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La intención de voto es alta, pero el perfil cada vez más chato: comentarios a la política y al discurso de Los Verdes alemanes

Fuentes: Sin Permiso

Georg Seeßlen, el celebrado crítico cinematográfico y cultural alemán, ofrece una reflexión, aguda y profunda como todas las suyas, sobre la evolución del partido de Los Verdes alemanes.

Si yo fuese un político de Los Verdes, me alegraría por los elevados índices de intención de voto. El poder, según parece, pronto dejará de serlo sin nosotros y contra nosotros. En un futuro no demasiado lejano ocuparemos algunas posiciones clave, lo mismo en la Realpolitik que en su simulacro mediático. Tomaremos, como se dice, cuerpo. Somos el pueblo [1], sí, pero una parte más sustantiva, portadora de futuro, personal clave y salarios más elevados que el resto.

Si yo fuese un verde «en cuerpo y alma», estaría más probablemente irritado por la situación. Pues concretamente me faltaría la prueba fehaciente, la praxis solidaria de la política realista, la sensación de ser parte de un movimiento social en vez de un síntoma de un estancamiento que genera cada vez una mayor ansiedad. Todo esto tiene claramente menos que ver con la intención de voto hacia un programa conciso que con la búsqueda de un lugar en el «paisaje político», con una apertura, si no hacia todo, al menos hacia muchos lados, y con el credo declarado de tanto-vale-una-cosa-como-la-otra por bandera, que amenaza a Los Verdes con convertirse en un nuevo partido conservador de consenso: el partido del que una parte cada vez mayor de la población acepta que es el que menos sombras proyecta y menos intervenciones dolorosas llevará a cabo.

En lugar de todo lo anterior se nos presenta con la imagen modelo de un partido-feelgood. Más allá de sus líneas de demarcación, entre los contenedores de reciclaje y el abandono progresivo de la energía nuclear, nunca fue el perfil de Los Verdes tan poco comprometido y vago como hoy. Sus políticos argumentan a pie de calle de manera muy diferente a como lo hacen en las instancias de decisión, en cuestiones clave son extrañamente ambiguos y en la creciente lucha entre estado y sociedad Los Verdes son lo suficientemente fantasmagóricos como para encontrarse de algún modo en todo momento a ambos lados de la barricada. Y hasta eso los convierte en un espejo que refleja a sus simpatizantes: una ciudadanía sin objetivos y sin identificación. Y con intereses que no se miran detenidamente como se debería de hacer.

Metapolíticos ya en origen

El avance de Los Verdes de la periferia hacia el centro tiene una historia. Allí llegaron tras el pecado original y la caída adánica del gobierno Schröder-Fischer, en el que apoyaron decisiones que generalmente pasan por inconvenientes o «malas»: la difícilmente justificable y dolorosa guerra de Afganistán y la guerra económica del estado contra una parte de su propia población. Que para apoyar ambas cosas, se quería pensar entonces, se daban «buenas razones», no hace las cosas mejor. Y la transformación abierta del antiguo ministro de las zapatillas de deporte a reputado hombre de estado [2], pasando por una fase en la que Los Verdes corrieron el riesgo de convertirse en el partido de Fischer, tampoco. La cuestión es, pues, si Los Verdes pueden conseguir un porcentaje de votos en las elecciones tan bueno a pesar de o debido a que directamente han dejado tras de sí la pérdida de la inocencia política de manera definitiva.

Las paradojas para un partido de consenso verde-conservador (como le dijo en una ocasión Henry Fonda a Glenn Ford en Nebraska: » Por qué oponerme, la verdad, no se me ocurre nada mejor » ) continúan mientras tanto abriéndose paso. En concreto parece que una de las razones originales sería concretamente un viejo síntoma, a saber: que el viejo sistema de partidos se encuentra en disolución y una fuerza opositora dinámica y autónoma se construye como contrapeso a la tríada del poder burgués: conservadurismo, liberalismo y socialdemocracia. Un respaldo publicitario del discurso tras una dura lucha interna («realos» [realistas] y «fundis» [fundamentalistas], ¿todavía se acuerda alguien?) hacia un más discurso más educado y pragmático y la consolidación, si bien la derecha de diferentes grupos, de quienes estaban en contra de que el mundo -a pequeña y a gran escala- tornase en una montaña de dinero. Eso va de los granjeros más o menos alternativos y los estudiantes y el precariado hasta la parte más moralista de los acomodados, que vive en armonía con la propiedad privada, la pedagogía, la ciencia y la cultura. Al contrario que los partidos políticos tradicionales, más bien los aglutina un vínculo débil (que debe ser apropiadamente ritualizado, también semánticamente): «verde» es, ya desde su origen, un concepto metapolítico, la expresión de unos intereses que al menos se mantienen por propio pie y no están caracterizados desde un punto de vista de clase, intereses de poder o interés propio. Un interés más allá de los intereses -Aristóteles ya habló de la relación entre la virtud (Rechtschaffenheit) y la felicidad (Glückseligkeit)-.

