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Efectos externos e internos de la “nostalgia del imperio”

La pérdida de relevancia del imperialismo francés

Fuentes: bouamamas

Traducido del francés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos

Los recientes golpes de Estado en Guinea y Mali, la llamada «crisis de los submarinos franceses» con Australia, la retirada de las tropas estadounidenses de Afganistán sin haber consultado a sus «socios» de la OTAN, las invectivas de Macron sobre Argelia afirmando que esta cultiva un «odio» oficial contra Francia, etc., son indicios del empeoramiento de la crisis que caracteriza al imperialismo francés en el escenario internacional. Las manifestaciones populares de las últimas semanas contra el franco CFA, contra los acuerdos de asociación económica de la Unión Europea y contra la presencia militar francesa en el Sahel, las manifestaciones de apoyo a los nuevos dirigentes en Bamako o Conakry tras sus golpes de Estado, etc., confirman que el proceso que se viene desarrollando desde hace años por el cual el imperialismo francés va perdiendo relevancia ha llegado a un nuevo umbral cualitativo.

Por supuesto, el capital financiero francés no se conforma con esta pérdida de relevancia que afecta a la vez al lugar que ocupa en Europa frente al rival-socio alemán, en la zona Asia-Pacífico donde la alianza con Australia era hasta entonces el eje central de su estrategia y en África, su dominio histórico. Como cada vez que se encuentra en dificultades, el capital financiero busca nuevas perspectivas en torno a su Estado. Por consiguiente, a los efectos externos de esa pérdida de relevancia se añaden unos efectos internos al Hexágono, que es indispensable tener en cuenta para comprender la fascistización y sus nuevos episodios: la ley sobre la seguridad global, la ley sobre el separatismo [islamista] (1), la multiplicación de las prohibiciones de asociaciones y de organizaciones, la ley sobre la responsabilidad penal y la seguridad interna, la gestión de seguridad de la pandemia, etc.

El inicio del proceso de pérdida de relevancia del imperialismo francés

Hasta el final de la Primera Guerra Mundial Francia fue junto con Inglaterra uno de los dos centros hegemónicos imperialistas. El discurso oficial de cada una de estas potencias se enorgullecía de que «el sol nunca no se ponía en su imperio». Este aspecto común no significa que ambos imperialismos tuvieran la misma fisionomía. En efecto, cada imperialismo se desarrolla en el marco de unas condiciones históricas específicas que corresponden, por una parte, a las configuraciones de las relaciones entre clases sociales y a las luchas de clase que se desprenden de ello, y por otra, a las características de la o las clases dominantes. En nuestra opinión, tres características diferencian a ambos países en el momento de la aparición del modo de producción capitalista: 1) la caída de la tasa de natalidad francesa que «disminuye más rápido en Francia que en el resto de Europa» (2), resume el demógrafo Hervé Le Bras; 2) La participación del campesinado en la Revolución francesa, una de cuyas consecuencias fue el fortalecimiento del pequeño campesinado: «Nunca se ha expulsado de sus tierras a l población agrícola francesa», resume el economista Jean Malczewski (3); 3) La radicalidad de las luchas sociales, que proviene de las dos causas anteriores. En efecto, al contrario de lo ocurrido en Inglaterra y en Alemania, el capitalismo triunfa en Francia por oposición a las grandes propiedades de tierra. En otras palabras y para simplificar, en Inglaterra y Alemania los terratenientes se convirtieron en burgueses, en Francia se opusieron a la nueva clase ascendente y al nuevo modo de producción que la sostenía. Marx destaca esta diferencia entre estos dos países capitalistas pioneros y ve en ello el origen de la «radicalidad primero de las luchas populares y después de las obreras»: «Al contrario de la propiedad terrateniente feudal de Francia en 1789, esta clase de grandes terratenientes aliada a la burguesía que ya se había formado bajo Enrique VIII, no estaba en oposición sino, más bien, en completo acuerdo con las condiciones de vida de la burguesía. Por una parte, proporcionaban a la burguesía industrial la mano de obra indispensable para la explotación de las manufacturas y, por otra, estaban en condiciones de proporcionar a la agricultura un desarrollo adecuado al estado de la industria y del comercio. De ahí sus intereses comunes con la burguesía, de ahí su alianza con ella« (4).

