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Blog irónico del enviado de The Guardian a Bilderberg

«¡No puedes tomar fotografías de policías!»

Fuentes: Guardian co. uk.

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens


Tengo que volver atrás un día y contar exactamente cómo llegué a estar en una estación de metro de Atenas a las 8 de la mañana, enfrentado a manotones a dos extraños, y gritando: «¡Ayuda! ¡Seguridad! ¡Por favor! ¡Busquen a alguien de seguridad! ¡Busquen a la policía!» Me sigue doliendo la garganta. Mi cerebro está que estalla.

Pero eso es hoy. Ayer está dividido en dos: la mitad en la que huyo del resort de Bilderberg, demasiado asustado y tenso como para quedarme, y la mitad en la que tengo que meterme en un taxi al azar, y partir a la embajada británica por mi propia seguridad.

Me persiguen. Y todo porque me atreví a informar sobre Bilderberg. Porque me atreví a apuntarles con el dedo, allí, en la oscuridad de una península a orillas del mar. ¡Ecce Bilderberg!

No miento. No exagero. No me lo imagino. No estoy histérico. En todo caso, me tranquilicé increíblemente cuando por fin dejé de ser el criminal, dejé de ser la liebre, y agarré a uno de los que me seguían. Estaba poniendo de cabeza la locura, agarrando sus muñecas y lanzándonos a todos al otro lado del espejo.

De modo que sí, para dejarlo en claro, acabo de estar en un altercado con dos hombres en el frío atrio de mármol de una estación del metro de Atenas. Pero eso fue esta mañana. Ni siquiera he desayunado. Tengo que contar lo que pasó ayer.

Escribí las palabras que siguen hace mil años o algo así antes de todo lo que me pasó en el centro de Atenas. Vedme ahora, de vuelta en Vougliameni, sentado en un café, a orillas del mar, vigilado (por supuesto) mientras tomo mi jugo de naranjas. Es otro hermoso día en la Riviera griega…

* * *

Ya está, se acabó, me fui.

Creedme cuando lo digo, me siento físicamente intimidado. Tengo miedo. He buceado un poco en el mar de un Estado policial y el agua se cierra sobre mi cabeza.

Si os han intimidado alguna vez sabéis exactamente cómo me siento, la presión en el pecho, mirando a ambos lados por corredores, odiando el temor, odiando tu mente por preguntarte «¿estoy seguro aquí? ¿Estoy seguro? «Me intimidaron para que me fuera de Vougliameni, me intimidaron para que me alejara del Bilderberg, por haberme atrevido a acercarme.

Me voy de la órbita tóxica de Bilderberg para poder respirar libremente. Para poder caminar por una callejuela sin ser seguido por agentes de civil. Estoy cansado de sujetos en el lobby, sujetos en la escalera, los mismos en diferentes umbrales, en diferentes esquinas, dondequiera voy. Coches que se alejan del borde de la acera cuando me acerco. Los mismos coches, los mismos sentimientos. Estoy cansado de quejarme en la comisaría. Ya me he quejado tres veces, y la última vez la cosa se puso fea. Negaron categóricamente que me estuvieran siguiendo. «¡Es una idea en su mente!» Les mostré una foto que tomé hoy, cuando llevé a mi perseguidor a un paseo dando vueltas por los cerros, esperé a la vuelta de una esquina, y lo sorprendí de improviso. No hacen muy bien su trabajo, pero eso sólo empeora las cosas. Si fueran un poco más sutiles, podría pretender que no existen.

Me han hecho sentir débil, pero enterré mi debilidad en mi furia. ¿Cómo se atreven a hacer que me sienta así? ¡Cómo se atreven! Han convertido este rincón de la Riviera Griega en Berlín Oriental (un helicóptero revolotea arriba mientras escribo estas palabras, lo juro) y no tengo las agallas para negar lo evidente. Checkpoint Charlie ¡allá voy!

De todas las cosas que me enfurecen, la principal es que me he puesto nervioso. Es demencial que esté dejando abierta la puerta de mi cuarto mientras hago la maleta, y la puerta del balcón. Dos salidas. Estoy loco porque he comenzado a revisar el baño y el closet al llegar. Que esté tomando fotos de mi laptop al salir de la habitación, y que luego lo encuentre en otro sitio. Quiero estar al aire libre, a la luz del sol, frente a la gente. Ansío el aire fresco del centro de Atenas, y ya es algo.

