Javier Larraín | 

Durante décadas el historiador y profesor chileno Gabriel Salazar, Premio Nacional de Historia 2006, ha dedicado parte de su labor a investigar y reflexionar en torno a temas como la soberanía popular, la ciudadanía, la evolución constitucional nacional y especialmente el potencial revolucionario del poder local y la territorialidad a nivel comunal y municipal.

El pueblo chileno ha respaldado masivamente el «Apruebo» en el plebiscito del último domingo. Los resultados, explica Luis Thielemann, demuestran la disposición de las clases populares a conseguir sus intereses mediante la política plebeya: votos y barricadas.

En octubre de 1988, un histórico plebiscito le ponía punto final a los días de Pinochet en el Palacio de La Moneda. Pero tuvieron que pasar otros 32 octubres para que el pueblo chileno pudiera tumbar su pesada herencia, la Constitución de 1980 que encorsetó la democracia y determinó un sistema político amoldado a los dueños de todas las cosas. Este domingo, un aluvión de votos en otro emblemático plebiscito logró desmontar los amarres de la dictadura para echar a andar un proceso constituyente, en la primera gran conquista de las multitudes que irrumpieron en las calles en otro octubre, el de 2019. Una inmensa bandera desplegada en los festejos sintetiza el espíritu de época: “Borrar tu legado será nuestro legado”.

La contundencia de los resultados arrojados por el plebiscito del pasado 25 de octubre constituyen un hito político de gran trascendencia. Arroja importantes luces acerca de las posiciones que las distintas clases sociales van tomando frente a la crisis del actual esquema de dominación burguesa.

Atilio Borón | 

Chile se enfrentó este domingo ante un desafío histórico por lo inédito: su pueblo fue consultado por primera vez en sus anales si quería o no una nueva Constitución y, en caso de que la respuesta afirmativa fuese mayoritaria, qué clase de órgano debería ser el encargado de redactar la nueva Carta Magna. Había dos […]

Con casi el 80% de los votos

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En un plebiscito histórico, el pueblo de Chile decidió modificar su Carta Magna, una de las herencias que había dejado el gobierno de facto de Pinochet. La Convención Constitucional obtuvo más del 80 por ciento de los sufragios.

Que no nos vengan con que es el tiempo de la esperanza. Es ahora el tiempo de la ira y de la rabia. La esperanza invita a esperar. La ira conduce a indignarse, a organizarse y a separar los oprimidos de los opresores cualesquiera sean sus colores, sus promesas o sus vestimentas. La ira exige razonar y organizarse en justicia, libertad y autonomía. Este es el tiempo de la indignación y de la ira. Después de la ira viene la esperanza. En el mundo de hoy razonar con lucidez y obrar con justicia conduce a la indignación y el fervor, allí donde se nutren los espíritus de la revuelta. Pues el presente estado del mundo es intolerable y si la historia algo nos dice es que, a su debido tiempo, no será más tolerado. Que así sea, será en su tiempo nuestra esperanza (Adolfo Gilly).

No podemos pasar por alto el contexto en el que se origina el “Acuerdo por la paz y la nueva constitución” la madrugada del 15 de noviembre. Pasado casi un mes del inicio de la revuelta, el pueblo se volcaba cada vez con más fuerzas y multitudinariamente a las calles, la crítica al sistema económico-social era generalizada y se avanzaba en la consciencia de la necesidad de la organización popular.

A sólo un día que se realice el plebiscito por el apruebo o rechazo para una nueva constitución, se han generado muchas expectativas, pero también incertidumbre sobre lo que ocurrirá con el proceso posterior a la votación del 25 de octubre.

Manuel Cabieses Donoso | 

Si queremos que el plebiscito se convierta en una victoria histórica de la democracia, las opciones Apruebo y Convención Constitucional tienen que recibir una mayoría abrumadora de votos, millones de votos, una marejada de voluntades ciudadanas.