Las consecuencias de estas herencias históricas fueron una llamada más masiva a la inmigración en la composición de la clase obrera de Francia, un lugar más prominente del Estado en el desarrollo del capitalismo francés, un lugar particular de la institución militar en respuesta a la radicalidad de las luchas sociales, etc., pero también una especificidad francesa en la composición del capital. En efecto, desde un principio el capital bancario ocupa un lugar preponderante en Francia y da así un rostro «rentista» al capitalismo francés, mientras que en Inglaterra adoptaba de forma más clara un rostro «industrial». Si bien todos los países capitalistas desarrollan el comportamiento «rentista» (para Lenin este carácter «rentista es una de las características del imperialismo»), el nivel de este en Francia es precozmente más elevado que en otros lugares. El economista Claude Serfati comparara de la siguiente manera las dos trayectorias imperialistas inglesa y francesa: «La comparación entre el comportamiento de Francia y el de Gran Bretaña, que realizaron la mayor parte de las exportaciones de capital (respectivamente, el 20% y el 42% del total en 1913, muy por delante de Alemania, el 13%), nos informa acerca de las fisonomías nacionales del imperialismo. En efecto, las exportaciones de capital de Francia, que se aceleraron considerablemente a partir de la década de 1890, tienenunas características diferentes de las de Gran Bretaña y Alemania. Ahí se da una clara preferencia a los préstamos en vez de a las inversiones directas en la producción» (5).

Lenin ya había destacado en 1916 esta «especificidad» al analizar comparativamente los imperialismos francés e inglés: «[Los capitales exportados por la burguesía francesa] son principalmente capitales de préstamo, préstamos del Estado, y no capitales invertidos en las empresas industriales. A diferencia del imperialismo inglés, que es colonialista, el imperialismo francés se puede calificar de usurario» (6).

La Primera Guerra Mundial (su coste económico y humano, las mutaciones geopolíticas que provoca) es lo que desencadena el proceso de pérdida de relevancia del imperialismo francés. Por razones diferentes la joven URSS y el Estados Unidos del presidente Wilson cuestionan el colonialismo europeo. Se desarrolla en las colonias un movimiento nacionalista moderno (que toma el relevo de las insurrecciones campesinas desde la conquista). La crisis de 1929 pone de relieve el peso que ha adquirido Estados Unidos en la economía mundial. La gestión que el gobierno estadounidense hace de esta crisis (devaluación del dólar un 40% en 1933) estimuló las exportaciones estadounidenses en detrimento de las economías europeas. Si bien las economías inglesa y estadounidense conocieron una remisión a mediados de la década, no fue el caso de Francia, que en 1938 todavía no había recuperado su nivel de producción de 1930.

En este contexto la reacción de la burguesía francesa fue «elegir la derrota» (7), es decir, preferir «Hitler al Frente Popular». La colaboración con el nazismo se despliega por medio del Estado y del ejército (y no por medio de una toma de poder por parte de una organización fascista). El aparente apogeo (8) del imperialismo francés (que festeja con gran pompa su centenario en 1930) en realidad inaugura su pérdida de relevancia, primero a beneficio del nazismo y después de Estados Unidos. Hasta un De Gaulle, que se erigirá en defensor de esta burguesía usuraria contra el «peligro comunista», reconoce en 1963: «Para poder seguir cenando en la ciudad, la burguesía aceptaría cualquier humillación de la nación. Ya en 1940 apoyaba a Pétain, porque le permitió seguir cenando en la ciudad a pesar del desastre nacional. ¡Qué maravilla! Pétain era un gran hombre. ¡No hacían falta austeridad ni esfuerzo! Pétain había encontrado la solución. Todo se iba a organizarde maravilla con los alemanes. Se iban a reanudar los buenos negocios. […] La Revolución francesa no llevó al poder al pueblo francés, sino a esa clase artificial que es la burguesía, esta clase se ha ido degradando cada vez más hasta convertirse en una traidora a su propio país» (9).