Tampoco me imagino algo – no es una «idea en mi mente». Y cuán extraordinario es que tenga que escribirlo. Es chocante e inquietante que tenga que justificar mi sanidad, defender mis percepciones y estar en una comisaría mientras dicen que me imagino las cosas. Les mostré la foto del hombre al que atrapé a la vuelta de la esquina. Un agente me pregunta, de modo absurdo: «¿Cómo puede decir con esta fotografía que lo esté siguiendo? Sólo veo a un hombre.» Respiro profundo. «Bueno, sí, no lleva un letrero que diga ‘estoy siguiendo a Charlie Skelton’ así que supongo que tendrá que aceptar mi palabra.»

Y llega el jefe. Bossios Hoggios. «¿Qué pasa?» Le digo que me sigue la policía, y que quisiera que dejaran de hacerlo, o que me digan el motivo. «¿Por qué está aquí?, ladra. Le digo que estoy por la conferencia de Bilderberg en el Astir Palace. «Bueno, ¡ese es el motivo! ¡Por eso! ¡Se acabó!» Y se lava las manos, descartándome de un solo gesto, volviendo a su oficina. «Idiota,» murmuro, sin que me oigan.

Vuelve a la fotografía.

-¿Cómo sabe que es policía?

-Sé que lo es. Lo he visto hablando con sus colegas en el punto de control.

-Le está prohibido tomar fotos de policías.

-¿Entonces son policías los que me siguen?

Gesticula por la ventana.

-¿Dónde está ahora, este hombre que dice que lo sigue? Muéstremelo.

Estoy en una comisaría. No sé qué decir. Me dicen que llame a la policía si los veo de nuevo. Que llame a la policía si veo que la policía me sigue.

No debiera haber llamado idiota al oficial. No debiera haber elevado la voz y ridiculizado la locura de la situación. Ya no estoy en una sala amistosa, así que decido irme. Doy una palmada con tanta burla como me permite mi furia, y grito -¡Se acabó! -Me lavo las manos de la policía griega.

Pero no he terminado con Bilderberg.

Termino mi jugo de naranja, recojo mi mochila, y bajo por la calle para tomar un taxi. Es cuando me detienen por tercera vez. Estoy a un poco más de medio kilómetro de Bilderberg, tratando de abandonar el resort, cansado de todo, pero Checkpoint Charlie acaba de caerme encima.

-¡Usted toma fotografías!

No había hecho algo semejante. Estaba esperando un taxi.

-¡Muéstreme su cámara! ¿Por qué está aquí?

Me rodean, policías locales, un agente de disturbios, dos hombres de «seguridad» privados. Miro sus distintivos: Avion Security. Uno de los pistoleros de Avion me aguijonea con su radio portátil. -¿Por qué está aquí? Le digo, cansado, que soy periodista. Se frota el mentón y dice las palabras, que incluso con un sol a 30 grados me congelan la sangre.

-Muéstreme sus papeles.

Nuestro hombre en Bilderberg – 18 de mayo de 2009

Temed mi pluma

Es imposible identificar la cara del delegado de Bilderberg sobre los esquíes acuáticos, pero estoy bastante seguro por su forma que no es Ken Clarke. ¿Será el secretario adjunto de Estado de EE.UU., James Steinberg? No, Steinberg prefiere una cuerda más corta. «Para el próximo Bilderberg traeré un objetivo más largo,» dice Paul Dorneanu, el joven cazador de Bilderberg rumano que tomó la foto.

Me muestra otra: una foto a distancia de dos felices globalistas en un anillo de donut inflable y Speedos, que se deslizan detrás de una lancha a motor. Si sólo fuera más clara la imagen, podríamos ver a Peter Mandelson aprovechando una charla con Jean-Claude Trichet, presidente del Banco Central Europeo.

-Cómo entonces vendemos… ¡splash! … ¡wuuuu!… la abolición de la libra para el… ¡splash!… electorado? ¡Una vez más! ¡Una vez más!… ¡Otra vuelta a la bahía!

