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El cuento de Centro y Periferia

Fuentes: Goofynomics

Traducido por Gorka Larrabeiti

Los protagonistas son dos: el masculino es un país desarrollado con una base financiera sólida e industrial al que llamaremos Centro; el femenino es un país o grupo de países relativamente atrasados a la que llamaremos Periferia.

Entre Centro y Periferia, la atracción es súbita y fatal (especialmente para Periferia), pero, como en toda trama digna de serlo, la diversidad de orígenes plantea ciertos problemas. ¿Dónde estaría si no el interés de la historia? La historia es interesante precisamente porque los protagonistas son distintos, muy distintos.

Centro es un tipo moderno, atrevido, mientras que Periferia es una chica chapada a la antigua, ahorradora, sabia y un poco reprimida. ¿En qué están pensando? ¡No, no sexualmente reprimida! Eso, a Centro, no le interesa. ¿No se acuerdan? Centro es virtuoso. Lapida a las adúlteras (después de haberse acostado con ellas).

No, Periferia está, como dicen los economistas, un poco reprimida financieramente, lo que significa, en esencia, que el Estado mantiene en ella un cierto grado de control del circuito del ahorro y la inversión.

Por ejemplo, piensen qué idea tan estrafalaria, en la periferia se considera la política monetaria como una herramienta a disposición de la actuación del gobierno, que ha de mantenerse, aunque sea de forma mediada, bajo el control de la soberanía democrática del pueblo. Sí, lo han entendido bien: eso es exactamente lo que los intelectuales de nuestra izquierda definirían como «populismo», que es el término con el que ciertos siniestros intelectuales etiquetan cualquier circunstancia en la que el pueblo no hace lo que ellos han decidido que haga. ¿Qué va a saber el pueblo de la moneda?

Periferia es reprimida y populista, de ahí que tenga apego a toda una serie de costumbres antiguas: el banco central no es «independiente» (se entiende independiente de los trabajadores, por supuesto, no de los capitalistas), y varias instituciones financieras (bancos, fondos de pensiones) están bajo el control directo o indirecto del Estado; el costo del dinero no se fija al arbitrio del mercado, sino que lo gestiona y dirige el Estado. Para lograr este objetivo, se someten los movimientos internacionales de capital a controles, porque de lo contrario los capitales huirían a otros lugares en busca de mejor remuneración. Pero no sólo se controla la entrada de flujos de capital sino también su salida desde la periferia reprimida: la idea moderna de que las empresas (públicas o privadas) nacionales están ahí a la venta esperando al mejor postor, esa idea tan avanzada, aún no ha llegado a la periferia; y ello vale sobre todo en el sector financiero, donde se aplica a los bancos extranjeros un principio que los países desarrollados aplican sólo a los trabajadores extranjeros: «Yo no soy racista, siempre que cada cual se quede en su casa», un principio que da escalofríos cuando se aplica a la gente, pero también cuando no se les aplica a los bancos. Sin embargo, mira por dónde, Periferia está tan reprimida que incluso las instituciones financieras nacionales están controladas por el Estado, que les impone limitaciones a su cartera, lo que, a su vez, significa que estas instituciones tienen la obligación de comprar una cierta cantidad de la deuda pública, y también impone límites al crédito, lo que significa que los bancos no pueden prestar demasiado, es decir, que el sector privado no puede endeudarse demasiado. Por lo demás, ni siquiera el Estado toma prestado demasiado, y de hecho, su ratio de deuda / PIB ha disminuido porque las tasas de interés se mantienen bajo control, y entonces no es necesario perseguir, elevando la carga impositiva y la reducción de la tasa de servicios esencial, la explosión de pago de intereses (lo que significa redistribuir renta de los contribuyentes -que contribuyen- a los tenedores de bonos de deuda, quienes a menudo no contribuyen…).

Pues bien: en esto consiste la represión financiera. No se ocupó de ella Sigmund Freud, pero sí Carmen Reinhart (entre otros). Hay quien, con más cortesía, la llama «regulación» de los mercados financieros.

¿Les parece un mundo tan extraño, tan vetusto? Pues tienen poca memoria: hasta los años 80 este mundo fue nuestro mundo, el mundo occidental, y está claro que hace falta que vuelva a serlo.

