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Elecciones en Alemania

La derecha en el Parlamento

Fuentes: Rebelión

Hay alarma por los resultados de las elecciones alemanas de este domingo. Sin embargo, no hay ninguna sorpresa: magro triunfo de los demócrata cristianos y sus aliados social cristianos, caída prevista de la socialdemocracia, y una derecha xenófoba transformada en tercera fuerza política, con poco menos de 13% de los votos, que ya anuncia que […]

Hay alarma por los resultados de las elecciones alemanas de este domingo. Sin embargo, no hay ninguna sorpresa: magro triunfo de los demócrata cristianos y sus aliados social cristianos, caída prevista de la socialdemocracia, y una derecha xenófoba transformada en tercera fuerza política, con poco menos de 13% de los votos, que ya anuncia que va por el gobierno. «Hemos llegado para quedarnos», advierten.

Con la decisión de la socialdemocracia de abandonar la coalición de gobierno que integraba con Angela Merkel, a la canciller solo le que queda una alternativa para formar gobierno: aliarse con los verdes y con los liberales, que vuelven al Parlamento. Lo habían dejado después del fracaso electoral anterior, luego de un período aliado con los demócrata cristianos en el gobierno. ¿Querrán volver? Los verdes dicen que cobrarán caro por su eventual apoyo. Lo cierto es que Merkel y los suyos, con un 33%, obtuvieron su peor resultado electoral, aunque probablemente alcanzará para un cuarto período de la canciller.

La derecha

Causa escozor el ingreso de la Alternativa por Alemania (AfD) al Parlamento, con una representación de casi 90 parlamentarios, en una cámara que se ampliará a 709 escaños. Merkel quiere conquistarlos de vuelta, pues parte de esos votos eran antes de los demócrata cristianos. Se fueron, probablemente, por la política de la canciller hacia los refugiados.

Afd nació en 2013 protestando contra el euro y sus consecuencias para los trabajadores alemanes. La política de austeridad y los «miniempleos» tienen graves efectos sobre las condiciones sociales de los trabajadores alemanes, Entonces lograron un 4,7% en las elecciones generales, a solo 0,3% de los votos que les hubiesen abierto las puertas del Parlamento. Luego añadieron a sus demandas una radical oposición a la inmigración y al islamismo. Por eso les dicen antieuropeos y racistas. Los acusan de extrema derecha. Por antieuropeos y islamófobos. Por xenófobos. Es inevitable.

Pero no es del todo cierto.

La derecha, una derecha extrema, ha venido gobernando Alemania desde hace mucho tiempo. Es difícil imaginar algo más a la derecha, por ejemplo, del ministro Wolfgang Schäuble. Lo recuerdo implacable, exigiendo a Grecia privatizar sus recursos públicos, recortar las pensiones, reducir los gastos sociales. O sea, devastar el escenario económico del país para pagar deudas impagables. Medidas draconianas. Aplicación del programa neoliberal recesivo que incluía reducción de salarios y pensiones; severo recorte del gasto público, incluyendo los presupuestos de salud y educación; apropiación de tierras; reformas en la legislación laboral para reducir el poder de los sindicatos e incrementar la flexibilidad laboral, pobreza y desigualdad. Ese es el resultado de las políticas que Schäuble impuso a Grecia. Naturalmente, no lo hizo solo. El socialdemócrata holandés, presidente del Eurogrupo,   Jeroen Dijsselbloem, lo apoyó, entusiasmado. Un programa devastador, inimaginable, y contrario a lo que el partido gobernante en Grecia, Syriza, había prometido en campaña.

Grecia aceptó todo. Entonces el FMI le exigió más. Más recortes en las pensiones. Reducción del umbral de exenciones impositivas. Se necesitaba recaudar (y transferir a los bancos europeos, sobre todo alemanes y franceses) 3,6 mil millones de euros más, equivalentes a 2% del Producto Interno Bruto griego. Medidas a ser aplicadas en 2019 y 2020, un año después de las próximas elecciones, previstas para 2019. O sea, no importa quien gane, ni que programe ofrezca a los electores. Estará amarrado por el compromiso financiero que el FMI les ha presentado como un ultimátum.

En casa

Eso impuso Schäuble a Grecia. Y en casa, ¿cómo vamos? Hay debate intenso. La economía crece moderadamente, el desempleo es muy bajo, hay superávit en las cuentas públicas. Parece un éxito. Pero no hay unanimidad de criterios para evaluarla.