El compromiso de la clase dominante francesa con el nazismo no podía sino acelerar la pérdida de relevancia del imperialismo francés al acabar la Segunda Guerra Mundial. Sin duda la aparición de la Guerra Fría hizo necesario mantener este imperialismo, pero en un lugar subordinado. A cambio del restablecimiento de su imperio colonial, este cae en unas relaciones de dependencia y de dominación con Estados Unidos. «En adelante el capitalismo francés ya no dejará de ser el auxiliar de una potencia extranjera. Vivirá de las migajas de la maquinaria de guerra alemana antes de caer bajo el dominio estadounidense. Toda la política del gaullismo consistien ocultar esta realidad por medio de artimañas de propaganda y de diplomacia, “en ocasiones brillantes”, en las que las posesiones de la Francia de ultramar van a desempeñar un papel fundamental», explica el periodista de Le Monde Diplomatique Frédéric Langer (10). Washington no dejará de recordar este lugar secundario del imperialismo francés obstaculizando sus muchas iniciativas para reafirmarse en el ámbito internacional: negándose a responder a las peticiones de ayuda de París cuando tiene lugar la batalla de Dien Bien Phu, condenando la intervención de Suez en 1956, criticando los primeros intentos de Francia de dotarse de un arma atómica, poniéndose en contacto con el FLN durante la guerra de Argelia a través de diferentes intermediarios (sindicatos, periodistas, etc.) (11), etc.

Esta relación de fuerzas destinada a imponer la sumisión atlantista doblegará progresivamente al imperialismo francés a partir de la presidencia de Valéry Giscard d’Estaing y culminará cuando Nicolas Sarkozy reintegre a Francia en la OTAN. Como contrapartida de esta sumisión el imperialismo francés obtiene el preservar su dominio francés y la misión de gendarme en nombre de todos los «aliados» del continente. De este modo se confirma la especialización de Francia en la industria armamentística, así como su carácter usurero cada vez más condensado en el continente africano.

Globalización y aceleración de la pérdida de relevancia del imperialismo francés

Esa era la situación antes de la reunificación de Alemania, de la desaparición de la URSS y de la aparición de nuevas potencias emergentes. Cada uno de estos acontecimientos reforzará el declive del imperialismo francés. La reunificación de Alemania en 1990 cambia a favor de este país la relación de fuerzas interna en la Unión Europea. La famosa pareja «franco-alemana», que a muchos políticos y periodistas les encanta mencionar, oculta mal la construcción de una Europa a varias velocidades bajo liderazgo alemán. La desaparición de la URSS reduce la importancia de las concesiones que Estados Unidos tenía que hacer a Francia para evitar que se sintiera atraída por una estrategia internacional más independiente. El desaire de Australia y Estados Unidos a propósito de los submarinos franceses, seguido inmediatamente por el anuncio de una nueva alianza militar entre estos dos países y Reino Unido (AUKUS) (12), de la que se excluye a Francia, ponen de relieve que ya no se considera indispensable a Francia en la zona Asia-Pacífico. Por último, el desarrollo de nuevas potencias económicas emergentes amplia las posibilidades de asociación económica de muchos países africanos, sudamericanos y asiáticos, lo que rompe la relación bilateral con París impuesta desde las independencias.

