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Ucrania

El fascismo no es ninguna opinión, es un crimen

Fuentes: Naiz

Parece que se ha olvidado esta máxima en Alemania porque en mi Isla de la Felicidad se ha hecho de moda llamar «ultranacionalistas» a los neonazis de Svoboda y cía. Esta «reconversión semántica» se debe a que gracias a la intervención del socialdemócrata alemán Frank-Walter Steinmeier, a la sazón ministro de Asuntos Exteriores, sin olvidar […]

Parece que se ha olvidado esta máxima en Alemania porque en mi Isla de la Felicidad se ha hecho de moda llamar «ultranacionalistas» a los neonazis de Svoboda y cía. Esta «reconversión semántica» se debe a que gracias a la intervención del socialdemócrata alemán Frank-Walter Steinmeier, a la sazón ministro de Asuntos Exteriores, sin olvidar la ayuda de sus homólogos, el francés Fabius y el polaco Sikorski, los bisnietos ideológicos de Hitler y de su colaborador ucraniano Stepan Bandera están ahora en los puntos clave del poder político en Kiev. Hay fotos que documentan este extremo.

En Alemania presentadores y políticos tuvieron que marcharse por haber empleado algún eslogán del lenguaje propagandístico nazi por descuido y sin pertenecer a esta versión alemana del fascismo internacional.

En Alemania el SPD y otros partidos han llevado ante la Corte Constitucional al partido neonazi NPD por considerarlo anticonstitucional – ahora el SPD lleva a los «Kameraden» ucranianos de los fascistas alemanes al poder en Kiev.

Esta es una de aquellas contradicciones que sólo la socialdemocracia sabe producir sin que se levante la más mínima protesta.

Hoy, la diputada del partido Die Linke (La Izquierda), Ulla Jelpke, critica en un artículo, publicado por el diario junge Welt, a su propio partido porque «de forma contínua se llama al diálogo con todos los actores y a una solución pacífica». Pienso que «diálogo» y «paz» son dos conceptos incompatibles con el fascismo al ser una ideología que se basa en el orden, el mando y en la razón de la fuerza del más fuerte.

Ante la desorientación de la izquierda alemana (en general) ya no me extraña que la estadounidense Hillary Clinton ha podido llamar «Hitler» a Vladimir Putin. Parece que la confusión de conceptos y de hechos históricos ya no tiene límite alguno.

La política, «demócrata» ella, no es la única; su par alemán es el nuevo director de la oficina de la fundación Konrad Adenauer (KAS) en Uruguay, Georg Eickhoff. » Pero lamentablemente falta el caudillo capaz de unificar. #Venezuela» tuiteó sobre las «guarimbas» el 2 de febrero. Hace años el alcalde cristiano demócrata se largó de su pueblo germano hasta la lejana República Bolivariana poco antes de que el consejo municipal le echase del cargo por haber llevado el municipio a la bancarrota. Durante su estancia en Caracas, Eickhoff comparó constantemente la política del presidente Chávez con el nazismo alemán. Y ahora está buscando un «caudillo». Tanto tiempo en América Latina y todavía no se ha dado cuenta de los cambios que se han producido en el continente desde 1998 gracias también al comandante supremo de la Revolución Bolivariana.

Volviendo al Viejo Continente, ayer Hermann Tertsch disertó en su artículo «Ucrania, el genocidio de Stalin», publicado por ABC: «El dictador soviético asesinó entre 1932 y 1933 a 7 millones de ucranianos, algo que ni Hitler logró.» Los revisionistas de los crímenes nazis a ambos lados de los Pirineos se habrán alegrado al leer esta «comparación» que deja bien al «Führer». A Tertsch se le olvidan al menos tres cosas: primero, unos 20 millones de ciudadanos soviéticos pagaron con sus vidas por la agresión nazi; segundo, en los planes de los nazis, Ucrania debería haberse convertido en la «cámara de trigo» del Reich y para ello Berlín necesitaba esclavos. «Excluidas» de esta medida quedaron aquellas personas calificadas de «judíos» y/o «comisarios políticos», porque de éstas se ocuparon ipso facto los escuadrones de muerte de las SS y del Ejército alemán mientras que los presos de guerra soviéticos se morían de hambre en los campos. Tercero, el Estado español apoyó esta «guerra de exterminio» nazi enviando al «frente del Este» la «División Azul», a la que hoy en día rinden homenaje no sólo los (post)franquistas como el PP, sino también el PSOE.

¡Vaya ambiente que se está formando en algunas cabezas si no se hace memoria histórica!

Y para más inri, el secretario general de la OTAN, Anders Fogh Rasmussen, acaba de decir en relación con el referéndum de Crimea: «Nadie debería intentar de trazar nuevas fronteras en el mapa de la Europa del siglo XXI».

Tal vez esta frase no me daría tanto a pensar si el jefe político de esta organización militar hubiera utilizado algún nombre concreto en vez de la variable «nadie». Ahora, este «nadie» puede ser Putin, pero también Arturo Mas o Sean Connery o cualquier otra persona en Escocia, Catalunya, Euskal Herria o donde sea, la cual quiere recurrir al derecho a decidir para saber si hay mayoría para cambiar alguna parte del mapa europeo.

Lo que vemos en Ucrania es un peligroso pulso geopolítico entre EEUU, la OTAN y la UE por un lado, y Rusia por el otro. Al haber perdido la guerra por Siria y el puerto militar ruso en ese país, la Santa Trinidad del Imperialismo occidental quiere lograr una victoria estratégica atacando a Moscú desde Ucrania. No se trata de una batalla de ideas, sino de una guerra en la que todo vale, incluida la colaboración con los fascistas. La cuestión ya no es lo que Putin es o lo que deja de ser, sino quien está con los fascistas y quien no.

Y lo que me inquieta no son los neonazis de aquí o de allá porque gracias a su ideología y la Historia sabemos cómo vencerlos – digo sólo «primero Stalingrado, después Nuremberg». Espero que no tengamos que volver a estos extremos. Pero infunden desconfianza aquellos «demócratas» (me da igual si llevan el «cristiano» o el «social» por delante) y aquellos «izquierdistas» que por posibilismo político intentan justificar lo injustificable: colaborar con fascistas.

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