Los nombres de los delegados de este año comienzan a aparecer: el primer ministro de Grecia, Kostas Karamanlis, seguro. Jim Tucker me dice que el ex primer ministro sueco y puto de think-tanks, Carl Bildt, hizo un importante discurso. -Habló de la necesidad de un departamento del tesoro mundial y de un departamento mundial de salud, presentados ante el trasfondo de la catástrofe económica y del calentamiento globales. La fiebre porcina fue el primer truco que probó…

Le pregunto cómo lo sabe. -Tengo mis fuentes, -una risita, la ceniza de su cigarrillo se agita. -Nunca me han desilusionado. Gente que sabe. Tal vez Jim y la Reina Beatriz de Holanda tuvieron alguna cosa en los años sesenta.

Cualquiera que tenga una posición de «está bien que ellos se reúnan en privado» sobre Bilderberg debería por lo menos pensar que es extraño que no sepamos bien quiénes son «ellos.» Conocemos a algunos, gracias en gran parte a las fuentes de Tucker, pero ¿debieran reunirse en una privacidad armada funcionarios públicamente elegidos a discutir política global con individuos privados anónimos? ¿Qué diría usted, George Osborne, parlamentario de Tatton – diría que «está bien»?

Una de las cosas más aborrecibles de Bilderberg, es que a pesar de que se hacen todos los esfuerzos posibles por asegurar la anonimidad de los delegados, que si uno llega a informar sobre la conferencia tenga que pasar los días sacando la licencia de conducir, suministrando el nombre de su padre, y diciendo si vino solo. ¿Qué hotel? ¿Por qué vino aquí?

No soy el único que ha sido llevado a la custodia policial por atreverse a estar a medio kilómetro de las puertas del hotel. Los pocos periodistas que fueron a Vouliagmeni este año, fueron todos acosados y fastidiados y sintieron el lado pesado de un walkie-talkie griego. Muchos han sido arrestados. Bernie, de

American Free Press, y Gerhard el documentalista (suena como personaje de «Dragones y Calabozos») alquilaron un bote de una dársena para yates cercana para tratar de tomar fotos desde el mar. Los detuvieron a 4 kilómetros del resort. La armada griega.

Eso coincide con lo que un policía dijo a Associated Press (bajo condición de anonimato): «El resort está protegido por cientos de policías, comandos de la armada, lanchas a motor de la guarda costera y dos aviones caza F-16.» Así es. Dos aviones caza F-16.

Ahora bien, si os preguntáis porqué este evento no es cubierto adecuadamente por los medios noticiosos del mundo cuando la armada griega hace que los barcos se devuelvan a 4 kilómetros de un paraíso de esquí acuático rodeado de F-16, no dejéis de preguntároslo. Si apretáis los dientes ante la pobreza de la información sobre Bilderberg, seguid apretándolos fuerte. Apretad con más ruido. Abrid Internet. Ved lo que ha visto Leed American Free Press. Mirad tras la barras de Prison Planet.

En cuanto a mí, no hay mucho más que os pueda contar. Puedo deciros que (según un policía), muchos de los delegados subieron al cerro entre las 2 y las 4 de la mañana el jueves, para que no los vieran. (Soy sólo yo o suena poco convincente?) ¿Fue uno de ellos el barón Mandelson, el príncipe de las tinieblas? ¿Y si nos dijera dónde estuvo este fin de semana? ¿Y si fue una o dos veces en el donut? Y si es así, ¿se coló antes de Eric Schmidt?

Puedo deciros que de vez en cuando hubo buses con cristales polarizados que subían y bajaban el cerro. ¿Cambios de personal? ¿Nuevas prostitutas? Puedo decir que una noche me encontré con un delegado que se escapaba hacia la farmacia en su Mercedes a prueba de balas, con guardaespaldas que protegían las aceras. Hubiera ido a buscar mi cámara pero recordé lo que Jon Ronson escribió en un cariñoso comentario sobre uno de mis artículos anteriores: «ninguna acción repentina.» No bromeaba. Me fui. Yo y mis numerosos perseguidores.

La cosa es que, nunca llegué realmente a «cubrir» Bilderberg. Sólo pensé que sería divertido andar cerca del cordón y llevar camisetas con textos como «NOBILIZACIÓN!» Es realmente muy peculiar cuando miro mi primer informe y me veo pretendiendo que voy evitando espías por calles oscuras. Ja ja ja. ¿Y ahora? Me he ocultado dos veces en el mismo hueco de la escalera en Atenas para tratar de librarme de los que me siguen. Tengo un refugio preferido en el centro de Atenas. Así ha cambiado mi vida.

