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Serbia capitula ante la Unión Europea

Fuentes: Sin Permiso

El 10 de septiembre, en la Asamblea General de las Naciones Unidas, Serbia capituló repentinamente ante la Unión Europea (UE) en sus pretensiones sobre la escindida provincia de Kosovo. Los dirigentes serbios describieron esta rendición como un «compromiso». Pero para Serbia fue todo daca sin ningún toma. En sus tratos con las potencias occidentales, la […]

El 10 de septiembre, en la Asamblea General de las Naciones Unidas, Serbia capituló repentinamente ante la Unión Europea (UE) en sus pretensiones sobre la escindida provincia de Kosovo. Los dirigentes serbios describieron esta rendición como un «compromiso». Pero para Serbia fue todo daca sin ningún toma.

En sus tratos con las potencias occidentales, la diplomacia serbia ha desplegado toda la perspicacia de un conejo arrinconado por una serpiente de cascabel. Luego de algunos desvalidos espasmos en sus movimientos, la pobre criatura se deja devorar.

La rendición ha estado todo el tiempo implícita en los dos objetivos de política exterior proclamados por el presidente Boris Tadic: negar la independencia de Kosovo e ingresar en la Unión Europea. Los dos eran mutuamente incompatibles. El reconocimiento de la independencia de Kosovo resulta claramente una de las numerosas condiciones – y la más crucial – establecidas por el club europeo para que Serbia sea considerada candidato para el ingreso. Sacrificar Kosovo por «Europa» ha sido siempre el resultado evidente de esta política contradictoria.

No obstante, este gobierno y, sobre todo, su ministro de Exteriores, Vuk Jeremic, han tratado de esconder esta realidad del público serbio mediante gestos destinados a hacer parecer que hacían todo lo posible por conservar Kosovo.

Así pues, en octubre de 2008, seis meses después de que los dirigente kosovares respaldados por los Estados Unidos declarasen la provincia estado independiente, Serbia persuadió a la Asamblea General de las Naciones Unidas a que sometiera la siguiente pregunta al Tribunal Internacional de Justicia buscando consejo en una opinión no vinculante: «¿Es conforme al Derecho Internacional la declaración unilateral de independencia por parte de las instituciones provisionales de autogobierno?»

Esto resultaba arriesgado en el mejor de los casos, porque Serbia tenía más que perder en caso de una opinión desfavorable de lo que tenía que ganar con una opinión a su favor. Al fin y al cabo, la mayoría de los estados de las Naciones Unidas se estaban ya negando a reconocer la independencia de Kosovo por razones perfectamente sólidas del legalidad e interés propio. En el mejor de los casos, una opinión favorable del TCI simplemente confirmaría este extremo, pero no llevaría en si misma a una acción positiva. Serbia sólo podía esperar servirse de esa opinión favorable para pedir la apertura de verdaderas negociaciones sobre el estatus de la provincia, pero los separatistas albanokosovares y sus apoyos norteamericanos no podían verse obligados a actuar de este modo.

Hay que detenerse en este punto para señalar que entraña dos asuntos de primera importancia: uno es el estatus y futuro de Kosovo, y el otro la cuestión más amplia de la soberanía nacional y la autodeterminación en el contexto del Derecho Internacional. Si hubo tantos estados miembros de las NN.UU. que apoyaran a Serbia, esto no se debió desde luego a Kosovo sino a implicaciones de mayor calado. Nadie puso objeciones a la división de Checoslovaquia, porque checos y eslovacos negociaron las condiciones de su separación. La cuestión estriba en el método. Hay cientos, literalmente, acaso miles, de movimientos secesionistas étnicos en potencia en los países que hoy existen en el mundo. Kosovo establece un ominoso precedente. Un movimiento separatista armado, con apoyo contundente de los Estados Unidos, en donde el grupo de presión de la etnia albanesa se había asegurado un importante respaldo, sobre todo del ex-senador y candidato presidencial republicano Bob Dole, llevó a cabo una campaña de asesinatos en 1998 con el fin de desencadenar una represión que pudiera luego describirse como «limpieza étnica» y «genocidio» como pretexto para una intervención de la OTAN.

