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Contra la Europa del capital, la globalización y la guerra. Materiales para el debate: entrega V

El fetichismo de la Constitución

Fuentes: Rebelión

Fetichismo es la cualidad de un objeto para ostentar un poder que no le pertenece por naturaleza. Por ejemplo, el Capital aparenta poseer el principio de cooperación cuando, en realidad, dicho principio radica en las personas. Este poder, expropiado a sus legítimos poseedores, exige un acto previo de violencia, rompiendo los lazos comunitarios y sociales […]

Fetichismo es la cualidad de un objeto para ostentar un poder que no le pertenece por naturaleza. Por ejemplo, el Capital aparenta poseer el principio de cooperación cuando, en realidad, dicho principio radica en las personas. Este poder, expropiado a sus legítimos poseedores, exige un acto previo de violencia, rompiendo los lazos comunitarios y sociales que vinculan a unas personas con otras en redes de producción, consumo, acción política y producción cultural desde lo social.

Una vez «libres» y solitarios, los individuos se ven obligados a comportarse como individuos individualistas que luchan entre sí en una carrera enloquecida y competitiva, en pos de los puestos de trabajo escasos en manos del capital.

Sin trabajo asalariado no habría capital, pero el capital parece ser la fuente del trabajo. Sin trabajo de cuidados no habría trabajo asalariado ni capital. Pero el trabajo de cuidados es invisible y ocultado por el trabajo asalariado y el capital.

Decir que los empresarios crean puestos de trabajo, es una idea fetichizada. Realmente la riqueza, el Capital, procede del trabajo. El Capital es un predicado del trabajo, por lo tanto, la forma de expresar correctamente la relación entre empresarios y trabajadores debería ser: «los trabajadores crean puestos de empresario».

Lo chocante de esta expresión tiene que ver con el fenómeno del fetichismo, que hace aparecer la realidad invertida. Sin embargo, esta inversión fetichizada que muestra al sujeto como engendrado por el predicado, no se disuelve por el acto de comprenderla o denunciarla, porque está basada en la fuerza.

Por lo tanto la comprensión de la superchería es necesaria, pero no suficiente para acabar con ella. La fuerza necesaria para impedirla reside en el alzamiento de los cuerpos y de las conciencias contra la autodeterminación del capital y su Constitución como principio de realidad. Es decir, la fuerza está en la autodeterminación de las víctimas del terrorismo capitalista global, en el poder constituyente de los trabajadores, las mujeres y los pueblos.

El poder constituido y la Constitución, parecen poseer de por sí la soberanía popular. El poder constituido afirma al poder constituyente porque necesita vampirizar su fuerza vital sin la que, el poder constituido, no podría existir. Pero al tiempo lo niega, porque la dinámica constituyente desbarata la estabilidad del poder constituido. Por eso, la Constitución, aspira permanentemente a convertirse en una tumba para el poder constituyente, aunque la Constitución lo invoca en vano, a través del concepto, previamente disecado, de «soberanía popular».

Esta operación es imposible, porque no se puede matar la fuerza de la vida sin matar, al tiempo, todas sus formas de expresión, incluyendo el propio poder constituido. Por eso, el poder constituido, recupera, manipula, desvía ó sofoca la potencia de las expresiones de autodeterminación social en función de su propia permanencia. Permite y estimula las actividades que le son útiles: trabajo asalariado, consumismo, individualismo, racismo, compasión, separación entre la esfera privada para las mujeres y la esfera pública para los hombres.

Pero reprime las expresiones que le amenazan: política desde la sociedad, apoyo mutuo frente a estado y mercado, autodeterminación de los sujetos sociales, política como transformación del individuo individualista y construcción del individuo social, economía fuera del dinero y la competitividad, trabajo fuera del mercado, necesidad fuera del precio, bienestar fuera de la apropiación, cuidados fuera de la obligatoriedad para las mujeres, deseo fuera del consumismo, valor de uso fuera del valor de cambio, libertad fuera del individualismo, seguridad fuera del militarismo y la violencia, solidaridad compasiva y política frente a solidaridad compasiva y despolitizada.