Me he enfrentado con hombres en una estación del metro; pedí ayuda en la plaza Omonoia; grité «¡Me estáis mintiendo!» a detectives en una comisaría de Atenas; he agarrado a un sujeto que iba en motocicleta y le rogué – casi llorando – que «me dejen solo.»; me han gritado, arrestado, seguido, cacheado, empujado, denigrado, puesto en duda y mentido. Tantas mentiras.

He dicho la verdad sobre lo que me pasó esta semana. Me pregunto si los diversos políticos británicos que han asistido a Bilderberg 2009 pueden encontrar el valor de decir la verdad sobre cómo pasaron su tiempo. Me pregunto si alguien mejor que yo, un mejor periodista, una voz más poderosa, incluso un político, podría preguntarles. ¿Hay algún candidato?

Mis informes de la conferencia de 2009, si significan algo, no representan nada con más precisión que la ausencia de una información exhaustiva de los medios dominantes. Soy en gran parte lo contrario de lo que se necesita. Soy un chiste. Estos despachos son una parodia. Una parodia de una burla de un simulacro de una burla de una parodia de dos burlas de un simulacro. Una desgracia para la buena reputación del periodismo. Debería darme vergüenza.

Habiéndolo dicho, en realidad estoy haciendo un buen reportaje. Tengo una reunión temprano con el jefe de la CID (policía de investigación criminal) de Atenas. Tenemos algunas cosas que discutir.

Nuestro hombre en Bilderberg – Seis días para perder la inocencia – 18 de mayo de 2009

Gracias a que tuve que ir al retrete del departamento de seguridad del gobierno, terminé por descubrir lo que me ha estado sucediendo; por qué mi mundo se ha convertido en 16 colores de estupidez desde que hace seis días caí en el mundo demente, maligno de Bilderberg, que más vale no conocer. Mi historia se acabó. Y termina como sigue…

* * *

La reunión ha sido sofocante e infructuosa. Ha sido el acostumbrado «¿Cómo sabe que se trata de policías?» y «¿Tiene las patentes de las motocicletas?» – el mismo menosprecio de mi palabra y de mi inteligencia.

Vuelvo a explicar: «El detective en la comisaría de Omonoia me dijo que los dos hombres que me siguieron, los dos a los que me enfrenté en la estación de metro, eran agentes de policía. Dijo…» y en ese momento abrí mi cuaderno de notas de periodista, y leí la cita: «‘Son policías. Sólo hacen su trabajo, nada más.’ Estos hombres son los que dan órdenes a los hombres en uniforme. Y fui detenido, aunque yo fui el que llamó a la policía. ¿Puede decirme qué pasa?»

-No tenemos ninguna información. -Me vuelvo hacia el colega del capitán. La misma cara. -No sabemos nada de este incidente. -Apenas me acabo de sentar y «no saben nada de este incidente.» Les pregunto directamente: -¿Cómo sabéis que no sabéis nada?

-Somos el departamento que… protegemos al Estado, al gobierno.

-Exactamente. Como departamento nos interesamos sobre todo por el anarquismo y la gente que comete acciones ilegales. Pero, claro está, no conocemos a todos los anarquistas…

¿Por qué, entonces, me han enviado aquí? ¿Por qué a este departamento en particular? Al Ypodieftinsi Kratikis Asfalias – el departamento de seguridad del gobierno? Les pregunto directamente: «¿cuál es mi estatus aquí en Grecia, qué pasa cuando buscan mi nombre, soy un criminal?» El adjunto responde: «Sólo si comete un crimen tiene un expediente. Si no ha cometido un crimen en Grecia o en su país de origen no tiene un expediente. Es ilegal mantener información personal sobre ciudadanos europeos.» Es reconfortante.

Le pregunto de nuevo por qué me siguen. Le pregunto si piensa que es un problema que haya sido tan amenazado por la gente que me sigue por Atenas que haya tenido que tomar un taxi a mi propia embajada. «No, no pienso que tenga un problema. Sólo lo siguen para ver a dónde va. No pienso que le quieran hacer daño. Y si quieren hacerle daño, prefiero que no lo hagan en Atenas.» Sus palabras. Anotadas en mi cuaderno.

«Lo siguen de comisaría a comisaría. Saben que usted ha informado a la policía que está amenazado. Tendrán más cuidado ahora.» Me alegro que pueda leer tan bien las mentes de los hombres (ciertamente no policías, por cierto) que me han estado persiguiendo.

