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Arrancando los recursos naturales con violencia: las extrahecciones

Fuentes: Rebelión

Las múltiples crisis que se viven con la pandemia han llevado a que nuevamente se propusieran a los extractivismos, sea en minería, hidrocarburos o monocultivos, como una desesperada solución.

Esa adicción no sólo no resolverá los problemas sino que los agravará, ya que esos emprendimientos, en la actualidad sólo pueden llevarse adelante quebrando las salvaguardas de los derechos y ejerciendo la violencia.

Durante mucho tiempo, buena parte de los debates se enfocaban en entender que ese tipo de problemas eran consecuencias ocasionales. Por ejemplo, se alertaba que en un bloque petrolero se violaban los derechos a la salud por la contaminación de las aguas, o bien se denunciaban las golpizas a los comunarios que protestaban ante un enclave minero. Las empresas y políticos sostenían que esos eran “accidentes”, “fallas” o acciones inconsultas llevadas adelante por empleados desbocados a quienes rápidamente culpaban. Pero la situación es mucho más compleja.

En efecto, la adicción extractivista avanza gracias a continuados incumplimientos de las salvaguardas de los derechos y a crecientes usos de la violencia. No son ni accidentes, ni fallas, ni incumplimientos. Son elementos propios de los extractivismos de tercera y cuarta generación que se viven en América Latina.

Un reciente estudio para Bolivia, que por varias razones es el primero de su tipo en América Latina, muestra esa situación. A diferencia de muchos otros abordajes, se consideraron al mismo tiempo las vinculaciones entre extractivismos, derechos y violencia. Partiendo del gran abanico de derechos reconocidos en la Constitución Política del Estado (aprobada bajo el primer gobierno de Evo Morales), se seleccionaron 20 de ellos por estar enfocados en cuestiones directamente vinculadas con la calidad de vida y el ambiente, y por ello de relevancia ante los extractivismos. 

Son los derechos que por ejemplo aseguran el agua o la salud, la autonomía y autogobierno indígena para gestionar los recursos naturales en sus territorios, un ambiente sano y protegido, o las libertades y garantías esenciales para que las personas puedan proteger todo eso.

Al examinar lo que ocurrió en Bolivia entre 2006 y 2019, se encontró que todos esos veinte derechos son violados en los extractivismos en hidrocarburos, 18 en aquellos que son mineros, y 11 en los agropecuarios. Alrededor de las infraestructuras de apoyo que necesitan esos extractivismos se han incumplido al menos 16 derechos. 

Reordenando los derechos fijados por el texto constitucional, incorporando aquellos que derivan de los convenios internacionales firmados por el país y los derechos de la Naturaleza (tomando como ejemplo a Ecuador),  se llega a un nuevo total: 32. La revisión de los casos arroja similares resultados: todos esos derechos son violados en los extractivismos mineros, 30 en emprendimientos en hidrocarburos, y 28 para los agropecuarios.

Del mismo modo, en todos esos sectores aparece algún tipo de violencia. Desde aquella que afecta a las comunidades locales como el hostigamiento a grupos y personas que denunciaban la situación, desde el uso de las fuerzas policiales para ingresar a territorios indígenas a la recordada represión de la marcha en defensa del área protegida conocida como TIPNIS.

Estamos ante una dramática constatación: no existe ningún tipo de extractivismo donde no se haya violado algún derecho y no se ejerciera algún tipo de violencia.

Estos hallazgos se basan en una revisión de un amplio número de situaciones, y a partir de los testimonios de los propios afectados. En efecto, se consideraron 20 casos, la mayor parte de ellos provistos por los grupos participantes en la Alianza por los Derechos Humanos y el Ambiente que nuclea unas 50 organizaciones (desde la Asamblea Permanente de los Derechos Humanos de Bolivia a grupos locales en todo el país). 

Los casos bolivianos se complementan con múltiples ejemplos de eventos ocurridos en los demás países vecinos. La asociación entre los incumplimientos de los derechos y la violencia se repite en los demás países, y en algunos casos es todavía más grave. Esa evaluación, junto a muchos otros datos complementarios, acaba de publicarse en el libro Derechos y violencias en los extractivismos, que compartí con Oscar Campanini y Marco Gandarillas, a cargo de la editorial La Libre de Cochabamba.

Extrahecciones

En el estudio se aplicó un nuevo concepto: extrahecciones. El término se deriva del latín extraher, y significa arrancar con violencia. Teniendo eso presente, las extrahecciones son los extractivismos que ocurren incumpliendo los derechos de las personas y de la Naturaleza y que se llevan adelante con violencia. Apelar al nuevo término no es una manía académica, sino que fue necesario precisamente para obligar a abordar esa íntima relación de la violencia, la ruptura de los derechos y los extractivismos. Son tres aspectos íntimamente vinculados entre sí, que no pueden separarse, y todos ellos enmarcados en “arrancar” los recursos naturales.