La «hora germana» es el título de un extenso trabajo del profesor emérito de Política Económica de la Warwick University y miembro de la Cámara de los Lores en Inglaterra, Robert Skidelsky. Skidelsky comenta un libro del exembajador de Gran Bretaña en Berlín, Paul Lever, titulado Berlin Rules.

Alemania ha consolidado un sistema de reglas que consolida sus ventajas competitivas, afirma. «La moneda única evita devaluaciones en la eurozona y también que el euro valga menos de lo que una moneda exclusivamente alemana podría valer». Eso facilita sus exportaciones.

Las regulaciones que impiden elevados déficits fiscales evita usar este mecanismo para promover el crecimiento. Y la insistencia alemana para que los costos no salariales sean equivalentes en toda la UE, más que un instrumento para promover la competitividad alemana sirve para reducir la de los demás.

Skidelsky sigue analizando el funcionamiento de la economía europea. La eurozona, afirma, sirve como una vasta base de donde Alemania se lanza al asalto de los mercados extranjeros. Sus exportaciones al mercado de la UE supera en 30% sus importaciones. Un excedente en una parte implica un déficit en la otra. Pero la eurozona fue creada sin un mecanismo para atender a los países deficitarios y el Banco Central Europeo tampoco puede actuar como prestamista de última instancia para los bancos de los países más afectados.

Datos del Instituto Alemán para la Investigación Económica publicados por la BBC revelan que la economía alemana creció un 22% en términos reales entre 1991 y 2014. Pero el 10% más pobre vio cómo sus ingresos disminuían en un 8% en ese período, mientras los ingresos del 10% más rico crecían cerca de un 27%.

Pese el bajo nivel de desempleo, muchas personas tienen trabajos de mala calidad, cobran poco y dependen de los subsidios estatales a pesar de estar trabajando, como recordó Carsten Koschmieder, politólogo de la Universidad Libre de Berlín.

Una de las razones por las que se acusa de extremistas de derecha al AfD es por ser antieuropeos. Europa ha sido un éxito para Alemania. ¿Por qué entonces oponerse?

Lo que pasa es que el éxito de Alemania en Europa está basado en las políticas como las que impuso a Grecia, o que los conservadores españoles imponen en su país y que Macron ha empezado a promover en Francia: desmantelar la organización sindical, precarizar el trabajo, facilitar el despido.

«Creo que la gente se da cuenta de que algo tiene que cambiar en este país. Nos damos cuenta de que hay cada vez más jubilados pobres», dijo Jens Eckleben, diputado de la AfD para el Parlamento de Hamburgo a la RFI francesa. Y luego viene la otra cara del argumento: «Muchos lo han subestimado pero las miles de personas que han llegado a nuestro país son un problema porque entran en competición con nuestra gente pobre, por ejemplo para la vivienda. Somos favorables a Europa pero a una Europa de las patrias.» Así es como se construye ese discurso.

El resultado de esta política de austeridad es siempre el mismo: una creciente concentración de la riqueza; la precarización de la vida de las mayorías.

La casa en orden

Alemania exige a los países en problema «poner la casa en orden» recortando gastos, vendiendo activos y tomando medidas para hacerse más competitivos. No importa los costos. Pero Schäuble no ve razones para reducir su propio superávit.

Ayuda a entender lo que esto significa leer «El infierno del milagro alemán», artículo de Olivier Cyran en Le Monde Diplomatique de este mes. Nos recuerda que el inicio del proceso de desregulación del mercado de trabajo estuvo en la llamada «Agenda 2010», promovida por el canciller socialdemócrata Gerhard Schroeder y aplicada entre 2003 y 2005. Es el origen de los minijobs, que han servido para reducir la tasa de desempleo alemana pero han creado una multitud (cerca de seis millones) de trabajadores miserables. Ideas que ya venía masticando con su colega inglés, Tony Blair desde fines del siglo pasado. Como dice Cyran, se trataba de transformar los derechos de la seguridad social en un trampolín para la responsabilidad individual. O sea, ¡sálvese quien pueda!

Skidelsky hace ver, en su artículo, la necesidad de algo de solidaridad. Sin algún mecanismo que la garantice, «Europa saltará de crisis en crisis», estima.

El exembajador Lever afirma, en su libro, que Alemania ejerce el poder para proteger la economía alemana y poder jugar un papel más influyente en todo el mundo. Más allá -asegura- no subyace ninguna visión o propósito.