Le muestro la foto que tomé del hombre del altercado en la estación de metro. Aquel cuyo socio me empujó y olvidó que no era policía, apuntando hacia la pequeña oficina de la policía del metro, gritándome «¡Entre ahí! ¡Entre ahí!» y entrando por delante de los agentes uniformados. A cargo. Le pregunto al capitán si reconoce al hombre. «No.»

Le muestro otra fotografía, de un hombre que vi saliendo de este edificio, ayer, cuando llegué para hacer una cita. Fue uno del par que me arrestó la segunda vez en Vouliagmeni, por tomar fotos de las ruedas de los coches. Nos reconocimos al vernos. Tomé su fotografía. Se la mostré a los agentes. Dios los bendiga, no pudieron dejar de sonreír. Se pasaron la mano por la boca para recuperar la seriedad. Por suerte lo toman con buen humor. «¿Así que lo reconocen?» Caras serias. «Me recuerda a alguien que conozco, pero… no … no lo conozco.» Citan líneas malas de películas malas.

No llego a ninguna parte. Consigo la dirección de otro departamento de policía, consigo el nombre del capitán, y pido su consejo. Podría utilizarlo. «Aquí en Grecia tenemos un dicho, usamos un canasto pequeño para todo lo que oímos y todo lo que vemos. No tengo grandes expectativas para su situación.»

La entrevista se acabó. Me he enfrentado a evasivas, no confirman nada, nada es seguro. El manto de la oscuridad bilderbergiana todavía me engulle. Voy a ir a la Acrópolis y grabaré insultos en una columna o algo así. Al fin y al cabo soy anarquista. Pero primero, tengo que ir al baño. Y el capitán comete su gran error. Me deja ir. Y todo cambia.

Me llevan por el corredor en el sexto piso al inodoro. Y ahí, parado ahí, – ¡bam! – frente a mis ojos, está uno de los hombres que me han estado siguiendo por Atenas. El que me persiguió aquí el primer día. El que perdí en mi escalera, y luego observé tranquilamente mientras estaba parado al borde del parque museo, estudiando a los turistas. Parecía estar ansioso. Lo saludé alegremente cuando terminó por verme. Era él. Era una prueba. Todo lo que había pasado hasta ahora podía ser soslayado, negado, justificado, atribuido a una coincidencia o paranoia, pero no esto.

Creo que se sintió tan impactado al verme, como yo al verlo a él. No sabía qué hacer, de modo que se fue, literalmente, corriendo. Se fue corriendo, a su oficina. Lo seguí rápidamente – ¿qué estaba haciendo? Iba gritando, iba mostrándolo: «¡Aquí! ¡Uno de los hombres! Uno de los que me persiguen! Silbé al capitán en la sala: «¡Aquí, entró aquí!»

Fue un caos absoluto, desenfrenado. Detectives entraron a la sala, la gente gritaba, me llevaron de vuelta a la sala. Yo estaba FURIOSO. Temblaba. Estaba más enojado de lo que he estado en toda mi vida. Todo lo que he sido, se enfrenta a la mentira. Al acoso y a la mentira. Y sólo los desenmascaré gracias a una taza extra de café en el desayuno.

El capitán estaba terriblemente nervioso. «Espere aquí, lo arreglaremos ahora mismo.» Murmullos desde la puerta cercana. Un minuto después me llevan a la oficina del jefe. Las sillas eran más cómodas, la pantalla del televisor que mostraba Eurovisión era más grande, él era más gordo. «Siéntese.» Me senté.

-¿Cuál es su problema?

-Creo que usted sabe cuál es mi problema.

– No hay ningún problema.

-Vi a un hombre, en la sala, en el inodoro. Uno de los hombres que me seguían.

Me mira fijo a los ojos, sin pestañear.

-No había ningún hombre. Usted no vio a ningún hombre.

Me quedé boquiabierto. Literalmente. Lo miré boquiabierto. Me faltaron las palabras. De nuevo, no era más que «una idea en mi mente». Me lo había imaginado todo. Había encontrado a un fantasma haciendo sus necesidades.

-Cierre la boca. Es descortés estar sentado así con la boca abierta.

Tampoco pestañé cuando dije: -Es descortés mentir.

-No había ningún hombre.

-¿Por qué no vamos y le preguntamos? Está al fondo del corredor.

-Vaya usted si quiere.