Sea como fuere, ese mundo ahora ya no es el nuestro, así que la cosa no funciona: ¡Centro, que es un chico que ha evolucionado con el tiempo, no puede presentar a sus padres, «los mercados», a una chica tan pasada de moda! Así, Centro «sugiere» a Periferia ciertas reformas; o mejor: dos reformas cualesquiera, que, vaya por dónde, son las de siempre: la adopción de una tasa de cambio fijo y la liberalización de los mercados financieros y también de los movimientos internacionales de capital. 

Centro, que es bastante listillo, obtiene así dos ventajas. Primera ventaja: en la periferia la liberalización de los mercados financieros provoca una subida de las tasas de interés. Piénsenlo: el Estado ya no puede contar con una serie de compradores institucionales para sus títulos (ni el Banco Central, que se vuelve «independiente», ni los fondos de pensiones, que poco a poco pasan a manos del sector privado), de ahí que para financiarse tenga que ofrecer tasas de interés más altas.

Pero también las tasas del sector privado se liberalizan, así que tienden a crecer. Miren: en la periferia, necesidad de capitales, la hay, ya que, como hemos dicho, su base industrial está atrasada, y ello conlleva necesariamente que las tasas de interés tiendan a ser altas. Sin embargo, antes, cuando Periferia estaba reprimida, el Estado controlaba en cierto modo el coste del dinero manteniéndolo dentro de los límites que fijaba. Claro, el dinero costaba así relativamente poco, pero si la economía se recalentaba porque los empresarios se sacaban demasiados créditos, el Estado intervenía, acaso con instrumentos de tipo cuantitativo como el límite de activos bancarios. Y si, debido a un determinado coste del dinero, el sector privado se estaba endeudando demasiado financiando a crédito su demanda de bienes, entonces el Estado iba y les prohibía a los bancos prestar más allá de cierto límite. Pero ahora los controles cuantitativos quedan abolidos porque -qué horror- recuerdan a la economía planificada y nosotros no vamos a ser bolcheviques, ¿no? El mercado sabe qué hacer; dejemos que sean la oferta y la demanda quienes guíen los precios: ¡liberalicemos las tasas!

Si se quiere evitar que se conceda demasiado crédito, hay que dejar que las tasas de interés crezcan, desde luego. Así, los empresarios locales se pensarán dos veces el endeudarse a esas tasas superiores (la ley de la oferta y la demanda: si cuesta más, compro menos).

Sí, ya… Pero quizá han pasado por alto un detallito. Resulta que hemos liberalizado también los movimientos internacionales de capitales. Y entonces, ¿qué pasa? Pues que los acreedores del centro, los grandes bancos del sistema maduro, atraídos por esas tasas más altas, exportan capitales a la periferia. Capital, tienen, y a montones. Centro tiene, además, una industria que gana bien, y los industriales no suelen guardarse el dinero debajo del colchón, ¿saben? De modo que los bancos del centro, que, dinero, tienen, lo colocan en la periferia, donde tanto el Estado como los bancos privados pagan intereses mayores que en el centro, maduro, ahíto, repleto de capital.

¿Cómo lo hacen? Pues de mil maneras: abren sucursales de sus bancos en la periferia (ahora se puede); abren e stablecimientos financieros   que gestionan el ahorro y conceden créditos al consumo (ahora se puede); pueden integrar esos establecimientos financieros de crédito en las cadenas de distribución (supermercados, concesionarios) que, entre tanto, se han podido comprar (ahora se puede); pueden intervenir siempre en los mercados bursátiles y hacerse con paquetes de control de empresas nacionales (ahora se puede); y si alguna empresa nacional que hace mucho dinero fuera, desgraciadamente, pública, no hay problema: se compran dos o tres periódicos (ahora se puede) y unos pocos ministros (siempre se ha podido) y se empieza a difundir las veinticuatro horas del día la idea de que el Estado es ineficiente y fuente de todo mal, y que, por tanto, hay que privatizar las empresas públicas, empezando por las que funcionan. Ya está.

Ilustres economistas desde columnas de distinguidos periódicos aprobarán complacidos esas medidas.