Puede parecer razonable, pero las tensiones que eso provoca son evidentes. Por lo tanto, cuando partidos como el AfD se manifiestan contra el euro, quizás no sean «antieuropeístas», sino que interpretan el malestar de grandes sectores que, en Europa, la están pasando cada día más mal con las políticas depredadoras de los Schäuble y los Dijsselbloem. Al final, Merkel parece apenas la operadora -una operadora que se ha mostrado muy eficaz- de esas políticas. Schäuble sería impresentable.

No resulta tampoco extraño que un personaje como Javier Solana sueñe con Merkel asumiendo un papel más preponderante en Europa. En artículo publicado en El País el domingo afirmó: «Alemania, muy condicionada por su historia, sigue mostrándose reticente a reclamar un gran protagonismo en la esfera internacional. Pero a escala europea, siempre que se confirme su reelección, no cabe duda de que la canciller puede -y debe- labrarse un legado que vaya en consonancia con su talla política. Con Emmanuel Macron en el Elíseo y las elecciones alemanas en el retrovisor, habrá llegado el momento de adoptar medidas que doten de mayor vigor y equilibrio a la Unión Europea». Ese es su sueño. Naturalmente, tan ignorante de la política europea no es Solana, para creer su afirmación de que «Alemania, muy condicionada por su historia, sigue mostrándose reticente a reclamar un gran protagonismo en la esfera internacional». Pero sería formidable, un sueño, si Merkel extendiera por Europa su éxito alemán…

La extrema derecha: algo de historia

De modo que la extrema derecha no es la que acaba de entrar al Parlamento alemán. Es la que ha estado gobernando el país desde hace muchos años, con el apoyo de una socialdemocracia que ha aprendido poco de su propia y larga historia, cuyo escenario privilegiado fue la República de Weimar. Los resultados fueron dramáticos, como sabemos.

Queremos llamar la atención aquí para un aspecto particular, destacado por el miembro de la Escuela de Frankfurt, Franz Neumann, en Benemoth, su notable trabajo sobre la economía alemana en el período del nacional socialismo.

Neumann destaca el papel del comercio exterior como «un medio de enriquecer a los países más y mejor organizados a costa de los menos industrializados. Esa es la esencia del comercio internacional, aun en condiciones de libre competencia».

Este es, ciertamente, un factor de permanente actualidad, como ya lo vimos, y explica parte de las tensiones en la zona del euro. Son los mismos intereses de la economía alemana, que entonces llevaron a la guerra y ahora han transformado el proyecto, poniendo la integración europea como un mecanismo adaptado a esos intereses. Y a mucha gente en Europa le molesta, no está de acuerdo, trata de resistir.

El secreto de esas transferencia de recursos, dice Neumann, es que los países más industrializados cambian menos trabajo por más, por lo que el comercio internacional es uno de los medios más importantes para enfrentar la sobreacumulación y la saturación del mercado interno. Por eso adquiere una importancia singular. Puede ser, en ocasiones, la única, o la más importante fuente de ganancias de una economía, como la alemana. Ese ímpetu no ha cambiado, agrega, refiriéndose al período del Nacional Socialismo. Lo que ha cambiado son los métodos para lograrlo. La historia de hoy nos muestra que ese en un proceso que solo se aceleró luego de la derrota nazi.

Esto nos permite entender también mejor porque partidos «antieuropeistas» y xenófobos ganan espacios en el escenario político europeo.

Su «antieuropeísmo» solo puede ser entendido si entendemos también en que se ha transformado la depredadora política «europeísta». Por otro lado, surfean en la ola de indignación creada por las políticas neoliberales, con el argumento fácil contra la inmigración y el choque cultural provocado por algunos aspectos de la vida árabe, trasladada a Europa. Pero esa misma migración es provocada, en gran medida, por los desequilibrios impuestos por el mercado internacional. O, si nos vamos más atrás, por las políticas coloniales.

«Populistas» les dicen a estos partidos los que tiene pereza de pensar. Un concepto vacío, que cada uno utiliza como quiere y que, por eso mismo, es tan útil. El peligro, en todo caso, no está en los «populistas», ni en esos extremistas, sino en los otros, en esos mismos que gobiernan desde hace años llevando los pueblos europeos -y, con ellos, al resto del mundo­- a una situación desesperada y cada vez más tensa. No fue con esa intención que anunciaron, hace ya más de medio siglo, si intención de integrar Europa.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.