-¿Y eso es todo lo que puede hacer? -Miré al capitán; a su colega. -Es demencial.

-A usted le parecerá demencial. A mí no. -Comenzó a marcar números en su teléfono. Fin. -Tengo que hacer.

– Yo también.

Pero en realidad no importa lo que haya dicho. La seguridad del gobierno griego me había acechado y acosado. Me había ocultado bajo escaleras, los había desafiado en la calle, intentado arrestarlos, y me habían mentido. El primer ministro griego, Kostas Karamanlis, fue uno de los delegados en Bilderberg 2009, y el departamento de seguridad especial de su fuerza policial lo ha estado protegiendo de mi persona. Protegiendo a los dignatarios de una especie de periodista. Un hombre peligroso. Me pregunto cuánto costó todo el asunto. Cuántos miles de euros. Apuesto que a los contribuyentes griegos les encantaría saberlo.

Todavía no he tenido tiempo para reflexionar. Aquí estoy escribiendo todo lo que puedo recordar en un hermoso y populoso café cercano a mi hotel. Estoy demasiado cansado y perplejo para seguir pensando. No sabré mucho sobre lo que pasó en el Bilderberg de este año, pero sé lo que pasó en la calle, y más allá aún, en el centro de Atenas. Vine a hacer algunos comentarios sobre Bilderberg y terminé recibiendo una paliza en los cojones.

Les digo una cosa: no hacen muy bien su trabajo (a menos que su trabajo haya sido asustarme.) Si yo fuera el primer ministro griego estaría buscando mejores tiras. ¿Y Avion? Sabemos que estaban en Bilderberg, ¿por qué no les alargan el contrato…?

Ahora mismo, todo lo que quiero es volver a casa. Estoy aquí sentado, con miedo de ir al baño. No me gustan los escalones. Estoy pensando en darle 20 euros al botones para que espere afuera mientras orino. Cuando hice mi denuncia en la comisaría Sintagma, con el capitán simpático, obviamente usé el formulario equivocado, porque había una caja que decía: «Nombre de ítem perdido.» Era un formulario para propiedad perdida. Escribí: «inocencia.»

Nuestro hombre en Bilderberg: Echémosle sal a la babosa en 2010 – 19 de mayo de 2009

Hace diez años, cuando Jon Ronson se atrevió a informar sobre Bilderberg, descubrió que «hombres misteriosos con gafas oscuras lo perseguían por Portugal.» Temía por su seguridad.

«Cuando llamé a la embajada británica y les pedí que explicaran a la poderosa sociedad secreta que había enviado a sus pistoleros a perseguirme que era esencialmente un periodista humorístico que no sabía qué hacer, que no era divertido. Estaba verdaderamente desesperado,» escribió. Ahora sé exactamente cómo se sintió.

Por pura desesperación traté de arrestar a uno de los pistoleros que me seguían y luego seguí mis pobres pistas por el escalafón policial griego, hasta que finalmente encontré a uno de los tiras con las manos en la masa en el retrete del departamento de seguridad del gobierno. Sólo entonces comprendí la dimensión de la paranoia de Bilderberg: habían enviado a la policía del Estado a perseguirme.

¿Quién es el paranoico? ¿Yo, oculto bajo escaleras, mirando la acera detrás de mí en los escaparates, quedándome a la intemperie para mayor seguridad? ¿O Bilderberg, con sus dos F-16, helicópteros dando vueltas, ametralladoras, comandos de la armada y una política de detener y acosar repetidamente a un puñado de periodistas? ¿Quién está más loco? ¿Yo o el barón Mandelson? ¿Yo o Paul Volker, el jefe del consejo asesor económico de Obama? ¿Yo, o el presidente de Coca-Cola?

Me dan ganas de escupir, lo estúpido que es: el coste, no sólo en euros públicos griegos, sino para mi tranquilidad, que haya una docena (por lo menos) de tiras asignados para que me sigan de cerca. Espero que la operación por lo menos haya tenido un nombre guay: Operación Sobrerreacción Catastrófica (OSC), por ejemplo.

De modo que, claro, la paranoia de Bilderberg tiene la mitad de la culpa. Pero hay otro motivo por el cual Ronson fue perseguido por todo Portugal, por qué a mí me persiguieron por Grecia, y por qué el periodista rumano Paul Dorneanu fue cacheado al desnudo por los tiras en Vouliagmeni, retenido durante cuatro horas y obligado a eliminar las imágenes de su cámara (por el crimen de intentar filmar a los delegados cuando se iban). Y es lo siguiente: sólo pueden acosar y detenernos porque los que estábamos presentes éramos tan pocos.