Por todas estas razones es indudable que Francia se ha convertido en un imperialismo de segunda fila, que se encuentra amenazado incluso en sus «dominios». Con todo, un imperialismo de segunda fila sigue siendo un imperialismo cuya principal preocupación es recuperar el terreno perdido, aunque para ello tenga que emprender aventuras peligrosas. Es tanto más agresivo cuanto que se cuestionan sus rentas. Testimonio de ello son las intervenciones militares francesas en Libia y Costa de Marfil en 2011, en Mali y República Centroafricana en 2013, la instalación a largo plazo del ejército francés en varios países del Sahel con el pretexto de la lucha antiterrorista, los últimos Libros Blancos sobre la Defensa (2013 y 2017) (13) y las subsiguientes leyes de programación militar, etc. Estas leyes de programación militar 2014-2019 y 2019-2025 insisten en el desarrollo de una «base industrial y tecnológica de defensa eficiente», en el consiguiente aumento del presupuesto destinado a los ejércitos (3.800 millones de euros suplementarios otorgados en abril de 2016 que se añaden a los 162.000 millones previstos inicialmente para el periodo 2015-2019), en un aumento constante de este presupuesto en 1.700 millones de euros anuales hasta 2022 y de 3.000 millones de euros después de 2023, en la renovación del equipamiento de los tres ejércitos por valor de 173.000 millones de euros, en reforzar las capacidades «de las operaciones exteriores» (las famosas OPEX) (14), etc.

Destaquemos también que desde 2008 los Libros Blancos sobre la Defensa se han convertido en «Libros Blancos sobre la Defensa y la Seguridad Nacional». El cambio de denominación no es baladí: el «Libro Blanco sobre la Defensa y la Seguridad Nacional», publicado el 17 junio 2008 recoge las lecciones de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Insiste en la desaparición de la frontera entre las nociones de defensa y seguridad nacional. Define una estrategia de defensa destinada a dar respuestas al «conjunto de riesgos y amenazas susceptibles de atentar contra la Nación» (15). En otras palabras, la lucha contra el terrorismo ha supuesto la ocasión de volver a introducir el concepto de «enemigo interno» que justifica la intervención de los militares en el Hexágono. De hecho esta nueva lógica es una vuelta a la antigua lógica que otorgaba al ejército una misión de «mantenimiento del orden» dentro de Francia. En virtud de esa misión el ejército reprimió la revuelta de los sans culottes en 1795, la revuelta de los tejedores en Lyon en 1831, las revoluciones de 1830 y 1848, la Comuna de París, la manifestación del 1 de mayo en Fourmies en 1891, las huelgas de mineros en 1906, la revuelta de los viticultores de Languedoc en 1907, etc. Desde el primer plan Vigipirate en 1991 (16) se ha banalizado a presencia militar en nuestras calles, nuestras estaciones y otros espacios públicos. Desde 2015 se anuncia que la presencia de 7.000 militares en el espacio público será «a largo plazo» y se inscribe en la actualización de la ley de programación militar de julio de 2015, con la posibilidad de añadir otros 3.000 militares suplementarios en caso de «alerta». Esta banalización de la utilización de las fuerzas militares en el Hexágono, es decir, la desaparición de la frontera entre «defensa» y «seguridad» para las tareas de «seguridad interna», es el primer efecto de la globalización o la primera reacción a la aceleración de la pérdida de relevancia del imperialismo francés que la caracteriza. No es el único.

El segundo efecto es la cada vez más abierta preparación del ejército para nuevas guerras de alta intensidad. El nuevo Jefe del Estado Mayor de los Ejércitos nombrado en julio de 2021, el general Thierry Burkhard, ya no lo oculta. En octubre de 2020 este exlegionario explicaba así ante la Comisión de Defensa de la Asamblea Nacional que «el ejército de tierra debe cambiar de escala y preparase para conflictos más duros, de alta intensidad». Al precisar las consecuencias de este giro estratégico, considera que se requiere un esfuerzo presupuestario para «regenerar al mismo tiempo sus efectivos, su material y sus stocks» porque, añade, «en un conflicto de alta intensidad necesitamos una masa más importante» (17). Aquí ya no estamos simplemente en el contexto de una «lucha contra el terrorismo», sino en el de la preparación de una guerra entre Estados. La banalización de las misiones militares en el Hexágono por una parte y la preparación para la guerra abierta por otra se añaden así a la clásica «misión» de «gendarme de África». Aun habiendo perdido relevancia, el imperialismo francés sigue siendo un imperialismo; aun herido, sigue siendo peligroso.

