vecinos, por el tratado de paz con Israel y la ayuda a los invasores de Iraq).

En ríspido contrapunteo, quienes enarbolan el segundo modo de ver las cosas insisten en que los huéspedes israelíes fueron evacuados de los hoteles antes de las explosiones y escoltados por personal de la seguridad hebrea. Si bien el diario Haaretz, fuente primaria, se desdijo posteriormente, la conocida Al Yazira hizo eco de la noticia y la mantuvo en su edición digitalizada.

Quien escribe estas líneas no desea influir sobre el lector a favor de una u otra hipótesis. Eso sí: quisiera un valladar contra la festinación en el momento de las investigaciones y se aterra ante la visión de que los países árabes, sus pueblos, llegaran a aceptar el concepto gringo-sionista de terrorismo, soslayando lo que el derecho internacional considera al respecto y, sobre todo, olvidando que el de Estado es el peor de todos los terrorismos.

Con el CSCA, el redactor condena, sin eufemismo alguno o deplorable reticencia, actos como estos, que «lejos de representar, ayudar o ser un ejemplo de la lucha del pueblo árabe por la liberación y la democracia, son simplemente herramientas argumentativas al servicio de los intereses sionistas y neocoloniales que están desgajando la tierra árabe, intentando desacreditar la legítima resistencia de los pueblos árabes a la dominación neocolonial y están rodeados por la duda y la sospecha de su autoría…»

La duda y la sospecha. He ahí los aguijones del grito que lanzamos desde estas páginas. Porque, si las hipótesis se arraciman, se encabritan y embisten recíprocamente, deviene imprescindible una pesquisa honda y multilateral que, esa sí, no haga dudar a nadie. Menos, a los que piensan, a los que pensamos, que algo huele a podrido en Jordania.