La consolidación del poder constituido del capital depende de la desactivación del poder constituyente popular. Una vez realizado el robo de la fuerza popular constituyente, el poder constituido necesita la violencia material para sofocar cualquier proceso de autodeterminación y la violencia simbólica para legitimarse. Para ello, utiliza las palabras arrancadas de sus raíces materiales. Así, puede defender el humanismo y la dignidad de la vida desde la guerra, el hambre, la matanza cotidiana de las carreteras, los accidentes de trabajo y la muerte por enfermedades evitables.

Puede constitucionalizar el trabajo digno facilitando el despido y la precariedad, la democracia desde la privación de las libertades y derechos para la mayoría; la libertad desde la creación de instituciones que someten a las personas; la paz desde las invasiones y ocupaciones, el imperio de la ley y desde la ley del imperio y la lucha contra el terrorismo desde el terrorismo de estado. Desde esta lógica se despliega la campaña que pide el SI a la «Constitución Europea».

Estos mecanismos represivos tienen su condición en la invisibilidad de su proceso de constitución. Al no ser explícito el proceso de producción de la realidad, ésta se muestra como algo natural y necesario. Al igual que el criminal borra sus huellas, el poder constituido necesita borrar las huellas de su propia constitución, ocultar que su existencia se basa en la desigualdad y la violencia y que su fuerza procede de succionar o reprimir la fuerza vital de las personas, las mujeres, los pueblos y la cooperación social.

En esta ocultación radica el consentimiento de las mayorías, llamado «madurez democrática ciudadana», sobre el que se legitima el poder constituido. La democracia derivada de este consentimiento es delegada, contemplativa, reversible y degradante. Una máscara del capitalismo.

Por el contrario, en el enfrentamiento contra los múltiples daños de esta lógica, se sientan las bases para la democracia: la autodeterminación de los sujetos sociales que se expresan políticamente; el reconocimiento de «los otros» como sujetos enfrentados al enemigo común y la construcción, en ese proceso, de nuevos lazos y valores comunitarios, y la reapropiación del poder individual expropiado, como la cuota parte del poder colectivo. Este es el escenario para la conformación del poder constituyente popular, que no es algo ontológicamente ligado a la condición de explotado y oprimido, sino algo dependiente de la libertad y la voluntad de las personas, las mujeres y los pueblos.

En la dinámica constituyente de la sociedad, se disuelve el fetichismo del poder estatal. Lo que antes era políticamente imposible, porque era inimaginable, se convierte en políticamente posible al ser imaginado por la multitud. El progreso del poder constituyente exige contar con los problemas reales y la participación de la gente, no solo con los problemas reales y la participación de los intelectuales que predican la buena nueva de la «Inteligencia General» y de los políticos que predican «la bendita posibilidad de la Europa Política».

El Tratado, mal llamado «Constitución Europea», es la máxima expresión del fetichismo del capital al elevar su autodeterminación y soberanía a una escala plurinacional y pluriestatal, sin que las instituciones políticas y jurídicas, ya impotentes a escala de los Estados, crezcan a su mismo nivel. La fuerza constituyente que ponga coto a este proceso no puede avanzar desde dentro de la lógica económica y política que lo impulsa. Tiene que avanzar desde fuera, para incorporar a mucha gente de buena voluntad, pero poco carácter, que sufre y languidece dentro. El Movimiento contra la Globalización, la Europa del Capital y la Guerra, lo ha hecho durante 20 meses. Por eso algunos quieren enterrar su recuerdo.

EN DEFENSA DE LOS DERECHOS SOCIALES, LA DEMOCRACIA Y EL DERECHO DE AUTODETERMINACIÓN. NO A LA CONSTITUCIÓN EUROPEA. LO QUE MAS LES DUELE: NO VAYAS A VOTAR.


Nota: Este artículo forma parte del libro: «Constitución(es). Autodeterminación(es). Movimiento Antiglobalización.», de próxima salida. Otros materiales: en la web del CAES www.nodo50.org/caes

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