La necesidad de un «frente interno» y sus consecuencias

Por supuesto, esta nueva estrategia conlleva un gasto que hay que legitimar ante una opinión pública cada vez más encolerizada con las políticas de austeridad que desde hace décadas imponen las opciones políticas neoliberales. Por otra parte, una guerra de alta intensidad supone que la opinión pública dé su «consentimiento a la guerra», de modo que conviene fabricarlo. Este es el punto común de las muchas apariciones mediáticas del gobierno y del presidente de la República: innovación lingüística con el término separatismo [islamista] y su inclusión en la ley, multiplicación de las ilegalizaciones de asociaciones o colectivos, injerencia abierta y agresiva del presidente Macron en los asuntos internos de países soberanos como Malí, Guinea o Argelia, presentación de China como un enemigo potencial, etc. Se combina la construcción de un «enemigo interno» y de «enemigos externos» para tratar de legitimar la lógica de la guerra y su astronómico coste en el mismo momento en que el gobierno sigue cerrando camas de hospital y vuelve a poner sobre la mesa su reforma de las pensiones.

La lógica de guerra también requiere reafirmar la autoridad del Estado, requiere la disciplina necesaria frente al peligro, la exigencia de unidad nacional frente al peligro, la «defensa de la República» frente a los «intereses categoriales», etc. En nuestra opinión, el autoritarismo desplegado en la represión de los chalecos amarillos o en la gestión de seguridad de la pandemia tiene relación con este «aroma ideológico inmediato» que trata de producir el gobierno en su estrategia de restablecimiento del imperialismo francés que ha perdido relevancia. La lógica de guerra exterior es indisociable de una lógica de guerra interna. La primera siempre va acompañada de una restricción de las libertades democráticas justificada por las «necesidades de la urgencia». Por esa razón es mortal para las organizaciones que pretenden defender los intereses de las clases populares el error, demasiado frecuente todavía, de disociar lo internacional de lo nacional, el antiimperialismo de la defensa de los logros sociales y de los derechos en Francia, la lucha contra la austeridad y la lucha por la paz.

Otro efecto de esta lógica de guerra es acentuar la derechización de la sociedad y del ámbito político por medio del bombardeo ideológico centrado en la idea de «peligro» y por medio de la figurade la persona inmigrada, musulmana, manifestante o joven de un barrio popular como encarnación de ese peligro. El meteorito Zemmour es una consecuencia de esta derechización necesaria para la lógica de guerra. La rapidez de su ascenso es, por supuesto, el resultado de una construcción mediática. La asociación Acrimed resume de la siguiente manera el lugar que ocupó este cronista en los medios de comunicación en el mes de septiembre de 2021: «Del 1 al 30 de septiembre se han contabilizado 4.167 apariciones de “Zemmour” en la prensa francesa (incluidas las agencias y las versiones en línea de los titulares de prensa). Es decir, una media de… 139 al día. Unas apariciones cinco veces más numerosas que en el mes más “fuerte” de 2021 (julio: 737 apariciones); además, estas cifras no han dejado de aumentar (casi) desde 2016 (400 apariciones): 566 en 2017, 1.105 en 2018, 2.057 en 2019, 1.432 en 2020 y en 2021… 7.123. […] Éric Zemmour no está relegado en la prensa a las notas a pie de página. Por ejemplo, el 30 de septiembre la mayoría de los diarios de este país se pueden jactar de haberle dedicado la portada» (18).

Si bien Zemmour es una construcción mediática, no es únicamente eso. No nos enfrentamos a una simple deriva del sistema mediático movida unicamente por la carrera por conseguir audiencia y/o únicamente por la moda del sensacionalismo. Esta producción mediática solo es posible porque la apoya una fracción de la clase dominante, sin duda todavía minoritaria, que ya no duda en contemplar la hipótesis de una secuencia fascista como respuesta a la pérdida de relevancia del imperialismo francés. Cada vez que este imperialismo se ha enfrentado a una crisis de estrategia en la defensa de sus intereses, su clase dominante se ha dividido acerca de qué soluciones políticas se deben aportar para relanzar su ofensiva de reconquista. En estas situaciones se manejan varias alternativas (entre ellas la hipótesis fascista) para poder paliar todas las eventualidades. En estas situaciones las diversas fracciones de la clase dominante financian y promueven varias fuerzas políticas o «líderes» como potencialidades de recursos. No es algo nuevo, funciona desde hace más de cuatro décadas. Sin embargo, hay que constatar una aceleración del proceso que conviene tratar de comprender.