Y así funcionó, puesto que los dirigentes norteamericanos consideraron que «salvar a los kosovares» era la forma más fácil de salvar a la OTAN de su obsolescencia, transformándola en una fuerza de intervención global «humanitaria». Bombardear Serbia durante dos meses y medio para «detener el genocidio» supuso todo un espectáculo para la opinión pública. Los únicos muertos sobre el terreno fueron ciudadanos yugoslavos que no quedaban a la vista. Fue una estupenda guerrita destinada a rehabilitar la agresión militar como medio adecuado de resolver conflictos.

La realidad de esta cínica manipulación se ha hurtado de manera asidua a los norteamericanos y la mayoría de los europeos, pero en otros lugares, y en ciertos países europeos tales como España, Grecia, Chipre y Eslovaquia, no ha pasado inadvertida. Los movimientos separatistas son peligrosos, y siempre que los EE.UU. desean subvertir un gobierno poco amigo, no tienen más que describir los problemas internos del gobierno en cuestión como potencial «genocidio» y se desata la caja de los truenos.

De modo que Serbia no tuvo verdaderamente que esforzarse mucho para convencer a otros países de que apoyaran su postura sobre Kosovo. Estos tenían sus propios motivos, que eran acaso más poderosos que los del mismo gobierno serbio.

¿Qué querían los dirigentes serbios?

El interrogante planteado al TPI no dejaba claro que querían los dirigentes serbios, pero tenía sus implicaciones. Si la declaración de independencia de Kosovo era ilegal, lo que se ponía en tela de juicio no era tanto la independencia misma cuanto el procedimiento, la declaración unilateral. Y desde luego, no hay razón para suponer que los dirigentes serbios pensaran que podían reintegrar el conjunto de Kosovo a Serbia. Es incluso improbable que desearan tal cosa.

Hay sentimientos muy encontrados respecto a Kosovo en el seno de la población serbia. Es difícil saber cuán extendido está el sentimiento de preocupación o culpa en lo que toca a la asediada población serbia que todavía reside allí, vulnerable a los ataques de los albaneses racistas dispuestos a expulsarlos. El apego sentimental a la «cuna de la nación serbia» es muy fuerte, pero muy pocos serbios se irían a vivir allí, aun en el caso de que les devolvieran la provincia. En la antigua Yugoslavia, era un agujero negro que absorbía ingentes sumas de ayuda al desarrollo, y constituiría desde luego una onerosa carga económica para la empobrecida Serbia de hoy. Económicamente, Serbia queda probablemente mejor sin Kosovo . Hace casi veinte años, el autor y patriota serbio Dobrica Cosic abogaba por la división de Kosovo con Albania de acuerdo con líneas étnicas e históricas. De no ser así, preveía que el intento de vivir con una población albanesa hostil destruiría a la propia Serbia.

Pocos son los que reconocerían esto, pero las propuestas de Cosic, que tuvieron eco en algunos otros, sugieren al menos que en un mundo con mediadores benevolentes, se podía haber alcanzado un compromiso aceptable para la mayor parte de los directamente implicados. Pero lo que hacía imposible ese compromiso era precisamente la intervención norteamericana y de la OTAN en nombre de los rebeldes armados albaneses. En cuanto los albaneses se dieron cuenta de que disfrutaban de ese apoyo, ya no tuvieron por qué avenirse a ningún compromiso. Y para los serbios, el método brutal mediante el que la OTAN se agenció Kosovo añadió mofa a la befa, una humillación que no podía aceptarse.

Al llevar la cuestión a la Asamblea General de las NN.UU. y el TPI, Serbia buscaba respaldo para reabrir negociaciones que pudieran conducir al tipo de compromiso que podía haber resuelto la cuestión si se hubiera planteado en un mundo de benevolentes mediadores.