Pero ¿por qué empezó todo con la obsesión del cambio? ¡Muy sencillo! Porque los capitalistas del centro desean (legítimamente) alimentar la prima de riesgo, la diferencia entre las tasas de interés, sin sufrir riesgo del cambio, es decir, sin correr el riesgo de que Periferia devalúe, que sería en el fondo lo natural para un país se convierte en un importador neto de capital y por lo tanto de mercancías. En el fondo no hay nada malo: juegos inocentes, siempre que se sepa acabarlos en el momento debido (es decir, en el momento adecuado: no sé por qué he usado la palabra «debido» que tiene que ver con «deuda»).

Y luego, piensen en esto un momento: aunque las tasas de interés sean las mismas en el centro y la periferia, al fijar el cambio se consigue un efecto de todos modos. ¿Saben cuál? Pues se lo digo ahora mismo: aumenta la prima de riesgo. «¿Cómo?», me responderán ustedes, «¿acaso al adoptar un tipo de cambio creíble no descienden las primas de riesgo, como ha ocurrido en Europa, donde los griegos y los españoles han podido beneficiarse de de las tasas alemanas?». Esperen un momento: a su razonamiento le falta una pata.

Al hacer una inversión en otra divisa, en el rendimiento general hay que considerar también la revaluación o devaluación que se espera para esta moneda. Un ejemplo práctico: antes del euro, el alemán que prestaba al español tenía que mirar no sólo a las tasas de interés más altas (en España), sino también lo que sucedería con el cambio. De poco vale ganar un punto de interés más prestándole a Carlos en lugar de a Hans, si luego va Carlos y devalúa, digamos, un 4%, ¿verdad? Ya, pero cuando hablamos de primas de riesgo, comparamos dos tasas de interés: no es que estemos hablando de cambio. Y es que está claro: hoy ya no hay cambio: 1 euro (español) vale 1 euro (alemán). Por eso no hablamos de cambio: porque ya no hay cambio. Pero cuando lo había, sí que se hablaba de ello.

¿Quieren un ejemplo? En 1998, un año antes de la entrada en Eurolandia, la tasa de interés de los valores a largo plazo era el 4.8 en España frente al 4.6 de Alemania (datos IFS, 2010), y por lo tanto la prima de riesgo era 0.2, es decir, 20 puntos básicos. Pero como la peseta en 1998 perdió cerca de un 1,2% frente al marco, la prima de riesgo efectiva, es decir, corregida por la devaluación, fue negativa: 0.2-1.2= -1.0, es decir, el inversor alemán, al prestarle a Carlos, al final salió perdiendo. Así que mejor prestarle a Hans. En 1999, las dos tasas bajaron a la par: España 4.7, Alemania 4.5. Luego, la prima de riesgo era 0.2, como el año anterior. ¿Y corregida por la devaluación? Oigan, amigos, ¡despierten! En 1999 estaba ya el euro, de manera que ya no había que corregir por la devaluación. ¿Entienden lo que significa? Pues significa que la prima de riesgo de España aumentó -1.0 a 0.2, es decir que aumentó un 1.2, o sea, 120 puntos básicos. Con el euro, mejor prestarle a Carlos, ¿no? Nos parece poco, ya lo sé, a ustedes y a mí que nos ocupamos de los movimientos de una cuenta bancaria con tres ceros (si la cosa va bien), pero si ustedes movieran millones de euros, esta diferencia en los rendimientos sería significativa, créanme, y llevarían su plata donde fuera positiva; en nuestro caso, a España.

La llegada de liquidez a la periferia abre nuevas oportunidades para la inversión y el consumo, tanto porque el flujo de entrada de dinero desde el extranjero, poco a poco, después de la fase inicial, hace que las tasas de interés y la prima de riesgo disminuyan (la ley de la oferta y la demanda) como porque la liberalización de los mercados financieros crea nuevas oportunidades de gasto. En el mundo reprimido no «se compra a plazos» un televisor; en el libre, sí. Los economistas llaman «mercados financieros perfectos» a aquellos donde se puede conseguir todo inmediatamente, con tal que haya quien les financie, obviamente pagando un precio. De manera que Periferia está eufórica: le parece estar tocando el cielo con un dedo. Excitada por los capitales del centro, alcanza cumbres de placer que jamás pudo imaginar hasta hacía unos meses. Orgasmos múltiples, lubricados a plazos: coche nuevo, frigorífico nuevo, nuevo televisor… Por no hablar de la posibilidad de obtener préstamos para comprar primeras e incluso las segundas viviendas (porque a menudo, en la periferia, una primera casa las familias ya la tenían)…

Como se puede ver, aquí entra en juego la segunda ventaja para Centro: drogando con sus capitales el crecimiento de rentas de Periferia, Centro se asegura un mercado para sus productos, que los ciudadanos de la periferia ya pueden adquirir gracias a los efectos directos e indirectos de un acceso más fácil al crédito.