En nuestra opinión, el hecho de que hoy en día la «derechización» del ámbito político y mediático sea tan fuerte y tan rápida (en algunos años el campo léxico de la extrema derecha se ha vuelto dominante política y mediáticamente) se debe a un cúmulo de diferentes factores: 1) la aceleración de la pérdida de relevancia del imperialismo francés en la última década; 2) la emergencia de una nueva generación anticolonial en África que vuelve a entroncar con los análisis del antiimperialismo, aunque a menudo todavía esté sumida en una gran confusión; 3) una cólera social en el Hexágono, ahora masificada aunque dispersa debido al debilitamiento desde hace tiempo del logro histórico que había construido el movimiento obrero consistente en percibir la realidad a partir de la noción de «sistema de explotación y dominación»; 4) una necesidad de radicalidad que se desprende de ello, busca un cauce de expresión y sufre una crisis de orientación, de objetivo sistémico y de dirección; 5) la radicalización de sectores no desdeñables de las «capas medias» afectadas por la «desestabilización de lo estable» que constituyen las políticas de austeridad de estas últimas cuatro décadas; 6) la multiplicación de las divisiones entre las clases populares (en función del origen, la edad, el sexo, la cualificación, la posesión o no de un empleo estable, etc.) hábilmente mantenidas por la clase dominante; 7) una carencia teórica e ideológica general para reflexionar sobre estas divisiones y clarificar las condiciones para superarlas, etc.

Nos parece que el último de estos factores ocupa un lugar especial. Testimonio de ello son las dificultades recurrentes para pensar las dominaciones de «clase», de «sexo» y de «raza» como constituyentes de facetas diferentes del mismo sistema social capitalista. También son testimonio de ello las dificultades para calibrar la lucha contra la islamofobia e inscribirla en la agenda de las movilizaciones. Y también son testimonio las porosidades igual de frecuentes a los temas ideológicos difundidos mediática y políticamente (separatismo [islamista], racismo antiblanco, islamo-izquierdismo, laicidad amenazada, reunión no mixta, etc.), cuya última expresión fue la casi ausencia de movilización contra la ley de separatismo [islamista] y la ilegalización del CCIF (siglas en francés de Colectivo Contra la Islamofobia en Francia). También son testimonio de ello las reticencias a partir de las revueltas sociales «tal y como son» a la espera de un movimiento «ideológicamente puro» al que apoyar. Desde un punto de vista más global son testimonio de ello las derivas que consisten en ocultar la noción de sistema global en los análisis a un extremo y en respuesta a otro, en desarrollar un análisis esencialista de las clases populares en general y de la clase obrera en particular como entidad homogénea, lo que lleva a descuidar las condiciones de su unificación, etc.

El lugar particular de este factor ideológico es un resultado. En efecto, es la consecuencia de la secuencia anterior, la que empezó en la década de 1980 en la que una ofensiva ideológica de gran magnitud (todavía hoy muy subestimada) atacó sistemáticamente a nuestros universos de pensamiento y acción, a las palabras y conceptos elaborados por generaciones de personas militantes de las luchas anticapitalistas, anticoloniales, antiimperialistas, antifascistas, antirracistas, feministas, etc. Aprovechando la desaparición de la URSS la clase dominante promovió masivamente y a través de diferentes canales (modas universitarias, medios de comunicación, fundaciones, etc) en forma de marcos interpretativos postmodernos, culturalistas, parcelizantes, etc., la idea misma de la imposibilidad de una emancipación colectiva. Sin duda esta victoria ideológica de la clase dominante no es definitiva ni total. Con todo, todavía es lo bastante importante no para impedir las luchas sociales, sino para confinarlas en el mejor de los casos en un « dégagisme » (19) y en el peor en el enfrentamiento entre segmentos de las clases populares a las que, sin embargo, les interesa unirse ante los peligros que se anuncian: pauperización generalizada por un aparte y peligro de guerra de «alta intensidad» por otra.