Tribunal Internacional sin Justicia

El 22 de Julio, el TPI emitió una opinión consultiva, concluyendo que la declaración de independencia [de Kosovo] no era ilegal». En unas 21.600 palabras se escapaba de las cuestiones principales, negándose a afirmar que la declaración significara que Kosovo era de hecho adecuadamente independiente. Lo esencial es que cualquiera puede declarar cualquier cosa, ¿no?

Por supuesto, esto se interpretó ampliamente por parte de los gobiernos y medios occidentales, y sobre todo por parte de los albaneses de Kosovo, como un respaldo de la independencia de Kosovo, lo que no era el caso.

No obstante, constituía una vergonzosa manera de escabullirse por parte del TPI, lo que señalaba un mayor deterioro de los esfuerzos posteriores a la II Guerra Mundial por establecer alguna clase de orden legal internacional. Quizás el sofisma más flagrante en tan larga opinión era el argumento (en los párrafos 80 y 81) de que la declaración no constituía una violación de la «integridad territorial» de Serbia, puesto que «la ilegalidad vinculada a [algunas pasadas] declaraciones de independencia… no se derivaba del carácter unilateral de estas declaraciones como tales sino del hecho de que estaban o habían estado ligadas al uso ilícito de la fuerza o a violaciones mayúsculas de normas del Derecho Internacional general…»

En resumen, el TPI pretendía creer que no ha habido una fuerza militar internacional ilegal utilizada para separar a Kosovo de Serbia, aunque esto es exactamente lo que sucedió como resultado de la campaña de bombardeo totalmente ilegal de la OTAN contra Serbia. Desde entonces, la provincia se ha visto ocupada por fuerzas militares foráneas bajo mando de la OTAN, que violaron el acuerdo internacional con el que entraron en Kosovo y miraron hacia otro lado mientras los fanáticos albaneses aterrorizaban y expulsaban a serbios y roma, asesinando ocasionalmente a albaneses rivales.

Los jueces del TPI que respaldaron esta escandalosa opinión provenían de Japón, Jordania, EE.UU., Alemania, Francia, Nueva Zelanda, Méjico, Brasil, Somalia y el Reino Unido. Los disentidores provenían de Eslovaquia, Sierra Leona, Marruecos y Rusia. La alineación muestra que la suerte estaba en contra de Serbia desde el principio, a menos que uno crea que los jueces se olvidan de su condición nacional cuando ingresan en el tribunal internacional.

Cómo meterse en un pozo más hondo

Probablemente, el gobierno de Tadic esperaba algo mejor y había planeado seguir una opinión favorable del TPI con un llamamiento a la Asamblea General para respaldar renovadas negociaciones sobre el estatus de Kosovo, que acaso permitieran a Serbia recobrar al menos la parte septentrional de Kosovo cuya población es firmemente serbia.

Extrañamente, pese al mal augurio de la opinión del TPI, el gobierno de Tadic siguió adelante con sus planes de presentar una resolución ante la Asamblea General de las NN.UU. El proyecto de resolución pedía a la Asamblea General que estableciera lo siguiente:

«Conscientes de que no se ha llegado a un acuerdo entre las partes sobre las consecuencias de la independencia unilateralmente proclamada de Kosovo de Serbia,

Teniendo en cuenta el hecho de que esa secesión unilateral no puede aceptarse como forma de resolver cuestiones territoriales,
1. Reconoce la opinión consultiva del TPI emitida el 22 de julio de 2010 respecto a si la independencia unilateralmente proclamada de Kosovo está de acuerdo con el derecho internacional.

2. Llama a las partes a encontrar una solución mutuamente aceptable para todas las cuestiones en disputa mediante el diálogo pacífico, con el objeto de lograr la paz, la seguridad y la cooperación en la región.

