Recomiendo:
0

Francia: la implacable lógica de la adaptación neoliberal del gobierno

Fuentes: L´Anticapitaliste

Traducción de Faustino Eguberri – Viento Sur

¿Cómo ha podido Arnaud Montebourg imaginar que su ataque contra la política económica del gobierno del que era ministro de economía no desencadenaría una tormenta, que ha acabado con su expulsión? Más allá de las trayectorias personales, la crisis de finales de agosto se sitúa en la lógica implacable de las evoluciones a las que asistimos desde comienzos de 2014.

La primera en disparar ha sido la antigua ministra de vivienda y dirigente de EELV (Europe Ecologie Les Verts), Cécile Duflot, vía la publiacación de las páginas del libro que relata su experiencia en el gobierno. «Por no haber querido ser un presidente de izquierdas, no ha encontrado jamás ni su base social ni sus apoyos. A fuerza de haber querido ser el presidente de todos, no ha sabido ser el presidente de nadie». «A fuerza de utilizar los argumentos y las palabras de la derecha(…) ¿cuál es la diferencia con la derecha? ¿Un carné de un partido diferente?» /1.

Algunos días más tarde, Montebourg desenfundaba a su vez, denunciando «la reducción dogmática de los déficits, que nos conduce a la austeridad y al paro», «aberración económica, pues agrava el paro, un absurdo financiero, pues hace imposible el restablecimiento de las cuentas públicas, y un siniestro político, pues echa a los europeos en brazos de los partidos extremistas». Más aún, atacaba abiertamente a Angela Merkel, y por tanto a la «pareja franco-alemana»: «Si tuviéramos que alinearnos con la ortodoxia más extremista de la derecha alemana, eso significaría que, aunque los franceses votaran por la izquierda francesa, en realidad estarían votando por la aplicación del programa de la derecha alemana» /2.

Se ha contado que Valls habría ido a ver a Hollande para decirle: «o Montebourg o yo». De todas formas, ningún presidente ni primer ministro puede aceptar sin reaccionar tales críticas, salvo que quiera ver su autoridad reducida a la nada, por no hablar de la coherencia de la acción gubernamental. Nada acredita por otra parte la idea de que hubiera habido entre Valls y Hollande algún tipo de oposición. «La diferencia es que el primer ministro asume claramente lo que el presidente no se había atrevido a decir a los electores. Manuel Valls ha impuesto quizá a François Hollande que diera la cara, que fuera claro, pero los dos hombres están perfectamente de acuerdo sobre las cuestiones económicas. El candidato socialista en 2012 defendía un discurso similar respecto a la empresa (…). En mi opinión, la pareja ejecutiva funciona bien, pues comparten las mismas ideas. Hay una diferencia clara de estilo y de personalidad, siendo Valls más franco y directo que Hollande, lo que da al primero una indudable superioridad retórica, pero su alianza se mantiene por el momento» /3.

Adiós por tanto a Montebourg, pero también a Benoit Hamon -antes de 2012, el dirigente del ala izquierda del PS- así como a Aurelie Filippetti, que, como ministra de cultura, se había mostrado un poco condescendiente frente a los trabajadores intermitentes del espectáculo. Bienvenido Emmanuel Macron, el joven banquero adulado de los medios de negocios e inspirador del pacto de responsabilidad, instalado en economía para dejar clara la diferencia. Luego vinieron las declaraciones de amor de Valls a la patronal, saludadas por la ovación en pie en la universidad de verano del Medef (la patronal francesa). Con, más que una reafirmación de la orientación neoliberal, la promesa de que ésta será profundizada y su aplicación acelerada.

Contradicciones que se habían vuelto insostenibles

 

Tres acontecimientos o procesos han concurrido en el desencadenamiento de esta crisis: el coming out neoliberal de Hollande, confirmado luego con el nombramiento de Valls; los malísimos resultados del PS en las municipales de marzo y las europeas de junio, acompañados de los éxitos de la extrema derecha; la nueva degradación de la situación económica desde comienzos de año.

Tras haber mentido durante su campaña electoral («mi enemigo es el mundo de las finanzas»), Hollande había mantenido primero fragmentos de discurso que podían aún dar una vaga impresión de izquierdas, apoyándose sobre algunas medidas simbólicas, en particular el famoso tramo de imposición al 75% (que, según el nuevo ministro de economía sería ¡»Cuba, pero sin sol»!. Pero lo que quedaba de ambigüedad fue levantado a partir del 31 de diciembre de 2013, cuando el presidente anunció su adhesión a la «política de la oferta» (que privilegia los márgenes y la competitividad de las empresas en detrimento del poder de compra y del consumo), y en consecuencia el pacto de responsabilidad coelaborado con el Medef.

La pesada derrota de las municipales ha constituido una primera sanción. Nombrando como consecuencia a Valls como primer ministro, Hollande manifestaba sin embargo su voluntad de proseguir e ir más lejos, en lo que la mayor parte de los comentaristas describían, en oposición a las «viejas ilusiones de la economía administrada», como un giro socialdemócrata o social-liberal (en realidad, bastante clásicamente neoliberal).

Que en ocasión de la formación de su primer gobierno, Valls haya hecho alianza con Montebourg y Hamon, partidarios de un relanzamiento por la demanda y de una dosis de soberanismo económico, forma parte de los misterios de la política burguesa-institucional. Eso no ha impedido sin embargo una derrota en las elecciones europeas, agravada por el hecho de que el FN se ha visto por primera vez a la cabeza de un escrutinio nacional; ni la caída libre de la popularidad de Valls (del 60% a menos del 40% en tres meses), tras un estado de gracia tan efímero como engañoso.