Vamos, que es la historia de siempre. Centro sirve las copas, y Periferia, distraída (vale, no siempre), bebe y concede al centro los mayores favores… de sus ciudadanos, que compran, y compran, y compran, absorbiendo el excedente del maduro sistema industrial del centro.

Comienza la parte triste de la historia.

Periferia se hincha.

También aquí andan ustedes descaminados. No, no es un embarazo, sino una burbuja.

Imagino que saben bien qué es un embarazo, pues este es definitivamente un cuento para adultos. Pero ¿están seguros de que saben qué es una burbuja? ¿Cómo la definirían? Venga, vale, no quiero meterles en líos. Después de todo, si alguien me preguntara qué es exactamente un embarazo, no estoy seguro de que yo pudiera ofrecer una respuesta técnicamente exacta. Una burbuja es la desviación del precio de un activo financiero de su valor fundamental. Me explico. El valor actual de una acción, en principio, depende del valor de los dividendos futuros, de cuánto rendimiento va a garantizar la acción a largo plazo. Un valor incierto, por supuesto. La acción, sin embargo, también pueden ser comprada y vendida libremente, ya lo saben. Ahora: resulta que si alguien espera que los rendimientos futuros crezcan, ofrecerá más para comprar una acción determinada. Y si alguien espera que alguien ofrezca algo más, intentará adquirirla para venderla cuando otro esté dispuesto a pagar más. Al hacerlo (es decir, al adqurirla), contribuirá a que suba el precio. Esto se llama «expectativa que se autorealiza» (self-fulfilling expectation). Pues bien: como a la primera persona que hace este razonamiento las cosas le salen evidentemente bien, resulta que viene después un segundo, y luego un tercero, y un cuarto buscando esa acción, cuyo precio sufre un empuje al alza por una demanda que ya no tiene ninguna relación con el rendimiento esperado a largo plazo (los dividendos futuros) sino solo por la expectativa que todo el mundo tiene en que el precio crezca.

¿Entienden, pues, lo que significa que el precio se desvía del valor fundamental? La matemática financiera nos enseña que con tasas de interés del 5%, tiene sentido pagar 20 un trozo de papel que te da una renta anual de 1. Pero si, por alguna razón, ese pedazo de papel lo quiere tener todo el mundo, va usted y lo paga igual de contento por 100, ya que cree que al día siguiente lo venderá por 150. ¡Diablos! ¿Van a comparar un 50% en dos días con un 5% en un año?

Pero quienes tenían acciones en cartera el 25 de octubre de 1929 y esperaban la reapertura de los mercados el lunes siguiente ­-sí, ese que pasó a la historia como el «Lunes Negro»- saben muy bien lo largas que pueden llegar a ser cuarenta y ocho horas.

¿Y la burbuja inmobiliaria? Fácil: retrocedan unas pocas líneas, sustituyan la palabra «acción» por la palabra «apartamento», y la palabra «dividendo» por la palabra «renta», y ahí tienen la burbuja inmobiliaria, que, sin embargo, presenta una diferencia: que los apartamentos son menos «líquidos» que las acciones: no basta con llamar a su asesor financiero para deshacerse de ellos…

En resumen, Periferia, gracias al capital extranjero, crece. Crecen sus consumos, crecen también sus inversiones. Atraídos por este crecimiento, los mercados de capitales colocan en ella cada vez más capital. Tanto es así que el crecimiento drogado por la deuda privada (los capitales extranjeros prestados a familias y empresas) causa una mejora de las finanzas públicas: la relación deuda pública / PIB se estabiliza o desciende. Los bobos (¿o avispados?), según los cuales «la única deuda es la pública» se sienten seguros. ¡Qué virtuosa que les parece Periferia a los sheriffs del Fondo Monetario Internacional (¿ingenuos o cómplices?)! ¿Lo ven? Periferia es una chica buena, ha hecho lo que le decíamos nosotros, los sheriffs: se ha fijado un cambio «creíble» (eufemismo de mal agüero), se ha vuelto un poco ramera, o sea, se ha liberalizado, y los resultados se ven…

Libertad (financiera), ¡cuántos crímenes se cometen en tu nombre!