3. Decide incluir en el orden del día provisional de la 66 sesión un punto enunciado como: «Otras actividades respecto a la opinión consultiva emitida por el TPI relativa a si la independencia unilateralmente proclamada de Kosovo está de acuerdo con el Derecho Internacional».»

La frase clave de este texto era «el hecho de que esa secesión unilateral no puede aceptarse como forma de resolver cuestiones territoriales». Este era el punto sobre el podía alcanzarse el mayor acuerdo. Los EE.UU. hicieron saber que resultaba totalmente inadmisible que la Asamblea General celebrase un debate sobre dicha resolución.. El principal diario de Belgrade, Politika, publicó una entrevista con Ted Carpenter, del Cato Institute de Washington, afirmando que el proyecto de resolución serbia sobre Kosovo «irritaba a Norteamérica y los países rectores de la UE». Los diplomáticos norteamericanos «hacían horas extra» para frustrar la resolución, declaró. Carpenter afirmaba que la resolución serbia se consideraba en Washington un acto inamistoso que conduciría a un mayor deterioro de las relaciones y, como resultado de su política en Kosovo, las ambiciones de Serbia respecto a la UE sufrirían retrocesos que tendrían consecuencias negativas para el gobierno serbio «y el pueblo serbio».

Carpenter admitía que en esta ocasión el país no se vería amenazado militarmente, pero advertía de que los EE.UU. eran lo bastante influyentes como para «hacer la vida muy difícil» a cualquier país que hiciera frente a su política. Concluía que Serbia «tendría que aceptar la realidad de un Kosovo independiente», y que Washington tendría acto seguido que dejarle a Bruselas la tarea de resolver los problemas pendientes.

El palo norteamericano se acompañó de una zanahoria que colgaba de la UE. Carpenter expresó su esperanza de que la UE considerase diversas medidas, «entre las que se contasen el reajuste de fronteras, respecto a Kosovo, y el resto de Serbia», pero también, hizo notar, de Bosnia-Herzegovina, sugiriendo que los serbios podían quedar satisfechos con la unificación con la entidad serbia de Bosnia, la Republika Srpska. Dando su opinión, Carpenter afirmó que esa solución sería al menos mucho mejor que la actual política norteamericana y de la UE, «que parece consistir en que todo el mundo tiene derecho a la secesión en la región de la antigua Yugoslavia, salvo los serbios».

Carpenter, que fue un crítico contundente del bombardeo de Serbia en 1999 por parte de la OTAN, y que avisó que los movimientos secesionistas de todo el mundo podrían utilizar el precedente de Kosovo para sus propios fines, afirmó que esa solución era posible «en las próximas décadas»…una perspectiva bastante lejana.

La presión decisiva fue quizás la que ejerció el ministro alemán de Exteriores, Guido Westerwelle, en una visita a Belgrado. Qué amenazas o promesas esgrimiera es cosa que no ha transcendido, pero la víspera del debate previsto de la Asamblea General, el gobierno de Tadic se echó atrás y permitió que la UE reescribiera la resolución.

La resolución dictada por la UE no hacía mención de Kosovo, aparte de «tomar nota» de la opinión consultiva del TPI y concluía saludando «la disposición de la UE a facilitar el proceso de diálogo entre las partes».

De acuerdo con el texto de esta resolución, que la Asamblea general de las NN.UU. adoptó por consenso: «El proceso de diálogo representaría por si mismo un factor de paz, seguridad y estabilidad en la región. Este diálogo estaría destinado a promover la cooperación, hacer progresos en el camino hacia la UE y mejorar la vida de la población».

Al aceptar este texto, el gobierno serbio abandonó todo esfuerzo por conseguir apoyo internacional de muchas naciones hostiles a la secesión unilateral y se entregó a la misericordia de la Unión Europea.

Más todavía que perder

En una entrevista televisiva me preguntó Rusia Hoy, «¿Qué tiene Serbia que ganar?» Mi inmediata rspuesta fue que «nada». Serbia abandonó implícitamente sus pretensiones respecto a Kosovo a cambio de nada salvo vagas sugerencia de «diálogo».

