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La helada sonrisa de una Europa sin política

Fuentes: La Repubblica

Traducido por S. Seguí

Es increíble la fuerza que tiene la estupidez, tanto en la vida de los Estados europeos como en la de la Unión. La crisis económica que comenzó en 2007 debería haberles insuflado un poco más de inteligencia, y convencerles de que los tiempos de incertidumbre habían terminado, que la política debía volver al primer plano, que había llegado, por fin, la hora de un gobierno europeo. En su lugar, se diría que la crisis no ha enseñado ninguna lección, a pesar de los grandes desembolsos con que la Unión se está cargando.

Se pagan grandes sumas de dinero y en los países se preparan planes que conllevan dolorosos sacrificios, pero, como decían en su época los escritores Lucentini y Fruttero, la estupidez prevalece, y lo que Europa sabe hacer mejor es «mantener esa helada sonrisa». El euro vacila cada vez más, pero los dirigentes fingen alegría, pensando poder impresionar a los mercados con su buen humor. De la tormenta no hablan, así no hay que hablar de su responsabilidad; y esperan que, milagrosamente, los mercados se calmarán. Mientras tanto, pagan; y esto no es malo, pero hace falta algo más que pagar. La política, tienen la impresión de que ya la han hecho. El liderazgo, que ya lo han ejercitado con el Tratado de Lisboa y algunas cumbres entre los gobiernos más importantes. Así, siguen durmiendo al raso, básicamente satisfechos.

En estos últimos años la Constitución ha fracasado, pero el Tratado de Lisboa ha ocupado su lugar, y lo más importante está hecho. El único elemento positivo de la crisis es que los gobiernos ya no echan la culpa a los tecnócratas de Bruselas, por principio. En sus corazones saben perfectamente que si Europa se considera ya en todo el mundo como una empresa en peligro de muerte, la culpa es de los gobiernos y los políticos nacionales. El bobo a menudo se camufla con la túnica del pragmático, del moderado, de quien dice haber aprendido el arte fecundo de la desilusión, del espíritu blasé. No hay pasión que lo conmueva, no hay grandes ideas innovadoras, sólo deseo de puestos y cargos.

Gran Bretaña es maestra en este arte sólo aparente del desencanto, mezcla en realidad de ilusiones y encantamientos: ilusión de poder arreglárselas sin los demás, como país heredero de un imperio; encantamiento que oculta los hechos reales y llena el vacío con un despliegue de actividad, que no de hechos. En estos días, hay quien incluso habla de revolución en Gran Bretaña, y todo el mundo está excitado porque, por primera vez, los británicos van a tener la experiencia – oh, tan continental– de un gobierno de coalición. Pero por ahora, la experiencia es una cáscara vacía. Todo lo que los liberal-demócratas de Clegg han hecho es retroceder en su batalla europeísta, con tal de formar un gobierno joven y fotogénico, y conectar con Cameron, el anti europeísta. El colmo fue cuando, el día del acuerdo, Graham Watson, diputado liberal al Parlamento Europeo, afirmó ante la BBC: No hay problema con Europa. Y no lo hay porque, en primer lugar, Gran Bretaña no entrará en el euro; y, en segundo lugar, porque la UE ya ha hecho tantos cambios desde que se aprobó el Tratado de Lisboa que es más que legítimo ofrecerse un poco de descanso hogareño. Durante un plazo bastante largo, añadió, no se esperan otras transferencias de soberanía, ni se consideran deseables.

Así razonan los pragmáticos, o mejor diríamos los derrotistas; como si estuviesen paseando por un fresco claro del bosque, y no en medio de un fuego. Es precisamente ahora, cuando serían precisas nuevas transferencias de soberanía, a fin de que Europa sea, por fin, un sujeto político creíble (creíble frente a los mercados, Estados Unidos, China, India); es precisamente ahora cuando sus líderes afirman, como cuando se nos acercan un segundo y un tercer mendigo y les decimos: Ya hemos dado. Y sin embargo, cada día parece más evidente que la crisis que atravesamos y los sacrificios que se pedirán a los ciudadanos son tales que, sin cambios fundamentales en la Unión, hay pocas esperanzas. No lo afirman sólo los mercados, que no parecen creer en Europa, pero de los que se puede pensar que tienen el instinto de la manada y se percatan en primer lugar de lo que pasa.