El flujo de capitales ya no se basa en la prima de riesgo, en la diferencia entre las tasas de interés de la periferia y las del centro. De hecho, puede ocurrir (aunque no siempre sucede) que esta diferencia se reduzca: la movilidad de los capitales, según dicen los libros de los economistas, iguala los rendimientos entre países (la ley de la oferta y la demanda). No siempre es así, pero incluso si lo fuera, ahora lo que atrae capitales a la periferia no es la tasa de interés, el rendimiento a largo plazo, sino las plusvalías, el crecimiento trepidante del precio de los activos.

En la economía drogada sube la fiebre: el acceso al crédito fácil hace que suba la inflación, y si al principio se acudía al extranjero para comprar artículos de lujo, con el tiempo los productos extranjeros se vuelven competitivos incluso en las franjas más bajas, ya que los precios internos han aumentado. Se profundiza entonces el déficit comercial, y se necesitan nuevos capitales extranjeros para financiarlo. Por otra parte, como ya hemos dicho antes, un importador neto de capital también es un importador neto de bienes.

Tal cual. Drogada: Periferia está drogada de capital extranjero, y la dosis debe ser más y más fuerte para que haga efecto. No hay crimen que Periferia no perpetre contra sí misma, con tal de conseguirla. Se prostituye de mil maneras, destruyendo en pocos años el estilo de vida y las expectativas razonables de rentas de sus ciudadanos, que se ven privados de la noche a la mañana de los derechos tenían por adquiridos, como la seguridad social y las pensiones; se desmantela el sistema industrial, que ya no le hace falta, ya que los capitales llegan, y llegarán siempre, y siempre se podrá comprar en el extranjero, donde hacen mucho mejor todo aquello que no conviene producir ya en casa. En resumen, Periferia entrega lo mejor de sí misma, se entrega por entero a Centro.

«¿Me quieres, Centro?». «Claro, Periferia». «¿Me querrás siempre, verdad?» «Pues claro, tontita mía, ¿acaso lo dudas? Por cierto, ¿para qué te vale ese consorcio, cómo se llama… el Consorcio Central de Uranio, Lignito y Oro. Venga, va, dámelo, dame el CCULO, verás que a cambio te entra una oleada de capital que ni te imaginas». «Pero ¿también tengo que darte eso?». «Pues claro, qué más te da, si ya me has dado todo…». «Pero es que mi madre me dijo…».»¡Tu madre! ¡Qué va a decir tu madre! ¿Has visto lo que dicen Solón y Licurgo en las columnas de El País? ¿Has visto cómo te invitan a vender el CCULO ?». «Pero es que tengo un poco de miedo…». » Ya, pero yo te quiero mucho, Periferia. Dime que sí, y verás cuánta liquidez inyectaré en tu circuito».

Total: la desdichada acaba cediendo.

Pero resulta que hay una ley, no sé si es económica o meramente natural, que dice que la avaricia rompe el saco. En economía, creo que la llaman la ley de los rendimientos decrecientes. Encontrar colocaciones productivas para masas enormes y crecientes de capital no es fácil, y las entradas de capital (sí, esas cuya carencia tanto extrañan a nuestros Quisling en Italia) son, para el país que las recibe, deuda exterior, que habrá que ser reembolsar, pero que, cuanto más crezcan, menos rentas producirán para saldarlas.