Una meta habitual de toda política consiste en dejar opciones abiertas, pero Serbia ha puesto hoy todos los huevos en la cesta de la UE, rechazando así a todos los estados miembros que estaban dispuestos a apoyar a Belgrado por una cuestión de principio en la cuestión de la secesión unilateral sin negociar.

Más que ganar nada, el gobierno de Tadic ha preferido aparentemente intentar evitar perder todavía más de lo que ya ha perdido. Tras la violenta fractura de Yugoslavia de acuerdo con criterios étnicos. Serbia sigue siendo el Estado más multiétnico de la región, lo que significa que incluye minorías a las que puede incitarse a exigir nuevas secesiones. Existe un movimiento de secesión en la provincia septentrional de la Voivodina, étnicamente muy mezclada, que podría ser alentado de modo más o menos encubierto por la vecina Hungría, un miembro de la UE cada vez más nacionalista atento a la minoría húngara de la Voivodina. Hay otro movimiento separatista, éste más efervescente, en la región de Raska/Sanjak, al sudoeste, dirigido por musulmanes vinculados a islamistas bosnios. Rodeados por miembros de la OTAN y abierta a sus agentes, Serbia corre el riesgo de ser desestabilizada por el ascenso de dichos movimientos de secesión, que los medios de información occidentales, firmemente asentados en los estereotipos establecidos en la década de 1990, podrían presentar fácilmente como víctimas perseguidas de un potencial genocidio serbio.

Además, no importa lo que voten los serbios, las embajadas de los EE.UU. y Reino Unido son las que dictan la política, lo que ha quedado demostrado varias veces. La pequeña Serbia ese encuentra realmente en una posición muy semejante a la del gobierno francés de Pétain entre 1940 y 1942, cuando gobernaba una parte de Francia no ocupada todavía, pero totalmente rodeada por los victoriosos nazis.

Haría falta genio político para pilotar a la pequeña Serbia a través de este pantano geopolítico, infestado de serpientes y cocodrilos, y el genio político es caro de ver estos días, en Serbia lo mismo que en cualquier otro sitio.

¿La UE al rescate?

En tan desalentadoras circunstancias, el gobierno de Tadic ha abandonado en efecto todo intento de independencia, confiando el futuro de Serbia a la Unión Europea. Los patriotas serbios desprecian naturalmente esto como una liquidación. Desde luego lo es, pero Rusia y China están lejos y no se podría contar con ellas para hacer algo en favor de Serbia que disgustara seriamente a Washington. El hecho es que buena parte de la generación serbia más joven está distanciada del pasado y sueña sólo con estar en la UE, lo que significa ser tratado como «normal».

¿Cómo recompensará la EU estas expectativas?

Hasta ahora, la UE ha respondido a cada nueva concesión serbia pidiendo más y concediendo muy poco a cambio. En un momento en el que hay mucha gente en los países que constituyen el núcleo de la UE que tienen la impresión de que admitir a Rumania y Bulgaria ha ocasionado más problemas de lo que valía la pena, una ampliación para incluir a Serbia, con una reputación injustamente mala, parece desde luego remota.

En realidad, lo más que puede esperar Belgrado de la UE es que reúna el valor suficiente como para adoptar una línea propia en los Balcanes, distinta de la de los Estados Unidos.

Dado el servilismo de los actuales dirigentes de la UE para con Washington, se trata de una apuesta arriesgada. Pero tiene una cierta base real.

