Felipe Portales

Artículos

En Chile tendemos a olvidar rápidamente. Y la incesante profusión de hechos políticos trascendentales de los últimos años contribuye aún más a lo anterior.

Roberto Garretón ha partido; pero nos ha dejado un gran ejemplo, sobre todo para las nuevas generaciones que tienen tan pocos referentes éticos con quienes sentirse estimulados para desarrollar sus nobles vocaciones. Roberto fue, sin duda, un abogado y político (en el profundo sentido de la expresión) de una valentía y eficacia notables; pero, sobre todo, un cristiano que practicó con una consecuencia pocas veces vista las enseñanzas del Sermón de la Montaña: la búsqueda de la verdad y la justicia con total radicalidad y sin importar los sacrificios que ello podría causarle.

Como se señaló en el artículo anterior, el profundo desprecio histórico del pueblo chileno por parte de la derecha se expresó políticamente en su lucha teórica y práctica en contra del ejercicio del sufragio universal efectivo. La prédica en contra de éste fue una constante durante la vigencia de la Constitución de 1925.

Hay silencios más elocuentes que mil palabras. Es lo que podemos decir respecto del casi total silencio que ha habido en nuestro país a la hora del fallecimiento de uno de los compatriotas más valientes y probos que Chile ha tenido en muchas décadas.

El escandaloso reportaje de Chilevisión respecto de las graves y flagrantes colusiones de los poderes económicos, políticos y militares fácticos para convertir el lago Rapel en un virtual lago privado, solo ha sido empañado por un “escándalo” aún mayor: La total carencia de repercusiones políticas, comunicacionales y sociales de una noticia de esta naturaleza.

Han impactado la ferocidad y las falacias conque el ‘establishment’ concertacionistaha reaccionado frente a la presentación de varias diputadas (incluyendo de la ex Concertación) de un proyecto de Reforma Constitucional destinado a que la Convención Constitucional pueda aprobar democráticamente una nueva Constitución.

Es cierto que la centroizquierda chilena, más que una incomprensión de la democracia, sufre hoy un engaño de parte de su dirigencia, engaño que se remonta desde fines de los 80 cuando -como lo ha reconocido el principal ideólogo de la “transición”, Edgardo Boeninger- el liderazgo de la Concertación experimentó una “convergencia” inconfesable con el pensamiento de la derecha. Dicha convergencia la llevó a legitimar y consolidar el modelo neoliberal heredado de la dictadura.

Han surgido varias voces críticas del muy buen proyecto de ley presentado en Chile para que -al igual que en varios países europeos que sufrieron políticas de exterminio de categorías de personas- se tipifique como delito el negar la existencia de los crímenes contra la humanidad cometidos bajo la dictadura de Pinochet.

Septiembre es un mes que suscita naturalmente muchos recuerdos y evocaciones sobre nuestro país. Partiendo por la primera Junta de Gobierno; los eventos de 1924 que fueron claves para la sustitución de la república exclusivamente oligárquica; el hecho que antes de 1973 fuera la fecha de las elecciones presidenciales; el fatídico golpe de Estado de ese año; y el mes en que en 2005 la Concertación asumió como propia (suscribiéndola Lagos y todos sus ministros) la Constitución de Pinochet, con cambios de importancia pero que no alteraron su esencia autoritaria y neoliberal

En Chile conocemos dos quemas históricas de libros efectuadas en el siglo XX: Las de Hitler y Pinochet, realizadas poco después de sus respectivos ascensos al poder. Pero en Chile hubo otra –muy desconocida- azuzada por el Gobierno de Juan Luis Sanfuentes en 1920.

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