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Cronopiando

López y la cárcel

Fuentes: Rebelión

Lopez lleva un año esperando juicio en una reducida celda en la que sólo cuenta con un camastro y de la que sale una hora al día, siempre solo, ya que le está prohibido juntarse con los demás presos, a un patio de dimensiones parecidas a las de su celda. López sólo dispone en su […]

Lopez lleva un año esperando juicio en una reducida celda en la que sólo cuenta con un camastro y de la que sale una hora al día, siempre solo, ya que le está prohibido juntarse con los demás presos, a un patio de dimensiones parecidas a las de su celda.

López sólo dispone en su celda de una cubeta en la que hacer sus necesidades. Por las tardes, los carceleros le cambian la cubeta mientras se mofan del mal olor que hay en la celda.

López tiene en su celda una reducida ventana con doble fila de barrotes, reforzada con una chapa metálica con agujeros para que el aire pueda tener por donde entrar.

A López no se le permite recibir o escribir cartas y únicamente puede ducharse dos veces a la semana de 8:00 pm a 8:15 pm.

A López, cada veinte minutos le abren la trampilla de la puerta de la celda para comprobar que sigue preso y por las noches, con la misma frecuencia, le prenden la luz de la celda, un tubo fluorescente de un metro de largo, para asegurarse de que ni ha desaparecido ni se ha «suicidado».

Aunque después de un año en estas condiciones López ha hecho progresos para adaptarse al encendido del tubo cada veinte minutos y poder seguir durmiendo, los carceleros aprovechan la subida y bajada de la trampilla de la puerta para que lo que no consiga la luz lo logre el ruido.

López se pasa el día y la noche sonnoliento y en un estado de ansiedad continuo, nervioso, irritado, desesperado.

En parecidas condiciones a las que se encuentra López se encuentra Diego.

Ni López ni Diego son «disidentes» cubanos, ni presos dominicanos, o «tercermundistas».

Las cárceles en las que se encuentran recluidos López y Diego en condiciones inhumanas tampoco están situadas en La Habana, en Santo Domingo o en cualquier penal latinoamericano.

Los carceleros que se ríen de ambos presos mientras los observan por la rejilla hacer sus necesidades en una cubeta o los torturan despertándolos cada veinte minutos, no son funcionarios cubanos de prisiones, ni vigilantes dominicanos o de cualquier otra patria americana.

Jon López y Diego Ugarte son vascos.

Las cárceles en las que guardan prisión los dos presos vascos a la espera de que un juez los ponga en la calle o los extradite al Estado español, están en Bélgica, en la Comunidad Europea, la misma que se rasga las vestiduras y clama por el respeto a los derechos humanos en Cuba o denuncia el estado de los presos en la isla caribeña.

Los carceleros también son belgas, es decir, europeos, o lo que es lo mismo, funcionarios de una comunidad que se dice comprometida con el más absoluto respeto a los derechos humanos y libertades y que, en virtud de todo ello, se permite censurar a Cuba o dar lecciones de moral a Latinoamérica.

Lástima que los vascos no lo sepan.

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