La política de los EE.UU. hacia la región se ha visto fuertemente influida por grupos de presión étnicos que han jurado lealtad a Washington a cambio de un apoyo incondicional a sus objetivos nacionalistas. Así sucede sobre todo en el caso del caótico grupo de presión albanés, una extraña mezcla de obtusos políticos y propietarios de pizzería con pistola que halagaban al gobierno de Clinton para obtener la promesa de desgajar su propio miniestado de la Serbia histórica. El resultado ha consistido en un Kosovo «independiente», ocupado en realidad por una enorme base militar norteamericana, Camp Bondsteel, pacificadores bajo mando de la OTAN y una misión de la UE que trata teóricamente de introducir un ápice de orden legal en lo que equivale a un estado fallido dirigido por clanes y que sobrevive a base de diversas actividades criminales. Puesto que Camp Bondsteel es intocable y los agradecidos matones han erigido una estatua a su héroe, Bill Clinton, en su capital, Pristina, Washington se muestra contento con esta situación.

Pero hay muchos en Europa que no lo están. Y es Europa, no los EE.UU., quien tiene que enfrentarse a los violentos gángsteres de Kosovo que se dedican a traficar con drogas y mujeres en sus ciudades. Es Europa y no los EE.UU. tiene este caos a la puerta de casa.

Los medios de información continúan vendiendo el cuento de hadas de 1999 según el cual la heroica OTAN rescató a los indefensos «kosovares» de un hipotético «genocidio» (que nunca tuvo lugar y nunca habría sucedido), pero los gobiernos están en condiciones de saber más.

Como prueba de ello tenemos una carta escrita a la canciller alemana, Angela Merkel, el 26 de octubre de 2007 por Dietmar Hartwig, que había dirigido la misión de la UE (entonces CE) en Kosovo justo antes del bombardeo de marzo 1999, cuando se retiró la misión. Al describir la situación de Kosovo en un momento en el que se preparaba la agresión de la OTAN con el pretexto de «salvar a los kosovares», escribía Hartwig:

«Ni un solo informe de los presentados en el periodo entre finales de noviembre de 1998 y la evacuación en vísperas de la guerra mencionaba que los serbios hubieran cometido crímenes serios o sistemáticos contra los albaneses, ni de que hubiera ningún caso relativo a incidentes o crímenes de genocidio o similares. Muy al contrario, en mis informes he dado cuenta repetidamente de que, considerando los ataques cada vez más frecuentes del ELK contra el ejecutivo serbio, su aplicación de la ley mostró una notable contención y disciplina. La meta clara y a menudo citada de la administración serbia consistía en cumplir al pie de la letra el Acuerdo Milosevic-Holbrooke para no proporcionar ninguna excusa a la comunidad internacional que diera pie a una intervención (…) Hubo amplias ‘discrepancias en la percepción’ entre lo que las misiones de Kosovo han estado informando a sus respectivos gobiernos y capitales, y lo que estos últimos comunicaron a partir de entonces a los medios y la opinión pública. Esta discrepancia sólo puede considerarse como aportación a los preparativos bélicos a largo plazo contra Yugoslavia. Hasta el momento en que dejé Kosovo, nunca sucedió lo que los medios y, con no menos intensidad, los políticos sostenían implacablemente. De acuerdo con ello, hasta el 20 de marzo de 1999 no hubo razón para una intervención militar, lo que vuelve ilegítimas las medidas tomadas a partir de entonces por la comunidad internacional. El comportamiento colectivo de los estados miembros de la UE anterior al estallido de la guerra y posterior a ella, suscita graves preocupaciones, pues la víctima fue la verdad y la UE perdió fiabilidad.

Otros observadores europeos oficiales dijeron lo mismo en esa época y en el 2000 el general alemán retirado Heinz Loquai escribió un libro entero, basándose sobre todo en documentos de la OSCE y mostrando que las acusaciones contra Serbia eran falsa propaganda. Si bien se engañó a la opinión pública, los dirigentes gubernamentales tienen acceso a la verdad.

En resumen, los gobiernos de la UE mintieron, por el bien de la solidaridad de la OTAN, y han seguido haciéndolo desde entonces.