Es mandatorio querer preservar lo que los demás arriesgan, con industrialismo socialdemócrata, con ignorancia democristiana y el fetichismo de mercado de los liberales. Se es de manera progresista conservador, incluso en la vía de escape metapolítica que es la increíble y contradictoria reivindicación soberana a la propiedad privada. En consecuencia, también se incluyen desde buen principio la alegre superación de la división entre sexos, culturas y generaciones; lo colorido y lo criollo pertenecen al Big Bang del movimiento, pero fueron sin embargo abandonados por el camino en arreglo al pragmatismo: el cumpleaños del niño ya pasó, nosotros hacemos Realpolitik y la hacemos con una retórica política. Todo lo demás en cualquier caso se deriva aquí del espíritu de conservación; se atiende una reconstrucción cultural de la ciudadanía con el objetivo de su conservación.

Que los partidos «conservadores» en los últimos tiempos vuelven a tomar distancia retórica de Los Verdes es algo que por una parte tiene que ver con su clientela procedente de los sectores energético y financiero, y por otra parte no recuerda más que a las relaciones del SPD con La Izquierda, en concreto en tanto que en el otro pueden reconocer su propio núcleo discursivo, un espectro de los valores perdidos. Así como el SPD no puede aceptar a La Izquierda, porque ello equivaldría reconocer a un «verdadero» partido socialdemócrata, la CDU y la CSU no pueden reconocer a Los Verdes, porque reconocerían con él a un «verdadero» partido conservador. Y hasta el propio FDP tuvo por algún tiempo en el Partido Pirata a un partido en la sombra compuesto de «verdaderos» liberales.

La disolución frecuentemente invocada del sistema de partidos como consecuencia de la crisis general de los valores centrales burgueses (bürgerlichen) [3] del conservadurismo, el liberalismo y la socialdemocracia, incluyendo el, ay, tan obsoleto esquema izquierda/derecha, se demuestra también cada vez más como una quimera. En vez de eso tenemos el dominio del viejo centro democrático simplemente dividido en las corrientes principales (Mainstream) y las auténticas donde en ningún caso sorprende que en ciertos lugares y épocas las auténticas fracciones principales sean las que se impongan. La ventaja de Los Verdes fue durante mucho tiempo que por una parte eran los padres (y madres) fundadores de este nuevo orden de dominio burgués (bürgerlichen) y que por la otra desarrollaban un tipo de autenticidad multifuncional.

Pero con la intensificación de la neoliberalización y de las desigualdades sociales volvióse a romper en dos la alianza entre los impulsos politicos y los metapolíticos: los primeros se tornaron urgentes, las contradicciones sociales no pueden corregirse ya metapolíticamente. Así, inevitablemente, la multifuncionalidad caducará: Los Verdes han dejado de ser unos socialdemócratas mejorados, ya no son tampoco unos liberales mejorados; ahora no son sino conservadores mejorados. Confruentes con eso, no expresan ya al sujeto que quiere, sino al sujero que teme lo quiere, y pasan de ser el partido del cambio a ser el partido que se atraviesa ne el camino del cambio. Eso es, en parte, lo que hacen Los Verdes; es también, en parte, lo que de ellos se espera y lo que se les exige. Así son las cosas con los sujetos políticos.

Para ello ayuda naturalmente el viejo dogma, concebido en su día por Franz Josef Strauß y Horst Seehofer [4] y ahora renovado, de que no debería existir a la derecha de la CSU ningún partido establecido con posibilidades de éxito. Un partido auténticamente reaccionario, así pues, tampoco puede emerger (por lo menos mientras no se confiese abiertamente fascista), porque el «partido popular de masas» (Volkspartei) [5] instantáneamente mueve su retórica hacia la derecha con algo que pueda desarrollarse en este margen. Y con ello deja ciertamente libre el espacio del centro, incluso para un partido auténticamente «conservador».

En ese espacio ningún partido establecido tan a la derecha de su propio partido a la sombra puede coaligarse ya, y conservadores, liberales y socialdemócratas se ven impulsados a formar una indeseada e inestable alianza. Y con todo son estas divisiones la única posibilidad de salvar a los tres pilares de la dinámica democrática. Si hay una salvación para el liberalismo, ésta pasa de un modo u otro por el partido pirata (con su núcleo anarquista del liberalismo en el activo libertarianismo en red). [6] Si debe haber una salvación para la socialdemocracia, ésta vendrá de La Izquierda. Y si hay una salvación para el conservadurismo, entonces ésta vendrá de Los Verdes. Es posible, sin embargo, que no haya para ninguno de ellos solución alguna, lo que podría conducirnos a la teoría de una ficcionalización de la política.

Lo esencial de la política es el poder, y también algo que no está del todo enterrado: la violencia. La no violencia de Los Verdes (en la medida en que no ha desaparecido tras el ataque de belicismo moralista del gobierno Schröder-Fischer), es también algo muy diferente de, pongamos por caso, la visión ghandiana, según la cual la violencia física de los medios daña más que promueve a los fines. Lo suyo es la despolitización de la política. Su proyecto -la confianza en la fuerza de los buenos argumentos, como gustan de decir- de hacer la metapolítica más o menos política troca demasiado fácilmente en el proyecto diametralmente opuesto de hacer la política más o menos metapolítica. En el proyecto de Los Verdes se intenta (vanamente) que la política esconda sus raíces bárbaras. El promesa de consenso de Los Verdes es que no se ensuciarán las manos; y tras ensuciárselas, la cantilena es aún peor: se seguirá como si nada, como si nunca se las hubieran ensuciado.