El otro elemento que tiene un gran peso en la situación -y constituye la tela de fondo del descrédito gubernamental así como de la crisis política global- es la instalación en el estancamiento económico, con las amenazas de nueva recesión, incluso de deflación. El crecimiento ha sido nulo en el primer y segundo trimestre (mientras que la actividad retrocedía de abril a junio en Alemania y en Italia). El corolario inevitable es la subida permanente del paro. A ojos de la inmensa mayoría, los más de 500.000 parados suplementarios desde la elección de Hollande rubrican su fracaso. A partir de ahí, dos interpretaciones y dos tipos de respuesta son posibles. Una, a la que Montebourg, Hamon o Dulfot se han adherido, estima que la política seguida es errónea y que han que modificar la dirección o cambiarla del todo. La otra, que prevalece, considera que esta política, cuyos resultados tomarán tiempo, no ha ido suficientemente rápida ni suficientemente lejos. En cualquier caso, está libre la vía para que estallen las contradicciones que hasta ahora habían permanecido ocultas.

Además de a la credibilidad de las autoridades del estado, el despido rápido de las voces discordantes responde a una segunda razón: la presión de la patronal, que exigía ser tranquilizada. «Las disensiones, en el seno mismo del gobierno así como de la mayoría parlamentaria, plantean un gran problema: provocan incertidumbre, dificultan la confianza, y por tanto el crecimiento (…). Lo que cuenta, son las previsiones de las familias y de las empresas. Para eso son precisas la unidad, la estabilidad, la constancia. Sin embargo los anuncios del ejecutivo son turbados por la confusión creada por quienes pretenden defender una política diferente» /4.

¿Un Schröeder francés?

 

Se ha hecho la comparación por quienes esperan que Valls (u Hollande, o la pareja) se convierta en el «Gerhard Schröder francés». Hace diez años, fue en efecto un dirigente socialdemócrata quien impuso en Alemania una adaptación brutal a las exigencias del neoliberalismo, obtenida por una bajada de los salarios y la destrucción de numerosas conquistas sociales. No es una incongruencia. Desde el punto de vista de la burguesía francesa (e incluso internacional), tal ha sido incluso desde el comienzo la función posible y deseada de un gobierno de izquierdas: hacer el trabajo sucio que Sarkozy no había sido capaz más que de esbozar, de forma que se resolviera el diferencial de competitividad del que sufre el capitalismo francés respecto a sus principales concurrentes.

Las primeras medidas anunciadas desde la puesta en pie del gobierno Valls 2 -congelación o supresión de los umbrales sociales, extensión del trabajo al domingo, puesta en cuestión más en general del Código de Trabajo, nuevos retrocesos en lo referido a las 35 horas, supresión o aligeramiento de las medidas de bloqueo de los alquileres tomadas últimamente por Duflot- van todas en ese sentido.

Queda por saber si Hollande-Valls serán capaces de llevar este proyecto hasta el final. Y a qué precio.

La crisis va a continuar

 

La estructuración de una disidencia, a través de la nueva corriente «Viva la izquierda», ilustra el hecho de que la crisis del PS está todo menos resuelta, cualesquiera que sean las inconsecuencias de los «rebeldes», incluso desde un punto de vista keynesiano-burgués más allá del cual no van. La causa primera de los enfrentamientos y divisiones internas no reside, en efecto, en divergencias ideológicas -a las que se habían bastante bien acomodado hasta ahora los «socialistas»-, sino en el rechazo por las clases populares de la política de austeridad, conduciendo por su parte a una verdadera ruptura política con el gobierno y el PS.

En estas condiciones, una prosecución del hundimiento y una marginación política, a imagen del proceso que el PASOK ha conocido en Grecia, comienzan a resultar hipótesis creíbles.

Más allá del PS, es todo el dispositivo político de la burguesía, en pie desde los años 1980, el que está sacudido por el ascenso del FN y las divisiones persistentes en el seno de la UMP, segundo pilar del bipartidismo y de la alternancia izquierda-derecha. La amplitud del problema ha sido puesta en evidencia en dos sondeos, publicados a mediados y finales de agosto por el Journal du Dimanche. Según el primero, el 85% no otorga su confianza al gobierno; según el segundo, más del 60% estima que los partidos políticos son inútiles, y más aún que son «incapaces de reformarse» o que están «alejados de las preocupaciones» de quienes se suponen que representan.

Hablar hoy de «crisis de régimen», como han hecho a la vez Le Figaro y Libération, tiene que ver sin embargo con una cierta exageración. Las instituciones políticas continúan, en efecto, funcionando. Para que se paralicen, sería preciso que los «rebeldes» se atrevieran a oponerse al gobierno, es decir, que le pongan en minoría votando contra el presupuesto y la anunciada ley «sobre el crecimiento». Como no están dispuestos a poner en riesgo su puesto en elecciones legislativas anticipadas, no hemos llegado (¿aún?) a esa situación.

Notas

 

1/ Extractos de «De l´intérieur. Voyage au pays de la désillusion», Editions Fayard, publicado el 25/08/2014.

2/ Discurso en la «Fiesta de la rosa», el 24/08/2014 en Frangy-en-Bresse.

3/ Según el profesor de ciencias políticas, Christian Bouillaud, entrevistado el 27/08/2014 por Figaro Vox.

4/ Según Emmanuel Macron en su entrevista al Point del 28/08/2014

L’Anticapitaliste, N° 57, setiembre 201: https://npa2009.org/