Ahora, igual que entonces, hay gente muy bien informada que se queja de que la situación es en realidad muy diferente de la versión oficial. Se elevan voces que apuntan a que la Republika Srpska es la única parte de Bosnia que está teniendo éxito, mientras que la dirección musulmana sigue contando con la generosidad debida a su proclamado estatus de víctimas. Parece existir un sentimiento creciente en algunos círculos dirigentes de que, al demonizar a los serbios, la UE ha apostado al caballo equivocado. Pero eso no significa que tengan el coraje necesario como para enfrentarse a los EE.UU. En el mismo Kosovo, los nacionalistas albaneses más radicales están dispuestos a oponerse a la presencia de la UE, por las armas si es necesario, a la vez que se sienten confiados en que gozarán del eterno apoyo de sus patrocinadores norteamericanos.

La traición de Serbia

Si la última autoderrota en la Asamblea General de las NN.UU. se puede denunciar como una traición, la traición comenzó hace casi diez años. El 5 de octubre de 2000, el proceso regular de elección presidencial de Yugoslavia se vio bulliciosamente interrumpido por lo que Occidente describió como una «revolución democrática » contra el «dictador», el presidente Slobodan Milosevic. En realidad, el «dictador» estaba a punto de entrar en la ronda de desempate de las elecciones presidenciales yugoslavas en las que parecía probable que perdiera frente al principal candidato de la oposición, Vojislav Kostunica. Pero los EE.UU. formaron y animaron a la organización juvenil Otpor («resistencia»), de inclinaciones atléticas, a echarse a la calle y pegarle fuego al Parlamento ante las cámaras de las televisiones internacionales, a fin de dar la impresión de un levantamiento popular. Probablemente, los guionistas modelaron este espectáculo de acuerdo con el derrocamiento igualmente orquestado de la pareja de los Ceausescu en Rumanía en la Navidad de 1989, que terminó con su asesinato tras uno de los juicios farsa más breves de la historia. Para el mundo, derrocarlo sería la prueba de que Milosevic era realmente un «dictador» como Ceausescu, mientras que ser derrotado en unas elecciones habría tendido a probar lo contrario.

Una vez proclamado presidente, Kostunica intervino para salvar a Milosevic, pero no habiéndosele permitido que ganara de veras las elecciones, su posición se vio minada desde un principio, y el poder quedó todo en manos del primer ministro serbio, Zoran Djindjic, favorito de Occidente y demasiado impopular como para haber ganado las elecciones en Serbia. Poco después, Djindjic violaba la constitución serbia al entregar al Tribunal Penal Internacional para la Antigua Yugoslavia (TPIAY) en La Haya para uno de los juicios farsa más largos de la historia.

Los politicos proocidentales de Belgrado se afanaban con la ilusión de que echar a Milosevic a los lobos del TPIAY bastaría para asegurarse el favor de la «comunidad internacional». Pero en realidad, el procesamiento de Milosevic se utilizó para dar publicidad a la falaz teoría del «empeño criminal conjunto» que culpaba de todos los aspectos de la fractura de Yugoslavia a una imaginaria conspiración serbia. El chivo expiatorio no resultó ser sólo Milosevic sino la misma Serbia. La culpa de Serbia en todo lo que anduvo mal en los Balcanes fue la línea de propaganda esencial utilizada para justificar la agresión de la OTAN de 1999, y al subscribirla los dirigentes «democráticos» serbios minaron su propia reivindicación moral de Kosovo.

En junio de 1999, Milosevic cedió y permitió que la OTAN ocupara Kosovo bajo amenaza de bombardeos de saturación que destruirían Serbia por completo. Sus sucesores escaparon de una batalla menos arriesgada, la batalla por informar a la opinión pública de la compleja verdad de los Balcanes. Habiendo abandonado todo intento de afirmar su ventaja moral, Serbia sólo puede contar con la bondad de los desconocidos.

Diana Johnstone , miembro del Consejo Editorial de SinPermiso, es autora de Fools’ Crusade: Yugoslavia, NATO and Western Delusions.

Traducción para www.sinpermiso.info : Lucas Antón

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