Un decidido voluntarismo

Naturalmente, todo esto también tiene que ver con personas o con dresscodes, con repertorios de gestos, con actos de habla. La cabeza visible de Los Verdes [Jürgen Trittin] se presenta hoy como en los años cincuenta y primeros sesenta se presentaban los «políticos serios»: un trabajador duro que, si bien pudo otrora tener alguna que otra tacha, hoy luce recién lavado y, además, sin vanidades demasiado reconocibles. Así es como se presenta el consenso. No debe explicarse a sí mismo. No requiere en ningún momento un discurso distintivo. No empuja a nadie ni compromete a nadie, puede seguirse como hasta ahora como si nada. Pero también se sabe sinceramente que el consenso es solamente una pausa, una manera de ganar tiempo, un balón de oxígeno semántico.

Lo cierto es que no hay actualmente en Alemania ningún otro partido capaz de exhibir cualidades de consenso semejantes a las de Los Verdes. La adhesión a cualquier otro partido exige pagar un precio mayor, uno se se atrae enemigos, se empantana uno en el «a pesar de todo», de uno u otro modo, uno se queda fuera. Por eso la presente coincidencia de la actual opinión burguesa alemana en el nuevo partido conservador de consenso que son Los Verdes no es ni buena ni mala. Es el balón de oxígeno de una cultura política que abriga la esperanza de no estar todavía completamente muerta.

Dice Aristóteles en la Ética nicomàquea: » Hay cosas de que nos dejamos llevar, sea por el temor de males mayores, sea bajo el influjo de un motivo noble (…) y en un caso [56] semejante se puede preguntar, si el acto es voluntario o involuntario». ¿Qué sería la democracia? Indudable voluntariedad, Tal vez.

Georg Seeßlen es un reconocido crítico cultural alemán.

NOTAS T.:   [1] La consigna «Somos el pueblo» (Wir sind das Volk) la portaban en sus carteles y pancartas muchos de los ciudadanos que componían los movimientos sociales disidentes de la política oficial de la República Democrática Alemana en las manifestaciones de 1989. Tras la Reunificación, una parte de ese movimiento formó el Partido del Socialismo Democrático (PDS, por sus siglas alemanas) -hoy, tras su fusión con la Alternativa Electoral por el Trabajo y la Justicia Social (WASG, por sus siglas alemanas), el partido de La Izquierda- con el fin de buscar una superación del capitalismo por vías democráticas, otra, compuesta por el Neues Forum, Demokratie Jetzt (Democracia ahora) y Initiative Frieden und Menschenrechte (Iniciativa por la Paz y Derechos humanos) formó la coalición Bündnis 90, que en 1993 se fusionó con Los Verdes. [2] En 1985 se formó en Hesse la primera coalición rojiverde. Joschka Fischer prestó juramento de su cargo como Consejero de medio ambiente y energía vistiendo una americana gris, pantalones vaqueros y calzado deportivo, lo que le valió el apodo por parte de la prensa de «ministro de las zapatillas deportivas» (Turnschuhministers). [3] Aquí, aplicado a partidos políticos, el término «bürgerlich» no tiene tanto la connotación de «burgués» (como clase social) como de «sociedad civil» (Bürgertum). La prensa conservadora utiliza el término «bürgerliche Parteien» para excluir a aquellos partidos que considera fuera del orden social, como, por ejemplo señalado, La Izquierda. [4] Franz Josef Strauß (1915-1988), político de la CSU. Ocupó varios cargos ministeriales (entre los cuales, el de defensa y el de energía atómica) en varios gabinetes conservadores. Se le considera el principal ideólogo de la «estrategia Sonthofen», que hizo bascular a la CDU/CSU a la derecha en un intento por polarizar la situación social y descabalgar al canciller socialdemócrata Helmut Schmidt. Horst Seehofer (n. 1949), presidente de la CSU y actual ministro-presidente de Baviera. Representa el ala más conservadora de la coalición. [5] El término Volkspartei (literalmente: «partido popular») refiere a todos los partidos que, independientemente de su orientación política, cuentan con una amplia base social de masas, por lo que, en este contexto, tanto la SPD como la CDU/CSU son Volksparteien, «partidos populares». [6] «Libertarian», como recordaba el traductor Lucas Antón en estas mismas páginas hace dos semanas, es un término de difícil traducción, pues su equivalente exacto («libertario») es sinónimo en Europa y entre la izquierda de «ácrata», «anarquista» y «anarcosindicalista», en tanto que en los Estados Unidos y entre la derecha se refiere a la forma de individualismo propietario extremo que reniega (aparentemente) de cualquier intervención del Estado. Aquí hemos optado por el uso de un neologismo, por ser uno de los más acostumbrados en los textos de ciencias sociales.  

Traducción para www.sinpermiso.info: Àngel Ferrero

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