Notas:

(1) Se refiere a una ley que pretende reforzar el respeto a los principios de la República y, por tanto, luchar contra el islamismo radical que separa a sus adeptos de la comunidad francesa. Pretende luchar contra lo que se denomina «separatismo islamista» basándose en la premisa de que cuando debido a sus ideas fundamentalistas una persona tiene unas leyes de facto que aplica por encima de las leyes de la República, lo que hace es separarse socialmente (N. de la t.).

(2) Hervé Le Bras, Singularité des vagues migratoires en France, Santé, Société et Solidarité, n° 1, 2005, p. 33.

(3) Jean Marczewski, L’industrie française de 1890 à 1964 ; sources et méthodes, Cahiers de l’ISA, n° 179, noviembre de 1966, p. 115.

(4) Karl Marx, Guizot, « Pourquoi la révolution d’Angleterre a-t-elle réussie ? ». Discours sur l’histoire de la révolution d’Angleterre, in Œuvres Complètes, Politique I, La Pléiade, París, Gallimard, 1994, p. 351. 

(5) Claude Serfati, Le militaire, une histoire française, Amsterdam, París, 2017

(6) Lenin, L’impérialisme. Stade suprême du capitalisme, Editions sociales, París, 1945, p. 58.

(7) Annie Lacroix-Riz, Le choix de la défaite. Les élites françaises dans les années 30, Armand Colin, París, 2010.

(8) Tomamos la expresión del historiador Nicolas Baupré que titula «L’étrange apogée de l’empire colonial français» [El extraño apogeo de imperio colonial francés] el capítulo 9 de su libro Les Grandes Guerres 1914-1945 , Belin, París, 2012

(9) Alain Peyrefitte, C’était De Gaulle, Gallimard, París, 2002, pp. 387-388.

(10) Frédéric Langer, “L’impérialisme français : un impérialisme à part entière ?”, Le monde Diplomatique, septiembre de 1978, p. 20.

(11) Irwin M. Wall, Les Etats-Unis et la guerre d’Algérie, Soleb, París, 2006, 463 p.

(12) Acrónimo en inglés: «Australia, United Kingdom y United States».

(13) Desde el Libro Blanco de 2017 los Libros Blancos se llaman ahora «Revue stratégique de défense et de sécurité nationale» [Revista estratégica de defensa y de seguridad nacional].

(14) La politique de défense au travers des lois de programmation militaire, Ministère de la défense, se puede consultar en la página web vie-publique.fr.

(15) Ibid.

(16) Vigipirate es el sistema nacional de alerta en Francia creado en 1978 por el presidente Valéry Giscard d’Estaing. Consiste en unas medidas de seguridad específicas, como el aumento de la presencia de policía militar en los metros, estaciones de tren, etc. (N. de la t).

(17) Philippe Chapleau, “Comment l’armée française se prépare à des conflits de haute intensité”, Ouest-France, 14 de julio de 2021, se puede consultar en la página web ouest-france.fr.

(18) Pauline Perrenot, “Zemmour : un artefact médiatique à la Une”, se puede consultar en la página web acrimed.org. [Acrimed es un observatorio de los medios de comunicación creado en 1996 (N. de la t.)].

(19) «Dégagisme» es un neologismo creado a partir de la palabra «dégage!», «¡largate!» que se popularizó en 2011 a raíz de la revolución tunecina en la que se exigió al presidente de la República de Túnez, Ben Ali, «largarse». En política se utiliza para exigir la destitución de quien ostentan el poder, pero sin voluntad de tomarlo, lo que lleva a un vacío de poder (N. de la t.).

Fuente: https://bouamamas.wordpress.com/2021/10/12/la-secondarisation-de-limperialisme-francais/

Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, a la traductora y Rebelión como fuente de la traducción.