Algunos políticos estadounidenses de primer nivel, entre otros Richard Haass, director del Consejo de Relaciones Exteriores y asesor de varios presidentes, o el ex gobernador de la Reserva Federal Paul Volcker, consideran a Europa y el euro como dos moribundos. El historiador Niall Ferguson, experto en la decadencia de los imperios (romano, británico, norteamericano), lo dice claramente en Newsweek: «La gran decisión que la Unión debe tomar no es salvar a Grecia. Es elegir entre convertirse en los Estados Unidos de Europa, o ser una versión moderna del Sacro Imperio Romano-Germánico, una mescolanza de geometría variable que tarde o temprano se hará pedazos».

Económicamente, Europa está mejor que EE.UU. Pero este país no muere porque es un sistema político federal, y, por consiguiente, un objeto visible. Detrás del dólar hay un Estado que reequilibra las disparidades internas: «En EE.UU. el rescate de Michigan lo hace de forma automática Texas, a través de la redistribución de la renta y los ingresos del impuesto de sociedades.» Detrás del euro hay una armadura, y dentro de la armadura un caballero inexistente. Hay ser realmente corto de entendederas, además de infinitamente negligente, para seguir pensando, después del terrible período 2007-2009, que los mercados y la economía lo saben todo, y que son tan buenos y eficaces que pueden dictar la ley. O que la moneda única y la prosperidad del viejo continente puedan existir sin un poder político detrás que coincida con la zona euro. O que los mercados y las agencias de calificación siguen siendo infalibles, autorizados para repetir las catástrofes y las burbujas de los últimos años. A pesar de esta locura, la economía sigue siendo el ídolo ante el cual la política, vacía por dentro y sin timonel, se adapta de manera tan pragmática.

Es como si Europa no tuviera, como bagaje propio, una gran cultura hecha de escepticismo hacia los mercados y el predominio de la economía; una cultura que ha producido guerras fratricidas, pero que también ha sabido defenderse de éstas inventando la democracia, la separación de poderes, la autonomía de la política o el estado de bienestar. Una cultura que en la posguerra creó una unión de Estados conscientes de sus límites, y decididos a poner en conjunto sus viejas soberanías. Una unión que ha salvaguardado, además, el estado de bienestar que ha permitido apagar anticipadamente los extremismos que desencadenó en el siglo pasado la cuestión social. Es como si nuestra historia no hubiera tenido, contra el predominio del mercado y la economía, una larga tradición que va desde las visiones éticas y políticas de Condorcet y Adam Smith a las propuestas de Beveridge y Keynes. Desde el siglo XVIII, Europa produce ideas en este ámbito, ahora olvidadas. Condorcet, que también creía en la racionalidad de los economistas de su época, se percató ya entonces del peligro: «A los ojos de una nación codiciosa, la libertad ya sólo será la condición necesaria para la seguridad de las operaciones financieras».

El euro ha nacido con este defecto, que es crucial. El mercado y los bancos eran todo, y el gran demiurgo tenía casa en Francfort. La política tenía por misión garantizar la libertad necesaria para la seguridad de las operaciones financieras. La armonía se impondría voluntariamente, y en el peor de los casos, no era un asunto urgente. Sin embargo, lo peor ha llegado y está ya aquí entre nosotros. Se puede fingir que no existe, y dar a la ficción el nombre de pragmatismo. Pero el pragmatismo sin una transformación de Europa no es pragmatismo, ni tampoco desencanto. Es una ideología con aspiraciones hegemónicas marcadísimas; tiene el poder de la estupidez cuando se hace perezosa, y la fuerza necesaria para bloquear las nuevas transferencias de soberanía, como en los deseos de los británicos o del Tribunal Constitucional alemán. Tiene el poder, tal vez gratificante pero enormemente inútil, del que está acostumbrado a mantener la sonrisa mientras la crisis económica se cierne sobre la sociedad y la democracia para despedazarlas.

Barbara Spinelli es una periodista italiana especializada en asuntos internacionales que escribe habitualmente en el diario La Stampa de Turín, entre otros.

 

Fuente: http://temi.repubblica.it/micromega-online/il-sorriso-ottuso-di-uneuropa-senza-politica/