Recomiendo:
0

Italia: la nueva laceración

Fuentes: Sin Permiso

Si el gobierno del país lo deciden las primarias del PD…  He pasado buena parte de mi vida (política y civil, se entiende) combatiendo las esclerosis conservadoras del orden político-institucional italiano, su genética propensión a recorrer y volver a recorrer sin fin las viejas costumbres y los viejos vicios. Tras mi último artículo («Nuovi, ma […]

Si el gobierno del país lo deciden las primarias del PD… 

He pasado buena parte de mi vida (política y civil, se entiende) combatiendo las esclerosis conservadoras del orden político-institucional italiano, su genética propensión a recorrer y volver a recorrer sin fin las viejas costumbres y los viejos vicios. Tras mi último artículo («Nuovi, ma diversi» [«Nuevos, pero diferentes»], Il Manifesto, 16 de enero) me han atacado desde derecha e izquierda (por así decir) como defensor intransigente del status quo, sordo a las exigencias de lo nuevo que avanza. Una vez más, era todo lo contrario: me he esforzado, como siempre, en mostrar qué antiguallas rezuman, tras las las superficiales apariencias, lo nuevo que avanza.

No me habría esperado, sin embargo – lo digo con gran sinceridad, – que, en el curso de pocos días, lo nuevo que avanza desvelase tan claramente el coágulo de obtusa brutalidad y de atávica repetitividad que ello oculta. Me refiero obviamente a cuanto ha sucedido en el seno de la (sedicente) Dirección del PD y sus alrededores. Tengo cada vez más la impresión de que intérpretes y comentaristas de los sucesos políticos ita­lianos (en este caso uso el término en sentido estrictamente técnico) han perdido, en su largo oficio, el sentido de las cosas que suceden.

Así pues:

1. La dirección de un partido derroca con amplísima mayoría a un Presidente del Gobierno que forma parte de esa dirección y es exponente autorizado y respetado de ese partido; 

2. De dicha decisión no se da explicación ninguna (no quiero decir ninguna creíble, sea política, social, económica, personal; digo ninguna) que no sea la energización vitalista del proceso;

3. No hay programa, no hay propuesta, no hay rumbo, no hay (una posible y nueva) metodología de la discusión y de la acción política, no hay indi­cación de una nueva mayoría; 

4. La energización vitalista del proceso se confía por consiguiente a las presuntas (muy presuntas) capacidades espectaculares de un protagonista, Matteo Renzi.

O sea, un político del que en realidad no se conoce nada, ni sus capacidades administrativas nacionales ni relaciones internacionales ni cultura política sino sólo la «desmesurada ambición» de alcanzar «su» resultado lo antes posible, volcando la mesa, vendiendo a los compañeros, ignorando las reglas, exhibiendo actitudes propias de cabaret.

Pero hay más, hay algo que convierte el conjunto – en sí grotesco y directamente inverosímil – en peligroso y que ha de observarse con el máximo de atención. En un régimen democrático-representativo el poder, también el personal, se forma a lo largo de los radios de una hilera que presenta, en cada una de sus articulaciones, una oportunidad de verificación y, llegado el caso, de promoción.

Sabemos perfectamente que este modelo, – que puede incluso que no nos haya gustado mucho en el pasado, pero en relación al cual no se ha encontrado uno mejor – ya se ha deteriorado, y así continúa, al menos en Italia, por múltiples motivos de caducidad. Berlusconi y el berlusconismo, Grillo y el grillismo constituyen los ejemplos más clamorosos.

Renzi y el renzismo consti­tuyen la adecuación improvisada y de improviso del centroizquierda y de la izquierda a esa modelización político-institucional no democrático-representativa (quizá podríamos decir, a partir de este momento, más francamente antidemocrático-representativa). Pero esto ya lo sabíamos y ya lo habíamos dicho, por añadidura. ¿Qué ha sucedido entonces para asombrarnos y preocuparnos más, mucho más? Ha sucedido que el esquema no democrático-representativo ahora se ha trasladado, sin esfuerzo apa­rente, de la escala de una fuerza político-partidista, bien que de primer orden, a la del gobierno del país. Es decir, que el gobierno del país se substrae al mecanismo de las verificaciones y de las promociones conectadas tradicionalmente con el sistema democrático-representativo, y queda delegado en una problemática, mejor dicho, obscura consulta extra-democrático-representativa.