Ahora mismo, busqué «Bilderberg» en Reuters. Hice lo mismo en Associated Press. Y lo que encontré fue sólo: Bilderberg.

La publicidad es como sal pura para la babosa gigante de Bilderberg. De modo que el próximo sugiero que lleguemos unos pocos más. Si la prensa dominante se niega a proveer una cobertura adecuada a ese masivo evento anual, ciudadanos interesados tendrán que hacerlo: medios populares. Encontrad los objetivos más largos que encontréis y venid a Bilderberg 2010. No tengo idea dónde va a ser, pero generalmente se sabe unos días antes.

Tendremos una parrilla que venderá bilderburgers (con mentiras extra), y tendremos nuestro propio centro de prensa cerca del cordón. Escribidme a: [email protected] y comenzaremos a prepararnos.

Mientras tanto, pidan a los periódicos que envíen corresponsables. Pidan a su miembro del parlamento que haga una pregunta en el Parlamento. Sucedió hace unos pocos días en Holanda. Citando un artículo de Paul Joseph Watson en prisonplanet.com, un parlamentario holandés presentó una pregunta en el Parlamento sobre la participación del primer ministro, el ministro de asuntos europeos y la Reina Beatriz, pidiéndoles que hicieran públicos todos los puntos que estuvieron en el orden del día, y si se discutió la ratificación del Tratado de Lisboa.

Tengo un par de preguntas que quisiera hacer a Peter Mandelson, [Secretario de Estado británico para los Negocios, Empresa y reformas y Presidente del Board of Trade, N. del T.] especialmente sobre la libertad de prensa y lo que piensa de que un periodista del Guardian haya sido detenido, empujado e intimidado por su cuenta por la policía estatal griega. La oficina de Mandelson ha confirmado su participación en la reunión de este año: «Sí, Lord Mandelson asistió a Bilderberg. La consideró una conferencia valiosa.»

Oh. Bueno. Puede que se haya robado un albornoz. Peter ha sido un barón muy ocupado estos días: todo ese vólibol en la playa y la estrategia global, y luego de vuelta a hablar en la conferencia Zeitgeist de Google el lunes, donde habló de la «necesidad de regulación» de Internet. «Hay preocupaciones sobre el impacto de Internet en nuestra sociedad,» dijo. Apuesto a que está preocupado; pero no tanto como a mí me preocupa «la necesidad de regulación.»

Pero esas preocupaciones no son nada en comparación con la mayor preocupación que Bilderberg 09 me ha causado. Mi experiencia de los últimos días en Grecia me ha formado una sola opinión, dura como un diamante. Mejor dicho, tengo dos: que John McEnroe es el mayor deportista de todos los tiempos; y que debemos luchar, luchar, luchar, ahora – ahora mismo, desde este segundo, con cada centímetro cúbico de nuestras almas – para impedir que impongan tarjetas de identidad.

Puedo decirles ahora mismo que el argumento «No he hecho nada malo, ¿por qué me voy a preocupar de demostrar quién soy?» es basura. Peor que eso, es una idiotez. Todo tiene que ver con el poder de exigir, la obligación de mostrar, la justificación de la propia existencia, el poder del que exige sobre la supervivencia de aquel al que se le exige. (¿Sabíais que la mayoría de los policías griegas no llevan un número? La obligación vale para una sola de las partes.)

Esto lo he aprendido de los cacheos al azar, de las detenciones, de presiones de pistoleros de seguridad enfurecidos y de abusos en recepciones policiales sin número que he tenido que sufrir gracias a Bilderberg. He pasado la semana viviendo una pesadilla. He lanzado un ínfimo vistazo a un mundo de controles al azar y de poderes ilimitados de la policía. Y me estremeció. Me dejó, literalmente, magullado.

Y una pequeña corrección: para que conste, la oficina de Kenneth Clarke [ex ministro de hacienda y dirigente del Partido Conservador, N. del T.] dice que estuvo «en su distrito» durante el fin de semana, no en el Astir Palace tomando sambuca con el presidente de Airbus.

http://www.guardian.co.uk/world/series/charlie-skeltons-bilderberg-files

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