Ah, ¿no lo sabían? ¿Cómo? Precisamente ustedes, los lugarcomunistas, los espagueti-liberales, los heraldos de la economía de libre mercado y de la economía ortodoxa, vienen a ignorarme esta otra sencilla verdad: no hay barra libre, nadie da de comer gratis, no free-lunch, no se puede obtener algo a cambio de nada. Ya veo, ya veo… En realidad, sí, me pareció leer algo en este sentido en la prensa. Saben, ahora yo sólo la uso para envolver pescado, pero resulta que un día, entre una escama de lubina y un manchurrón de tinta de sepia, me pareció vislumbrar que hay una genial progenie de imbéciles que cree que los capitales del extranjero llegan gratis, que los inversores extranjeros compran acciones españolas, o que se hacen con el control de empresas españolas porque somos simpáticos y creativos; vamos: porque nos quieren mucho. Y que los flujos de capital son buenos: los necesitamos, ellos nos lo dan, y se acabó la historia. Pero pensé que había leído mal, ya saben: iba a toda prisa, tenía la sartén al fuego, los invitados en la terraza… Ahora: ¿me van a decir ustedes que realmente hay alguien tan estúpido como para pensar que los extranjeros el capital nos lo regalan y que no sólo no se han de malvender las empresas públicas y privadas a los extranjeros sino que lo que se ha de hacer es fomentar ese mal negocio? ¿Y me dicen encima que a ese alguien le dejan escribir en los periódicos?

Pues me van a disculpar, pero yo, a partir de mañana, con esos periódicos no vuelvo a envolver el pescado. Las pobres lubinas no merecen tan abyecto sudario.

Se lo explico: quienes prestan saben bien que pedirán que les devuelvan el dinero con intereses. ¡Como que van a regalarlo…! ¡Ni que fueran bobos! Esto vale para todos los tipos de préstamos, ¿entendido?

Un ejemplo: los que compran una empresa en la periferia, no lo hacen porque quieran crear puestos de trabajo y crecimiento en la periferia (de hecho, en dos de cada tres casos empiezan despidiendo a gente, ¿se han dado cuenta?). No: lo hacen porque quieren hacer dinero para luego llevárselo al centro (y tal vez, para hacer todavía más negocio, se saltan algunas reglas y todo, ¿no se habían dado cuenta?). Pues bien: traten de meterse bien en la cabeza este simple hecho: lo que hoy es una entrada de capital, mañana se convierte en una salida de rentas. El flujo de entrada de capital extranjero (para comprar un título público, para financiar la compra de una segunda vivienda o una televisión de plasma de un ciudadano, para adquirir una empresa), mañana se convierte en una salida de ingresos hacia el extranjero (intereses o beneficios). ¿Entendido? Hoy entra el dinero, en forma de crédito (para el centro), es decir, de deuda (para la periferia). Mañana se va el dinero: son ingresos pasivos en el balance de pagos, ingresos que aumentan aún más el déficit exterior de la periferia, que, como enseña la usura, en un momento se ve obligada a pedir prestado capital adicional, no ya para financiar la inversión productiva, e incluso para financiar el consumo, sino simplemente… ¡para pagar los intereses! Un capital que Periferia al principio ni quería ni necesitaba, ¿recuerdan? En el mundo «reprimido» el circuito del ahorro se cerraba dentro del país: a Periferia le bastaba con los ahorros de sus ciudadanos, que los tenían, porque, como no todo se había privatizado, los servicios esenciales no costaban cada vez más dinero. En el fondo no se estaba tan mal. Algo se ahorraba.

Nos vamos acercando al triste epílogo.

Un buen día Periferia se despierta con náuseas, vómitos. ¿Una gran empresa entra en crisis financiera? ¿Los bancos tienen síntomas de «sufrimiento» (o sea que entienden que sus deudores no podrán devolver el dinero)? En resumen: algo ha ocurrido. El amor se acaba, y da paso a cierto malestar. Centro empieza a dudar de la capacidad de Periferia para saldar sus deudas. Exige, pues, el pago de intereses cada vez mayores para protegerse del riesgo: la prima de riesgo, que había empezado alta (¿recuerdan?), y luego se había anulado, despega de nuevo. Periferia entra en una espiral de deuda exterior. Se hincha más y más. Para saber cómo sigue la historia, basta con abrir un periódico. No es un final feliz.

 

Alberto Bagnai es profesor titular de Economía Política en la Universidad Gabriele D’Annunzio de Pescara. Acaba de publicar recientemente el libro Il tramonto dell’euro [El ocaso del euro], aún por traducir y editar en español. Desde hace un año este economista keynesiano edita un blog de gran éxito: Goofynomics

Fuente: http://goofynomics.blogspot.it/2012/11/il-romanzo-di-centro-e-di-periferia.html

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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