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La Constitución Europea

Fuentes: El Mundo

El Partido Socialista Francés está dividido. François Hollande, su primer secretario, respalda el proyecto de Constitución Europea.En cambio, el número dos del partido, Laurent Fabius, lo rechaza y preconiza que se vote «No» en el referéndum que convocará Chirac. El debate llena muchas páginas de la prensa gala. Eso es lo primero que llama la […]

El Partido Socialista Francés está dividido. François Hollande, su primer secretario, respalda el proyecto de Constitución Europea.En cambio, el número dos del partido, Laurent Fabius, lo rechaza y preconiza que se vote «No» en el referéndum que convocará Chirac.

El debate llena muchas páginas de la prensa gala.

Eso es lo primero que llama la atención. Aquí los medios de comunicación no recogen ninguna polémica. Cuentan que a algunos políticos locales el proyecto les gusta más y a otros menos, pero no pormenorizan los detalles. Deben de considerarlos aburridos. Pasó lo mismo en su día con el Tratado de Maastricht, que en Francia fue muy debatido y aquí llegó, se aprobó entre bostezos y se volvió para casa sin pena ni gloria. El entonces presidente del Gobierno, Felipe González, llegó a decir que someter a referéndum el contenido de aquel Tratado sería como sacar a votación el color de los balcones de la plaza de Chinchón.

Ese hombre nos tomaba por imbéciles -por más de lo que somos, quiero decir-, y se le acabó notando.

Los socialistas franceses discuten sobre si esta supuesta «Constitución» (que no es una verdadera Constitución, y eso es lo primero que ponen sobre la mesa) representa un avance o un retroceso con respecto a los tratados en vigor dentro de la UE. Hay quien se queja de que lleva aún más lejos el actual modelo de construcción europea, que «armoniza» las reglas del neoliberalismo económico pero se lava las manos a la hora de homologar las normas de política fiscal y social. Otros responden que eso es cierto, pero que menos mal, porque si la UE homologara esas materias lo haría a la baja.

Me he detenido a leer lo que escriben en Francia los unos y los otros movido por un interés meramente estilístico, para evaluar la esgrima intelectual de los oponentes, que no es poca. Pero ni por un momento se me ha ocurrido la posibilidad de que los defensores del «Sí» a ese texto llegaran a convencerme de la necesidad de respaldarlo. Tampoco me conmueven nada los socialistas franceses que preconizan el «No»: el propio Fabius contribuyó decisivamente a asentar esta Europa antisocial de la que disfrutamos cada día más.

Puesto a reflexionar sobre qué hacer cuando llegue el referéndum preceptivo, la única duda que me asalta es si votar «No» (por mi cuenta y basado en mis propios argumentos, desde luego) o abstenerme. La abstención tiene un poderoso atractivo, porque añade al rechazo del texto la no participación en la farsa, pero tiene el inconveniente de que el gesto se queda en nada. Salvo que seamos mayoría los que hagamos el corte de mangas. Eso tendría su gracia.

De todos modos, el dilema no me quitará el sueño. Sé de sobra que al final, digamos lo que digamos los votantes, la oligarquía con mando en Bruselas acabará haciendo lo que mejor cumpla a sus intereses. Como siempre.