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Brexit: un halo de esperanza

Fuentes: Rebelión

«No se puede cambiar a la UE, es como pensar que con comprar acciones puedes cambiar a la banca» (Miguel Ángel Montes) «El voto británico nos lleva a la convicción que hay que implementar otro proyecto europeo. La lógica y el sentido común nos dicen que tomemos nota; es necesario el retorno a formas más […]

«No se puede cambiar a la UE, es como pensar que con comprar acciones puedes cambiar a la banca» (Miguel Ángel Montes)

«El voto británico nos lleva a la convicción que hay que implementar otro proyecto europeo. La lógica y el sentido común nos dicen que tomemos nota; es necesario el retorno a formas más respetuosas de la soberanía y de la democracia en las naciones que conforman Europa» (Jacques Sapir)

El referéndum sobre la salida del Reino Unido de la Unión Europea fue todo un acto de democracia, plena y por derecho. Lo que ocurre es que estamos tan poco acostumbrados a ella, que nos parece algo ridículo, estrambótico o peligroso. Al igual que en la campaña por el referéndum griego (cuyo resultado fue traicionado enseguida por Alexis Tsipras, hoy día uno de los mejores vasallos de los burócratas europeos), la campaña por el referéndum del brexit estuvo llena de juego sucio, de apelaciones al miedo y de amagos de chantaje. A la mañana siguiente, y a la vista del resultado, desde todas las instancias institucionales europeas y medios de comunicación de los establishment europeos, se proclamaba el cataclismo británico, el desprecio a la democracia y al conjunto de la ciudadanía, incluso la posibilidad de dictar ciertas normas de regulación futura de los referéndums, que establecieran mínimos de porcentaje de participación, así como mínimos de diferencial de voto afirmativo y negativo. En los corrillos europeos se argumentaba que «esas decisiones tan importantes no pueden dejarse a la elección ciudadana», porque claro, «el pueblo se puede equivocar». Los programas informativos cargaban contra las nefastas consecuencias que tendría el brexit, aumentando la crispación e histeria popular alrededor del tema.

Enseguida se habló de la brecha generacional (los jóvenes votaban permanecer, los mayores abandonar) y de la brecha territorial (Gales, Irlanda y Escocia votaban permanecer, Inglaterra abandonar), intentando explicar los diversos factores que podrían haber concurrido en el inesperado resultado. Algunos británicos comenzaron a declarar abiertamente que se arrepentían de su votación, se abrió una petición popular para repetir el referéndum y la Primera Ministra de Escocia salía anunciando que su país se sentía defraudado por los resultados y que exigía la celebración de un nuevo referéndum de independencia, habida cuenta de que uno de los argumentos principales de los que votaron permanecer en el Reino Unido era precisamente continuar perteneciendo a la Unión Europea. Pero lo cierto es que sobre todo ese ruido el pueblo había dicho brexit. Las bolsas comenzaron a caer, ante la incertidumbre de los mercados, la libra y el euro a depreciarse y los gibraltareños (muy británicos, ellos) a preocuparse sobre su futuro. Es una crisis en toda regla en esta desalmada Unión Europea que contempla con estupor cómo uno de sus buques insignia abandona el club y teme el efecto contagio sobre otros países, con la consiguiente pérdida de poder del chiringuito que controla las decisiones europeas. Justo por todo ello el brexit representa un halo de esperanza.

La prensa proeuropea y los partidos socialdemócratas, liberales y conservadores explican el resultado achacándolo al criterio racista, es decir, como resultado de la creciente xenofobia que viven los pueblos europeos. Es muy posible que este factor también haya influido, pero creemos que no es el principal. Porque el brexit profundiza esta crisis de la Europa del gran capital, de la Europa de la austeridad, de la Europa del desprecio a los trabajadores, de la Europa al servicio de las grandes empresas transnacionales y del TTIP. Es un palo en la rueda de todo ello y por eso el brexit es un halo de esperanza. La clase obrera, presente sobre todo en las zonas profundas de Inglaterra, se ha opuesto con su voto a quienes durante años llevan haciéndoles la vida imposible. Y ellos lo saben. Los partidos conservadores, liberales y socialdemócratas, la burocracia europea, la troika, el poder financiero y los representantes de todos ellos han visto enfrentado el voto popular de las clases trabajadoras. Puede argumentarse que los jóvenes han votado mayoritariamente por quedarse, pero pensamos que esa decisión procede de un voto del miedo, mientras que las personas más mayores y los pensionistas se ven más libres de esas ataduras y han votado con mejor criterio. Es cierto igualmente que otro gran argumento para la decisión del brexit fue el relativo al control de las fronteras y de la inmigración, pero este voto procede de un caldo de cultivo que riega la extrema derecha, precisamente porque la izquierda europea (y británica) no ha sabido identificar bien el enemigo y hacérselo ver así a las clases trabajadoras.

Y desgraciadamente una parte de la izquierda transformadora europea aún no ve claro, o se opone, a esta desintegración de la Unión Europea. Pensamos que se equivocan. Y no porque apliquen el argumento del internacionalismo (enfrentado al nacionalismo), con el cual por supuesto estamos de acuerdo, sino porque pensamos que no acaban de comprender, como decíamos en la cita de entradilla, que esta Unión Europea es irreformable. Ellos buscan el sueño de una Europa social y de los pueblos intentando reformar lo que hay, desde dentro, pero esa tarea es imposible. Hay cosas que no se arreglan si antes no se desarreglan del todo. Por tanto los que abogamos por una salida del euro y de la UE no lo hacemos bajo criterios nacionalistas, sino bajo criterios de recuperación de la soberanía para, a partir de la misma, poder plantear los cambios necesarios a nivel local que recuperen las conquistas obreras y el camino de la igualdad y la justicia social. Se podrá rebatir esto diciendo que la recuperación de la soberanía no nos garantiza dicho escenario, pero será mucho más fácil conseguirlo sin la constante presión de instituciones supranacionales que nos obligan a tomar determinadas medidas. Se podrá también argumentar que el euro es sólo una moneda, pero es mucho más que eso, ya que una moneda es la expresión de la soberanía económica de un pueblo, su instrumento para proyectar determinadas políticas.

Aún sin pertenecer a la Eurozona el Reino Unido, bajo el mandato de David Cameron, ha llevado a cabo las más salvajes políticas de austeridad fomentando, como en el resto de los países, que exista una mayoría social pobre y endeudada gobernada por una clase empresarial cada vez más exigente en sus «reformas estructurales». La Unión Europea «realmente existente» es el artificio creado por las clases dominantes para la consolidación de unas políticas opresoras de las clases trabajadoras, un instrumento al servicio del capital financiero, y para imponer enormes retrocesos permanentes en los sistemas de protección social y en las condiciones de vida y de trabajo de las poblaciones europeas. No podemos pertenecer a un engendro así. La UE socava los derechos democráticos, fomenta la ultraderecha y avanza hacia la constitución de Estados miembros de carácter policial. Y todo ello no es reformable, porque los Tratados están pensados para ser extremadamente exigentes a la hora de su reforma, llegando incluso a plantear la unanimidad de todos los Estados miembros. Nuestra vocación internacionalista no puede llevarnos a la ilusión de una reforma de esta UE, sino a una lucha incansable de los pueblos de Europa por la unidad de sus clases trabajadoras, impulsando movilizaciones por romper con el principal instrumento supranacional del capital, como es actualmente la UE. Nuestro internacionalismo no puede ser contradictorio con el derecho de autodeterminación de los pueblos ni dejar de ofrecer salidas cuando un corsé hecho a la medida de los poderes financieros nos oprime hasta asfixiarnos.

Y también reivindicamos desde aquí que no nos llamen de forma peyorativa «populistas» por perseguir políticas de mejora de redistribución de la riqueza y de justicia social. Y que no nos llamen tampoco «euroescépticos», porque nosotros tenemos también un sueño europeo y un sueño mundial, que es el socialismo. No nos enfrentamos a Europa, nos enfrentamos a «esta» Europa configurada mediante los tratados y las herramientas de esta Unión Europea. En palabras de Jacques Sapir: «Continuar hoy pretendiendo cambiar la UE desde el interior para mantener un discurso sobre la «Europa social» es una mentira como un callejón sin salida«. Estamos muy de acuerdo con él. Es lógico que la lista de desencuentros entre la ciudadanía europea y el proyecto de integración de la UE sea innumerable y el referéndum británico con resultado de brexit ha sido otra prueba más. Cada vez que los europeos han sido llamados a las urnas para opinar sobre cuestiones de la UE han dado la espalda a los proyectos de integración por ser abiertamente contrarios a los valores de libertad, igualdad, democracia y justicia social y abrazar el neoliberalismo más puro y duro. Estamos convencidos de que «esta» versión concreta de Unión Europea ahora tocada, paralizada y desgarrada, no podrá sobrevivir por mucho tiempo, y es algo que todas las fuerzas políticas de la izquierda transformadora deberían tener muy claro.

Más tarde o más pronto esta Europa del capital agonizará e involucionará hasta su desintegración, crisis tras crisis, con continuas turbulencias y cada vez más exigentes restricciones a sus Estados miembros. Las amenazas de descomposición no acabarán y ello sólo tiene una salida posible: el abandono unilateral de cada país y la desintegración del propio proyecto europeo tal como está concebido. Por todo ello el brexit es un halo de esperanza, es el comienzo del desmoronamiento. En lugar de atacarlo y desprestigiarlo, el brexit ha de ser tomado como un ejemplo, como una demostración de que no podemos eludir ese debate, concluyendo que las mejoras económicas y sociales que necesitamos, no podrán existir dentro de los límites de esta UE. Hay quienes avisan de que la desintegración europea hace resurgir los peores fantasmas (fascismo, xenofobia, etc.), pero la verdad es que dentro del actual proyecto europeo también estamos viendo todos estos monstruos. Debemos abandonar la UE, pero no por nacionalismo, ni por patrioterismo, ni por racismo, sino por todo lo contrario. La debemos abandonar para sentirnos libres de sus ataduras y poder comenzar a migrar hacia una sociedad solidaria, cooperativa, justa, igualitaria y equitativa. Estos son los valores del progresismo, y son incompatibles con las Instituciones europeas. Como sostuvimos en este otro artículo relativo al denominado «Plan B» para Europa, perseguir quimeras como la transformación de la UE es, simplemente, un placebo ideológico. Definitivamente, el brexit es un halo de esperanza. Por ese mismo camino debiéramos seguir Grecia, Francia, España… Al Reino Unido, ahora más desunido que nunca, sólo le falta salir también de la OTAN… aunque esa ya es harina de otro costal.

Blog del autor: http://rafaelsilva.over-blog.es

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