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Manifestaciones en Francia: muro y trascavo

Fuentes: La Jornada

Anoche miré por televisión el discurso del presidente Jacques Chirac a la nación. Días antes, 3 millones de personas -la mayoría estudiantes- se manifestaron en las calles contra la nueva ley que permite a las empresas contratar y luego correr indiscriminadamente a los jóvenes trabajadores. Varios comentaristas han comparado la magnitud de las protestas -y […]

Anoche miré por televisión el discurso del presidente Jacques Chirac a la nación. Días antes, 3 millones de personas -la mayoría estudiantes- se manifestaron en las calles contra la nueva ley que permite a las empresas contratar y luego correr indiscriminadamente a los jóvenes trabajadores. Varios comentaristas han comparado la magnitud de las protestas -y de la simpatía del público hacia los manifestantes- con la situación en Francia en 1968. No discuto aquí esta comparación histórica. Simplemente quiero describir el estilo del discurso del presidente Chirac, porque de muchas maneras es típico de como se dirigen a la gente, ahora, los líderes políticos, por lo menos en el primer mundo.

Se notaba que había ensayado y se veía seguro de sí mismo, y no obstante daba la impresión de ya saber que su intervención no cambiaría nada. Que intentaba salir lo mejor librado posible de una situación difícil. No quería tranquilizar ni estaba ansioso. Suponía que, a fin de cuentas, el tiempo, la fatiga y las fuerzas del orden habrían de dirimir la cuestión.

En el pasado, cuando los líderes políticos se dirigían a la nación, proponían construcción. Podían exagerar, minimizar los costos o simplemente mentir; sus proyectos podían ser tan diferentes unos de otros como el Tercer Reich, Estados Unidos de América o alguna república socialista. Sin embargo, sus propuestas evocaban alguna visión que había que hacer realidad o la creación de una sociedad que aún no existía. Construcción.

En circunstancias pasadas los líderes políticos propusieron la defensa activa de prácticas e instituciones ya existentes que, en mayor o menor medida, merecían el respeto del público y que se consideraban amenazadas y en peligro. Tales propuestas condujeron con frecuencia al chovinismo, al racismo y la cacería de brujas. Y no obstante, ante la tarea de salvar algo, su retórica alentaba y hacía real -aunque fuera por breve lapso- un sentido vivo, generalizado, de lealtades compartidas.

La retórica de los líderes políticos de hoy no está al servicio de construcción o conservación alguna. Su fin es desmantelar. Desmantelar lo que es la herencia social, económica y ética del pasado y, en particular, todas las asociaciones, regulaciones y mecanismos que expresen solidaridad.

El Fin de la Historia, lema global de las corporaciones, no es un vaticinio: es una orden para borrar el pasado y lo que nos legó en todas partes. El mercado requiere que todo consumidor y empleado se hallen brutalmente solos en el presente.

Todavía ningún electorado está preparado para aceptar tal desmantelamiento. Por una simple razón. El acto de votar, no importa qué tan manipulada o libre sea la elección, es una manera de conjuntar los recuerdos para respaldar la propuesta de algún programa de futuro. Tocamos aquí la profunda contradicción entre la tiranía del mercado mundial y la democracia, entre las llamadas preferencias del consumidor y los derechos ciudadanos.

En consecuencia, el proceso de desmantelamiento tiene que disfrazarse y esconderse. Esa es la tarea primordial de los líderes políticos de hoy. Por supuesto, su propio papel también se está desmantelando. Pero ya eligieron ejercer, disfrutar y explotar sus menguados poderes, en vez de cotejar su actuación con alguna verdad global. Esto explica su pragmatismo, que se combina con su perpleja falta de realismo. También explica su furtiva veleidad como políticos, algo sin precedentes. Su tarea es prevaricar mientras los tratos de negocios ocurren en otra parte.

Regresemos al típico discurso de los líderes políticos en los tiempos que vivimos. Siempre que enfrentan oposición, tienen que ocultar lo que ocurre erigiendo rápidamente un muro de palabras opacas. La conclusión del discurso de Jacques Chirac es un ejemplo perfecto. «Cuando en la república nos preocupa el interés nacional, no debemos pensar en términos de ganadores o perdedores. Debemos juntarnos todos. Y que cada uno, desde su sitio, actúe con responsabilidad.»

Un muro verbal oculta lo que está ocurriendo. Y del otro lado del muro el trascavo continúa el desmantelamiento.

No obstante, con muro o sin él, todo el mundo, excepto los ricos o aquellos con buenas probabilidades de volverse ricos, está consciente del desmantelamiento. Por eso salen a la calle 3 millones de personas. Por eso la gran preocupación nacional en torno al desempleo, en torno al riesgo siempre presente de quedar desempleados y la creciente carga de trabajo que pesa sobre los empleados.

La nueva ley en cuestión, que aumenta la precariedad del empleo para quienes terminaron sus estudios, fue presentada oficialmente como medida de corto plazo para disminuir el desempleo. El daño existente tuvo que admitirse oficialmente, pero tienen que ocultar y hacer confusas sus causas y sus consecuencias de largo plazo. (Si no lo hacen habrá más descontento, revueltas, ira y violencia.)

En vez de admitir la existencia del trascavo -que es la maquinaria modernizante de la actual tiranía del mercado económico- se refieren al desempleo cual si fuera una epidemia o la peste. Un «flagelo» (fléau) fue el término que usó el presidente.

En vez de impugnar este falso concepto de modernización, hablan del brutal desmantelamiento cual si fuera un capítulo de las ciencias naturales. El «mundo del trabajo», según anunció el presidente Chirac, «está en perpetua evolución…»

Tales discursos revelan que los políticos que los pronuncian han abdicado, de hecho, a la política. La política es su excusa. Y pese a dirigirse a multitudes (20 millones de personas en el caso de Chirac), hay que notar lo solitarios, y por tanto absurdos, que se han vuelto sus argumentos públicos.

Traducción: Ramón Vera Herrera

John Berger es ensayista, narrador y crítico de arte. Su libro más reciente es Here is where we meet, Pantheon Books, con motivo del cual se le hizo un homenaje en Gran Bretaña en 2005