Algunos de los casos bolivianos muestran la gravedad de las extrahecciones, como sucede en la cuenca del Lago Poopó, ya que esa contaminación viola todos los derechos a la salud y calidad de vida. Otros incumplimientos son insidiosos, y avanzan poco a poco, como fueron los recortes de la protección en parques naturales y otras áreas de conservación de la biodiversidad para permitir el ingreso de los extractivsmos.

Hay ejemplos en todas las escalas geográficas. En Bolivia hay casos acotados como ocurre con la invasión minera en el área protegida de Apolobamba, pasando por los planes de construir represas como El Bala, con un embalse de más de 70 mil hectáreas, llegando al estimado de 5 a 6 millones de hectáreas de bosques y pastizales quemados en 2019, resultando en una gravísima ruptura de los derechos de la Naturaleza (que le sigue inmediatamente al desastre de los incendios en la Amazonia de Brasil).

Además se encontró que la violación de los derechos discurre en dos planos directamente asociados. Por un lado, están los incumplimientos que se generan en los enclaves extractivismos, y por el otro, se violan los derechos de las personas que denuncian esas situaciones o defienden la salud y el ambiente. Son los casos de la represión a las protestas locales o los hostigamientos a líderes ciudadanos, intentos de clausurar sus organizaciones, e incluso amenazas de destierro como sucedió en Bolivia. El estudio muestra que en varios casos son las mujeres las que sobretodo padecen esa situación y ello es repetidamente invisibilizado. Por ello el incumplimiento es doble, tanto por los impactos de los extractivismos como por afectar a los defensores ambientales.

La violencia siempre está presente y en ello se cristalizan las extrahecciones. Existe una violencia física, como ocurre cuando se le da una golpiza a un comunario que defiende su territorio, pero también las hay sociales, religiosas o psicológicas, tal como la define la Organización Mundial de la Salud al incluir las afectaciones en la salud, bienestar psicológico o desarrollo personal. Siguiendo esa definición, aceptada por todos los gobiernos, la violencia no sólo ocurre cuando se concreta en una acción, sino que también se configura en la intencionalidad y el amedrentamiento.

El concepto de extrahecciones muestra una mutua alimentación, ya que a medida que se incumplen derechos se agudiza el uso de la violencia, y esto a su vez desencadena nuevas violaciones de otros derechos. Comienza, por ejemplo, negando el acceso a la información o la participación, lo que es tolerado por muchos y denunciado por pocos. Esa impunidad permite pasar a violaciones más agudas, y así sucesivamente. Siguen, pongamos por caso, el hostigamiento de las organizaciones ciudadanas, y luego la criminalización de personas o grupos. Y así se llega a extremos como la represión de movilizaciones ciudadanas, como se ha vuelto tan común en América Latina, para desde allí seguir al asesinato de los líderes que denuncian los extractivismos, un drama que acosa sobre todo a Colombia y Brasil. Estas extrahecciones golpean sobre todo a comunidades campesinas e indígenas en todo el continente. 

El nuevo libro es el primer estudio detallado que se hace sobre las extrahecciones en América Latina. Las situaciones revisadas en detalle para Bolivia y la información complementaria para los demás países muestra cómo se ha aceptado y naturalizado que la apropiación de los recursos naturales se haga con violencia e incumpliendo derechos. No son casos aislados ni siquiera consecuencias indeseables o accidentales. Son una condición previa, necesaria y repetida. Se recortan y debilitan las salvaguardas de derechos para imponer extractivismos de tercera y cuarta generación que, por sus impactos, no serían aceptables ni tolerables. Cuando se contamina o destruye la Naturaleza, se lo oculta; si la población se resiste, se aplica la violencia para acallarla.

Esas son las extrahecciones, las que, en suma, son mucho más que los impactos locales, ya que allí se expresan el debilitamiento de la justicia y una democracia incompleta sumergidas en la violencia. Bajo la actual pandemia, como los gobiernos una vez más buscan en los extractivismos la medicina para la crisis económica, las extrahecciones se multiplicarán en toda América Latina. Por esas razones deben ser identificadas y enfrentadas cuando antes.

Eduardo Gudynas es analista en el Centro Latino Americano de Ecología Social (CLAES). Una primera versión fue publicada en el periódico Página Siete (Bolivia), el 31 de julio 2020. El estudio completo se publicó por La Libre (www.lalibrelibreriasocial.com) en Bolivia.

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