Es decir: la única fuente (pido a todos que reflexionen sobre esta especificación que lo explica todo: la única, la única, la única) del poder renziano es el resultado de las primarias del 8 de diciem­bre de 2013, en las que derrotó a dos candidatos alternativos, Cuperlo y Civati. Yo recuso (puedo hacerlo tranquilamente: lo he hecho desde siempre) el valor legitimador, en sentido democrático-representativo, de las llamadas primarias. Las primarias pueden tener un valor orientativo para la elección de un candidato de coalición en la tesitura de una prueba electoral. Son una aberración inenarrable cuando se deriva de ellas el cargo de secretario de un partido y el hecho consiguiente de apoderarse prácticamente de esto (mayoría absoluta en la dirección, etc. etc.). Sería como si los órganos directivos de la Shell o del Eni fueran elegidos por los que pasan por la calle delante de sus sedes un día escogido por casualidad. Si a ese procedimiento, por si fuera poco, se le da carta de naturaleza, son chanchullos suyos, es decir, de los estúpidos hombres de la Shell o de la ENI [compañía estatal de petróleos italiana], o de ese partido del que estamos hablando.

Pero si el mecanismo traslada su peso a la formación de un gobierno que debería representarnos a todos ya no son chanchullos suyos, son asuntos nuestros. ¿Qué tenemos nosotros que ver con la estupidez del grupo dirigente del PD, pasado y presente?

Por consiguiente, recuso duramente también la legitimidad de un gobierno que sobre la base de estos procedimientos funda la génesis de su constitución como formación de poder en la gestión de las cosas italianas, es decir, de las nuestras. Es la primera vez que sucede en la historia de la Italia republicana.

Hasta el Cavaliere llegó más veces al gobierno con la fuerza del voto. Cuando no tenía bastantes, los com­praba. Pero al cabo, com­pradas o no, votaciones en el parlamento siem­pre había. Los votos sobre los cuales funda Renzi su pretensión de llegar ipso facto al gobierno son los de la masa que políticamente no se expresa, que se queda mirando, que es capaz solamente de ese gesto plebiscitario que confía a alguien, el Predestinado, su propia suerte. ¿Desprecio por la «democracia directa», por la «democracia desde abajo»? Faltaría más. Desprecio solamente por todo lo que delega en los demás, sin esforzarse por hacer emerger el proprio destino.

Italia tiene, ay, una sólida tradición en este campo y vuelve a resurgir la coacción por repetirse en tiempos, objetivamente, de crisis interna del sistema democratico-representativo.

A la espera de organizar desde fuera del actual círculo de poder del país – algo, como sabemos, se ha empezado ya a hacer -, la última trinchera sigue siendo por ahora el Parlamento, este Parlamento. Dios mío. Una buena discusión sobre la ilegitimidad político-institucional y constitucional de los procedimientos hasta aquí seguidos serviría de cualquier modo para definir, precisar y confinar en sus límites esta inédita, y enésima, desgracia italiana. Quien vota a Renzi en el Parlamento vota explícitamente a favor de la caducidad de la democracia representativa en este país: es decir, vota contra los organismos en los que vive y opera. 

Que no se invoque, por favor, como desde hace ya décadas, la suerte política, económica y europea de la pobre Italia. El último en poder hacerlo con alguna legitimidad, al menos formal, ha sido Enrico Letta. Fuera de juego Letta, Italia está en otra parte. 

Quien como yo no ha desechado probar sondas que permitan provocar reacciones en el cuerpo vivo del país, recoge a su alrededor una estupefacción profunda, un sentido de extravío sin igual. Quizás el (modesto) Conducator está perdiendo su energía vitalista justo en el momento en que parecería que le lleva a la cumbre. Este país, al que se le querría negar todo, se está indignando. No es poco.

Alberto Asor Rosa (Roma, 1933) es un prestigioso historiador y crítico de la literatura y la cultura italianas. Dirige actualmente el departamento de Estudios Literarios y Lingüísticos de la universidad La Sapienza de Roma.

Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón

Fuente: